Hubo un tiempo en que ir a la playa no era sinónimo de conseguir un bonito bronceado o darse un chapuzón para combatir las altas temperaturas. Hace apenas cien años el turista ofrecía un perfil muy diferente del actual y los objetivos de una feliz estancia en la playa iban por otros derroteros. Curiosamente se trataba no tanto de enseñar palmito, sino de tapar hasta lo intapable. Además, los baños de mar eran sinónimo de curación. En la Francia del siglo XVII, madame de Sévigné alababa los méritos de los baños de mar con las siguientes palabras: “Hace ocho días que madame de Ludres, Coétlogon y la pequeña Romiroi fueron mordidos por una perrita que más tarde ha muerto de rabia. Suerte que Ludres, Coétlogon y Romiroi han partido esta mañana para Dieppe para darse tres baños de mar”. Las playas constituían también para la sociedad burguesa del XIX una prolongación de la vida de salón, y así, una buena parte de sus arenas se convertía durante la estación veraniega en el escenario ideal para pasear, charlar, jugar, divertirse, tomar el fresco, estar de copas, “dejarse ver”, etc. Las damas a la moda iban ataviadas con traje veraniego de falda larga, en tejido ligero y blanco, con una sombrilla o quitasol y sombrero a la francesa, mientras los caballeros galantes las acompañaban trajeados de punta en blanco, encorbatados y con su imprescindible bastón.

Dieppe. Autor, Vladimir Tkalcic

                                                                     Dieppe. Autor: Vladimir Tkalcic

En el siglo XIX era muy frecuente que lo más selecto de la clase burguesa viajase hasta las playas del Atlántico para tratarse sus males circulatorios y respiratorios, fracturas diversas o depresiones ocasionadas por el mal de amores o el stress (que ya entonces era conocido, aunque los médicos no se ponían de acuerdo acerca de sus causas). La reina Isabel II acudía gustosa a las playas de Barcelona para tratarse sus problemas dermatológicos, al tiempo que el agua marina se recomendaba muy especialmente a las mujeres de ciudad, que practicaban una vida sedentaria, y a los niños pálidos y de piel fina y apagada por los perjuicios de las ciudades industrializadas.

Banys de la Reina, Campello. Autor, Quique Andrade

                                                    Banys de la Reina, Campello. Autor: Quique Andrade

En los tratados médicos de la época se recomendaba, por ejemplo, no zambullirse en el agua sin una preparación previa, consistente ésta en mojarse primero la cabeza con uno o dos cubos de agua. Permanecer en el agua más de cinco a diez minutos se consideraba arriesgado, y en cualquier caso había que secarse enseguida tras salir de las olas y ponerse ropa seca: “El mar debe de ser usado con inteligencia y discreción”, rezaba un eslogan en uno de estos prospectos. Y hasta tal punto era el océano motivo de respeto que durante muchos años fue frecuente en las playas el llamado “baño a la cuerda”, recomendado para personas de edad, o muy susceptibles e inquietas. Esta práctica era todavía común hacia 1910 y consistía en bañarse en grupo y agarrado a un cordaje, que se sujetaba por medio de unos postes bien anclados en la arena de la playa. Desde luego, el oficio de socorrista no era de lo más solicitado por aquella época.

Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora, Pilar Azaña

                                                       Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora: Pilar Azaña

La sociedad decimonónica, absolutamente mojigata en cuestiones de pudor, obligaba a damas y caballeros a comportarse como tales incluso a orillas del mar, y así, los atuendos de baño podían considerarse como una segunda versión de la elegante moda imperante a pie de calle. La cosa ya venía de antes, y así descubrimos que en 1790 las leyes que protegían la decencia en las playas prohibían los baños femeninos, aunque afortunadamente el nuevo siglo llegó más permisivo y permitió, por ejemplo, que las mujeres mostraran en público sus pies y tobillos. Por entonces el traje de baño femenino cubría íntegramente el cuerpo desde el cuello hasta los pies, además de llevar encima (no hay ni qué dudarlo) toda la ropa interior. El tejido más utilizado para los bañadores era la lana y se confeccionaban siempre en dos piezas: una camisola de cuello alto, mangas hasta el codo y faldón hasta las rodillas; y la parte inferior consistente en un pantalón que llegaba casi a los tobillos. Por supuesto, el corsé era de uso obligado tanto dentro como fuera del agua. En la mayoría de playas los hombres tenían prohibido bañarse o pasearse por la playa vestidos en “caleçon” (calzoncillo) ya que se consideraba sumamente indecente. Por otro lado, el traje de baño iba acompañado siempre de una multitud de accesorios cuya finalidad era casi siempre la de guardar el pudor: gorros y bonetes para la cabeza; albornoz y sandalias de baño (que el bañista dejaba al borde del agua y los recogía después a la salida), e incluso tissus de baño (toallitas para secarse el indecoroso sudor corporal producido por los rayos solares).

Playa de Santander, años 20. Autora, Teresa Avellanosa

                                                 Playa de Santander, años 20. Autora: Teresa Avellanosa

Los apuros para cambiarse de ropa se solucionaban con unas casetas de madera desmontables que, a modo de vestuarios de alquiler, se colocaban en el acceso a la playa a fin de permitir un mínimo de intimidad antes de zambullirse en las olas. Otra indecencia a eliminar era la molesta situación de un traje de baño mojado y pegado al cuerpo, lo que insinuaba de manera insultante todas las formas corporales. La cosa podía disimularse, afortunadamente, mediante el uso de colores oscuros y poco favorecedores. Para los contemporáneos era frecuente por tanto disfrutar de una playa en blanco y negro, donde la alegría de los colores vivos brillaba por su ausencia y prevalecían en cambio los tonos gris oscuro, marrón o incluso chocolate de los bañadores (el color negro se reservaba invariablemente a las viudas).

Vendedor de trajes de baño, Ipanema, Río de Janeiro. Autor, Patricio Irisarri

                                  Vendedor de trajes de baño, Ipanema, Río de Janeiro. Autor: Patricio Irisarri


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