Llega la mañana y los tenderetes se levantan, las casetas hacen su aparición y con ellas, la plaza o el descampado se llenan de gentes de toda procedencia y condición social. En las esquinas, por supuesto, no deben faltar los pobres de necesidad, y también aquellos que lo parecen pero no lo son. Ya entonces se clamaba contra los “grandes tacaños, ladrones y tahúres que fingen deformaciones engañando al público y luego se rodean en crapulosas juntas criadoras de toda maldad”. Por eso algunos tratadistas de la época insistían en la necesidad de que los verdaderos pobres pudiesen demostrarlo mediante una bula de plomo colgada al cuello, y que ésta llevase impresa las armas del ayuntamiento. En la misma línea se clamaba también contra jugadores, alquimistas, vagos, los que ejercen maleficios y las alcahuetas, aunque éstas últimas lo era más por una razón social que moral, ya que “provocan adulterios dando lugar a la bastardía”.

2. Recreación historia. Llegada de Pedro I a Montiel. Autor, InfantesDigital

Recreación historia. Llegada de Pedro I a Montiel. Autor, InfantesDigital

Un fraile catalán del siglo XIV, Francisco Eiximenis, pregonaba en sus escritos que desde que el mundo es mundo ha habido quien trabaja y quien no lo hace, por lo que deben encontrarse fórmulas que limiten el ocio, la madre de todos los pecados. Así establece una serie de remedios infalibles para reducir el número de “vagos” que aparecen en calles y mercados:

“Pobres, lisiados y enfermos, a pesar de su situación, deben hallar una manera de ser útiles: todos pueden rezar y pedir perdón por sus pecados; los ciegos pueden realizar trabajos con las manos (tocar las campanas, manejar el fuelle de los herreros…), los mancos pueden hacer recados, llevar paquetes al cuello o trabajar con los pies (pisando cuero para ablandarlo), los cojos sirven como maestros de los niños, pueden escribir o ser revendedores en puestos fijos, e incluso los leprosos pueden hacer, alejados de los sanos, eso sí, los trabajos que otros hacen dentro de la comunidad”.

3. Escena medieval de época gótica. Autor, Desconocido

Escena medieval de época gótica. Autor, Desconocido

En los mercados y ferias es común hallar una ocupación que genera amplias divisas sin apenas esfuerzo: la de los trileros. Consiguen el dinero ajeno de forma peligrosa mediante cubiletes y la famosa esfera al uso: cuando el apostador cree que la bolita está bajo uno de ellos, en realidad se encuentra en otro, haciendo en consecuencia perder al incauto un dinero difícilmente ganado. Entonces llamaban a este truco el “Pasa-pasa” por la facilidad con que el artista hacía trasladarse la bola de uno a otro recipiente. Junto a estos embaucadores se encontraba también el domador, que aparece en los relieves góticos con el oso amaestrado atenazado por la argolla en las fauces, al igual que el “húngaro” de siglos posteriores.

4. Lucha de Paladines. Autor, Desconocido

Lucha de Paladines. Autor, Desconocido

Los colonos recién llegados a estas tierras de frontera recién conquistadas, como lo fue el Campo de Montiel durante el siglo XIII, encontraron que algunas de las costumbres de Al-Ándalus tenían muchas más ventajas que perjuicios… Y las hicieron suyas. Una de las más llamativas (por la escasa conciencia de aseo personal que existía entonces) era la de los baños públicos: hasta tal punto resultaron estos locales providenciales para el hosco comerciante, el hidalgo o el burgués, que según nuestro erudito Sánchez Albornoz su uso se extendió como la pólvora y llegaron a ser mucho más corrientes en nuestro país de lo que se piensa. Los baños públicos fueron casi siempre de propiedad real, y el estado o concejo dictaba los días en que se podía acceder a ellos según sexo o raza. Por ejemplo, muchos fueros municipales estipulan que los martes, jueves y domingos deben reservarse para las mujeres, y el resto de los días para los hombres. A veces se especifican razas, y así, en el fuero de Sepúlveda, los jueves y sábados solo se abrían para los varones mientras que los viernes y domingos quedaban para uso exclusivo de los judíos.

5. Vista de Montiel desde el Castillo de La Estrella. Autor, Ciudad-Real.es

Vista de Montiel desde el Castillo de La Estrella. Autor, Ciudad-Real.es

Existía además una rígida legislación contra los frecuentes casos de robos o libertinaje en estos locales. No eran raras, por ejemplo, las riñas más o menos casuales y en las que el resultado era algún muerto por arma blanca. Tampoco la presencia de prostitutas, aunque dada la rígida moralidad de la época éstas ejercían su oficio ocultas bajo el velo de determinados formalismos (oficialmente se trataba de camareras con el cometido de cuidar de las tinas y los fogones).

6. Escena de la época que representa un mercado medieval. Autor, Desconocido

Escena de la época que representa un mercado medieval. Autor, Desconocido

En cuanto a los rateros, los había de todos los gustos y colores: pillastres, ladrones de guante blanco, jugadores tramposos… Por fortuna las leyes municipales regulaban extensamente estos ataques al bien ajeno y así, puede leerse en algunos fueros que:

“Si el objeto robado pertenece al establecimiento, el culpable será sentenciado a la amputación de una oreja. Pero si la víctima es un particular mientras disfrutaba de su baño, condénese al ladrón a perder las dos orejas”.

Continuará…


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