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De Turismo Accesible por Valdepeñas

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Os proponemos un recorrido accesible para conocer los rincones, sabores e idiosincrasia particular de este manchego Valle de las Peñas o Valdepeñas


Quijotesca, oretana, calatrava y siempre muy relacionada con la cultura del vino, Valdepeñas se abre ante nosotros en los últimos kilómetros de planicie antes de las estribaciones de Sierra Morena.
Desde nuestra llegada, comprobamos el papel capital que la vid juega en el desarrollo de esta ciudad manchega. La rodean importantes extensiones de viñedos y bodegas, pero, además, en el casco urbano se encuentra su maravilloso Museo del Vino.

Recorriendo las galerías de esta antigua bodega, descubrimos la evolución histórica en el tratamiento de la vid, y sus paredes están decoradas con frases de celebridades como uno de sus ilustres hijos, Francisco Nieva, quien reverenció y alabó el sabor puro de los vinos de la comarca valdepeñera. Y cada septiembre se homenajea a la uva en las Fiestas del Vino.

El vino está presente también en la Plaza de España, corazón de la localidad y cuya fuente está dedicada a la prensa de la uva. En torno a esta típica plaza manchega, se suceden las terrazas en las que se pueden degustar los vinos y se articulan los edificios principales de la ciudad, como el Ayuntamiento, la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y su Museo Municipal.

En la cercana pinacoteca de la Fundación Gregorio Prieto podemos admirar una preciada colección de arte moderno, que tiene el honor de ser una de las más apreciadas no sólo de la provincia sino de toda Castilla – La Mancha.
Más alejado del centro se alzan el molino más grande del mundo y el Museo de los Molinos, y en las afueras se pueden disfrutar de los vestigios de los primeros pobladores de la zona en el yacimiento arqueológico íbero del Cerro de las Cabezas, justo a orillas del río Jabalón… ¡¡¡COMENZAMOS!!! 

Nuestra propuesta de ruta accesible por Valdepeñas comienza en el mismísimo centro urbano, en concreto en la Plaza de España por ser considerada como núcleo de la vida y el comercio de la ciudad. Aúna a su alrededor la tradición, lugar de reunión, de ocio, en la multitud de bares y restaurantes que encontramos en ella. El auge económico del municipio, entre los siglos XVIII y XIX, fue decisivo para la construcción de alguno de los edificios de esta bonita plaza, como la Casa Izarra, la Casa Cruz o la sede del Casino La Confianza.

Nos llama la atención su colorido, edificios en blanco y azul, colores que simbolizan la Mancha. Y la bella Iglesia de la Asunción, tiempo atrás fortaleza de la Orden de Calatrava, y que sobresale por las preciosas e imponentes puertas de su fachada, cómo la Puerta de los Catecúmenos, inspirada en La Piedad. Recorriendo su fachada no podemos dejar de lado el fabuloso reloj de sol, con una inscripción en árabe en referencia a Mahoma.

Dentro destacan seis tablas de su antiguo retablo, destruido en la Guerra Civil Española, atribuidas al pintor Yáñez de la Almedina, discípulo aventajado de Leonardo Da Vinci; además de la talla de la patrona, la Virgen de la Consolación, obra de Gregorio Prieto.

Paseando por la calle Real llegamos al Museo Municipal, ubicado en una antigua casa solariega del siglo XVI. El museo nos muestra el magnífico patrimonio cultural que posee Valdepeñas. A través de sus salas descubrimos lo mejor del arte contemporáneo, de la mano de pintores como Francisco Nieva o Ignacio Crespo Foix. Pinturas frescas y dinámicas, que muestran paisajes locales y escenas de la vida cotidiana.
Desde el punto de vista arqueológico, el museo ofrece una parte de los objetos o hallazgos procedentes de las excavaciones que, desde el año 1985, se vienen realizando en el yacimiento de la ciudad ibérica del Cerro de las Cabezas. Vasijas, jarrones y platos nos descubren el día a día de los íberos instalados en Valdepeñas.


Valdepeñas es mundialmente reconocida por su preciado y exquisito vino


Pero, por encima de todo, Valdepeñas es y será conocida por su producción de vino. La tradición de Valdepeñas es la historia de sus viñedos, de sus frutos y sus vinos desde tiempos ancestrales. Y para conocer toda esta historia es imprescindible adentrarse en el Museo del Vino, ubicado en la antigua bodega de Leocadio Morales.

El museo nos permite descubrir la evolución de cultura de la vid y la elaboración de los vinos de una forma muy didáctica e interactiva, así como toda la tradición de la Denominación de Origen Valdepeñas, un ejemplo vivo de la transición del mundo artesanal a la industrialización del siglo XX en la elaboración del vino.
Nos encontramos aquí una gran muestra de cómo era una bodega tradicional, con una serie de objetos expuestos como tinajas, barriles, herramientas agrícolas y fotografías que nos explican cómo ha ido evolucionando el trato de la uva con el paso del tiempo.

En el museo aparecen citas de ilustres valdepeñeros, como el Premio Cervantes de Literatura, Francisco Nieva, o el pintor Gregorio Prieto, que describen con orgullo el preciado fruto que la vid da en esta tierra.

La tecnología ayuda a que el recorrido por las galerías del museo resulte más atractivo, ameno y, sobre todo, didáctico para el visitante, con el encanto que supone recorrer una bodega de verdad.


Bodegas centenarias, divertidas catas y gastronomía para sibaritas con el mejor vino de Valdepeñas


Son muchas las bodegas de Valdepeñas que destacan en el turismo del vino. Pero sin duda Bodegas Navarro López es nuestra preferida por la calidad de sus actividades: nos permiten conocer de primera mano su origen, los procesos tradicionales de elaboración desde la cepa a la copa, cómo llevan a cabo la crianza de sus mejores vinos, disfrutando y aprendiendo a valorar sus características a través de catas y degustaciones. Nos ofrecen experiencias inolvidables de enoturismo para todos los públicos.

La oferta gastronómica de Valdepeñas se completa con numerosas tabernas, bares, restaurantes y vinotecas que toman como referencia la extendida cultura de la tapa y la cocina tradicional manchega para llevarla a una gran variedad de platos de altísima calidad.


Valdepeñas atesora un yacimiento arqueológico de transcendencia internacional: el Cerro de las Cabezas


Para los amantes de la arqueología, el Centro de Interpretación del Cerro de las Cabezas de Valdepeñas, situado junto al mismo yacimiento Ibérico, nos espera con una interesante exposición arqueológica con la que nos vamos a remontar al siglo VII antes de Cristo para aprender más sobre nuestro legado cultural y descendencia.

El Yacimiento del Cerro de las Cabezas (que muy pronto se convertirá en un nuevo Parque arqueológico de Castilla – La Mancha) muestra un perfecto ejemplo de la estructura que seguían las ciudades iberas que se levantaron en la península. Resulta llamativo cómo se construyó esta gran ciudad Oretana aprovechando las características del cerro en el que se ubica y el fértil entorno a orillas del río Jabalón.

A través del Centro de Interpretación del yacimiento, referente en España para el estudio de la Cultura Ibérica, podemos conocer de forma dinámica la realidad funcional de esta ciudad. Mediante maquetas y recreaciones a escala, objetos, vídeos, simposios, talleres, fotos y el uso de montajes en 3D descubriremos los puntos más relevantes que conformaron la vida de los pobladores íberos que residieron aquí hasta el siglo II antes de Cristo.

Por cierto, el hallazgo de materiales orgánicos relacionados con la producción del vino en este yacimiento constata aún más la tradición vinícola de Valdepeñas, que se remonta por tanto al tiempo de los íberos.


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Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Almagro. Vivir con el teatro

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La ciudad de Almagro tiene un maravilloso aire teatral


El redescubrimiento del Corral de Comedias en 1957 animó la tranquilidad de esta localidad castellana hasta convertirla en la meca del teatro del Siglo de Oro. Al ritmo de versos que resonaron entre las vigas de madera hace tres siglos, el público entra al Corral y se transforma sin remedio en un personaje del siglo XVII.

Festival de Teatro Clásico de Almagro. Corral de Comedias. Autor, Abariltur

Almagro, un pueblo cargado de historia flotando en la llanura manchega. Las calles, incluido el callejón de las ánimas, son de blanco deslumbrante y de las ventanas de las casas cuelgan balcones negros.
Detrás de algunas puertas, al fresco de la sombra, almagreñas maduras tejen con entusiasmo encajes de bolillos que son vendidos en la Plaza Mayor.

Detrás de un portalón de esa plaza y un poco retirado se encuentra el corral más noble de Castilla, el Corral de Comedias. El más noble, pero también el más popular y antiguo de los escenarios: los teatros palaciego, religioso (en torno a la fiesta del Corpus) y el teatro popular de los corrales son los tres tipos de representación del Siglo de Oro español.

En este lugar cuadrado, recogido y acogedor, el escenario se convierte en un túnel del tiempo para ofrecer, en espectáculo, el periodo más brillante de la cultura y el arte españoles. Unos actores al alcance de la mano de los espectadores consiguen hacer comprender a través de pasiones, aventuras, amores y emociones el alma del ser humano y los engranajes del mundo contemporáneo… la ingenuidad de la democracia civil y las inquietantes ambigüedades entre justicia y venganza, por ejemplo, patentes en El Alcalde de Zalamea, de Calderón.

Plaza Mayor de Almagro

En el siglo XVII, el público asistía a las representaciones atraído por la novedad de la comedia o por la fama de su autor. La expresión “comedia nueva, jamás vista ni representada” se hacía constar en los contratos con las compañías, dado que la originalidad de las obras favorecía la asistencia del público y el consiguiente aprovechamiento de los corrales de comedias. El Consejo de Castilla, en 1644, llegó a imponer como condición para permitir las comedias “que en una semana no se pueda representar sino sólo una comedia nueva, que al cebo de las comedias nuevas se llenan los patios”.

Tres siglos más tarde, los amantes del teatro, que algunos llaman “clásico”, acuden a Almagro desde cientos, e incluso miles, de kilómetros de distancia, merodean por las callejuelas, cenan y pasan a continuación al Corral para comprobar que el tiempo de los clásicos es perpetuo.

Los más asiduos se sienten incluso parte integrante del espectáculo. La relación de familiaridad, cuando no de intimidad alrededor de un susurro, entre espectadores fieles y actores hace que el escenario del Corral sea un espacio de emoción compartida.

El éxito del Festival Internacional de Teatro de Almagro, medido por la calidad de las representaciones y por el número de visitantes y espectadores, ha transformado en cierta medida la manera de ser de los almagreños. La teatralidad del Festival se desparrama sin contemplaciones por las calles y los jardines hasta convertirse en una realidad tan permanente como el Convento de Calatrava.

Almagro y el teatro, ya inseparables, son para el Siglo de Oro lo que Doñana significa para el lince y el águila imperial, sólo que aquí las riquezas se conservan exhibiéndose e interpretándose.


El teatro obedece al mismo proceso que la libertad: sólo se gasta cuando no se usa


Un rincón de Almagro


Convento de la Asunción de Almagro

Encaje de bolillos. Autor, Ramón Martínez

Encaje de bolillos de Almagro


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Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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El miedo, cuento de vendimia

Más de una hora tardamos en llegar a la casa de labor, desde pleno campo, en donde aquel día de septiembre nos sorprendió la tormenta. Interrumpida la vendimia nuestra marcha fue lenta y penosa, porque el fuerte viento y los arreos dificultaban el acceso a través de cañadas y alcores.

Al llegar vimos guarecidos en derredor del hogar algunos pastores de la zona, que habían prendido buena fogata para secarse y hablaban del poder del miedo. Nos quedamos a escucharles, máxime al ser el tío Celestino, viejo rabadán a quien ya conocíamos, el que comenzaba a narrar una inquietante historia.

Referíase a aquellos ya lejanos años en que él iba con el gran rebaño trashumante del marqués de Mudela al fértil valle de Alcudia, la tierra siempre pródiga en pasturaje, situada más allá de las llanadas calatravas de la Mancha Alta. Su verbo, de cálida y jugosa simplicidad, describía admirablemente esta región, comprensiva de buena parte de la provincia de Ciudad – Real, confinante con las otras tres, en parte también manchegas: Toledo, Cuenca y Albacete. “Este terreno –decía a modo de comparación con su tierra de adopción, Castilla y León- es muy distinto de la vieja Castilla. Allí los pueblos, por lo general, son pequeños y se encuentran cercanos; aquí son grandes y están lejos entre sí. Allí predomina el trigo y el pino; aquí la vid y la encina. La propiedad está en Castilla muy repartida, mientras que en La Mancha, por el contrario abundan el absentismo y las fincas de enorme extensión.

La industria vitivinícola, que tanto se ha desarrollado aquí, merced al poder admirable que tiene el suelo para el cultivo del bíblico arbusto, ha enriquecido a sus pueblos: Valdepeñas, Tomelloso, Manzanares, Alcázar, Villarrobledo, Socuéllamos, Argamasilla…”

Y siguió el pastor hablando de parecida guisa a como nosotros describimos, a grandes pinceladas, La Mancha. Por la feraz campiña, entre pueblo y pueblo, vénse diseminadas numerosas edificaciones, algunas blancas por el enjalbegado de reminiscencia agarena, todas ellas destinadas a guarecerse labriegos y ganados, a las que los naturales del país denominan quinterías y bombos.

Bombo de Tomelloso

Casilla manchega

Los labradores, los gañanes, permanecen en el campo toda la semana, principalmente durante la época hiemal, en que han de binar viñas y roturar barbechos. Salen del lugar el domingo, a la caída del véspero, y van por los caminos con sus carros y yuntas, bien aprovisionados para los seis días, llegando al bombo o a la quintería –en ocasiones, vestigio de la antigua venta- a la hora de hacer la cena y acostarse para madrugar al día siguiente y trabajar. No ha de tornar al pueblo hasta el sábado siguiente, al mediodía, con el fin de renovar sus provisiones, reparar los útiles del trabajo, atender un poco a su simplicísimo aseo personal y ver, a la vez, a la familia, a la esposa, a la novia… Caminan cantando, animosos, mientras el sol agonizante ilumina con sus rayos postreros aquella caravana de la gleba, que a veces se extiende en larga hilera. Y allá, a su llegada a la habitación campestre, que siempre está abierta ofreciendo asilo al labriego que necesite ocuparla y al pobre viandante desheredado que haya menester de refugio, han de convivir todos en fraterna calma.

Se da a veces el caso de encontrarse solo un labriego por todo ocupante de la quintería; pero estas gentes, habituales a las privaciones, a los rudos trabajos, e, indistintamente, a la compañía y a la soledad, no sienten, por lo general, el miedo. Mas éste, como algunas otras cosas, puede presentarse en quien menos se piense y cuando menos se crea, como lo prueba esta narración del longevo pastor.

Fué el sucedido un día de crudo invierno. Llegó solo un joven zagalón al apartado habitáculo, situado en plena llanura por la que otrora efectuara su primera salida Alonso Quijano el Bueno. No había nadie –que se viese- en ella. Desenjaezó sus mulas, diólas pienso y, por último, prendió en el hogar unas gavillas bien secas que como incipiente combustible del pueblo llevaba, a fin de calentarse y preparar el condumio –las insustituibles gachas de almortas y los sabrosos torreznos-, cantandillo, a todo esto, sus endechas en recuerdo del amor que a 10 leguas de distancia dejaba.

Una vez terminado todo ello preparóse para cenar y, apartada ya la sartén y con pan y navaja en mano, ocurriósele decir en alta voz, al mismo tiempo que se sentaba, con tono irónico al creer firmísimamente en su completa soledad:
– ¡Vaya!, ¿ustedes gustan?
Y no bien hubo acabado de pronunciar aquellas contadas palabras cuando oyó que respondían con hoscas y entrecortadas voces, desde el fondo de la destartalada estancia:
– ¡Muchas gracias! ¡Qué aproveche!

Eran unos mendigos, tendidos e invisibles en un rincón de la cuadra, en la que antes de llegar el mancebo habíanse guarecido, despeados por el largo caminar, para pasar la noche, los que, creyéndose en verdad invitados, así contestaban.

Pero el joven labriego, que dijo aquellas palabras plenamente convencido de ser él la única persona que allí alentaba, no imaginando, por ende, que nadie le respondería, recibió el susto más formidable que cabe concebir. Se produjo en él una brusca reacción y levantóse en actitud vesánica.

Precipitadamente unció de nuevo los semovientes, sin voluntad ni dominio de sí, tembloroso y balbuciente, obsedido por la idea de la veloz huída, y a toda prisa, dejando allí la mayor parte de los aperos que del pueblo había llevado, partió en retorno hacia el mismo a todo el galope de la fustigada yunta, despavorido, aterrado, jadeante como alma que lleva el diablo.

Apenas si con entrecortadas palabras pudo después explicar lo sucedido. Postrado y abatido, a los pocos días murió.

Interior de un bombo

Figuras en una casa. 1967. Obra de Antonio López García

Bajada a antigua cueva bodega de Tomelloso

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Julio de 1212. Salvatierra y la gesta de las Navas de Tolosa (4ª Parte)

Salvatierra y la gesta de las Navas de Tolosa

En el campo cristiano y en plena oscuridad se iniciaron los preparativos para la batalla. Primero, espiritualmente. Luego planeando la estrategia a seguir junto a los fuegos del campamento, pues nadie probablemente pudo pegar ojo en aquella calurosa noche de julio. Al amanecer, tomaron las armas y salieron en ordenadas formaciones hacia el frente, donde el Califa almohade ya esperaba capitaneando a su ejército. Éste colocó en vanguardia tropas ligeras de árabes y bereberes, con arqueros y maceros de gran movilidad cuya misión consistía en desordenar la formación cristiana a base de ataques y retiradas prontas. En la línea principal, los almohades al centro y los árabes en los flancos. Y en retaguardia las fuerzas de reserva y el propio Califa, que se situaba en un palenque sobre una altitud del terreno y rodeado de su guardia, devotos esclavos de descomunales proporciones atados con cadenas entre sí.

Caballero cristiano. Escultura de bronce. Obra de Pí Belda

Caballero cristiano. Escultura de bronce. Obra de Pí Belda

La iniciativa de ataque partió de los caballeros cristianos, lanzados en bloque contra la vanguardia musulmana de modo que los arqueros perdieron bien pronto su eficacia. Deshecha la primera línea, el bloque montado de choque fue a dar con la parte principal de los enemigos, que bloquearon el ataque obligando entrar en batalla a las fuerzas principales cristianas: las de las cuatro Órdenes militares (Calatrava, Santiago, San Juan y Temple); las casas de Haro y de Lara e, intercalados con ellas, las milicias concejiles de Castilla. El ímpetu del ataque obligó al Califa a hacer uso muy pronto de sus fuerzas de reserva, mientras Alfonso VIII dejaba intactas las suyas en la retaguardia del lado cristiano. Éstas, compuestas por los hombres del arzobispo de Toledo y los de Téllez y Girones entraron oportunamente en liz, lo que fue decisivo para provocar el desorden y la retirada de los musulmanes en masa, con excepción de la guardia califal.

Tapiz que representa el momento álgido de la batalla de las Navas de Tolosa. Autor, desconocido

Tapiz que representa el momento álgido de la batalla de las Navas de Tolosa. Autor, desconocido

El palenque del Califa resistió no solo por constituirse de fuerzas selectas que disponían de copiosísimas reservas de flechas y lanzas, sino también por estar encadenadas. Pero todo fue en vano, y el soberano emprendió la huida mientras los caballeros cristianos apretaban el cerco e irrumpían en él, arrollándolo. La gran mortandad de la batalla se produjo precisamente en el palenque y con posterioridad durante la huida de los infieles. Mientras, los del norte iniciaban la persecución por entre un campamento sumido en el caos y cuyas tiendas fueron muy pronto abatidas. Producida la derrota, Rodrigo Jiménez de Rada, con Alfonso VIII y los obispos, entonó un Te Deum laudamus al tiempo que se consumaba la descomposición de los vencedores, que abandonaron a su suerte las tierras situadas más allá del Guadalén: Vilches, Baeza, Úbeda y, a la postre, las puertas de Andalucía entera.

El escenario de la contienda

El escenario de la contienda

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Fotografía de portada: Sacro Convento y Castillo de Calatrava La Nueva. Autor, desconocido.
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Julio de 1212. Salvatierra y la gesta de las Navas de Tolosa (2ª Parte)

Julio de 1212. Salvatierra y la gesta de las Navas de Tolosa (2ª Parte)

Con la llegada del verano de 1211 el ejército musulmán emprendió la marcha desde Córdoba, y destacó fuerzas de caballería para asolar el campo cristiano. Así se fueron acercando a Salvatierra, ya en la provincia de Ciudad Real, de donde salieron unos centenares de caballeros cristianos para entablar combate hasta que la llegada del grueso de las tropas les obligó a refugiarse en el castillo. La cercana fortaleza de Dueñas (futuro bastión de Calatrava) cayó sin dificultad en manos infieles, y tras un sostenido asedio, también Salvatierra tuvo que rendirse tras solicitar permiso al rey Alfonso VIII. Al cabo de 51 días de asedio los defensores salieron libres a tierra cristiana con los enseres que pudieron llevarse. Era el mes de septiembre, y el Califa almohade entraba al fin en Salvatierra transformando la iglesia en mezquita.

Garganta en Sierra Madrona. Autor, Eugenio Martín

Garganta en Sierra Madrona. Autor, Eugenio Martín

Realmente Salvatierra salvó a la tierra de los cristianos. Por de pronto entretuvo al gran ejército musulmán cerca de dos meses, al cabo de los cuales, agotados los víveres e inminente la llegada del mal tiempo, el vencedor tuvo que emprender la retirada dando así tiempo a la concentración de fuerzas cruzadas. Aún así no dejó de alardear por la conquista en una carta que escribió al pasar por Andújar, el 13 de septiembre.

Vista del Castillo de Salvatierra. Autor, Ancalimë

Vista del Castillo de Salvatierra. Autor, Ancalimë

El 14 de octubre moría inesperadamente el heredero del rey castellano. A pesar del dolor que le produjo, Alfonso VIII siguió trabajando en la batalla decisiva, y en Guadalajara celebró consejo acordando hacer un llamamiento a la cruzada en Europa y la colaboración de los reyes cristianos de toda la península. Fue un éxito relativo. Cuando la concentración de combatientes se hizo efectiva, en la primavera de 1212, Castilla estaba en efervescencia. Pero los cruzados extranjeros, de Burdeos, Nantes y Narbona principalmente, eran muchos menos de los que se esperaban, y por si fuera poco ocasionaron un sin fin de disturbios en Toledo al llegar con demasiada antelación. La indisciplina campaba en la capital de las tres culturas, y todos los gastos por manutención, alojamiento y daños por trifulcas corrían a cargo del rey Alfonso.

Arco triunfal Omeya. Fortaleza de Calatrava la Vieja. Autor, Llapassar

Arco triunfal Omeya. Fortaleza de Calatrava la Vieja. Autor, Llapassar

A pesar de los contratiempos, el gran ejército cristiano iniciaba al fin el 20 de junio su salida de Toledo con destino a Calatrava la Vieja, a orillas del Guadiana. En cabeza iban los cruzados extranjeros, y detrás, sucesivamente, aragoneses, castellanos y las fuerzas aportadas por las órdenes militares. Tan gigantesca era la movilización que necesitaban no menos de dos días para cubrir una etapa todos ellos. Caminaban lentamente y prolongaban las acampadas, de modo que el primer cuerpo no llegó hasta Malagón hasta los primeros días de junio, atacándolo inmediatamente. El castillo resistió hasta que al fin se llegó a una capitulación, pero ésta no debió de ser respetada pues las crónicas hablan de abundantes actos de crueldad por parte de los cruzados ultrapirenaicos.

Continuará…

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Fotografía de portada: Atardecer en el embalse de El Vicario. Río Guadiana. Autor, JL de Arriba
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Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (2ª Parte)

Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (2ª Parte)

El viajero sube a la mañana siguiente al famoso cerro Calderico y al castillo que lo corona. La mañana es fresca, en lo alto un ligero viento hace correr los últimos hilachos de la tormenta que descargó por la noche. Mientras trata de ir saltando los charcos del sendero, le viene a la mente la historia de Zaida, la princesa de origen musulmán por cuyo matrimonio con el rey de Castilla, Alfonso VI, se consiguió para la cristiandad el castillo de Consuegra. Zaida era una joven agraciada de apenas metro y medio de estatura, según revelan los pocos restos óseos que se conservan, y que casó en primeras nupcias con el hijo del rey de Sevilla Al-Mu’tamid.

 

2. Campos de Consuegra. Autor, Jose María Moreno García

Campos de Consuegra. Autor, Jose María Moreno García

Cuando los Almorávides cruzaron el estrecho y amenazaron con apoderarse de todas las Taifas de la península, su marido, el rey cordobés, la puso a salvo en el cercano castillo de Almodóvar del Río, mientras el moría a manos de los africanos a las puertas de la antigua ciudad califal. Alfonso VI tomó como vasallo al suegro de Zaida y éste se apresuró a pedirle que salvase a la princesa, sitiada y sin posibilidad alguna de escapatoria, a lo que éste accedió de buena gana. Marchando hacia Almodóvar del Río Alfonso se dispuso a entablar batalla con el ejército Almorávide, pero por desgracia el choque resultó contrario a sus intereses. Eso sí, consiguió rescatar a la princesa, que así marchó con él a Toledo pasando a ser al poco tiempo su concubina. A la muerte de la esposa del monarca, Zaida se convirtió al cristianismo bautizándose con el nombre de Isabel, y Alfonso la tomó como esposa recibiendo de Al-Mu’tamid como dote el castillo de Consuegra…

 

3. Detalle de las murallas. Autor, M. Martín Vicente

Detalle de las murallas. Autor, M. Martín Vicente

Bonita historia, piensa nuestro caminante, mientas ataca la última cuesta del terreno antes de llegar a los gruesos muros de la fortaleza. No le lleva mucho tiempo contemplar su porte altivo y su diseño militar admirable incluso para nuestra época. De planta cuadrada, dispone de una torre circular en cada uno de sus lados, mientras que de su origen árabe habla la espectacular torre albarrana, en la parte más meridional del castillo, y que en su época estaba unida al cuerpo principal gracias a un adarve. A pesar del abandono sufrido con la desamortización del XIX y los estragos de un incendio, hoy en día el Ayuntamiento lleva a cabo una reconstrucción integral que han convertido al castillo de Consuegra, sin duda, en una de las tres fortalezas mejor conservadas de toda Castilla La Mancha.

 

4. Castillo de Consuegra. Autor, Mackote_VK

Castillo de Consuegra. Autor, Mackote_VK

Desde allí el caminante se dirige hacia los famosos molinos, cuya estampa ha recorrido los cinco continentes hasta convertir al paisaje manchego en uno de los hitos turísticos más universalmente conocidos. Son 12 los molinos, cada uno de ellos con un nombre que parece sacado de las páginas más envidiadas de Don Quijote. Pero al viajero le interesa sobre todo su historia, cuál era en verdad el funcionamiento de estos gigantes y la dura vida del molinero y su familia, enganchada día y noche a las aspas generadoras de fuerza motriz. Allí acudían los agricultores de secano con sus sacos de trigo, de cebada o de guijas, que se almacenaban apilados en la cuadra o planta inferior de la estructura. De allí el propietario los subía cargados a la espalda hasta el moledero, el último piso, donde estaba situada la maquinaria principal y se efectuaba el trabajo de la molienda.

 

5. Por tierras del Campo de San Juan. Autor, Parsifal Poirot

Por tierras del Campo de San Juan. Autor, Parsifal Poirot

Previamente, por supuesto, era necesario armar las velas, es decir, colocar los lienzos de tela que cubren las aspas del molino. Una vez colocadas se giraba la caperuza cónica que corona el edificio por medio de un torno exterior y un palo de gobierno, y que junto a la maquinaria iba orientándose lentamente hasta enfrentarse al viento dominante. La vigilancia era constante, y uno de los peligros más temidos lo constituía precisamente la llegada de las nubes de verano, acompañadas a menudo de rachas impredecibles. Si el viento giraba bruscamente y el molinero no estaba avieso, era frecuente que las aspas y hasta la propia maquinaria se destrozasen con el golpe súbito y fatal.

 

6. Molinos de Consuegra. Autor, Jv_sc

Molinos de Consuegra. Autor, Jv_sc

Con el molino en funcionamiento, el giro de las aspas se transmitía mediante ruedas y engranajes a un eje vertical que movía la piedra superior, o “volandera”, sobre la piedra fija inferior o “solera”. En la tolva se iba vertiendo poco a poco el grano que pasaba por una hendidura hasta situarse entre las dos grandes piedras de molino, quedando así triturado por el movimiento giratorio. Al salir, la cáscara estaba totalmente separada de la harina y todo caía al final por un canalón hacia la camareta, bajo el moledero, donde se cernía la mezcla con un cedazo. De esta forma quedaba la harina lista para su entrega al propietario… por supuesto, previo pago de una parte al artífice del milagro.

 

7. Detalle de las aspas. Autor, Rboot_rboot

Detalle de las aspas. Autor, Rboot_rboot

Cuando termina el repaso a los 12 molinos de Consuegra se le ha echado ya la hora del mediodía. Hace calor y tiene hambre, de modo que nuestro caminante baja a grandes pasos hasta las primeras casas del pueblo para preguntar por un mesón donde remojar el gaznate y echarse algo al cuerpo. No tiene que caminar mucho, y tras las precisas indicaciones llega a un patio amplio en cuyo interior encuentra fácilmente lo que busca. En la mesa, bajo un toldo a rayas verdes y blancas, le colocan un porrón de vino fuerte de la tierra y una sartén de gachas, acompañadas de la inevitable fuente de tocino y ajos tostados. No necesita más, ni siquiera parroquianos que le den las consabidas noticias de entierros, nacimientos y bondades de la cosecha. Poco a poco el medio día va pasando y se convierte en tarde abrasadora, y en la somnolencia que sigue a la comida el viajero planea (o cree planear, ni siquiera está seguro de ello) adonde le llevarán ahora sus pasos de vagabundo por la tierra del Campo de San Juan. Pero eso es sin duda otra historia…

 

8. Sartén de gachas manchegas. Autor, Jlastras

Sartén de gachas manchegas. Autor, Jlastras

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (3ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (3ª Parte)

El hábito del Temple formado por un manto blanco con una cruz en el lado izquierdo, algo por encima del corazón, fue imitado por las demás órdenes nacidas en Tierra Santa. La cruz era el signo que adoptaban los cruzados, y por ello al hecho de alistarse en las cruzadas se le llamaba también “tomar la cruz”. La Orden de Calatrava, de tradición cisterciense al igual que el Temple, imitará también este hábito, aunque su primera vestimenta carecía de la cruz que luego sería característica de los miembros de esta institución: primero de color negro y después, con permiso del papa Benedicto XIII en 1397, cruz roja sobre hábito blanco, tal y como se conoce en la actualidad. En la ceremonia de toma de hábito eran cuatro las prendas que se entregaban a los novicios: la túnica, el escapulario, la capa y el manto. De hecho, vestir el manto era obligatorio para entrar en el coro durante el oficio, para confesar, para comulgar y para cualquier otro acto solemne como la participación en el Capítulo de la Orden. Los clérigos calatravos, en cambio, debían vestir larga sotana negra, y fuera del monasterio el manteo ordinario de los sacerdotes. Solo en el caso de predicar o administrar los sacramentos fuera del convento, los clérigos usaban el manto blanco de la Orden, que era obligatorio por otra parte para el rezo del Oficio Divino.

1. Miniatura medieval representando una batalla. De las Cantigas de Santa María.

                               Miniatura medieval representando una batalla. De las Cantigas de Santa María

2. Un nido de águila. Calatrava la Nueva. Autor, Mayoral

                                                    Un nido de águila. Calatrava la Nueva. Autor: Mayoral

El género de vida de los caballeros y sargentos de la Orden de Calatrava, y en general del resto de estas instituciones, venía marcado por su doble vocación de monjes y soldados; como monjes afiliados a la gran familia cisterciense (Templarios, Calatravos y Alcantarinos), todos ellos emitían los tres votos fundamentales de la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia, a la par que se obligaban a la recitación diaria del Oficio Divino y a vestir el hábito impuesto por su regla. Al igual que los monjes, los caballeros calatravos y el resto de los freires debían guardar silencio tanto en el templo como el dormitorio, la cocina o el refectorio (comedor). Por otro lado, cuando no se encontraban en campaña debían observar los ayunos prescritos por la Regla varios días en la semana.

3. El ejército cristiano toma las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                      El ejército cristiano toma las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

4. Calatrava la Vieja desde la orilla norte del río Guadiana. Autor, Mareve

                                      Calatrava la Vieja desde la orilla norte del río Guadiana. Autor: Mareve

Aceptar el voto de pobreza tenía un significado muy preciso: los caballeros renunciaban a tener bienes propios de cualquier tipo. Todo el equipamiento, bienes o propiedades eran de la Orden y debía ser aplicado a los fines militares que le eran propios. Sus miembros solo podían utilizarlos con arreglo a las disposiciones de los superiores. En cuanto al voto de castidad, éste llevaba implícita la renuncia a cualquier actividad sexual en aras de una consagración más perfecta a las obligaciones de su vocación (los vecinos Santiaguistas, sin embargo, tenían una Regla muy tolerante en este sentido y aceptaban la presencia tanto de caballeros célibes como casados). Finalmente, el voto de obediencia se consideraba de gran mérito dado el carácter militar de esta organización, y ya era interpretado desde los orígenes del Temple con el máximo rigor. El maestre era el que disponía de las personas de la Orden, determinando el destino, la residencia y la ocupación de cada uno de sus miembros para un mejor servicio de la institución.

5. Retablo de Las Navas de Tolosa, del siglo XV. Catedral de Pamplona. Autor, Tetegil

                            Retablo de Las Navas de Tolosa, del siglo XV. Catedral de Pamplona. Autor: Tetegil

6. Otra escena de la lucha de cruzados e infieles. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

              Otra escena de la lucha de cruzados e infieles. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Entre las obligaciones religiosas de los caballeros, sargentos y clérigos en Calatrava la Nueva ocupaba el primer lugar el rezo diario del Oficio Divino. Los maitines se celebraban antes del amanecer, lo que suponía levantarse en plena noche; solo estaban dispensados los enfermos y los que habían tenido algún trabajo especial, y aún en estos casos siempre con permiso del maestre o comendador. Acabados los maitines, los freires solían inspeccionar los caballos y el equipo, y solo después de esta inspección podían acostarse de nuevo hasta la hora en que volvieran a ser llamados por la campana de la comunidad para el rezo de prima, una vez amanecido. Tras la hora de prima seguía la misa, y finalizada ésta se rezaban las horas de tercia y sexta. Todavía en la tarde la campana volvería a sonar otras tres veces llamando a todos: la primera vez al rezo de nona; la segunda a la recitación de vísperas y al final del día, antes de acostarse, para el rezo de completas. Acabado el rezo de esta última hora comenzaba el gran silencio que todos debían guardar hasta el día siguiente después de prima, salvo que ocurriese una emergencia.

7. Restos de Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden. Autor, Van

                                         Restos de Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden. Autor: Van

Además de estos rezos del Oficio Divino y de la Santa Misa en común, en los que coincidían todas las órdenes tanto monásticas como militares, los calatravos y afines imponían a sus miembros la recitación de otras oraciones en privado y con fines diversos. Así, era común rezar un número variable de padrenuestros, que podía llegar a superar la veintena, por asuntos tales como el alma de los hermanos y benefactores difuntos; para que Dios apartase del pecado a los vivos y otros aspectos de similar traza. La ausencia al rezo común por cualquier impedimento se suplía asimismo con rezos privados, estipulándose un número fijo de padrenuestros según la hora canónica correspondiente.

8. Paseo de ronda de Calatrava la Nueva tras las murallas exteriores. Autor, Carlos de Vega

                       Paseo de ronda de Calatrava la Nueva tras las murallas exteriores. Autor: Carlos de Vega

La vida conventual en común en Calatrava la Nueva y otras casas de la Orden era similar a la de cualquier monasterio al uso. La comida y la cena en el refectorio de la comunidad se realizaban en silencio mientras un clérigo leía la sagrada lección, esto es, las Sagradas Escrituras y otras lecturas piadosas. Los ayunos, una sola comida al día, eran muy numerosos a lo largo del año; además de los viernes y de dos largos periodos (desde San Martín, 30 de noviembre, hasta Navidad, y los cuarenta días de Cuaresma), había unas quince festividades más en cuyas vísperas también se ayunaba. Sin embargo el rigor del ayuno no era tan excesivo como en las casas monásticas habituales, dado el carácter militar de la Orden y la necesidad de conservar un excelente estado de forma para defender al prójimo.

9. Máquinas de asalto frente a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                  Máquinas de asalto frente a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

10. Espectacular rosetón en la iglesia de Calatrava la Nueva. Autor, Van

                                        Espectacular rosetón en la iglesia de Calatrava la Nueva. Autor: Van

Los caballeros y los sargentos de Calatrava la Nueva eran militares además de monjes, pues habían profesado en la Orden para el ejercicio de la guerra. Así, la mayor parte del tiempo que les dejaba el Oficio Divino y otras obligaciones religiosas lo dedicaban al cuidado de los caballos y el mantenimiento del equipo militar, y a los ejercicios físicos y entrenamiento que los adiestraban en el manejo de las armas. En las visitas periódicas a las caballerizas o a la sala donde se guardaban los equipos, y que podían ser varias a lo largo del día, efectuaban ocupaciones tales como cepillar, dar de comer o de beber a las monturas; reparar el equipo; fabricar postes y clavijas de tiendas, y en general cualquier otra actividad adecuada a su preparación militar. Todavía, después de completas y antes de retirarse a descansar, la Regla prescribía una última inspección a los caballos y al equipo de combate del mismo tipo que las anteriores.

11. Enfrentamiento con las tropas musulmanas. Autor, Ian Pitchford

                                            Enfrentamiento con las tropas musulmanas. Autor: Ian Pitchford

Además de las campañas militares, desarrolladas anualmente al llegar el buen tiempo, los calatravos tenían también una intensa actividad civil al otro lado de los muros de sus conventos. Su expansión bajo el favor real favorecía la creación de encomiendas locales, los feudos de las órdenes militares, al tiempo que se fundaban pueblos y mercados; se construían caminos, puentes y molinos; se establecían tribunales (existía un único código legal en los dominios de la Orden, con derecho de apelación ante el maestre) y se levantaban iglesias y monasterios, cuyos monjes tenían en la conversión de mudéjares uno de sus objetivos principales. Los freires no solo cultivaban sus tierras con esclavos mudéjares. También explotaban las áridas mesetas donde criaban ganado, caballos, chivos, cerdos y, en particular, ovejas, todos ellos en estado semisalvaje y sujetos a los movimientos trashumantes al llegar los fríos invernales o el agostamiento de los pastos durante el estío.

12. El terrible poder de las catapultas. Obra de Alphonse Marie Adolphe de Neuville (1835_1885)

                   El terrible poder de las catapultas. Obra de Alphonse Marie Adolphe de Neuville (1835_1885)

13. El enemigo infiel, bien pertrechado. Autor, Jose María Moreno García

                                       El enemigo infiel, bien pertrechado. Autor: Jose María Moreno García

Administrando desde las encomiendas, los hermanos calatravos se convirtieron en buenos criadores, y la lana, carne y pieles alcanzaron elevados precios con su gestión. El negocio se volvió aún más rentable cuando se introdujeron las ovejas merinas desde Marruecos. Además de la ganadería los hermanos cultivaban a escala masiva trigo y cebada en las áreas más fértiles, y también plantaron muchos viñedos y olivos, al igual que huertos y jardines comerciales donde producían verduras, lino, cáñamo, rosas y plantas medicinales. Para regar el suelo construyeron molinos de agua y, toda vez que los campesinos dependían de ellos para su cosecha, éstos se convirtieron en una buena fuente de ingresos. Llegaban gran número de colonos, el peligro de las aceifas musulmanas disminuía con el paso de los años y la tierra florecía hacia el sur, de una forma que no se había visto desde la época de los romanos.

14. Intento de asalto por sorpresa a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                Intento de asalto por sorpresa a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Éste era el mundo de los calatravos, la vida y la obra de aquellos que forjaron celosamente en su antigua fortaleza árabe de Qal’at Rabah el secreto de la dignidad, el heroísmo y el servicio al prójimo que los hizo célebres. Los muros solitarios y carentes de vida que hoy se elevan frente a Salvatierra volverán a animarse este fin de semana con una memorable conmemoración histórica, el VIII centenario de su construcción, pero ¿qué ocurrirá después? ¿Seremos capaces, en los tiempos que corren, de volver a tomar con paso firme la estela que nos dejaron marcada? De todo se aprende, de lo bueno y de lo malo, mientras alguien sea capaz de recordar.

15. Un descanso durante la recreación histórica. Autor, Jose María Moreno García

                               Un descanso durante la recreación histórica. Autor: Jose María Moreno García

16. La entrada de los caballeros en la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                La entrada de los caballeros en la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (2ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (2ª Parte)

Ningún relato resulta más indicado para ilustrar la vida militar de los monjes calatravos que el de su propio origen, en los años que precedieron a las Navas de Tolosa y a la construcción de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Aprovechando la ausencia del califa almohade, que se hallaba en África sofocando una rebelión, el rey Alfonso VIII envió una expedición en septiembre de 1194 para saquear la campiña andaluza. Formaron parte destacada del ejército los caballeros de Calatrava, a los que correspondió como parte en el botín 300 cautivos y muchos ganados y bienes. La respuesta musulmana no se hizo esperar, y el 1 de junio del siguiente año el califa pasaba el estrecho acompañado de un inmenso ejército de soldados almohades, árabes, zenetes, gomaras, negros sudaneses y hasta arqueros turcos. Todo hacía presagiar lo peor y el día 19 de julio se cumplió el peor pronóstico: la batalla de Alarcos, al sur de Ciudad Real, supuso una auténtica masacre para el lado cristiano. El campamento cayó íntegramente en poder de los almohades, y el propio rey Alfonso VIII solo pudo salvar la vida tras una ignominiosa y rápida huida hasta Toledo, junto al propio propio maestre de Calatrava y otros contados supervivientes de alto rango.

2. Miniatura medieval representando una batalla en plena Cruzada. de la Histoire d'Outremer, por William de Tiro

      Miniatura medieval representando una batalla en plena Cruzada. De la Histoire d’Outremer, por William de Tiro

3. Espectacular entrada al castillo. Autor, Bambo

                                                        Espectacular entrada al castillo. Autor: Bambo

Tanto la Orden de Calatrava como la de Santiago estuvieron presentes junto a sus tropas en la refriega, pero fueron los primeros quienes más sufrieron las consecuencias de la derrota. Además de numerosas bajas entre muertos y cautivos perdieron la fortaleza de Calatrava la Vieja, la sede principal de la Orden (hoy todavía visible en el término de Carrión de Calatrava), y con ella las extensas posesiones que constituían su dominio desde Sierra Morena hasta los Montes de Toledo. Casi todos los defensores de Calatrava fueron pasados a cuchillo mientras los supervivientes se refugiaban en Ciruelos, unos 10 km al sur de Aranjuez, y sus superiores se esforzaban por cubrir el vacío de hombres y bienes tras el desastre convocando una llamada general de la Orden, a la que por suerte acudieron numerosos voluntarios. Parecía que los calatravos podrían contarlo. Pero lo más urgente a partir de entonces sería encontrar una sede nueva, una sede ubicada donde fuese más necesaria su presencia y desde donde se pudiese controlar más activamente los movimientos del infiel.

4. El choque de los dos ejércitos. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                           El choque de los dos ejércitos. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Este fue el inicio de la avanzada que terminó con los monjes en la entrada del desfiladero del río Jándula, 55 km al sur de su antigua capital y donde hoy se sitúa su fortaleza más espectacular. Con este fin, en plena tregua firmada con los almohades, los monjes-soldado de Calatrava enarbolaron las armas y partieron con un contingente de 400 caballeros y 700 peones, adentrándose profundamente en territorio enemigo para dar un auténtico golpe de mano a los musulmanes de Sierra Morena: el asedio y la toma de Salvatierra. La aventura tuvo éxito y allí se instalaron finalmente, convirtiendo esta fortaleza aislada dentro de territorio islámico en casa madre de la Orden y permaneciendo allí durante todo el periodo que durarían las treguas. Hoy sus ruinas son todavía visibles desde la fortificación de Calatrava la Nueva, y en honor a su nombre los calatravos cambiaron el suyo para denominarse a partir de entonces caballeros de la Orden de Salvatierra, término que estuvo vigente al menos en la documentación de esos años.

5. Castillo de la Orden de Calatrava en Alcañiz, hoy parador de Turismo. Autor, Druidabruxux

                     Castillo de la Orden de Calatrava en Alcañiz, hoy parador de Turismo. Autor: Druidabruxux

6. Caballeros e infieles en la Primera Cruzada. Obra de J.J. Dassy, 1850

                                      Caballeros e infieles en la Primera Cruzada. Obra de J.J. Dassy, 1850

Acabada la tregua en 1210, en mayo del año siguiente pasaba el estrecho de Gibraltar un nuevo ejército islámico, que avanzaba hasta concentrarse en Sevilla. Y de aquí partía el 15 de junio hacia Salvatierra, guarnecida aún tenazmente por los caballeros de Calatrava. Éstos, muy inferiores en número, esperaron allí a pie firme la llegada del descomunal ejército. Primero resistieron en la explanada frente al castillo, y luego se hicieron fuertes en la misma villa hasta que, inútiles todos sus esfuerzos, no tuvieron más remedio que encerrarse en la fortaleza y prepararse para un largo asedio. Los almohades atacaron las murallas infructuosamente durante 51 días, efectuando frecuentes acometidas y batiendo los gruesos muros con catapultas y demás máquinas de guerra, mientras los sitiados solicitaban un socorro a Alfonso VIII que el rey no estuvo en condiciones de prestarles. Solo tras autorización real los de Calatrava accedieron a capitular, firmando un acuerdo con el califa almohade que les autorizaba a salir y partir con su vida a salvo y llevando consigo cuantos bienes pudiesen transportar. Todo terminó nuevamente para los calatravos, pero lo que no sabían es que la resistencia de Salvatierra (hoy en el término municipal de Calzada de Calatrava) había permitido a los castellanos ganar un tiempo precioso y ultimar sus preparativos para la gran batalla que tendría lugar el año siguiente, sin duda una de las grandes victorias cristianas en los ocho siglos de Reconquista hispánica: las Navas de Tolosa.

7. Restos de la fortaleza de Salvatierra, frente a Calatrava la Nueva. Autor, Zubitarra

                            Restos de la fortaleza de Salvatierra, frente a Calatrava la Nueva. Autor: Zubitarra

Aunque se conoció también en su tiempo como batalla de Baeza, hoy se sabe que el choque de las Navas de Tolosa se libró en lo que hoy es término jienense de Santa Elena, el 16 de julio de 1212. El ejército cristiano se componía de una alianza de huestes de Castilla, de Aragón y de Navarra bajo el mando absoluto del mismo Alfonso que había caído en Alarcos, además de cruzados extranjeros y las milicias de cuatro órdenes militares: el Temple con su maestre Gómez Ramírez; San Juan con su prior Gutierre Hermenegildo; Calatrava y su maestre Rodrigo Díaz de Yanguas, y finalmente Santiago con el maestre Pedro Arias. Estos personajes no eran solo figurantes, y además de su valor en ataque hacían las veces de asesores tácticos del rey en cada batalla. Por su parte los caballeros freires constituían el núcleo más fuerte del ejército, ya que se destacaban tanto por la completa protección de sus jinetes y caballos como por el adiestramiento de ambos; la táctica en aquella época consistía en lanzar una única y decisiva carga, aunque ya por entonces existía una cierta tendencia a utilizar equipamiento más ligero y caballos árabes, más pequeños y ágiles que el europeo. Debido a ello se utilizaba normalmente a los freires como caballería pesada y punta de ataque para romper las filas contrarias, y así fue también en esta ocasión, formando el centro de la hueste durante aquella jornada bajo el mando del conde don Gonzalo Núñez de Lara.

8. Carga de la caballería pesada medieval. Obra de Paolo Ucello (1397-1475)

                                 Carga de la caballería pesada medieval. Obra de Paolo Ucello (1397-1475)

9. Caballero del siglo XV durante una carga. Recreación histórica. Autor, David Ball

                             Caballero del siglo XV durante una carga. Recreación histórica. Autor: David Ball

Las armas y armaduras que utilizaban eran similares a las usadas en toda Europa: espadas, lanzas, cascos de acero y escudo. El hábito de los caballeros calatravos era una túnica de color blanco con capucha, inicialmente sin cruz y siempre más corta que la de los clérigos para facilitar la cabalgada. Por encima utilizaban un largo manto carente de mangas casi idéntico al de los templarios, aunque sin cruz, como la túnica, y a veces una capa forrada de piel. La armadura era siempre negra. Pero las tropas movilizadas por las órdenes militares no se basaban solo en caballeros freires; en ellas se integraban también exploradores y servicios de espías, normalmente siervos residentes en la zona, y cuyos conocimientos del terreno aportaban al ejército noticias valiosísimas acerca de las fortalezas o los movimientos del enemigo. A ellos se sumaban los sargentos, que actuaban como escuderos o sirvientes de los caballeros, y también los vasallos laicos de la Orden en las diferentes encomiendas. Éstos últimos venían acompañados por sus respectivas mesnadas a pie compuestas tanto de mercenarios profesionales como de labriegos incultos, y armados por lo general con lanzas, arcos, hondas y hachas.

10. El asalto a las murallas de la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                    El asalto a las murallas de la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

La batalla fue dura. Los templarios perdieron a su maestre, y el de Santiago, don Pedro Arias, quedó tan malherido que murió a los cinco meses como consecuencia de sus heridas. Por su parte los freires de Calatrava fueron diezmados y su maestre Rodrigo Díaz perdió un brazo, lo que le hizo dimitir de su cargo al verse imposibilitado para luchar en el futuro junto a sus hombres. Pero a pesar de estos reveses el ejército musulmán fue detenido, derrotado y puesto en fuga. Y con la desaparición de la amenaza almohade las tierras que se habían perdido con el revés de Alarcos volvieron a recuperarse, y los calatravos fijaron los ojos en un castillo frente a Salvatierra, en la cima de un cerro cónico y admirablemente situado para resistir cualquier ataque. El castillo tenía por nombre Dueñas, y junto a sus tierras fue donado algunos años antes a la Orden por la familia de Don Rodrigo Gutierrez Girón. En 1201 el rey confirmaba a los calatravos la propiedad íntegra, de modo que tras la exitosa campaña de Las Navas comenzaron los preparativos para la ampliación y mejora de sus fortificaciones, verdadero nido de águila que aún hoy impone al visitante por el grosor de sus muros y su inaccesibilidad.

11. Patio interior de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Autor, Valdoria

                                          Patio interior de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Autor: Valdoria

12. Recreación de un caballero de Calatrava. Autor, Kalatravo

                                              Recreación de un caballero de Calatrava. Autor: Kalatravo

Las obras llegaron a término en poco más de cuatro años (1213-1217) gracias al uso de infinidad de cautivos del malparado ejército almohade. Y aunque la vecina Salvatierra siguió en poder musulmán hasta 1226, una vez levantada la fortaleza los de Calatrava la convirtieron en la nueva y flamante sede de la Orden. Se la llamó Calatrava la Nueva, todo un símbolo y un logro al tesón demostrado durante casi veinte años desde la pérdida de su antigua capital junto al Guadiana. Y logro además por doble partida: pues la presencia de los calatravos se demostraría no solo eficaz para la repoblación de las tierras recién reconquistadas, sino también de gran valor estratégico en la tarea de controlar los pasos de Sierra Morena y el importante camino que unía Toledo y Andalucía, todavía en poder musulmán.

Continuará…

13. La Batalla de las Navas de Tolosa. Pintura al óleo de Francisco de Paula Van Halen, (1814-1887)

                La Batalla de las Navas de Tolosa. Pintura al óleo de Francisco de Paula Van Halen, (1814-1887)

14. Recreación histórica de los caballeros calatravos en plena batalla. Autor, Jose María Moreno García

             Recreación histórica de los caballeros calatravos en plena batalla. Autor: Jose María Moreno García

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (1ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (1ª Parte)

Qal’at Rabah, la fortaleza de Rabah. En un principio se llamó así a la Vieja Calatrava, el castillo árabe levantado en el siglo VIII a orillas del Guadiana para controlar la importante y estratégica ruta que iba de Toledo a Córdoba. Pero después, con la Reconquista, los cristianos castellanizaron el término y le dieron su forma actual. Y su nombre pasó a denominar también a la Orden militar que el abad cisterciense de Fitero, Don Raimundo, estableció en aquel enclave casi despoblado y próximo a la frontera, así como a la nueva fortaleza de los catatravos más al sur, el castillo de Dueñas, que desde entonces fue conocido a uno y otro lado como Calatrava la Nueva. Este año se cumple el VIII centenario de la construcción de esta maravilla militar a partir del antiguo castillo, y en conmemoración de aquel hecho podremos disfrutar los próximos 20-22 de septiembre de la I Recreación Histórica en el Sacro convento y castillo de Calatrava la Nueva, hoy término municipal ciudadrealeño de Aldea del Rey. Será la ocasión ideal para encontrarnos con escenas sacadas de la vida cotidiana de aquella época: las encomiendas, la severa Regla de la Orden, los ejercicios espirituales, las aceifas musulmanas y los contraataques cristianos… Pero, ¿cómo era el día a día de estos monjes-soldado dentro de su famosa fortaleza, y cuál fue su significado e importancia real en los convulsos años de la Cruzada peninsular contra Al-Ándalus?

2. Vista sur del castillo de Calatrava la Nueva. Autor, Spacelives

                                             Vista sur del castillo de Calatrava la Nueva. Autor: Spacelives

3. La lucha contra el infiel. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                                La lucha contra el infiel. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Don Raimundo siempre fue el abad de estos frates un tanto especiales, que habían tomado el hábito cisterciense pero para prestar en Calatrava el servicio de las armas. No todos los monjes estuvieron de acuerdo con esta decisión, y tras la muerte de don Raimundo cada grupo nombró a su propio jefe y se separaron tomando desde entonces rumbos distintos: los freires caballeros se quedaron solos en el castillo de Calatrava la Vieja con su recién nombrado maestre don García, mientras los clérigos cistercienses puros abandonaron el lugar. Acababa de nacer la Orden de Calatrava, o de los calatravos, la primera de estas características íntegramente hispana.

4. Recreación de un caballero de la Orden de Calatrava. Autor, Contando Estrelas

                              Recreación de un caballero de la Orden de Calatrava. Autor: Contando Estrelas

En apenas medio siglo, y sobre todo con la ocupación y construcción de la fortaleza de Calatrava la Nueva en 1213-17, la Orden de Calatrava había adquirido un prestigio notable y en ciertos aspectos similar a la decana del Temple. Pero la observancia de la Regla y la base de su código de valores continuaron siendo los mismos del primer año. En realidad, todas las Órdenes militares surgidas por aquella época tenían una organización muy semejante. Según la Regla formaban parte de la Orden 3 clases de freires: caballeros; sargentos o sirvientes; y finalmente clérigos, los encargados de celebrar la misa y administrar los sacramentos a los miembros de su organización. Los freires clérigos de Calatrava, igual que ocurría con los de Santiago o los hospitalarios de San Juan, vivían en el interior de conventos específicos bajo la dirección de un prior. Este fue el caso de Calatrava la Nueva durante las etapas iniciales, y de la casa de Almagro con la ampliación y afianzamiento posterior.

5. Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden, junto al Guadiana. Autor, Van

                                   Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden, junto al Guadiana. Autor: Van

6. Arenga a los caballeros antes de la batalla. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                Arenga a los caballeros antes de la batalla. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Pero sin ninguna duda eran los caballeros los freires de mayor prestigio, dado el fin militar de estas organizaciones y su posición preponderante en la caballería de los ejércitos cristianos. Durante el combate se encontraban siempre asistidos por escuderos a pie y de origen no noble, los cuales derivaron más tarde en los freires sargentos o sirvientes (aunque a menudo eran simples seglares pagados y que nunca profesaron los votos). Los sirvientes desempeñaban dentro del convento oficios diversos además de escuderos: podían ser albañiles, artesanos, pastores, agricultores y, en realidad, cualquier profesional al que fuese necesario acudir dentro de la fortaleza.

7. Interior de la iglesia del castillo. Autor, Spacelives

                                                      Interior de la iglesia del castillo. Autor: Spacelives

8. Murallas y entrada al castillo. Autor, Carlos de Vega

                                                   Murallas y entrada al castillo. Autor: Carlos de Vega

El órgano supremo de gobierno de los calatravos era el Capítulo general, de celebración anual y al que acudían regularmente todas las dignidades de la Orden. El Capítulo general podía ocuparse de cualquier asunto, pero en la práctica trataba sobre todo aspectos de disciplina, obediencia, vestido, alimentación o viajes de los miembros constituyentes. Asimismo dirigieron la repoblación de los inmensos territorios vacíos al sur del Guadiana y que fueron poseyendo y administrando conforme avanzaba la Reconquista. De hecho, una parte de ellos sigue ostentando su antigua denominación y hoy se conoce conjuntamente como Campo de Calatrava.

9. Caballeros y su maquinaria de guerra. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                    Caballeros y su maquinaria de guerra. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Las principales dignidades de los calatravos, y en general de cualquier otra Orden hispánica, fueron los maestres y comendadores mayores, los claveros y los priores. El maestre era el superior general, elegido por todos los miembros de la Orden y confirmado por el abad cisterciense de la abadía madre, es decir, Morimond, hoy ubicada en el departamento francés del Alto Marne. Jurídicamente el maestre tenía una autoridad absoluta dentro de los límites y fines de la Regla. Todos los miembros de la Orden estaban obligados a acatar sus mandatos, y las desobediencias estaban gravemente castigadas con ayunos y disciplinas de muy diverso tipo. Asimismo, entre sus tareas estaba el elegir a los comendadores de cada una de las casas, y asignar a los freires y clérigos sus destinos conventuales definitivos. En la guerra era también el capitán general al mando de las huestes de su Orden. Durante los años iniciales el maestre de los calatravos tuvo su sede en Calatrava la Nueva, pero muy pronto, ya en el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284), habían hecho de Almagro la capital de sus dominios convirtiéndola en su residencia habitual. Allí se construyó el palacio Maestral de los de Calatrava, mientras que la iglesia parroquial de San Bartolomé, enfrente de palacio, pasaba a ser parroquia de los maestres.

10. Vistas desde Calatrava la Nueva. Enfrente, el castillo de Salvatierra. Autor, Mayoral

                            Vistas desde Calatrava la Nueva. Enfrente, el castillo de Salvatierra. Autor: Mayoral

11. En lo más cruento de la lucha. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                           En lo más cruento de la lucha. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

El comendador mayor, en cambio, ocupaba el lugar del maestre en ausencia de éste. La Orden de Calatrava tenía tan solo dos comendadores mayores: uno en la Corona de Castilla y otro en Aragón, en Alcañiz. El primero dirigía toda la organización militar de los de su Orden, mientras que el de Aragón limitaba sus competencias solo a este Reino. La función principal de los comendadores era la del gobierno de las casas y fortalezas bajo su jurisdicción, además de la visita a sus distintas encomiendas, sin duda el principal sostén de ésta y otras órdenes militares. Las encomiendas eran de hecho verdaderos centros administrativos y económicos para el cobro de las rentas que sostenían la vida en conventos y fortalezas, así como las acciones militares que el comendador quisiese emprender en la guerra declarada contra el dominio musulmán.

12. Caballeros calatravos en orden de defensa. Autor, Jose María Moreno García

                                Caballeros calatravos en orden de defensa. Autor: Jose María Moreno García

13. Caballeros calatravos en una recreación histórica. Autor, Jose María Moreno García

                          Caballeros calatravos en una recreación histórica. Autor: Jose María Moreno García

Los claveros tenían como misión la custodia de las llaves y mantenimiento del principal castillo y casa de la Orden, y al igual que los comendadores y los maestres eran siempre caballeros. En los calatravos la clavería quedó adscrita al comendador de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Finalmente, los priores eran religiosos (no caballeros) que gobernaban el convento principal y que en Calatrava estuvo situado en Almagro. El prior siempre fue el superior de los clérigos y a él correspondía recibir la admisión de candidatos al hábito y a la profesión, además de dirigirlos en los diferentes conventos donde residiesen. Función del prior era asimismo proveer de párrocos a las parroquias donde los calatravos ejercían jurisdicción, y que al igual que las tierras, molinos, puentes, casas y ciudades, suponían también una fuente considerable de ingresos y un centro de espiritualidad en aquellas tierras de frontera secularmente castigadas por la guerra.

Continuará …

14. Damas y caballeros calatravos, para la foto. Autor, Jose María Moreno García

                                Damas y caballeros calatravos, para la foto. Autor: Jose María Moreno García

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Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (1ª Parte)

Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (1ª Parte)

En el reseco y ligeramente ondulado altiplano de La Mancha, el viajero echa a caminar recien despuntado el día. Lo sabe por experiencia: durante el mes de agosto y en mitad de un mundo dorado de rastrojos extendidos hasta el horizonte, el sol del mediodía es como un horno llameante que chupa la humedad de hombres y bestias, y a veces no deja ni respirar. Afortunadamente, con el fresco de la madrugada la luz se difumina y con ella todos los detalles del paisaje, a veces vacío, a veces pleno de detalles sugerentes, del Campo de San Juan. Comarca histórica donde las haya, motivo de pleitos y de disputas entre poderosas Órdenes religiosas desde el lejano Medievo. El motivo era evidente: Con el reparto de las tierras recientemente conquistadas a los musulmanes tras la batalla de las Navas, en 1212, las Órdenes de Calatrava, los Hospitalarios de San Juan y la de Santiago se aprestaron a arrimarse al rey para recibir las donaciones acordadas, lo que significaba el traspaso de inmensos territorios a manos de un puñado de poderosos.

2. Caballeros de la Orden de San Juan defendiendo San Juan de Acre, en 1291. Obra de Dominique Papety. Hacia 1840

Caballeros de la Orden de San Juan defendiendo San Juan de Acre, en 1291. Obra de Dominique Papety. Hacia 1840

3. La Mancha de Toledo en blanco y negro. Autor, Julián Lozano

                                           La Mancha de Toledo en blanco y negro. Autor: Julián Lozano

Y así, mientras los caballeros calatravos se reservaban las tierras más occidentales de Ciudad Real, los maestres de Santiago y San Juan hacían de La Mancha su feudo particular y participaban del botín como buenos perros de presa: el primero tomaba bajo su protección toda la Mancha Alta y el Campo de Montiel; el de los Hospitalarios el llamado Campo de San Juan, con sede en Consuegra, que hoy se extiende casi sin solución de continuidad entre las provincias de Ciudad Real y Toledo. Curiosamente las tierras por las que ahora transita nuestro viajero imaginario siguieron perteneciendo a los monjes-soldado de San Juan hasta 1802, cuando la Orden pasó definitivamente a control real… Qué distinto era todo hace apenas unas pocas generaciones.

4. Torre de la iglesia de Villacañas

                                                 Torre de la iglesia Ntra. Sra. de la Asunción, Villacañas

Solo un día antes el viajero se encontraba en la famosa Villa de don Fadrique (por cierto, perteneciente antaño a la Orden vecina y rival de Santiago), donde en julio de 1932 se produjo durante la época de siega una revuelta campesina que acabó con diversos incendios y tiroteos con la Guardia Civil, de los que resultaron muertos un miembro de la Benemérita y varios campesinos. Tiempo habrá para visitar este precioso pueblo con más felices recuerdos, pero los pasos le llevan ahora hacia Villacañas, adonde quiere llegar antes que el calor apriete y haga difícil el recorrido. Villacañas se encuentra en plena llanura manchega y en una zona donde solo destacan contra el horizonte las pequeñas colinas de la sierra del Coscojo. Se trata de un pueblo de mediano tamaño pero no carente de belleza y personalidad, pues el lugar es visitado hoy por sus curiosas viviendas llamadas silos, antaño pertenecientes a las gentes más pobres y humildes de la localidad. Sin duda, aquellos “años del hambre” de la posguerra fueron la edad de oro de estas construcciones, que en 1950 alcanzaron la friolera de 1700 dentro del casco urbano y que hoy se han convertido en punto de referencia obligado para entender la idiosincrasia de esta tierra (los silos son también comunes en otras localidades, como la cercana Madridejos).

5. Exterior de un silo-vivienda. Autor, Jose María Moreno García

                                            Exterior de un silo-vivienda. Autor: Jose María Moreno García

6. Vida cotidiana en el interior de un silo. Autor, Jose María Moreno García

                                    Vida cotidiana en el interior de un silo. Autor: Jose María Moreno García

Los villacañeros han convertido una de ellas en museo municipal, donde puede descubrirse no solo el aspecto general de estas viviendas, sencillas y sin pretensiones, sino también la curiosa manera que tenían los locales para construirlas: excavando un solar de apenas 500 m², el propietario iba perfilando las habitaciones necesarias para la vida de su familia (comedor, cocina, dormitorios) y de sus animales (gallinero, cuadras y pajar). La vivienda quedaba bajo tierra y se accedía a ella por medio de una rampa y un zaguán, al tiempo que las dependencias disponían de unas ventanas verticales o lumbreras como único contacto con el exterior. En contra de lo que pudiera pensarse, estas viviendas estaban perfectamente adaptadas al entorno extremo que las rodeaba, y mientras que en invierno disponían de una espaciosa chimenea para paliar los fríos y las heladas, en verano el revestimiento de cal y su naturaleza subterránea permitían un ambiente fresco y agradable, ideal como refugio a las largas y abrasadoras jornadas del estío.

7. Plaza Mayor de Tembleque. Autor, Vulcano

                                                           Plaza Mayor de Tembleque. Autor: Vulcano

Pero el tiempo apremia y los pasos del viajero ya se encaminan hacia Tembleque, a apenas 16 km de Villacañas. Tembleque fue la cuna de Fray Francisco Sánchez Grande, el que fuera confesor de nuestro rey Felipe IV durante los ya lejanos tiempos del Siglo de Oro. Entrar en esta villa tranquila y silenciosa es encaminarse imperiosamente a su plaza Mayor, una de las más hermosas de Castilla La Mancha. Al igual que otras en la región sigue los trazados artísticos establecidos durante el XVII para este tipo de espacios urbanos: planta cuadrada y muy amplia; pórticos de columnas de granito; y finalmente corredores en la primera planta, donde se acomodaban las familias pudientes para contemplar los espectáculos taurinos que solían organizarse en Tembleque durante las fiestas y otras fechas señaladas. En Madridejos, sin embargo, unos 26 km más al sur, lo que sorprende al viajero no es la arquitectura de la plaza o sus casonas señoriales (como la antigua Casa Grande, hoy convertida en Casa de la Cultura), sino las innumerables capas de cal que rebozan todavía las paredes en las casas y corrales más antiguos. El proceso de encalar los muros de tapial se denominaba enjalbegado, y su función respondía no solo a la necesidad de proteger a sus moradores contra un clima extremo, sino también a una cuestión sanitaria: la cal es un material desinfectante y por tanto preservaba admirablemente de contagios y enfermedades diversas.

8. Detalles del enjalbegado de las paredes. Autor, José Flores Sánchez

                                    Detalles del enjalbegado de las paredes. Autor: José Flores Sánchez

El producto base se conseguía mediante los llamados hornos de cal, donde se introducía la piedra caliza para hornearla y convertirla en cal viva. Después los terrones calcinados eran vendidos en éste y otros pueblos de La Mancha al grito de: “¡Se vende cal! ¡Cal para encalar, señora!”. El viajero se sienta en un poyete para tomar un escueto almuerzo. En silencio observa como de unas “portás” aledañas sale una mujer armada de cubo y brocha, y empieza a arreglar con rápidos pases unos desconchones de feo aspecto en el dintel. “Disculpe. Yo pensaba que lo de encalar paredes ya había pasado a mejor vida…” le comenta en un descanso de la faena “¡Quía! Eso será en su pueblo. Mi suegra “tié toavía” unos barreños en la bodega con cal muerta y la usamos “ca instante” en apaños como éste”. La señora comienza de nuevo con la brocha, se para y observa crítica el resultado “Mi marido le pone cal “a to”, ¿sabe “usté”? A las “paeres” de la cuadra “pa” los bichos, y en el huerto a los almendros, “pa que no pillen ná”, ¿entiende?”. “Entiendo, entiendo” le contesta con una sonrisa el viajero, que se levanta para continuar camino hacia el famoso molino de viento de Madridejos.

9. La Mancha interminable, el reto del viajero. Autor, Julian Lozano

                                          La Mancha interminable, el reto del viajero. Autor: Julian Lozano

Tiempo después tuvo ocasión de averiguar qué era eso de cal viva y cal muerta. Los terrones de cal viva debían convertirse en lechadas de cal (cal muerta o apagada), y para ello se introducían en barreños de metal llenos de agua a fin de dejarlos reposar un tiempo variable. El proceso por el que la cal viva, u óxido de calcio, pasaba a ser cal muerta, o hidróxido de calcio, despedía tal cantidad de calor que el agua del barreño hervía a borbotones. Sin duda era realmente peligrosa su manipulación (cuántos niños y mozos han sufrido quemaduras por esta causa). Cuando llegaba el momento de encalar las paredes, al menos una vez al año, el blanqueador llegaba a la casa con sus grandes escaleras, sus escobas de fibras apretadas y aquellos largos palos con un cazo atado al extremo, con el que lanzaba la lechada a las partes más altas del muro. Esos días las mujeres trabajaban sin parar repasando los bajos de la pared y arreglando con brocha las esquinas y otros puntos difíciles, hasta que el resultado deslumbraba a la vista por su blancura y buen hacer. Sin duda, tener la casa recién encalada era el orgullo de toda familia en el pueblo de Madridejos y en cualquier otro municipio de la vasta tierra manchega.

10. Detalle del molino del tío Genaro, en Madridejos. Autor, JMMG

                                            Detalle del molino del tío Genaro, en Madridejos. Autor: JMMG

El molino de viento de Madridejos (solo uno, aunque en 1949 había contabilizados hasta 3) es llamado en el lugar “El molino del Tío Genaro” y estuvo en funcionamiento hasta entrado el siglo XX. Alguien comenta en el patio contiguo, hoy escenario de exposiciones, obras de teatro y otras muestras culturales, que el edificio se construyó allá por los tiempos de Felipe III, cuando España estaba en mil berenjenales de guerras y disputas por medio mundo y se nos negaba hasta un mísero mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Pero cae la tarde y el viajero debe continuar camino hasta la vecina Consuegra, la antigua sede de los de San Juan, pues desea ver antes de que anochezca sus archiconocidos 12 molinos de viento en el alto del cerro Calderico, dominando con su silueta quijotesca el casco urbano de esta tranquila villa toledana. Y allí están. Los vislumbra recortados en el cielo sonrosado del anochecer, un anochecer por lo demás digno de mediados de agosto: con el sempiterno sonido de los grillos endulzando el aire; las copas de los chopos recortadas por los últimos vencejos, volando cada vez más altos, y el olor a menta procedente de una balsa de agua cercana e invisible en la oscuridad. En una era próxima un burro atado a un poste en el suelo deja oír sus quejidos lastimeros. Parece que le llama incitándole a una fuga clandestina, pero no es tiempo de entretenerse. El viajero quiere llegar y subir rápido la cuesta para contemplar en silencio cada uno de los gigantes de su imaginación, y que conoce hasta por sus nombres de pila: Cardeño; Vista Alegre; El Caballero del Verde Gabán; Chispas, Alcancía y Clavileño; Bolero, Sancho, Mambrino y Mochilas; Espartero, y finalmente Rucio, que cuenta en su interior hasta con una exposición de vinos… No, no. No hay razón para entretenerse.

11. Un refugio en la llanura manchega. Autor, Julián Lozano

                                                  Un refugio en la llanura manchega. Autor: Julián Lozano

12. El cerro Calderico y sus molinos. Autor, Fjdrevorio

                                                      El cerro Calderico y sus molinos. Autor: Fjdrevorio

Pero antes de llegar a las primeras casas del pueblo de Consuegra el viajero es sorprendido por un sonido poco habitual. Llega haste él un metálico retumbar de clarines, como llamando a la batalla, y más cerca el tañido de un laúd hiende el aire calmo de la noche y hace revivir viejas añoranzas medievales. En su camino se cruza con gentes ataviadas con extraños ropajes: las mujeres con camisas de seda, túnicas sin manga y mantos forrados de piel, que sujetan al cuello por medio de una fíbula de plata; los hombres, igual que aquellos galantes caballeros medievales de “La Celestina”, llevan polainas largas, medias, camisolas y también capa; y por supuesto deambulan por la calle armados todos con espada larga al cinto, protegida con su vaina… Suenan más clarines y a la vuelta de una esquina el viajero se encuentra con una fragua portátil y dos puestos destartalados de herrador y de alfarero. Un cetrero da de comer a un gigantesco azor mientras su compañera exhibe el vuelo de un gerifalte ante la mirada asombrada de decenas de niños, que no pueden creer lo que están viendo… Él, tampoco. Y entonces, temiendo ya uno de esos extraños trasvases en el tiempo que solo ocurren en los programas televisivos, decide preguntar al viejo más a mano que encuentra. “¿Qué si está “usté” tarumba? ¡Quía! ¡Pero es que no “s’acuerda” de qué día es hoy?” responde jocoso el anciano “¿El día de hoy? Sí, claro. 15 de agosto. Pero que tiene que ver…” “¿Que qué “tié” que ver? Pues no es “usté” de por aquí, a lo que parece. Hoy se celebra la batalla de Consuegra, cuando el buen rey Alfonso le dio “candela” a los moros y les dijo de lo que se tenían que morir. ¡”Na menos”! La batalla de Consuegra y el día en que murió el hijo del Cid…”

Ahora comprende. Y aunque si mal no recuerda fueron los almorávides quienes nos dieron “candela” a nosotros, no estará de más hacer un alto en Consuegra y vivir por unos días la magia de una época cuajada de héroes, princesas, alcahuetas y leyendas sin fin. Los molinos pueden esperar, sin duda. Pero eso lo contaremos en otro momento…

13. Detalle de las fiestas de Consuegra medieval, edición de 2012. Autor, Jose María Moreno García

                Detalle de las fiestas de Consuegra medieval, edición de 2012. Autor: Jose María Moreno García