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Molineros de La Mancha, el arte de remar el viento

Molineros de La Mancha, el arte de remar el viento

En la balsa de Ramón hace tiempo que los grillos comenzaron a cantar. Son apenas las 8 de la tarde, pero el sol se esconde tras el cerro de los molinos y un aire de espigas, que llega del este, viene a refrescar el pueblo más que otros días. Quizás haya tormenta esa noche. Pablo “el de los Cantos” lo intuye mientras guía al borriquillo cargado de sacos vereda “alante” para atajar los últimos metros antes de la subida. En lo alto, donde el molino, se oye a ratos un coro de risas juveniles y femeninas. Van y vienen como vencejos en el viento solano, ahora se oyen, ahora callan por un tiempo. Vuelven de nuevo. Seguramente estará allí también su sobrina dándole a la sin hueso junto a las mozas del barrio. Dicen que van a bordar, sí. Siempre dicen lo mismo. Pero el tío Pablo sabe que, en la explanada del molino que da al norte, las vistas son mejores que en ningún sitio y el pueblo parece que se adorna de luceros al caer la noche, y que la brisa corre allí más fresca y juvenil, invitando a paliar junto a sus muros los ardores de una tarde de julio. Allí más que en ningún sitio su sobrina y las amigas de su sobrina pueden enterarse de los últimos chascarrillos de Genara, la esposa del molinero. Allí ríen mientras bordan tapetes bajo el vuelo de las polillas, (o palomitas, como él las llama) justo bajo la luz de la única bombilla que cuelga sobre la puerta. Con un guiño, la sobrina ha susurrado algo a las demás. Y de inmediato todas ellas recitan con guasa una antigua adivinanza castellana más vieja que las piedras:

“Vino no bebo,
porque agua no tengo,
que si agua tuviera,
vino bebiera”.

Por supuesto, como ya habrán adivinado, la respuesta es el molinero.

Campo de trigo a punto para la siega. Autor, Sybarite48

Campo de trigo a punto para la siega. Autor: Sybarite48

En las tierras del interior peninsular, de gran tradición cerealista, la aridez del clima y los escasos cursos de agua obligaron a buscar alternativas al molino hidráulico para la fabricación de harina. Éste, mucho más antiguo, se extendió con la cultura andalusí a lo largo de toda la Edad Media desde sus orígenes griegos y romanos. Pero su presencia en La Mancha siempre se vio limitada por las frecuentes sequías que secaban el cauce de los ríos, sobre todo en verano, precisamente cuando se produce la siega y la trilla del cereal. Por ello hubo que encontrar nuevos modos de obtener energía, y esta solución, por supuesto, vino del viento.

Los primeros molinos de viento ya fueron utilizados en China al menos desde el siglo V d.C, y desde el siglo IX d.C. también en el Medio Oriente. Estas primeras máquinas eran muy rudimentarias al estar las aspas dispuestas horizontalmente, pero se cree que España conoció gracias a los árabes el mecanismo (mucho más eficiente) del eje horizontal, lo que dio origen a los molinos mediterráneos con grandes velas latinas tal como pueden admirarse hoy en tierras murcianas. Algunos molinos andalusíes de esta época llegaron a tener hasta 16 velas, aunque por lo común variaban entre 8 y 10 según se usasen para molienda o bombeo de agua, respectivamente.

Molino del tipo mediterráneo en Cartagena. Autor, Nanosanchez

Molino del tipo mediterráneo en Cartagena. Autor: Nanosanchez

El molino de la Mancha puede considerarse un híbrido entre los molinos de Al-Ándalus y los procedentes del norte de Europa, estos últimos de origen incierto. Se dice que los primeros molinos de viento manchegos, y en general todos los europeos, surgieron con el regreso de los ejércitos que lucharon en los siglos XII y XIII por el Reino de Jerusalén. Las Órdenes de Santiago y de San Juan administraron con la Reconquista grandes propiedades en el centro-sur de la Península, y es probable que con ellos vinieran también las técnicas francesa e inglesa de molinería, que combinaron con la autóctona para desarrollar un modelo único. Una de las referencias más antiguas en Castilla-La Mancha se encuentra curiosamente en El Libro del Buen Amor, escrito en 1330 por Juan Ruíz, Arcipreste de Hita. Pero el tipo de torre cilíndrica y encalada con techumbre cónica que hoy admiramos en Alcázar de San Juan, Consuegra, Campo de Criptana o Mota del Cuervo, no se introdujo en la Mancha sino hasta mediados del siglo XV, difundiéndose después ampliamente por todo el territorio durante los siglos XVI y XVII.

Paisaje con molino. Aert van der Neer. Óleo sobre tabla, 1646

Paisaje con molino. Aert van der Neer. Óleo sobre tabla, 1646

Por fin el borrico de Pablo corona la pendiente. El hombre saluda al llegar con gesto hosco, descarga los sacos de trigo frente a la puerta y ayuda a “Fernandito”, el molinero, a meterlos en su interior. El diminutivo de este último no es sino chanza local: ocho y pico palmos a ojo y espaldas como dos yunques de herrero. Fernando no es nacido aquí: es de Antequera, pero conoce su oficio como nadie. Sabe por ejemplo que los cereales más usados en la zona son el trigo, la cebada y “los titos” utilizados para la fabricación de harina de almortas, base de las tradicionales gachas. Dentro, la luz se escapa rápidamente. En la cuadra el molinero almacena los sacos frente a frente con los que contienen harina, y a continuación se los carga a la espalda para subirlos por la escalera de caracol hacia los pisos superiores. Además de la cuadra hay otros dos: el primero, o camareta, donde se cierne la harina ya molida, y el último o moledero, que aloja toda la maquinaria y donde se realiza el trabajo de la molienda.

Lienzo de muralla del castillo medieval de Consuegra. Autor, Jebulon

Lienzo de muralla del castillo medieval de Consuegra. Autor: Jebulon

Como todos los años al comienzo de temporada fue el tío Pablo quien ayudó a Fernando a “armar las velas”, es decir, colocar en las aspas los lienzos que cubren el esqueleto de madera. La amistad viene de lejos. También sube a veces para echar una mano cuando cambian los aires y es necesario orientar la caperuza del molino a favor del viento dominante. En éste, como en el resto de molinos manchegos, la caperuza y la maquinaria forman una estructura móvil que puede girarse mediante un torno portátil o borriquillo dispuesto en el exterior. El trabajo para mover todo el equipo era duro puesto que sólo el conjunto de ejes, ruedas y piedras de moliz pesaba casi 5000 kg. Una vez que el molinero se cercioraba del viento (existían hasta 12 de ellos en distintas direcciones), hacía girar la caperuza mediante un palo de gobierno atado al borriquillo, todo ello muy lentamente y con gran pericia hasta lograr la orientación correcta, tras lo cual daba comienzo la molienda. Los molinos se construían normalmente en colinas altas y despejadas cerca de los pueblos, y por supuesto todos tenían sus aspas colocadas en el mismo sentido. No era raro que el molinero dispusiese para este fin de un catalejo en la moledera, y así, espiando por el ventanuco, podía verificar con los molinos cercanos que las aspas remaban en la misma dirección.

Molinos de Consuegra. Autor, Punxsutawneyphil

Molinos de Consuegra. Autor: Punxsutawneyphil

El molino tiene sus tercios, como solía decir Fernando, ya que no solo se trataba de moler y almacenar la harina sino estar avisado del trabajo de las piedras, estudiar los vientos, remendar los lienzos, reponer las piezas rotas e incluso cumplir con el parroquiano tanto de día como de noche, si para ello era menester. Durante la posguerra los molineros estuvieron sometidos a una estrecha vigilancia con el fin de evitar el estraperlo. Inspectores vestidos de paisano se presentaban a cualquier hora para revisar los sacos y requisaban con frecuencia harina y grano si las cuentas no eran correctas. Por eso se molía de madrugada. Sin embargo eran todavía peores los cambios imprevistos de tiempo. Cuando había tormenta, la altura y el aislamiento del edificio lo hacían muy atractivo para los rayos, y no estaba muy atrás aquel día en que el molino de “Zoque” ardió por los cuatro costados al caer una “chispa” sobre el techado de carrizo. La maquinaria y las vigas, todo de madera, prendió en un santiamén y no hubo quien apagase el incendio hasta dos horas después por lo lejos que quedaba del pueblo. En las tormentas era también frecuente que el viento girase bruscamente, lo que obligaba a parar la molienda durante las “nubes” por el peligro de que unas rachas cambiadas destrozasen las aspas o el engranaje. El molino tiene sus tercios, sí. Y Genara cerraba la discusión diciendo que cada nube tiene su aire, refiriéndose seguramente a que según cambiaba la nube, así cambiaría el viento.

Siega en los campos de cereal. Autor, Büschgens

Siega en los campos de cereal. Autor: Büschgens

Con el molino a pleno rendimiento, el giro de las aspas se transmitía mediante ruedas y engranajes a un eje vertical que movía la piedra superior, o “volandera”, sobre la piedra fija inferior o “solera”. Pablo y “Fernandito” abren uno de los sacos para que el último se cobre su sueldo en especie, un procedimiento llamado maquila usado en el pueblo desde tiempo inmemorial. Por cada fanega de candeal (unos 55,5 litros) el molinero se toma un celemín o doceava parte de la fanega (unos 4,5 litros). Después del reparto la maquila se guarda en pequeños depósitos del molino llamados trojes, uno para el trigo y otro para la cebada situado más abajo. Aunque los molineros tienen fama de pillos, no es el caso de Fernando. Él es hijo, nieto y biznieto de molineros y lo lleva en la sangre desde que lo parió su madre. No sabe ni de espabiles ni de truhanerías. Con el “casamiento” recién cumplido llegó allí junto a su mujer hacía 30 años, y ambos saben que en la comarca se oyen muchos dichos de molineros. Pero ellos no hacen caso, y ríen: “Ni horno ni molino tengas por vecino”, sentencia uno de ellos; o ese otro, tan castellano:

“Tin, tin, tin
de cada fanega un celemín,
y si es de rico otro para el borrico,
y si la molinera no lleva jubón,
¡un celeminón!”

Más todavía ríen y se echan los ojos cuando, con proverbial lascivia castellana, el romance mete la directa y achaca al molinero todo tipo de líos de faldas. En uno de ellos, fechado a finales del siglo XVI, aparecen de nuevo juntas las dudosas proezas de molinero y hornero. Dice así:

“Un fraile y dos sacristanes
concertaron de moler
más trigo que dos gañanes,
y sobar muy bien los
y hacer el horno arder”.

Molino manchego en Campo de Criptana. Autor, M. Peinado

Molino manchego en Campo de Criptana. Autor: M. Peinado

El tío Pablo y Fernando vierten poco a poco el trigo en la tolva con la única luz de un candil. Un ingenioso aparato sonoro avisa al molinero cuando el grano está a punto de acabarse, lo que podría provocar un recalentamiento de las piedras, y al oírlo vuelve a echar más grano al recipiente. Así, con paciencia y buen hacer, el grano cae a golpes por un canal hacia la hendidura que hay en el centro de las dos piedras, la “volandera” y la “solera”. El movimiento giratorio de la piedra superior tritura el grano contra la base y poco a poco va desplazándose hacia fuera gracias a unas pequeñas hendiduras labradas a mano. En la parte exterior el espacio entre las piedras es más estrecho que en el centro, por lo que el proceso de molido ejerce cada vez más presión. De esta forma, al salir, la cáscara está totalmente separada de la harina (aunque mezcladas) y todo cae finalmente por un canalón hacia la camareta, donde Genara tendrá que colocar sacos para recogerlo y así cerner la mezcla con el cedazo.

Pero no sin antes hacer un alto en la molienda para cenar. Frente a la puerta, al amparo de la noche y de la única bombilla que alumbra el cerro, ya hay puesta una mesa baja. Al lado cuatro serijos de esparto y dos sillas, el porrón en el poyo, junto al muro, y sobre el mantel una fuente de tocino, un plato de queso en aceite, pan, navaja de ocho duros y muchas hambres por distraer. Tras unos minutos de espera que se hacen eternos, Genara y la sobrina de Pablo aparecen trayendo a cuatro manos la reina de la velada: una sartén repleta de gachas. Y viendo a su mujer en la puerta del molino, enharinada hasta el moño pero feliz, he aquí que a la memoria de Fernando llega el recuerdo de sus años jóvenes: los tiempos en que alguien le contó la historia de cierta molinera que vino a armar caballero al héroe con más donaire y arrojo que ha parido jamás tierra manchega. Por fortuna, malagueño como era, nunca pudo olvidar la cita:

“Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé venturas en lides”. (…) Preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó Don Quijote que se pusiese don, y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes”.

“(…) Y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y abrazando a su huésped, le dijo cosas tan extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas”.

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré, 1863

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré, 1863

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Si queréis conocer La Mancha, os proponemos vivir esta experiencia: Entre Viñas, Teatros, Molinos y Lagunas
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Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (2ª Parte)

Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (2ª Parte)

El viajero sube a la mañana siguiente al famoso cerro Calderico y al castillo que lo corona. La mañana es fresca, en lo alto un ligero viento hace correr los últimos hilachos de la tormenta que descargó por la noche. Mientras trata de ir saltando los charcos del sendero, le viene a la mente la historia de Zaida, la princesa de origen musulmán por cuyo matrimonio con el rey de Castilla, Alfonso VI, se consiguió para la cristiandad el castillo de Consuegra. Zaida era una joven agraciada de apenas metro y medio de estatura, según revelan los pocos restos óseos que se conservan, y que casó en primeras nupcias con el hijo del rey de Sevilla Al-Mu’tamid.

 

2. Campos de Consuegra. Autor, Jose María Moreno García

Campos de Consuegra. Autor, Jose María Moreno García

Cuando los Almorávides cruzaron el estrecho y amenazaron con apoderarse de todas las Taifas de la península, su marido, el rey cordobés, la puso a salvo en el cercano castillo de Almodóvar del Río, mientras el moría a manos de los africanos a las puertas de la antigua ciudad califal. Alfonso VI tomó como vasallo al suegro de Zaida y éste se apresuró a pedirle que salvase a la princesa, sitiada y sin posibilidad alguna de escapatoria, a lo que éste accedió de buena gana. Marchando hacia Almodóvar del Río Alfonso se dispuso a entablar batalla con el ejército Almorávide, pero por desgracia el choque resultó contrario a sus intereses. Eso sí, consiguió rescatar a la princesa, que así marchó con él a Toledo pasando a ser al poco tiempo su concubina. A la muerte de la esposa del monarca, Zaida se convirtió al cristianismo bautizándose con el nombre de Isabel, y Alfonso la tomó como esposa recibiendo de Al-Mu’tamid como dote el castillo de Consuegra…

 

3. Detalle de las murallas. Autor, M. Martín Vicente

Detalle de las murallas. Autor, M. Martín Vicente

Bonita historia, piensa nuestro caminante, mientas ataca la última cuesta del terreno antes de llegar a los gruesos muros de la fortaleza. No le lleva mucho tiempo contemplar su porte altivo y su diseño militar admirable incluso para nuestra época. De planta cuadrada, dispone de una torre circular en cada uno de sus lados, mientras que de su origen árabe habla la espectacular torre albarrana, en la parte más meridional del castillo, y que en su época estaba unida al cuerpo principal gracias a un adarve. A pesar del abandono sufrido con la desamortización del XIX y los estragos de un incendio, hoy en día el Ayuntamiento lleva a cabo una reconstrucción integral que han convertido al castillo de Consuegra, sin duda, en una de las tres fortalezas mejor conservadas de toda Castilla La Mancha.

 

4. Castillo de Consuegra. Autor, Mackote_VK

Castillo de Consuegra. Autor, Mackote_VK

Desde allí el caminante se dirige hacia los famosos molinos, cuya estampa ha recorrido los cinco continentes hasta convertir al paisaje manchego en uno de los hitos turísticos más universalmente conocidos. Son 12 los molinos, cada uno de ellos con un nombre que parece sacado de las páginas más envidiadas de Don Quijote. Pero al viajero le interesa sobre todo su historia, cuál era en verdad el funcionamiento de estos gigantes y la dura vida del molinero y su familia, enganchada día y noche a las aspas generadoras de fuerza motriz. Allí acudían los agricultores de secano con sus sacos de trigo, de cebada o de guijas, que se almacenaban apilados en la cuadra o planta inferior de la estructura. De allí el propietario los subía cargados a la espalda hasta el moledero, el último piso, donde estaba situada la maquinaria principal y se efectuaba el trabajo de la molienda.

 

5. Por tierras del Campo de San Juan. Autor, Parsifal Poirot

Por tierras del Campo de San Juan. Autor, Parsifal Poirot

Previamente, por supuesto, era necesario armar las velas, es decir, colocar los lienzos de tela que cubren las aspas del molino. Una vez colocadas se giraba la caperuza cónica que corona el edificio por medio de un torno exterior y un palo de gobierno, y que junto a la maquinaria iba orientándose lentamente hasta enfrentarse al viento dominante. La vigilancia era constante, y uno de los peligros más temidos lo constituía precisamente la llegada de las nubes de verano, acompañadas a menudo de rachas impredecibles. Si el viento giraba bruscamente y el molinero no estaba avieso, era frecuente que las aspas y hasta la propia maquinaria se destrozasen con el golpe súbito y fatal.

 

6. Molinos de Consuegra. Autor, Jv_sc

Molinos de Consuegra. Autor, Jv_sc

Con el molino en funcionamiento, el giro de las aspas se transmitía mediante ruedas y engranajes a un eje vertical que movía la piedra superior, o “volandera”, sobre la piedra fija inferior o “solera”. En la tolva se iba vertiendo poco a poco el grano que pasaba por una hendidura hasta situarse entre las dos grandes piedras de molino, quedando así triturado por el movimiento giratorio. Al salir, la cáscara estaba totalmente separada de la harina y todo caía al final por un canalón hacia la camareta, bajo el moledero, donde se cernía la mezcla con un cedazo. De esta forma quedaba la harina lista para su entrega al propietario… por supuesto, previo pago de una parte al artífice del milagro.

 

7. Detalle de las aspas. Autor, Rboot_rboot

Detalle de las aspas. Autor, Rboot_rboot

Cuando termina el repaso a los 12 molinos de Consuegra se le ha echado ya la hora del mediodía. Hace calor y tiene hambre, de modo que nuestro caminante baja a grandes pasos hasta las primeras casas del pueblo para preguntar por un mesón donde remojar el gaznate y echarse algo al cuerpo. No tiene que caminar mucho, y tras las precisas indicaciones llega a un patio amplio en cuyo interior encuentra fácilmente lo que busca. En la mesa, bajo un toldo a rayas verdes y blancas, le colocan un porrón de vino fuerte de la tierra y una sartén de gachas, acompañadas de la inevitable fuente de tocino y ajos tostados. No necesita más, ni siquiera parroquianos que le den las consabidas noticias de entierros, nacimientos y bondades de la cosecha. Poco a poco el medio día va pasando y se convierte en tarde abrasadora, y en la somnolencia que sigue a la comida el viajero planea (o cree planear, ni siquiera está seguro de ello) adonde le llevarán ahora sus pasos de vagabundo por la tierra del Campo de San Juan. Pero eso es sin duda otra historia…

 

8. Sartén de gachas manchegas. Autor, Jlastras

Sartén de gachas manchegas. Autor, Jlastras

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A su salud. La historia más alocada del vino (1ª parte).

A su salud. La historia más alocada del vino (1ª parte).

1. El origen del vino es tan antiguo que nadie puede aventurar cuando se animó el hombre a echar el primer trago. En yacimientos de época neolítica situados al sur de los Alpes los investigadores han encontrado pepitas de uva junto a restos de palafitos (antiguas viviendas construidas en lagos), lo que sugiere que la uva no era de origen silvestre y había sido transportada hasta allí. Es probable sin embargo que la elaboración del vino se produjera mucho antes y de forma casual, cuando alguien dejó olvidados en un cuenco algunos racimos. Dado que este fruto fermenta espontáneamente solo hizo falta que otro más avispado apurara después el contenido.

Lo que sí es cierto es que el cultivo de la vid y la producción de vino han sido una práctica habitual desde hace más de 7000 años. Las pruebas más claras se encuentran en antiquísimos asentamientos de Irán, como Hajji Firuz Tepe, donde las excavaciones han sacado a la luz recipientes de cerámica con restos de ácido tartárico, lo que indica sin género de dudas que en el pasado contuvieron vino. Es posible que de allí el consumo se extendiese con rapidez por amplias regiones de Oriente Medio, y que fuese un artículo muy solicitado en la densa red de intercambios comerciales de la época. Las primeras referencias escritas proceden de Ur, durante el periodo de las ciudades-estado sumerias. Los arqueólogos han encontrado en este yacimiento numerosas tablillas de arcilla donde se narran diversos episodios sobre la elaboración del vino. Pero sin duda la cita más famosa de aquellos tiempos corresponde a la Biblia. En ella está escrito: “Noé se dedicó a la labranza y plantó una viña. Bebió del vino, se embriagó, y quedó desnudo en medio de su tienda”. (Génesis 9. 20-21).

Racimo de uvas blancas. Autor, Tuku

Racimo de uvas blancas. Autor: Tuku

2. Aunque para los egipcios la cerveza era más popular que el vino (puesto que era diez veces más barata), los investigadores han hallado en el interior de tumbas egipcias vasijas de vino “de marca” donde se hacía constar datos del propietario, la calidad del vino o la añada. Este hecho indica el gran interés de los habitantes del Nilo por la calidad de los caldos. Sin embargo fueron los fenicios y sobre todo los griegos quienes extendieron la cultura del vino por todo el Mare Nostrum, trayéndolo finalmente a la Península Ibérica en el I milenio a.C. De la importancia del vino en Grecia da cuenta la costumbre del brindis, al que los griegos eran devotos: se brindaba en las comidas por todos los presentes; se brindaba por los difuntos; se brindaba por los Dioses en forma de libaciones y ni siquiera dejaban de hacerlo en sus viajes por mar, para lo cual abastecían generosamente sus bodegas antes de partir… No es extraño que el Mediterráneo esté repleto de naves griegas hundidas.

Sirviendo vino en un banquete. Copa de cerámica griega. 450 a.C.

Sirviendo vino en un banquete. Copa de cerámica griega. 450 a.C.

En tierra el vino era esencial durante los ritos funerarios o en las ofrendas sagradas, únicos actos por cierto donde podía tomarse en su forma pura ya que los griegos tenían por costumbre beber vino mezclado con agua. Aunque su consumo era un lujo para las clases bajas, las familias y el mundo acomodado en general lo bebían a diario en los llamados banquetes, palabra de origen griego que significa literalmente “reunión de bebedores”. En los banquetes las bebidas se acompañaban de diversos aperitivos y eran con mucho la parte más importante de la velada. Era habitual, por ejemplo, que el anfitrión ofreciese a los presentes una selección de vinos, muchos de ellos exóticos, así como diversos números de variedades (si podía permitírselo), mientras los invitados permanecían postrados en sus divanes y recitaban versos alusivos a la embriaguez de los presentes: “¡No, no está muerto, nuestro querido Harmodio”.

3. Los romanos, como ya es sabido, tenían una gran afición al vino (el consumo medio de un romano variaba entre 1 y 5 litros por persona y día). Durante sus fiestas en honor al dios Saturno, celebradas en lo que hoy es nuestra Navidad, todo lo prohibido dejaba de serlo y las normas eran violadas sistemáticamente al tiempo que el vino corría en las mesas como agua de mayo. En las Saturnales el juego estaba permitido y los prisioneros recuperaban su libertad, los esclavos portaban máscaras y se convertían en señores mientras el dueño pasaba a ser siervo y les obedecía. También estaba permitido que las mujeres consumiesen vino, cosa que debían evitar el resto del año si no querían exponerse a un altercado conyugal (de aquella época viene la costumbre de besar a la esposa en la boca al llegar a casa, aunque ellos lo hacían para cerciorarse de que no había bebido).

El triunfo de Baco. Óleo sobre lienzo. Diego Velázquez, 1629

El triunfo de Baco. Óleo sobre lienzo. Diego Velázquez, 1629

Por supuesto, la embriaguez era cosa generalizada en estas fiestas de hasta una semana de duración, y hasta tal punto fue así que su nombre pasó a designar la enfermedad que produce el envenenamiento de plomo, o saturnismo, puesto que las ánforas destinadas al vino estaban recubiertas interiormente de ese metal. Sus síntomas, por cierto, eran sospechosamente parecidos a la embriaguez: vómitos, dolores de cabeza y reducción de las facultades mentales.

4. ¿Cuál fue el verdadero sabor de estos vinos? Más de uno se habrá preguntado alguna vez si los caldos griegos o romanos serían comparables a los que disfrutamos en la actualidad. Tenemos referencias históricas que hablan de vinos de sabor fuerte, o especiados con diversas hierbas aromáticas u otras sustancias (en algunas islas como la de Léucade, en el mar Egeo, los griegos tenían la costumbre de añadir yeso al vino para aclarar su color), pero la experiencia más fascinante en este sentido vino de la mano de las primeras exploraciones subacuáticas, cuando empezaron a salir a la luz los hallazgos de pecios hundidos en el fondo del Mediterráneo.

Explorando un pecio hundido en Murcia. Autor, Lindacq

Explorando un pecio hundido en Murcia. Autor: Lindacq

El mítico Jacques Cousteau y su equipo hallaron en los años cuarenta del siglo XX dos de estos pecios frente a las costas de Marsella. En su interior, preservadas admirablemente tras más de dos milenios en el lecho marino, los buceadores contabilizaron un total de 1400 ánforas destinadas a transportar vino y otros productos comerciales de la época. Estos recipientes, muchos de procedencia etrusca, estaban recubiertos con resina para evitar la evaporación y tenían tapones de corcho que se sellaron con brea a fin de conseguir un cierre hermético. Por supuesto, después de subir algunas de estas ánforas a la superficie, los expedicionarios estaban ansiosos por probar el contenido y brindar con vino de 2000 años a la salud de todo el equipo. Cousteau comentaba después la experiencia en su ya clásico Mundo del Silencio: “contiene un vino mohoso, vetusto y con una pizca de sal, pero no ha perdido el alcohol”. Sus palabras lo dicen todo.

Antiguas ánforas egipcias de vino. Autor, Rama

Antiguas ánforas egipcias de vino. Autor: Rama

5. La religión de Mahoma prohíbe a los musulmanes el consumo de vino y bebidas alcohólicas. A pesar de ello el vino fue un producto habitual que se generalizó en  Al-Ándalus durante todo el periodo islámico. Hay que decir que algunos productos propios de la vid gozaban de gran reputación en la Península, como el rubb (nuestro actual arrope), un jarabe que se elaboraba mediante la cocción del mosto extraído de uvas pasas. El rubb era legal, pero con mucha frecuencia se sustituía por vino aprovechando el idéntico color de ambos, lo que obligó a las autoridades a prohibirlo igualmente. En la mesa de las clases altas el vino circulaba sin tapujos y se toleraba siempre y cuando no condujese a la embriaguez. Otra cosa era el pueblo llano. La venta en las ciudades de Al-Ándalus tenía carácter clandestino y para ello existían los murus (antiguos silos de grano abandonados), donde el alcohol se despachaba sin demasiados miramientos. Ante una inspección la excusa era clara: el vino solo se vendía a los cristianos (la población mozárabe).

Sin duda los cristianos disfrutaron de una mayor tolerancia debido a su religión y a su categoría de infieles, aunque en ciertas épocas el rigor subió de tono, como cuando el sultán magrebí Abu-l-Hasan les permitió únicamente el vino que pudiesen consumir imponiendo penas a aquellos cristianos que lo vendiesen o compartiesen con los musulmanes. Pero hay que decir que ninguno de estos esfuerzos tuvo realmente mucho éxito. En las zonas rurales su consumo estaba apenas controlado y durante el siglo X el califa cordobés Al-Hakam II quiso atajar el problema ordenando arrancar todas las viñas. Sus consejeros, sin embargo, le convencieron fácilmente de lo ineficaz de la medida: “Es inútil” dijeron “A falta de uva la población puede elaborar bebidas alcohólicas casi con cualquier cosa”.

Pintura andalusí del siglo XIII

Pintura andalusí del siglo XIII

6. Probablemente, una de las armas que más se esgrimieron a favor del vino entre los musulmanes fue el propio Corán, el Libro Sagrado de los creyentes. En las primeras revelaciones al Profeta el vino aparece como uno de los regalos de Dios a la humanidad (sura XVI, 69/67), y es, junto a la leche y la miel, uno de los placeres que se pueden hallar en el Paraíso (sura XLVII, 16/15). En cualquier caso, aunque al vino siempre se le juzgó con un doble rasero en el mundo islámico, es cierto que muchos fieles repudiaron el alcohol poniéndolo a la altura de los peores vicios. Nada mejor para ilustrarlo que el relato del viajero granadino del siglo XII Abu Hamid, donde explica tras uno de sus periplos la conversación mantenida con el rey de los Húngaros:

«Cuando se enteró de que yo había prohibido a los musulmanes beber vino y les había permitido tener esclavas concubinas, además de cuatro esposas legítimas, dijo: “Eso no es cosa razonable, porque el vino da fuerza al cuerpo, y en cambio la abundancia de mujeres debilita el cuerpo y la vista. La religión del Islam no está de acuerdo con la razón”. Yo dije entonces: “(…) el musulmán que bebe vino no busca sino embriagarse hasta el máximo, pierde la razón, se vuelve loco, comete adulterio, mata, dice y hace impiedades (…) Por lo que respecta a las esclavas concubinas y a las mujeres legítimas, a los musulmanes les conviene la poligamia a causa del ardor de su temperamento. Además, cuantos más hijos tengan, más soldados serán”. Dijo entonces el rey: “Escuchad a este jeque, que es hombre muy sensato”. De esta suerte, aquel rey, que amaba a los musulmanes, se desentendió de los sacerdotes cristianos y permitió que se tuviesen esclavas concubinas».

Como puede verse, el rey húngaro supo lo que le convenía de boca de Abu Hamid. Pero no por ello renunció al vino.

Vino, porrón y olivas. Autor, Txapulán

Vino, porrón y olivas. Autor: Txapulán