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Paseando por Torre de Juan Abad

Iberos, romanos, moros y cristianos. Pecheros y señores. Quevedo, Manrique, Teresa de Jesús… Torre de Juan Abad es, sin duda, lugar de espesor histórico. La huella imborrable de Quevedo es su mejor activo. En su museo, por las calles, en sus textos


Desde 1621, don Francisco de Quevedo y Villegas, ya caballero de Santiago, se titulará para siempre Señor de la Villa de Torre de Juan Abad, su “aldea”, como gustaba datar los numerosos textos que allí produjo. Había colmado su ambición de hacerse un hueco entre la nobleza hidalga, ya fuera en escalón modesto y por vía de subasta. Pero La Torre se convirtió en su lugar, que frecuentaba año tras año, bien por voluntad, a poco que llegaba el buen tiempo, bien forzado por los innumerables destierros que padeció. El mismo Quevedo que siempre había mostrado cierto desprendimiento material, la tendencia a no tener residencia fija y preferir las posadas, las casas de los amigos, la algarabía de las tabernas… y, sin embargo, escribía “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos.”
La primera vez que don Francisco de Quevedo pisó las tierras de Torre de Juan Abad fue en el verano de 1610. Se hacía acompañar de Rodríguez Soto, juez de alzadas de Toledo. Su objetivo era cobrar de una vez por todas las deudas que los vecinos de La Torre habían contraído primero con su madre, María de Santibáñez, con su hermana Margarita y él mismo después. Se trataba de un espinoso asunto que comenzó un año antes y que, con variantes, duraría hasta su muerte y heredarían sus sucesores. En más de una ocasión, con el fin de evitar la acción de la justicia, los vecinos llegaban a encerrarse en la iglesia, con los regidores y el cura al frente, con el fin de, a resguardo de sagrado, evitar hacer frente a sus penosas obligaciones.
En 1589 los vecinos de La Torre quisieron librarse de la jurisdicción de Villanueva de los Infantes. Para obtenerla debían abonar 2.598.000 maravedís a la Hacienda Real repartidos entre los cuatrocientos vecinos del lugar. Para hacer frente a este pago solicitan la creación de censos, de forma que los compradores hagan frente a la deuda a cambio del cobro de una renta. María de Santibáñez, la madre de Quevedo, camarera de la reina, “dueña de retrete”, como se decía en el alambicado protocolo borgoñón de los Austrias, se hizo con uno de estos censos por más de 6000 ducados. Trataba de asegurar para el futuro una posición acomodada a sus hijos. Cuando fallece doña María éstos descubren que nunca han cobrado un maravedí de las supuestas rentas. Deciden pleitear. Se abrirá así un prolijo proceso de pleitos y más pleitos que consumirá buena parte de las ocupaciones de don Francisco, yendo y viniendo con el fin de mejorar sus finanzas. Así que se lamentaba: “De aquí volví a mis estados / este sí que es lindo punto / aquí cobro enfermedades / que no ventas ni tributos.”
Pero más allá de pleitos, de choques, de roces jurisdiccionales con el cura, los regidores y los vecinos, Quevedo encontró su sitio en La Torre. Especialmente tras su vuelta de Italia con dinero contante y sonante. A veces esta querencia era forzada, desterrado a sus posesiones, un procedimiento habitual en la España del siglo XVII para desembarazarse temporalmente de molestos e impertinentes. Pero la compra del señorío y el disponer del hábito de la Orden de Santiago permitían al cortesano Quevedo, tener un trato especial, pudiéndose retirar a sus dominios siempre con el mandato expreso de “no salir de ella en sus pies ni en ajenos sin licencia”. Y solicitando permiso expreso si sus achaques le obligaban a buscar botica y doctor en la vecina Villanueva de los Infantes, Campo de Montiel. Como en febrero de 1622, cuando enferma gravemente de tercianas y se le autoriza trasladarse a Infantes, ”pasó en la cura mayor peligro del que podía traerle el mal, por una sangría que le hizo un barbero gañán, se vio muy mal parado”. Y lo confirmaba el mismo Quevedo al señalar que “había visto muchos condenados a muerte, pero a ninguno condenado a que se muera”.

¿En qué emplea su tiempo don Francisco de Quevedo en La Torre? En leer, en escribir, en informarse al detalle de lo que ocurre en la corte y transmitirlo a sus corresponsales, en conspirar desde lejos. Trabaja día y noche, leyendo gracias a un torno con atriles y escribiendo en una mesa con ruedas que ocupaba el ancho de la cama. Disponía de una considerable biblioteca “que pasaba de cinco mil cuerpos”. Firma en La Torre obras de peso como La Fortuna con seso y la hora de todos, El sueño de la muerte, El mundo por de dentro, Lágrimas de Hieremias castellanas, Política de Dios, Grandes anales de quince días… además de poemas y gran número de correspondencia. Recibe continuas visitas de amigos y conocidos. El mismo Felipe IV recalaría en La Torre de viaje hacia la costa andaluza. Claro que no puede renunciar al sarcasmo cuando señala que “hoy ha pasado por aquí el marqués de la Flor, que ya, a falta de lugares, hay marqueses de Ramillete y de Legumbres”.
También sale a cazar, actividad que en su época se reserva a los nobles, “lo que de nuevo hay por acá es que yo he muerto dos puercos; y entre chicharrones y morcillas y longanizas, estoy preparando la mejor ortografía de las ollas”. E inventa platos, como la liebre con cecina, de la que canta maravillas.


En febrero de 1624, Felipe IV decide visitar las costas andaluzas ante la amenaza inglesa. Quevedo, secretario real, forma parte del cortejo. Tras una agitada jornada en Membrilla, escribe “concertóse el madrugar, y partimos para mi Torre de Juan Abad, donde para poder su Majestad dormir derribó la cama que le repartieron; tal era que fue más provecho derribada”


No siempre era fácil la vida en La Torre. Con ocasión de las inundaciones de 1636, Quevedo escribe al duque de Medinaceli: “Aquí hace tiempo ciego, que es menester luces a mediodía. Ni han sembrado ni pueden, ni hay pan; los más comen la cebada y centeno. Cada día traemos pobres muertos de los caminos de hambre y desnudez. La miseria es universal y ultimada”.
En cualquier caso, Quevedo encuentra su reposo en Torre de Juan Abad y canta “Yo me salí de la Corte / a vivir en paz conmigo (…) si me hallo, preguntáis, / en este dulce retiro, / y es aquí donde me hallo, / pues andaba allí perdido. / No nos engaitan la vida / cortesanos laberintos, / ni la ambición ni soberbia / tienen por acá dominio.”
Tras su terrible encarcelamiento en San Marcos de León, y después de arreglar algunos asuntos en Madrid, se traslada a La Torre en noviembre de 1644. Es su última visita. Ya sólo saldrá para viajar hasta la vecina Villanueva de los Infantes con el fin de curarse para terminar falleciendo en el convento de Santo Domingo.
De todo esto, y de muchas más cosas, encontrará el visitante puntual noticia en la Casa Museo de Quevedo, sencillo edificio, que cuenta en su piso bajo con dos salas para exposiciones itinerantes de pintura, escultura y fotografía. Es en el superior donde se encuentra la sala dedicada a Quevedo y su relación con Torre de Juan Abad. Se muestran documentos históricos, ediciones de sus obras, su testamento y diversos objetos que le pertenecieron, entre ellos el tintero de cerámica talaverana y el sillón del poeta.

Si Francisco de Quevedo dio lustre a La Torre, ésta tiene una historia milenaria. Se han encontrado ruinas romanas en Los Villares, fue lugar principal del Campo de Montiel y tuvo castillo famoso, de origen musulmán, Eznavejor, también llamado las Torres de Xoray, desde el siglo XV perteneciente a la vecina población de Villamanrique. Hoy día Eznavejor apenas es un vestigio irrelevante, pero jugó un importantísimo papel en tiempos del califato de Córdoba. En el 885, grupos de bereberes apoyados por algunos cristianos y encabezados por Aben Hafsum quisieron hacer frente al poder cordobés. Sin éxito, vencidos como fueron, en Xoray, por el Valid Abdelhamid. Años después, caído el califato, Hixem III fue prisionero de sus muros. El lugar está cargado de historias y leyendas, como la de la Encantada, cautiva cristiana que por San Juan baja hasta el río para peinarse esperando al valeroso caballero que la rescate del rey moro.
El castillo desapareció, tras la toma del lugar por los freires de Santiago en 1213, quienes lo trasladaron al cercano Montizón.


“En la ignorancia del pueblo, está seguro el dominio de los príncipes”. La hora de todos y la fortuna con seso. Francisco de Quevedo. 1636


En Torre de Juan Abad podemos disfrutar de otros lugares muy interesantes. La plaza pública, cómo la llaman aquí, un bonito espacio urbano en el que se encuentra la casa consistorial, de moderna factura y, sobre todo, ese estupendo edificio del siglo XV que llaman la Casa de la Tercia, tras cuyos cinco arcos funciona hoy la biblioteca municipal. Muestra un escudo, que unos atribuyen a Carlos V y otros a los Reyes Católicos; fue pósito en el que se guardaba el pan de la mesa maestral.
Imprescindible visitar la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de los Olmos. Pasó por ella Teresa de Jesús, un 16 de febrero de 1575. Protegidos tras sus muros se refugiaban los vecinos de La Torre para escapar de las ambiciones recaudatorias de Quevedo. Lo que no obsta para que tuviera reservado sitio principal desde el que asistir a los oficios religiosos. Un magnifico templo de finales del siglo XV y principios del XVI, con una poderosa torre de origen defensivo, y dos portadas, renacentista la principal y adornada por un bonito arco conopial la otra. En el interior cuenta con varios retablos, entre los que destaca de forma notable el del altar mayor, manierista de finales del XVI, trabajado de madera dorada y policromada, obra del maestro tallista Francisco Cano. Es soberbio el órgano barroco, de los llamados catedralicios, del siglo XVIII, cuyos casi mil tubos siguen en activo, durante el Ciclo Internacional de Conciertos y en numerosas ocasiones a lo largo de todo el año, que hacen de él uno de los monumentos del sonido más apreciados en toda Europa.

El prestigioso Ciclo Internacional de Conciertos que se celebra anualmente con la presencia de organistas de categoría internacional, ha convertido a Torre de Juan Abad en un lugar de peregrinaje para melómanos de todas las latitudes. Montserrat Torrent, Premio Nacional de Música y Medalla de Plata del Mérito Artístico en las Bellas Artes; Jorís Verdin, titular de la catedral de Amberes; Christian Mouyen, titular de la iglesia-catedral Santa Cruz de Burdeos y Francis Chapelet, miembro de la Royal Academy de París, son algunos de los músicos ilustres que han hecho que la serie de conciertos de la iglesia torreña pase a formar parte de los canales internacionales de música clásica.
Entre calles, además de la Casa de Quevedo, aparecen otros enclaves interesantes, como la casa palacio de don Fernando, edificio del siglo XIX que perteneció al linaje de los Frías, grandes terratenientes de La Torre, con un bonito patio central con columnas de hierro. En la plaza del Parador, presidida por una estatua en bronce de Francisco de Quevedo, permanece en pie una casa típica manchega con extraordinarias muestras de rejería en sus ventanas.
Cerca de Torre de Juan Abad, a pocos kilómetros al oeste de la villa, se levanta la ermita santuario de Nuestra Señora de la Vega, de origen templario, como muestra la inscripción latina en el interior de la cúpula, que recuerda y da fe de su edificación por la Orden del Temple. Fue derribada en 1310, poco después de que la orden cayera en desgracia tras el viernes negro parisino, aquel 13 de octubre de 1307. Se debió reconstruir en el siglo XV, según consta en la descripción de los Visitadores Generales de la Orden de Santiago. Jorge Manrique y su mujer especialmente devotos del lugar, como parece que lo fue el propio Quevedo. Ahora es un maravilloso templo, de tres naves y cabecera plana, emplazado en un delicioso paraje que permite disfrutar de “la dulce soledad sonora”, tan amada de San Juan de la Cruz y Juan Ramón Jiménez.


“La calle mayor del mundo llámase hipocresía, calle que empieza con el mundo, y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella”. El mundo por de dentro (Sueños). Francisco de Quevedo. 1612


Ultima morada de Francisco de Quevedo: celda del Convento de Santo Domingo en Villanueva de los Infantes


Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Julio de 1212. Salvatierra y la gesta de las Navas de Tolosa (4ª Parte)

Salvatierra y la gesta de las Navas de Tolosa

En el campo cristiano y en plena oscuridad se iniciaron los preparativos para la batalla. Primero, espiritualmente. Luego planeando la estrategia a seguir junto a los fuegos del campamento, pues nadie probablemente pudo pegar ojo en aquella calurosa noche de julio. Al amanecer, tomaron las armas y salieron en ordenadas formaciones hacia el frente, donde el Califa almohade ya esperaba capitaneando a su ejército. Éste colocó en vanguardia tropas ligeras de árabes y bereberes, con arqueros y maceros de gran movilidad cuya misión consistía en desordenar la formación cristiana a base de ataques y retiradas prontas. En la línea principal, los almohades al centro y los árabes en los flancos. Y en retaguardia las fuerzas de reserva y el propio Califa, que se situaba en un palenque sobre una altitud del terreno y rodeado de su guardia, devotos esclavos de descomunales proporciones atados con cadenas entre sí.

Caballero cristiano. Escultura de bronce. Obra de Pí Belda

Caballero cristiano. Escultura de bronce. Obra de Pí Belda

La iniciativa de ataque partió de los caballeros cristianos, lanzados en bloque contra la vanguardia musulmana de modo que los arqueros perdieron bien pronto su eficacia. Deshecha la primera línea, el bloque montado de choque fue a dar con la parte principal de los enemigos, que bloquearon el ataque obligando entrar en batalla a las fuerzas principales cristianas: las de las cuatro Órdenes militares (Calatrava, Santiago, San Juan y Temple); las casas de Haro y de Lara e, intercalados con ellas, las milicias concejiles de Castilla. El ímpetu del ataque obligó al Califa a hacer uso muy pronto de sus fuerzas de reserva, mientras Alfonso VIII dejaba intactas las suyas en la retaguardia del lado cristiano. Éstas, compuestas por los hombres del arzobispo de Toledo y los de Téllez y Girones entraron oportunamente en liz, lo que fue decisivo para provocar el desorden y la retirada de los musulmanes en masa, con excepción de la guardia califal.

Tapiz que representa el momento álgido de la batalla de las Navas de Tolosa. Autor, desconocido

Tapiz que representa el momento álgido de la batalla de las Navas de Tolosa. Autor, desconocido

El palenque del Califa resistió no solo por constituirse de fuerzas selectas que disponían de copiosísimas reservas de flechas y lanzas, sino también por estar encadenadas. Pero todo fue en vano, y el soberano emprendió la huida mientras los caballeros cristianos apretaban el cerco e irrumpían en él, arrollándolo. La gran mortandad de la batalla se produjo precisamente en el palenque y con posterioridad durante la huida de los infieles. Mientras, los del norte iniciaban la persecución por entre un campamento sumido en el caos y cuyas tiendas fueron muy pronto abatidas. Producida la derrota, Rodrigo Jiménez de Rada, con Alfonso VIII y los obispos, entonó un Te Deum laudamus al tiempo que se consumaba la descomposición de los vencedores, que abandonaron a su suerte las tierras situadas más allá del Guadalén: Vilches, Baeza, Úbeda y, a la postre, las puertas de Andalucía entera.

El escenario de la contienda

El escenario de la contienda

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Fotografía de portada: Sacro Convento y Castillo de Calatrava La Nueva. Autor, desconocido.
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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (3ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (3ª Parte)

El hábito del Temple formado por un manto blanco con una cruz en el lado izquierdo, algo por encima del corazón, fue imitado por las demás órdenes nacidas en Tierra Santa. La cruz era el signo que adoptaban los cruzados, y por ello al hecho de alistarse en las cruzadas se le llamaba también “tomar la cruz”. La Orden de Calatrava, de tradición cisterciense al igual que el Temple, imitará también este hábito, aunque su primera vestimenta carecía de la cruz que luego sería característica de los miembros de esta institución: primero de color negro y después, con permiso del papa Benedicto XIII en 1397, cruz roja sobre hábito blanco, tal y como se conoce en la actualidad. En la ceremonia de toma de hábito eran cuatro las prendas que se entregaban a los novicios: la túnica, el escapulario, la capa y el manto. De hecho, vestir el manto era obligatorio para entrar en el coro durante el oficio, para confesar, para comulgar y para cualquier otro acto solemne como la participación en el Capítulo de la Orden. Los clérigos calatravos, en cambio, debían vestir larga sotana negra, y fuera del monasterio el manteo ordinario de los sacerdotes. Solo en el caso de predicar o administrar los sacramentos fuera del convento, los clérigos usaban el manto blanco de la Orden, que era obligatorio por otra parte para el rezo del Oficio Divino.

1. Miniatura medieval representando una batalla. De las Cantigas de Santa María.

                               Miniatura medieval representando una batalla. De las Cantigas de Santa María

2. Un nido de águila. Calatrava la Nueva. Autor, Mayoral

                                                    Un nido de águila. Calatrava la Nueva. Autor: Mayoral

El género de vida de los caballeros y sargentos de la Orden de Calatrava, y en general del resto de estas instituciones, venía marcado por su doble vocación de monjes y soldados; como monjes afiliados a la gran familia cisterciense (Templarios, Calatravos y Alcantarinos), todos ellos emitían los tres votos fundamentales de la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia, a la par que se obligaban a la recitación diaria del Oficio Divino y a vestir el hábito impuesto por su regla. Al igual que los monjes, los caballeros calatravos y el resto de los freires debían guardar silencio tanto en el templo como el dormitorio, la cocina o el refectorio (comedor). Por otro lado, cuando no se encontraban en campaña debían observar los ayunos prescritos por la Regla varios días en la semana.

3. El ejército cristiano toma las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                      El ejército cristiano toma las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

4. Calatrava la Vieja desde la orilla norte del río Guadiana. Autor, Mareve

                                      Calatrava la Vieja desde la orilla norte del río Guadiana. Autor: Mareve

Aceptar el voto de pobreza tenía un significado muy preciso: los caballeros renunciaban a tener bienes propios de cualquier tipo. Todo el equipamiento, bienes o propiedades eran de la Orden y debía ser aplicado a los fines militares que le eran propios. Sus miembros solo podían utilizarlos con arreglo a las disposiciones de los superiores. En cuanto al voto de castidad, éste llevaba implícita la renuncia a cualquier actividad sexual en aras de una consagración más perfecta a las obligaciones de su vocación (los vecinos Santiaguistas, sin embargo, tenían una Regla muy tolerante en este sentido y aceptaban la presencia tanto de caballeros célibes como casados). Finalmente, el voto de obediencia se consideraba de gran mérito dado el carácter militar de esta organización, y ya era interpretado desde los orígenes del Temple con el máximo rigor. El maestre era el que disponía de las personas de la Orden, determinando el destino, la residencia y la ocupación de cada uno de sus miembros para un mejor servicio de la institución.

5. Retablo de Las Navas de Tolosa, del siglo XV. Catedral de Pamplona. Autor, Tetegil

                            Retablo de Las Navas de Tolosa, del siglo XV. Catedral de Pamplona. Autor: Tetegil

6. Otra escena de la lucha de cruzados e infieles. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

              Otra escena de la lucha de cruzados e infieles. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Entre las obligaciones religiosas de los caballeros, sargentos y clérigos en Calatrava la Nueva ocupaba el primer lugar el rezo diario del Oficio Divino. Los maitines se celebraban antes del amanecer, lo que suponía levantarse en plena noche; solo estaban dispensados los enfermos y los que habían tenido algún trabajo especial, y aún en estos casos siempre con permiso del maestre o comendador. Acabados los maitines, los freires solían inspeccionar los caballos y el equipo, y solo después de esta inspección podían acostarse de nuevo hasta la hora en que volvieran a ser llamados por la campana de la comunidad para el rezo de prima, una vez amanecido. Tras la hora de prima seguía la misa, y finalizada ésta se rezaban las horas de tercia y sexta. Todavía en la tarde la campana volvería a sonar otras tres veces llamando a todos: la primera vez al rezo de nona; la segunda a la recitación de vísperas y al final del día, antes de acostarse, para el rezo de completas. Acabado el rezo de esta última hora comenzaba el gran silencio que todos debían guardar hasta el día siguiente después de prima, salvo que ocurriese una emergencia.

7. Restos de Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden. Autor, Van

                                         Restos de Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden. Autor: Van

Además de estos rezos del Oficio Divino y de la Santa Misa en común, en los que coincidían todas las órdenes tanto monásticas como militares, los calatravos y afines imponían a sus miembros la recitación de otras oraciones en privado y con fines diversos. Así, era común rezar un número variable de padrenuestros, que podía llegar a superar la veintena, por asuntos tales como el alma de los hermanos y benefactores difuntos; para que Dios apartase del pecado a los vivos y otros aspectos de similar traza. La ausencia al rezo común por cualquier impedimento se suplía asimismo con rezos privados, estipulándose un número fijo de padrenuestros según la hora canónica correspondiente.

8. Paseo de ronda de Calatrava la Nueva tras las murallas exteriores. Autor, Carlos de Vega

                       Paseo de ronda de Calatrava la Nueva tras las murallas exteriores. Autor: Carlos de Vega

La vida conventual en común en Calatrava la Nueva y otras casas de la Orden era similar a la de cualquier monasterio al uso. La comida y la cena en el refectorio de la comunidad se realizaban en silencio mientras un clérigo leía la sagrada lección, esto es, las Sagradas Escrituras y otras lecturas piadosas. Los ayunos, una sola comida al día, eran muy numerosos a lo largo del año; además de los viernes y de dos largos periodos (desde San Martín, 30 de noviembre, hasta Navidad, y los cuarenta días de Cuaresma), había unas quince festividades más en cuyas vísperas también se ayunaba. Sin embargo el rigor del ayuno no era tan excesivo como en las casas monásticas habituales, dado el carácter militar de la Orden y la necesidad de conservar un excelente estado de forma para defender al prójimo.

9. Máquinas de asalto frente a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                  Máquinas de asalto frente a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

10. Espectacular rosetón en la iglesia de Calatrava la Nueva. Autor, Van

                                        Espectacular rosetón en la iglesia de Calatrava la Nueva. Autor: Van

Los caballeros y los sargentos de Calatrava la Nueva eran militares además de monjes, pues habían profesado en la Orden para el ejercicio de la guerra. Así, la mayor parte del tiempo que les dejaba el Oficio Divino y otras obligaciones religiosas lo dedicaban al cuidado de los caballos y el mantenimiento del equipo militar, y a los ejercicios físicos y entrenamiento que los adiestraban en el manejo de las armas. En las visitas periódicas a las caballerizas o a la sala donde se guardaban los equipos, y que podían ser varias a lo largo del día, efectuaban ocupaciones tales como cepillar, dar de comer o de beber a las monturas; reparar el equipo; fabricar postes y clavijas de tiendas, y en general cualquier otra actividad adecuada a su preparación militar. Todavía, después de completas y antes de retirarse a descansar, la Regla prescribía una última inspección a los caballos y al equipo de combate del mismo tipo que las anteriores.

11. Enfrentamiento con las tropas musulmanas. Autor, Ian Pitchford

                                            Enfrentamiento con las tropas musulmanas. Autor: Ian Pitchford

Además de las campañas militares, desarrolladas anualmente al llegar el buen tiempo, los calatravos tenían también una intensa actividad civil al otro lado de los muros de sus conventos. Su expansión bajo el favor real favorecía la creación de encomiendas locales, los feudos de las órdenes militares, al tiempo que se fundaban pueblos y mercados; se construían caminos, puentes y molinos; se establecían tribunales (existía un único código legal en los dominios de la Orden, con derecho de apelación ante el maestre) y se levantaban iglesias y monasterios, cuyos monjes tenían en la conversión de mudéjares uno de sus objetivos principales. Los freires no solo cultivaban sus tierras con esclavos mudéjares. También explotaban las áridas mesetas donde criaban ganado, caballos, chivos, cerdos y, en particular, ovejas, todos ellos en estado semisalvaje y sujetos a los movimientos trashumantes al llegar los fríos invernales o el agostamiento de los pastos durante el estío.

12. El terrible poder de las catapultas. Obra de Alphonse Marie Adolphe de Neuville (1835_1885)

                   El terrible poder de las catapultas. Obra de Alphonse Marie Adolphe de Neuville (1835_1885)

13. El enemigo infiel, bien pertrechado. Autor, Jose María Moreno García

                                       El enemigo infiel, bien pertrechado. Autor: Jose María Moreno García

Administrando desde las encomiendas, los hermanos calatravos se convirtieron en buenos criadores, y la lana, carne y pieles alcanzaron elevados precios con su gestión. El negocio se volvió aún más rentable cuando se introdujeron las ovejas merinas desde Marruecos. Además de la ganadería los hermanos cultivaban a escala masiva trigo y cebada en las áreas más fértiles, y también plantaron muchos viñedos y olivos, al igual que huertos y jardines comerciales donde producían verduras, lino, cáñamo, rosas y plantas medicinales. Para regar el suelo construyeron molinos de agua y, toda vez que los campesinos dependían de ellos para su cosecha, éstos se convirtieron en una buena fuente de ingresos. Llegaban gran número de colonos, el peligro de las aceifas musulmanas disminuía con el paso de los años y la tierra florecía hacia el sur, de una forma que no se había visto desde la época de los romanos.

14. Intento de asalto por sorpresa a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                Intento de asalto por sorpresa a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Éste era el mundo de los calatravos, la vida y la obra de aquellos que forjaron celosamente en su antigua fortaleza árabe de Qal’at Rabah el secreto de la dignidad, el heroísmo y el servicio al prójimo que los hizo célebres. Los muros solitarios y carentes de vida que hoy se elevan frente a Salvatierra volverán a animarse este fin de semana con una memorable conmemoración histórica, el VIII centenario de su construcción, pero ¿qué ocurrirá después? ¿Seremos capaces, en los tiempos que corren, de volver a tomar con paso firme la estela que nos dejaron marcada? De todo se aprende, de lo bueno y de lo malo, mientras alguien sea capaz de recordar.

15. Un descanso durante la recreación histórica. Autor, Jose María Moreno García

                               Un descanso durante la recreación histórica. Autor: Jose María Moreno García

16. La entrada de los caballeros en la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                La entrada de los caballeros en la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (2ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (2ª Parte)

Ningún relato resulta más indicado para ilustrar la vida militar de los monjes calatravos que el de su propio origen, en los años que precedieron a las Navas de Tolosa y a la construcción de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Aprovechando la ausencia del califa almohade, que se hallaba en África sofocando una rebelión, el rey Alfonso VIII envió una expedición en septiembre de 1194 para saquear la campiña andaluza. Formaron parte destacada del ejército los caballeros de Calatrava, a los que correspondió como parte en el botín 300 cautivos y muchos ganados y bienes. La respuesta musulmana no se hizo esperar, y el 1 de junio del siguiente año el califa pasaba el estrecho acompañado de un inmenso ejército de soldados almohades, árabes, zenetes, gomaras, negros sudaneses y hasta arqueros turcos. Todo hacía presagiar lo peor y el día 19 de julio se cumplió el peor pronóstico: la batalla de Alarcos, al sur de Ciudad Real, supuso una auténtica masacre para el lado cristiano. El campamento cayó íntegramente en poder de los almohades, y el propio rey Alfonso VIII solo pudo salvar la vida tras una ignominiosa y rápida huida hasta Toledo, junto al propio propio maestre de Calatrava y otros contados supervivientes de alto rango.

2. Miniatura medieval representando una batalla en plena Cruzada. de la Histoire d'Outremer, por William de Tiro

      Miniatura medieval representando una batalla en plena Cruzada. De la Histoire d’Outremer, por William de Tiro

3. Espectacular entrada al castillo. Autor, Bambo

                                                        Espectacular entrada al castillo. Autor: Bambo

Tanto la Orden de Calatrava como la de Santiago estuvieron presentes junto a sus tropas en la refriega, pero fueron los primeros quienes más sufrieron las consecuencias de la derrota. Además de numerosas bajas entre muertos y cautivos perdieron la fortaleza de Calatrava la Vieja, la sede principal de la Orden (hoy todavía visible en el término de Carrión de Calatrava), y con ella las extensas posesiones que constituían su dominio desde Sierra Morena hasta los Montes de Toledo. Casi todos los defensores de Calatrava fueron pasados a cuchillo mientras los supervivientes se refugiaban en Ciruelos, unos 10 km al sur de Aranjuez, y sus superiores se esforzaban por cubrir el vacío de hombres y bienes tras el desastre convocando una llamada general de la Orden, a la que por suerte acudieron numerosos voluntarios. Parecía que los calatravos podrían contarlo. Pero lo más urgente a partir de entonces sería encontrar una sede nueva, una sede ubicada donde fuese más necesaria su presencia y desde donde se pudiese controlar más activamente los movimientos del infiel.

4. El choque de los dos ejércitos. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                           El choque de los dos ejércitos. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Este fue el inicio de la avanzada que terminó con los monjes en la entrada del desfiladero del río Jándula, 55 km al sur de su antigua capital y donde hoy se sitúa su fortaleza más espectacular. Con este fin, en plena tregua firmada con los almohades, los monjes-soldado de Calatrava enarbolaron las armas y partieron con un contingente de 400 caballeros y 700 peones, adentrándose profundamente en territorio enemigo para dar un auténtico golpe de mano a los musulmanes de Sierra Morena: el asedio y la toma de Salvatierra. La aventura tuvo éxito y allí se instalaron finalmente, convirtiendo esta fortaleza aislada dentro de territorio islámico en casa madre de la Orden y permaneciendo allí durante todo el periodo que durarían las treguas. Hoy sus ruinas son todavía visibles desde la fortificación de Calatrava la Nueva, y en honor a su nombre los calatravos cambiaron el suyo para denominarse a partir de entonces caballeros de la Orden de Salvatierra, término que estuvo vigente al menos en la documentación de esos años.

5. Castillo de la Orden de Calatrava en Alcañiz, hoy parador de Turismo. Autor, Druidabruxux

                     Castillo de la Orden de Calatrava en Alcañiz, hoy parador de Turismo. Autor: Druidabruxux

6. Caballeros e infieles en la Primera Cruzada. Obra de J.J. Dassy, 1850

                                      Caballeros e infieles en la Primera Cruzada. Obra de J.J. Dassy, 1850

Acabada la tregua en 1210, en mayo del año siguiente pasaba el estrecho de Gibraltar un nuevo ejército islámico, que avanzaba hasta concentrarse en Sevilla. Y de aquí partía el 15 de junio hacia Salvatierra, guarnecida aún tenazmente por los caballeros de Calatrava. Éstos, muy inferiores en número, esperaron allí a pie firme la llegada del descomunal ejército. Primero resistieron en la explanada frente al castillo, y luego se hicieron fuertes en la misma villa hasta que, inútiles todos sus esfuerzos, no tuvieron más remedio que encerrarse en la fortaleza y prepararse para un largo asedio. Los almohades atacaron las murallas infructuosamente durante 51 días, efectuando frecuentes acometidas y batiendo los gruesos muros con catapultas y demás máquinas de guerra, mientras los sitiados solicitaban un socorro a Alfonso VIII que el rey no estuvo en condiciones de prestarles. Solo tras autorización real los de Calatrava accedieron a capitular, firmando un acuerdo con el califa almohade que les autorizaba a salir y partir con su vida a salvo y llevando consigo cuantos bienes pudiesen transportar. Todo terminó nuevamente para los calatravos, pero lo que no sabían es que la resistencia de Salvatierra (hoy en el término municipal de Calzada de Calatrava) había permitido a los castellanos ganar un tiempo precioso y ultimar sus preparativos para la gran batalla que tendría lugar el año siguiente, sin duda una de las grandes victorias cristianas en los ocho siglos de Reconquista hispánica: las Navas de Tolosa.

7. Restos de la fortaleza de Salvatierra, frente a Calatrava la Nueva. Autor, Zubitarra

                            Restos de la fortaleza de Salvatierra, frente a Calatrava la Nueva. Autor: Zubitarra

Aunque se conoció también en su tiempo como batalla de Baeza, hoy se sabe que el choque de las Navas de Tolosa se libró en lo que hoy es término jienense de Santa Elena, el 16 de julio de 1212. El ejército cristiano se componía de una alianza de huestes de Castilla, de Aragón y de Navarra bajo el mando absoluto del mismo Alfonso que había caído en Alarcos, además de cruzados extranjeros y las milicias de cuatro órdenes militares: el Temple con su maestre Gómez Ramírez; San Juan con su prior Gutierre Hermenegildo; Calatrava y su maestre Rodrigo Díaz de Yanguas, y finalmente Santiago con el maestre Pedro Arias. Estos personajes no eran solo figurantes, y además de su valor en ataque hacían las veces de asesores tácticos del rey en cada batalla. Por su parte los caballeros freires constituían el núcleo más fuerte del ejército, ya que se destacaban tanto por la completa protección de sus jinetes y caballos como por el adiestramiento de ambos; la táctica en aquella época consistía en lanzar una única y decisiva carga, aunque ya por entonces existía una cierta tendencia a utilizar equipamiento más ligero y caballos árabes, más pequeños y ágiles que el europeo. Debido a ello se utilizaba normalmente a los freires como caballería pesada y punta de ataque para romper las filas contrarias, y así fue también en esta ocasión, formando el centro de la hueste durante aquella jornada bajo el mando del conde don Gonzalo Núñez de Lara.

8. Carga de la caballería pesada medieval. Obra de Paolo Ucello (1397-1475)

                                 Carga de la caballería pesada medieval. Obra de Paolo Ucello (1397-1475)

9. Caballero del siglo XV durante una carga. Recreación histórica. Autor, David Ball

                             Caballero del siglo XV durante una carga. Recreación histórica. Autor: David Ball

Las armas y armaduras que utilizaban eran similares a las usadas en toda Europa: espadas, lanzas, cascos de acero y escudo. El hábito de los caballeros calatravos era una túnica de color blanco con capucha, inicialmente sin cruz y siempre más corta que la de los clérigos para facilitar la cabalgada. Por encima utilizaban un largo manto carente de mangas casi idéntico al de los templarios, aunque sin cruz, como la túnica, y a veces una capa forrada de piel. La armadura era siempre negra. Pero las tropas movilizadas por las órdenes militares no se basaban solo en caballeros freires; en ellas se integraban también exploradores y servicios de espías, normalmente siervos residentes en la zona, y cuyos conocimientos del terreno aportaban al ejército noticias valiosísimas acerca de las fortalezas o los movimientos del enemigo. A ellos se sumaban los sargentos, que actuaban como escuderos o sirvientes de los caballeros, y también los vasallos laicos de la Orden en las diferentes encomiendas. Éstos últimos venían acompañados por sus respectivas mesnadas a pie compuestas tanto de mercenarios profesionales como de labriegos incultos, y armados por lo general con lanzas, arcos, hondas y hachas.

10. El asalto a las murallas de la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                    El asalto a las murallas de la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

La batalla fue dura. Los templarios perdieron a su maestre, y el de Santiago, don Pedro Arias, quedó tan malherido que murió a los cinco meses como consecuencia de sus heridas. Por su parte los freires de Calatrava fueron diezmados y su maestre Rodrigo Díaz perdió un brazo, lo que le hizo dimitir de su cargo al verse imposibilitado para luchar en el futuro junto a sus hombres. Pero a pesar de estos reveses el ejército musulmán fue detenido, derrotado y puesto en fuga. Y con la desaparición de la amenaza almohade las tierras que se habían perdido con el revés de Alarcos volvieron a recuperarse, y los calatravos fijaron los ojos en un castillo frente a Salvatierra, en la cima de un cerro cónico y admirablemente situado para resistir cualquier ataque. El castillo tenía por nombre Dueñas, y junto a sus tierras fue donado algunos años antes a la Orden por la familia de Don Rodrigo Gutierrez Girón. En 1201 el rey confirmaba a los calatravos la propiedad íntegra, de modo que tras la exitosa campaña de Las Navas comenzaron los preparativos para la ampliación y mejora de sus fortificaciones, verdadero nido de águila que aún hoy impone al visitante por el grosor de sus muros y su inaccesibilidad.

11. Patio interior de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Autor, Valdoria

                                          Patio interior de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Autor: Valdoria

12. Recreación de un caballero de Calatrava. Autor, Kalatravo

                                              Recreación de un caballero de Calatrava. Autor: Kalatravo

Las obras llegaron a término en poco más de cuatro años (1213-1217) gracias al uso de infinidad de cautivos del malparado ejército almohade. Y aunque la vecina Salvatierra siguió en poder musulmán hasta 1226, una vez levantada la fortaleza los de Calatrava la convirtieron en la nueva y flamante sede de la Orden. Se la llamó Calatrava la Nueva, todo un símbolo y un logro al tesón demostrado durante casi veinte años desde la pérdida de su antigua capital junto al Guadiana. Y logro además por doble partida: pues la presencia de los calatravos se demostraría no solo eficaz para la repoblación de las tierras recién reconquistadas, sino también de gran valor estratégico en la tarea de controlar los pasos de Sierra Morena y el importante camino que unía Toledo y Andalucía, todavía en poder musulmán.

Continuará…

13. La Batalla de las Navas de Tolosa. Pintura al óleo de Francisco de Paula Van Halen, (1814-1887)

                La Batalla de las Navas de Tolosa. Pintura al óleo de Francisco de Paula Van Halen, (1814-1887)

14. Recreación histórica de los caballeros calatravos en plena batalla. Autor, Jose María Moreno García

             Recreación histórica de los caballeros calatravos en plena batalla. Autor: Jose María Moreno García

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (1ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (1ª Parte)

Qal’at Rabah, la fortaleza de Rabah. En un principio se llamó así a la Vieja Calatrava, el castillo árabe levantado en el siglo VIII a orillas del Guadiana para controlar la importante y estratégica ruta que iba de Toledo a Córdoba. Pero después, con la Reconquista, los cristianos castellanizaron el término y le dieron su forma actual. Y su nombre pasó a denominar también a la Orden militar que el abad cisterciense de Fitero, Don Raimundo, estableció en aquel enclave casi despoblado y próximo a la frontera, así como a la nueva fortaleza de los catatravos más al sur, el castillo de Dueñas, que desde entonces fue conocido a uno y otro lado como Calatrava la Nueva. Este año se cumple el VIII centenario de la construcción de esta maravilla militar a partir del antiguo castillo, y en conmemoración de aquel hecho podremos disfrutar los próximos 20-22 de septiembre de la I Recreación Histórica en el Sacro convento y castillo de Calatrava la Nueva, hoy término municipal ciudadrealeño de Aldea del Rey. Será la ocasión ideal para encontrarnos con escenas sacadas de la vida cotidiana de aquella época: las encomiendas, la severa Regla de la Orden, los ejercicios espirituales, las aceifas musulmanas y los contraataques cristianos… Pero, ¿cómo era el día a día de estos monjes-soldado dentro de su famosa fortaleza, y cuál fue su significado e importancia real en los convulsos años de la Cruzada peninsular contra Al-Ándalus?

2. Vista sur del castillo de Calatrava la Nueva. Autor, Spacelives

                                             Vista sur del castillo de Calatrava la Nueva. Autor: Spacelives

3. La lucha contra el infiel. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                                La lucha contra el infiel. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Don Raimundo siempre fue el abad de estos frates un tanto especiales, que habían tomado el hábito cisterciense pero para prestar en Calatrava el servicio de las armas. No todos los monjes estuvieron de acuerdo con esta decisión, y tras la muerte de don Raimundo cada grupo nombró a su propio jefe y se separaron tomando desde entonces rumbos distintos: los freires caballeros se quedaron solos en el castillo de Calatrava la Vieja con su recién nombrado maestre don García, mientras los clérigos cistercienses puros abandonaron el lugar. Acababa de nacer la Orden de Calatrava, o de los calatravos, la primera de estas características íntegramente hispana.

4. Recreación de un caballero de la Orden de Calatrava. Autor, Contando Estrelas

                              Recreación de un caballero de la Orden de Calatrava. Autor: Contando Estrelas

En apenas medio siglo, y sobre todo con la ocupación y construcción de la fortaleza de Calatrava la Nueva en 1213-17, la Orden de Calatrava había adquirido un prestigio notable y en ciertos aspectos similar a la decana del Temple. Pero la observancia de la Regla y la base de su código de valores continuaron siendo los mismos del primer año. En realidad, todas las Órdenes militares surgidas por aquella época tenían una organización muy semejante. Según la Regla formaban parte de la Orden 3 clases de freires: caballeros; sargentos o sirvientes; y finalmente clérigos, los encargados de celebrar la misa y administrar los sacramentos a los miembros de su organización. Los freires clérigos de Calatrava, igual que ocurría con los de Santiago o los hospitalarios de San Juan, vivían en el interior de conventos específicos bajo la dirección de un prior. Este fue el caso de Calatrava la Nueva durante las etapas iniciales, y de la casa de Almagro con la ampliación y afianzamiento posterior.

5. Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden, junto al Guadiana. Autor, Van

                                   Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden, junto al Guadiana. Autor: Van

6. Arenga a los caballeros antes de la batalla. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                Arenga a los caballeros antes de la batalla. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Pero sin ninguna duda eran los caballeros los freires de mayor prestigio, dado el fin militar de estas organizaciones y su posición preponderante en la caballería de los ejércitos cristianos. Durante el combate se encontraban siempre asistidos por escuderos a pie y de origen no noble, los cuales derivaron más tarde en los freires sargentos o sirvientes (aunque a menudo eran simples seglares pagados y que nunca profesaron los votos). Los sirvientes desempeñaban dentro del convento oficios diversos además de escuderos: podían ser albañiles, artesanos, pastores, agricultores y, en realidad, cualquier profesional al que fuese necesario acudir dentro de la fortaleza.

7. Interior de la iglesia del castillo. Autor, Spacelives

                                                      Interior de la iglesia del castillo. Autor: Spacelives

8. Murallas y entrada al castillo. Autor, Carlos de Vega

                                                   Murallas y entrada al castillo. Autor: Carlos de Vega

El órgano supremo de gobierno de los calatravos era el Capítulo general, de celebración anual y al que acudían regularmente todas las dignidades de la Orden. El Capítulo general podía ocuparse de cualquier asunto, pero en la práctica trataba sobre todo aspectos de disciplina, obediencia, vestido, alimentación o viajes de los miembros constituyentes. Asimismo dirigieron la repoblación de los inmensos territorios vacíos al sur del Guadiana y que fueron poseyendo y administrando conforme avanzaba la Reconquista. De hecho, una parte de ellos sigue ostentando su antigua denominación y hoy se conoce conjuntamente como Campo de Calatrava.

9. Caballeros y su maquinaria de guerra. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                    Caballeros y su maquinaria de guerra. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Las principales dignidades de los calatravos, y en general de cualquier otra Orden hispánica, fueron los maestres y comendadores mayores, los claveros y los priores. El maestre era el superior general, elegido por todos los miembros de la Orden y confirmado por el abad cisterciense de la abadía madre, es decir, Morimond, hoy ubicada en el departamento francés del Alto Marne. Jurídicamente el maestre tenía una autoridad absoluta dentro de los límites y fines de la Regla. Todos los miembros de la Orden estaban obligados a acatar sus mandatos, y las desobediencias estaban gravemente castigadas con ayunos y disciplinas de muy diverso tipo. Asimismo, entre sus tareas estaba el elegir a los comendadores de cada una de las casas, y asignar a los freires y clérigos sus destinos conventuales definitivos. En la guerra era también el capitán general al mando de las huestes de su Orden. Durante los años iniciales el maestre de los calatravos tuvo su sede en Calatrava la Nueva, pero muy pronto, ya en el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284), habían hecho de Almagro la capital de sus dominios convirtiéndola en su residencia habitual. Allí se construyó el palacio Maestral de los de Calatrava, mientras que la iglesia parroquial de San Bartolomé, enfrente de palacio, pasaba a ser parroquia de los maestres.

10. Vistas desde Calatrava la Nueva. Enfrente, el castillo de Salvatierra. Autor, Mayoral

                            Vistas desde Calatrava la Nueva. Enfrente, el castillo de Salvatierra. Autor: Mayoral

11. En lo más cruento de la lucha. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                           En lo más cruento de la lucha. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

El comendador mayor, en cambio, ocupaba el lugar del maestre en ausencia de éste. La Orden de Calatrava tenía tan solo dos comendadores mayores: uno en la Corona de Castilla y otro en Aragón, en Alcañiz. El primero dirigía toda la organización militar de los de su Orden, mientras que el de Aragón limitaba sus competencias solo a este Reino. La función principal de los comendadores era la del gobierno de las casas y fortalezas bajo su jurisdicción, además de la visita a sus distintas encomiendas, sin duda el principal sostén de ésta y otras órdenes militares. Las encomiendas eran de hecho verdaderos centros administrativos y económicos para el cobro de las rentas que sostenían la vida en conventos y fortalezas, así como las acciones militares que el comendador quisiese emprender en la guerra declarada contra el dominio musulmán.

12. Caballeros calatravos en orden de defensa. Autor, Jose María Moreno García

                                Caballeros calatravos en orden de defensa. Autor: Jose María Moreno García

13. Caballeros calatravos en una recreación histórica. Autor, Jose María Moreno García

                          Caballeros calatravos en una recreación histórica. Autor: Jose María Moreno García

Los claveros tenían como misión la custodia de las llaves y mantenimiento del principal castillo y casa de la Orden, y al igual que los comendadores y los maestres eran siempre caballeros. En los calatravos la clavería quedó adscrita al comendador de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Finalmente, los priores eran religiosos (no caballeros) que gobernaban el convento principal y que en Calatrava estuvo situado en Almagro. El prior siempre fue el superior de los clérigos y a él correspondía recibir la admisión de candidatos al hábito y a la profesión, además de dirigirlos en los diferentes conventos donde residiesen. Función del prior era asimismo proveer de párrocos a las parroquias donde los calatravos ejercían jurisdicción, y que al igual que las tierras, molinos, puentes, casas y ciudades, suponían también una fuente considerable de ingresos y un centro de espiritualidad en aquellas tierras de frontera secularmente castigadas por la guerra.

Continuará …

14. Damas y caballeros calatravos, para la foto. Autor, Jose María Moreno García

                                Damas y caballeros calatravos, para la foto. Autor: Jose María Moreno García