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Riópar y las Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz

Riopar Viejo albacete

Un patrimonio cultural y natural sencillamente impresionante


Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz. Con este aristocrático nombre surgió uno de los primeros complejos industriales de Europa, poco antes del establecimiento de la Revolución Industrial.
Confluyeron las oportunas circunstancias para la creación de la primera fábrica de España y la segunda del Mundo, dedicada a la producción de objetos de bronce y latón; gracias a la iniciativa de un joven y emprendedor ingeniero austríaco coincidiendo con el afán de progreso del ilustrado Carlos III. Quién le concedió los privilegios necesarios.

Desde 1773 el hermoso valle de Riópar, donde los Romanos bautizaron las aguas puras del Flumen Mundus, todo cambió a mayor velocidad que nunca en su millonaria historia geológica.

Las aguas fueron domadas para trabajar en los ingenios hidráulicos imprescindibles para las instalaciones de El Laminador o el propio núcleo principal, así como otros menores. Los potentes recursos forestales puestos al servicio de aquel progreso todavía primitivo desconocedor de la sostenibilidad, la ecología y demás aspectos tan necesarios para el adecuado avance de la justa calidad de vida de todo y para todo, exterminaron el valioso bosque primigenio de robles y encinas, permitiendo siglos después los grandiosos pinares que a su vez con la consecuente y mejor experimentada gestión forestal irán permitiendo el retorno de los ancestrales robles, encinas, fresnos, olmos…

Como tantas otras cosas que todavía mantenían a España como una de las potencias económicas del planeta, surgió aquí en mitad de un paisaje medieval, la infraestructura más avanzada de la época a nivel mundial.

Pocos años después desde esta remota sierra, y producto del cobre o calamina de sus entrañas, se embarcaban en Cádiz rumbo a los virreinatos españoles, los más sofisticados objetos de bronce. Así como los gigantescos veleros atracaban en Cartagena de Indias o los buques de guerra conquistaban la Bahía de Pensacola, revestidos sus cascos con láminas de latón, fabricadas en los martinetes de El Laminador.


El valle de Miraflores acoge todo el trajín histórico de Riópar


Desde los orígenes de las aguas del río Mundo, pasando por el paso de Aníbal y sus famosos elefantes, a la cautivadora huella de los andalusíes en el trazado de alquerías, huertos y cascos urbanos; hasta el brillo del metal surgido de sus montañas, enriqueciendo la zona con todo el proceso desde la extracción, fundición, aleación y elaboración. Labor que permitió al complejo de las Reales Fábricas de San Juan de Alcaraz sobrevivir y prosperar durante más de dos siglos, autoabastecido de los bosques primigenios y la red fluvial, encauzada en centrales eléctricas, de las cuales todavía una en buen estado, pero abandonada y con riesgo de ruina, permanece digna, elegante y con ese atractivo inteligente que ofrece el patrimonio arquitectónico industrial de la Ilustración, impregnado de la esencia de la mejor arquitectura, basada en la firmeza, utilidad y belleza. Se encuentra junto a la presa del arroyo del Gollizo, la que a través del acueducto abastece los edificios principales de las fábricas. Precedida por una hermosa avenida de plátanos.

Y si no me equivoco, inexplicablemente no forma parte del Conjunto Histórico que comprende el Bien de Interés Cultural de todo el legado catalogado en la zona desde el actual Riópar hasta El Laminador.

Riopar Viejo albacete

Riopar Viejo albacete

Reales Fabricas de San Juan de Alcaraz riopar

Es muchísimo lo que se puede y se debe escribir acerca de este fascinante lugar. Agraciado por su orografía, geología, botánica, paisaje. Y colmado además por uno de los primeros complejos industriales Europa.

Mientras la fábrica crecía, España ayudaba a Estados Unidos a convertirse en el primer país de América: el conde de Aranda entregaba más de doscientos cañones de bronce a Benjamín Franklin, y el general Gálvez entraba “él solo” en la bahía de Pensacola, venciendo una de las batallas determinantes para la independencia estadounidense.

Finalizaba el último periodo del siglo XVIII, y aquí en la laboriosa colonia obrera de Riópar jamás se supo ni se sabrá, que parte de sus entrañas, laminadas en latón, quizá revistieron los más heroicos buques españoles de las últimas guerras, que con honores militares daban por vencedor al mejor estratega o al más valeroso soldado.

Puede que, de aquí, de un lugar tan creído humilde, tan ensimismado en su subsistencia, partieran también en forma de beneficios los muchos reales que España sufragó para la creación de la primera potencia mundial, a la cual, por cierto, también aportó, de aquellos primeros dineros, la creación del dólar, copiado de nuestros reales.

rio mundo riopar

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De aquella guerra romántica recuperamos Menorca, y con ello parte de esta hermosa sierra. Porque literalmente desde Huelva a Menorca, la Cordillera Bética, en cuyo centro está Riópar, nos hace sentir tan familiar desde los acantilados de La Mola de Formentera, hasta la sierra de Aracena, la preciosa imagen abrupta, colosal, magnífica, y tan irrepetible como el placer sensorial de contemplar por primera vez “El Reventón” del río Mundo, actuando soberbio y magnífico desde el anfiteatro calizo que lo acoge con la gloria del arte y la naturaleza, ante la mirada admirada de quien posee la suerte de saber ver tanto aquí, como en lo alto del pico Almenara, La Sarga o El Calar, la magnitud de un mundo que no se sabe tan abierto al Mundo.

La humilde sencillez de esta tierra, que tanto la honra, a la vez la limita a no quererse con la dimensión que merece. Estas sierras, estos valles, estas rocas, estos ríos, estos pueblos. Y toda su riqueza etnográfica, patrimonial y natural son uno de los reductos más hermosos de Europa, todavía por depurar. Ahora deben recibir lo que dieron. Que sus gentes, sus paisajes, sus recursos y su potencial retomen, recuperen y se retroalimente del saludable turismo sostenible. De la enriquecedora cultura que preserva el incalculable legado que desde los árabes y mucho antes, hasta las Reales Fábricas, han dado tanto a nuestra identidad cultural.


Pocos lugares ofrecen tantos recursos en un mismo sitio como Riópar


Cada camino de Riópar te conduce al fascinante espectáculo de contemplar incluso lo que no se ve, porque estos paisajes te inspiran e invitan a imaginar al Pernales huyendo por la sierra. A los obreros de la Real Fábrica entonando el emotivo himno de la fábrica, orgullosos de su labor. A los sabios andalusíes cultivando cerezos que dieron nombre a la sierra de Alcaraz. Al joven ingeniero austriaco recorriendo la sierra proyectando la mina, la ubicación de los talleres… Al ingeniero Real del Canal de Castilla diseñando una de las mejores presas de la época en El Laminador… A las personas de nuestra generación, entendiendo y valorando por fin el gran tesoro heredado que debemos disfrutar y legar a nuestros sucesores.

Riópar y toda la Sierra merecen ser queridos por todo lo que nos dan. Debemos, por inteligente interés, cuidar lo que nos mantiene, nos aporta y nos enriquece. “No sólo de pan vive el hombre”.

Contemplar a los majestuosos buitres planeando por debajo de ti, mientras desde lo alto del pico de La Sarga, contemplas tierras de cuatro provincias, paisajes bellísimos, bosques inmensos. Rocas colosales tan valiosas como santuarios naturales, casi creados para sublimación del ser humano, como por ejemplo en Los Picarazos de Villaverde de Guadalimar. Hacen que uno además de sentir placer y privilegio por disfrutar de un paraíso semejante, también sienta orgullo del increíble potencial que contiene y que a todos nos beneficia y aporta.

Con la necesaria atención y cuidado, estas ancestrales villas, pueden y deben revalorizar sus cascos urbanos con actuaciones que los integren y armonicen con la acogedora arquitectura tradicional, ofreciendo al visitante ese buscado y deseado espacio de ocio y placer que tan agradables recursos y modos menos sacrificados de vida, deben conceder a residentes y turistas.

Lo tenemos todo. Sólo debemos ponerlo en valor para ser competitivos, atractivos y rentables. Doy gracias por cada una de las sensaciones que experimento recorriendo cada uno de estos lugares tan sencillamente hermosos.


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Un artículo de Salvador Carlos Dueñas Serrano para sabersabor.es ©

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Mazapán de Toledo

mazapan Toledo

Mucho sabor en el mazapán, uno de los dulces más populares de Toledo y de toda España


El dulce toledano por excelencia es sin duda el mazapán; su sencilla (y ancestral) receta a base de almendras y azúcar ha hecho que se convierta en uno de los recursos gastronómicos estrella de la Ciudad Imperial.

Ya en el siglo XVI se hablaba del mazapán de Toledo y aún hoy las bocas siguen haciéndose agua al mencionarlo. Este dulce, elaborado de forma artesanal a base de almendra molidas y azúcar, es una de las delicias más típicas de la gastronomía castellanomanchega.

Aunque en España se consume principalmente en Navidad, en Toledo es el dulce por antonomasia y se elabora y vende durante todo el año.

Toledo

UN POCO DE HISTORIA SOBRE EL MAZAPÁN DE TOLEDO…

Relata la leyenda que, debido a las incursiones de los Almohades, que asolaron numerosas tierras del sur de Castilla, la población se refugió en Toledo. Allí, la situación ya era delicada por la falta de alimentos, lo que, unido al incremento de habitantes, produjo una gran hambruna.
La importancia de la riqueza de la Iglesia que le deparaba numerosas rentas, no sólo en dinero sino también en tierras y en productos de éstas, hizo que hubiera grandes reservas de almendras provenientes de los Cigarrales Toledanos.
Se decidió mezclar dicho fruto con la cantidad de azúcar que tenían, obteniendo un producto de gusto agradable y gran capacidad alimenticia, con el que se palió el hambre de la población.

Es en la época de Alfonso Vlll cuando aparece el término de Mazapán de forma expresa.

Y en pleno siglo XIII llega el momento en que Toledo adquiere gran prestigio con su gremio de confiteros, de cuyas filas salen los más afamados reposteros de los reinos de España.

Se juntan aquí la historia y la leyenda, pues el azúcar era un bien escaso y caro, solo al alcance de unos pocos y, probablemente, más utilizado en farmacia para matizar el sabor de algunas medicinas.

El rigor con que se mantienen hoy las recetas de elaboración del mazapán, aumenta la fama del mazapán de Toledo, que va llegando, poco a poco, a todas y cada una de las mesas de España y del mundo entero, convirtiéndose en santo y seña de los postres navideños (y sobremesas durante todo el año), junto a los polvorones y los turrones.

mazapan chocolate

De antiguo tres siglos dan
los doctos historiadores,
que el manchego mazapán
a la mesa, presta honores.
Almendra, azúcar y miel
en los hornos artesanos
de los pueblos toledanos
se funden para ofrecer
a quien sea, o no, goloso,
saborear con placer
tras un condumio copioso
con el que ahuyentar el hambre
un manjar que sabe a gloria,
que tildan de oscura historia
y discutida raigambre,
pues si hoy dicen que es semita
se afirma, otro cualquier día,
que es árabe o es judía,
pero me apuesto una mano
que cortáreis, de dedo a dedo,
a que es de La Mancha, hermano,
el mazapán de Toledo.

Moldeado en figuritas,
comerlo es mi gran placer
por Reyes y Navidad,
en fiestas tradicionales
y siempre, de vez en vez,
en las tardes invernales,
al tiempo que veo caer
– como divino maná -,
lluvia por los ventanales,
en tanto, que junto al fuego,
que atizo con viejos leños,
leo, como, duermo y sueño
que el mundo es un mazapán
del que soy único dueño.

NUESTRA RECETA…

La receta del mazapán toledano es muy sencilla y no ha sufrido alteraciones desde hace cientos de años, con ingredientes totalmente naturales: almendras, azúcar y huevos.

INGREDIENTES:
• 250 gr. de azúcar glass
• 250 gr. de almendra molida
• 1 clara de huevo
• 1 yema de huevo

PREPARACIÓN:
Poner en un recipiente el azúcar glas, la almendra molida y una clara de huevo. Mezclar amasando hasta obtener una pasta homogénea. Dejar reposar la masa unas horas en sitio fresco. Cuando se vaya a utilizar, se espolvorea con el azúcar glas, se amasa otra vez y se le da la forma deseada. Se pintan las figuras con yema y se meten unos minutos a horno fuerte.

mazapan piñones

¿Dónde comprar el mejor mazapán de Toledo?

Cada obrador tiene su toque especial, aunque la base de la pasta de mazapán es siempre mitad de azúcar y mitad de almendra.

Obradores artesanales de mazapán:
• Santo Tomé.
• Casa Telesforo.
• Mazapanes Conde.

Conventos que elaboran y venden mazapán:
• Convento de Jesús y María.
• Convento de San Clemente.
• Convento de San Antonio de Padua.
• Convento de Santo Domingo el Antiguo.
• Convento de Santo Domingo el Real.


Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Paseando por Torre de Juan Abad

Iberos, romanos, moros y cristianos. Pecheros y señores. Quevedo, Manrique, Teresa de Jesús… Torre de Juan Abad es, sin duda, lugar de espesor histórico. La huella imborrable de Quevedo es su mejor activo. En su museo, por las calles, en sus textos


Desde 1621, don Francisco de Quevedo y Villegas, ya caballero de Santiago, se titulará para siempre Señor de la Villa de Torre de Juan Abad, su “aldea”, como gustaba datar los numerosos textos que allí produjo. Había colmado su ambición de hacerse un hueco entre la nobleza hidalga, ya fuera en escalón modesto y por vía de subasta. Pero La Torre se convirtió en su lugar, que frecuentaba año tras año, bien por voluntad, a poco que llegaba el buen tiempo, bien forzado por los innumerables destierros que padeció. El mismo Quevedo que siempre había mostrado cierto desprendimiento material, la tendencia a no tener residencia fija y preferir las posadas, las casas de los amigos, la algarabía de las tabernas… y, sin embargo, escribía “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos, / y escucho con mis ojos a los muertos.”
La primera vez que don Francisco de Quevedo pisó las tierras de Torre de Juan Abad fue en el verano de 1610. Se hacía acompañar de Rodríguez Soto, juez de alzadas de Toledo. Su objetivo era cobrar de una vez por todas las deudas que los vecinos de La Torre habían contraído primero con su madre, María de Santibáñez, con su hermana Margarita y él mismo después. Se trataba de un espinoso asunto que comenzó un año antes y que, con variantes, duraría hasta su muerte y heredarían sus sucesores. En más de una ocasión, con el fin de evitar la acción de la justicia, los vecinos llegaban a encerrarse en la iglesia, con los regidores y el cura al frente, con el fin de, a resguardo de sagrado, evitar hacer frente a sus penosas obligaciones.
En 1589 los vecinos de La Torre quisieron librarse de la jurisdicción de Villanueva de los Infantes. Para obtenerla debían abonar 2.598.000 maravedís a la Hacienda Real repartidos entre los cuatrocientos vecinos del lugar. Para hacer frente a este pago solicitan la creación de censos, de forma que los compradores hagan frente a la deuda a cambio del cobro de una renta. María de Santibáñez, la madre de Quevedo, camarera de la reina, “dueña de retrete”, como se decía en el alambicado protocolo borgoñón de los Austrias, se hizo con uno de estos censos por más de 6000 ducados. Trataba de asegurar para el futuro una posición acomodada a sus hijos. Cuando fallece doña María éstos descubren que nunca han cobrado un maravedí de las supuestas rentas. Deciden pleitear. Se abrirá así un prolijo proceso de pleitos y más pleitos que consumirá buena parte de las ocupaciones de don Francisco, yendo y viniendo con el fin de mejorar sus finanzas. Así que se lamentaba: “De aquí volví a mis estados / este sí que es lindo punto / aquí cobro enfermedades / que no ventas ni tributos.”
Pero más allá de pleitos, de choques, de roces jurisdiccionales con el cura, los regidores y los vecinos, Quevedo encontró su sitio en La Torre. Especialmente tras su vuelta de Italia con dinero contante y sonante. A veces esta querencia era forzada, desterrado a sus posesiones, un procedimiento habitual en la España del siglo XVII para desembarazarse temporalmente de molestos e impertinentes. Pero la compra del señorío y el disponer del hábito de la Orden de Santiago permitían al cortesano Quevedo, tener un trato especial, pudiéndose retirar a sus dominios siempre con el mandato expreso de “no salir de ella en sus pies ni en ajenos sin licencia”. Y solicitando permiso expreso si sus achaques le obligaban a buscar botica y doctor en la vecina Villanueva de los Infantes, Campo de Montiel. Como en febrero de 1622, cuando enferma gravemente de tercianas y se le autoriza trasladarse a Infantes, ”pasó en la cura mayor peligro del que podía traerle el mal, por una sangría que le hizo un barbero gañán, se vio muy mal parado”. Y lo confirmaba el mismo Quevedo al señalar que “había visto muchos condenados a muerte, pero a ninguno condenado a que se muera”.

¿En qué emplea su tiempo don Francisco de Quevedo en La Torre? En leer, en escribir, en informarse al detalle de lo que ocurre en la corte y transmitirlo a sus corresponsales, en conspirar desde lejos. Trabaja día y noche, leyendo gracias a un torno con atriles y escribiendo en una mesa con ruedas que ocupaba el ancho de la cama. Disponía de una considerable biblioteca “que pasaba de cinco mil cuerpos”. Firma en La Torre obras de peso como La Fortuna con seso y la hora de todos, El sueño de la muerte, El mundo por de dentro, Lágrimas de Hieremias castellanas, Política de Dios, Grandes anales de quince días… además de poemas y gran número de correspondencia. Recibe continuas visitas de amigos y conocidos. El mismo Felipe IV recalaría en La Torre de viaje hacia la costa andaluza. Claro que no puede renunciar al sarcasmo cuando señala que “hoy ha pasado por aquí el marqués de la Flor, que ya, a falta de lugares, hay marqueses de Ramillete y de Legumbres”.
También sale a cazar, actividad que en su época se reserva a los nobles, “lo que de nuevo hay por acá es que yo he muerto dos puercos; y entre chicharrones y morcillas y longanizas, estoy preparando la mejor ortografía de las ollas”. E inventa platos, como la liebre con cecina, de la que canta maravillas.


En febrero de 1624, Felipe IV decide visitar las costas andaluzas ante la amenaza inglesa. Quevedo, secretario real, forma parte del cortejo. Tras una agitada jornada en Membrilla, escribe “concertóse el madrugar, y partimos para mi Torre de Juan Abad, donde para poder su Majestad dormir derribó la cama que le repartieron; tal era que fue más provecho derribada”


No siempre era fácil la vida en La Torre. Con ocasión de las inundaciones de 1636, Quevedo escribe al duque de Medinaceli: “Aquí hace tiempo ciego, que es menester luces a mediodía. Ni han sembrado ni pueden, ni hay pan; los más comen la cebada y centeno. Cada día traemos pobres muertos de los caminos de hambre y desnudez. La miseria es universal y ultimada”.
En cualquier caso, Quevedo encuentra su reposo en Torre de Juan Abad y canta “Yo me salí de la Corte / a vivir en paz conmigo (…) si me hallo, preguntáis, / en este dulce retiro, / y es aquí donde me hallo, / pues andaba allí perdido. / No nos engaitan la vida / cortesanos laberintos, / ni la ambición ni soberbia / tienen por acá dominio.”
Tras su terrible encarcelamiento en San Marcos de León, y después de arreglar algunos asuntos en Madrid, se traslada a La Torre en noviembre de 1644. Es su última visita. Ya sólo saldrá para viajar hasta la vecina Villanueva de los Infantes con el fin de curarse para terminar falleciendo en el convento de Santo Domingo.
De todo esto, y de muchas más cosas, encontrará el visitante puntual noticia en la Casa Museo de Quevedo, sencillo edificio, que cuenta en su piso bajo con dos salas para exposiciones itinerantes de pintura, escultura y fotografía. Es en el superior donde se encuentra la sala dedicada a Quevedo y su relación con Torre de Juan Abad. Se muestran documentos históricos, ediciones de sus obras, su testamento y diversos objetos que le pertenecieron, entre ellos el tintero de cerámica talaverana y el sillón del poeta.

Si Francisco de Quevedo dio lustre a La Torre, ésta tiene una historia milenaria. Se han encontrado ruinas romanas en Los Villares, fue lugar principal del Campo de Montiel y tuvo castillo famoso, de origen musulmán, Eznavejor, también llamado las Torres de Xoray, desde el siglo XV perteneciente a la vecina población de Villamanrique. Hoy día Eznavejor apenas es un vestigio irrelevante, pero jugó un importantísimo papel en tiempos del califato de Córdoba. En el 885, grupos de bereberes apoyados por algunos cristianos y encabezados por Aben Hafsum quisieron hacer frente al poder cordobés. Sin éxito, vencidos como fueron, en Xoray, por el Valid Abdelhamid. Años después, caído el califato, Hixem III fue prisionero de sus muros. El lugar está cargado de historias y leyendas, como la de la Encantada, cautiva cristiana que por San Juan baja hasta el río para peinarse esperando al valeroso caballero que la rescate del rey moro.
El castillo desapareció, tras la toma del lugar por los freires de Santiago en 1213, quienes lo trasladaron al cercano Montizón.


“En la ignorancia del pueblo, está seguro el dominio de los príncipes”. La hora de todos y la fortuna con seso. Francisco de Quevedo. 1636


En Torre de Juan Abad podemos disfrutar de otros lugares muy interesantes. La plaza pública, cómo la llaman aquí, un bonito espacio urbano en el que se encuentra la casa consistorial, de moderna factura y, sobre todo, ese estupendo edificio del siglo XV que llaman la Casa de la Tercia, tras cuyos cinco arcos funciona hoy la biblioteca municipal. Muestra un escudo, que unos atribuyen a Carlos V y otros a los Reyes Católicos; fue pósito en el que se guardaba el pan de la mesa maestral.
Imprescindible visitar la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de los Olmos. Pasó por ella Teresa de Jesús, un 16 de febrero de 1575. Protegidos tras sus muros se refugiaban los vecinos de La Torre para escapar de las ambiciones recaudatorias de Quevedo. Lo que no obsta para que tuviera reservado sitio principal desde el que asistir a los oficios religiosos. Un magnifico templo de finales del siglo XV y principios del XVI, con una poderosa torre de origen defensivo, y dos portadas, renacentista la principal y adornada por un bonito arco conopial la otra. En el interior cuenta con varios retablos, entre los que destaca de forma notable el del altar mayor, manierista de finales del XVI, trabajado de madera dorada y policromada, obra del maestro tallista Francisco Cano. Es soberbio el órgano barroco, de los llamados catedralicios, del siglo XVIII, cuyos casi mil tubos siguen en activo, durante el Ciclo Internacional de Conciertos y en numerosas ocasiones a lo largo de todo el año, que hacen de él uno de los monumentos del sonido más apreciados en toda Europa.

El prestigioso Ciclo Internacional de Conciertos que se celebra anualmente con la presencia de organistas de categoría internacional, ha convertido a Torre de Juan Abad en un lugar de peregrinaje para melómanos de todas las latitudes. Montserrat Torrent, Premio Nacional de Música y Medalla de Plata del Mérito Artístico en las Bellas Artes; Jorís Verdin, titular de la catedral de Amberes; Christian Mouyen, titular de la iglesia-catedral Santa Cruz de Burdeos y Francis Chapelet, miembro de la Royal Academy de París, son algunos de los músicos ilustres que han hecho que la serie de conciertos de la iglesia torreña pase a formar parte de los canales internacionales de música clásica.
Entre calles, además de la Casa de Quevedo, aparecen otros enclaves interesantes, como la casa palacio de don Fernando, edificio del siglo XIX que perteneció al linaje de los Frías, grandes terratenientes de La Torre, con un bonito patio central con columnas de hierro. En la plaza del Parador, presidida por una estatua en bronce de Francisco de Quevedo, permanece en pie una casa típica manchega con extraordinarias muestras de rejería en sus ventanas.
Cerca de Torre de Juan Abad, a pocos kilómetros al oeste de la villa, se levanta la ermita santuario de Nuestra Señora de la Vega, de origen templario, como muestra la inscripción latina en el interior de la cúpula, que recuerda y da fe de su edificación por la Orden del Temple. Fue derribada en 1310, poco después de que la orden cayera en desgracia tras el viernes negro parisino, aquel 13 de octubre de 1307. Se debió reconstruir en el siglo XV, según consta en la descripción de los Visitadores Generales de la Orden de Santiago. Jorge Manrique y su mujer especialmente devotos del lugar, como parece que lo fue el propio Quevedo. Ahora es un maravilloso templo, de tres naves y cabecera plana, emplazado en un delicioso paraje que permite disfrutar de “la dulce soledad sonora”, tan amada de San Juan de la Cruz y Juan Ramón Jiménez.


“La calle mayor del mundo llámase hipocresía, calle que empieza con el mundo, y se acabará con él, y no hay nadie casi que no tenga sino una casa, un cuarto o un aposento en ella”. El mundo por de dentro (Sueños). Francisco de Quevedo. 1612


Ultima morada de Francisco de Quevedo: celda del Convento de Santo Domingo en Villanueva de los Infantes


Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Descubriendo Buitrago del Lozoya

La comarca comparte su belleza natural, un entorno privilegiado donde cerros, montañas, altozanos, valles y ríos conforman un paisaje inigualable, al que se añaden pequeños pueblos levantados de la forma tradicional


Buitrago del Lozoya, uno de los municipios más pintorescos de la Comunidad de Madrid y la más importante localidad de la zona por ser durante muchos siglos la cabeza de la Comunidad de Villa y Tierra establecida desde la Reconquista, ofrece al visitante importantes atractivos naturales, culturales e históricos.
El núcleo urbano de Buitrago está situado en una zona estratégica, al abrigo del río Lozoya, que, en forma de hoz, lo rodea en su curso natural. Este emplazamiento natural tan singular fue, sin duda, una de las razones por las que los primeros pobladores se asentaron en la localidad. Destaca por la muralla medieval tan musulmana como castellana y cristiana, que rodea su casco histórico. Su Castillo o Alcázar junto a la Iglesia de Santa María del Castillo, la Torre del Reloj y la propia muralla confieren un aire medieval a este municipio, que presume de una agenda cultural tan activa que tiene propuestas para las cuatro estaciones.

Buitrago del Lozoya murallaVista de Buitrago del Lozoya. Autor, D. Miguel

Castillo de Buitrago del LozoyaInterior del Castillo de Buitrago del Lozoya. Al fondo, la Iglesia de Santa María del Castillo. Autor, Diego Sanz Siguero

Comenzamos nuestro paseo por Buitrago en la plaza de la Constitución, conocida popularmente como plaza de la Bellota, caminamos hacia el puente del Arrabal o puente Viejo (siglo XIV-XV) que nos permite disfrutar de una bella panorámica del lado oeste del recinto amurallado. La muralla de Buitrago rodea la parte alta del pueblo que corresponde a la antigua villa medieval, es decir, el origen de Buitrago. La localización estratégica hace suponer que la fortificación formara parte de los núcleos defensivos islámicos cuando la comarca estaba integrada en la Marca Media, o sea, la zona fronteriza entre cristianos y musulmanes. Sin embargo, los restos arqueológicos encontrados no son concluyentes respecto a su antigüedad. Podremos acceder a la Torre del Reloj y al extremo sur del recinto, el más alto, que guarda en su interior un tramo de la muralla antigua del siglo XI. En este lugar se ubica una exposición de armas de asedio.

Seguiremos nuestro camino por el arco del Piloncillo y continuamos callejeando hasta llegar al Jardín Medieval, desde el cual podemos acceder al adarve de la muralla. De nuevo, las vistas sorprenden: contemplamos desde aquí los Canchos, paraje situado al otro lado del río Lozoya, que nos acompaña en su curso, protegiendo la villa, hasta llegar a la plaza del Castillo.

El castillo-palacio de Buitrago, levantado por los Mendoza en los siglos XIV y XV, fue tal vez una antigua alcazaba árabe a la que sus nuevos propietarios dieron un carácter residencial, reconstruyendo su estructura. El castillo, de planta cuadrada, se encuentra flanqueado por cinco torres y, en su interior, se sitúa una gran plaza de armas, hoy plaza de toros.
El castillo fue lugar de residencia de los Mendoza en sus estancias en Buitrago y también lugar frecuentado por nobles, invitados por éstos, para que disfrutaran de la riqueza cinegética del lugar. Por otra parte, entre sus paredes se escribió parte de la historia de España, alojándose en sus dependencias Dª Juana la Beltraneja en 1467, cuando el rey Enrique IV la confió a los Mendoza. Era el momento en que se dirimían los conflictos entre los nobles y el monarca causando graves problemas de Sucesión y la Casa de los Mendoza aún apoyaba a la primogénita. También se habla de la estancia de su madre, Dª. Juana de Portugal, años antes y la famosa visita del rey Felipe III en 1601. En el siglo XVIII sucedió la primera sacudida contra la fortaleza, que vio como las tropas napoleónicas arrasaban el palacio y destruían con sus ataques el recinto. La Guerra Civil Española ahondó en esta destrucción, ya que su poder estratégico siempre ha sido reclamo para su ocupación. En las últimas décadas se han llevado a cabo importantes obras de restauración acompañando a la declaración de Bien de Interés Cultural del casco viejo y, desde 1931, la de Monumento Nacional del Castillo de Buitrago. Desde este lugar se contempla la Coracha, apéndice de la muralla que se adentra en el río para fortificar la villa en un punto particularmente vulnerable.

Santa María del CastilloInterior de la iglesia de Santa María del Castillo. Autor, Jesús Pérez Pacheco

Mercado de la Feria Medieval de BuitragoMercado de la Feria Medieval de Buitrago. Autora, Elena Andres

Buitrago del LozoyaVista de Buitrago del Lozoya. ©PromoMadrid. Autor, Max Alexander


Al este y oeste, la localidad está limitada por los embalses de Puentes Viejas y Riosequillo construidos en 1925 y 1958 respectivamente


En 1455, se dice, fundó el Marqués de Santillana, D. Íñigo López de Mendoza, el Hospital de San Salvador, que se mantuvo en pie hasta el siglo pasado. Su construcción parece ser comenzó años después, en el siglo XVI, frente al castillo. Su misión era la de atender y acoger a los pobres transeúntes, o a los de los términos de la Tierra de Buitrago, en el caso de que no se cubriera el tope de admisión con los forasteros. Se contaba para su servicio, con iglesia, botica , dos enfermerías, una para hombres y otra para mujeres, sala de hospedaje para religiosos y peregrinos, cocina y alojamiento común para los pobres, que no podían ser más de 6, y un huerto. Las descripciones que se hacen de él lo enmarcan dentro del estilo arquitectónico gótico-mudéjar y hoy, sólo se mantiene en pie una de las portadas por la que se accedía a la Iglesia y que se encuentra frente a la fachada norte de la fortaleza. De este Hospital se conserva también el Retablo de los Gozos de Santa María, también conocido por el de los Ángeles que representa una de las joyas pictóricas del periodo gótico.

Seguiremos nuestra ruta hasta la Iglesia de Santa María del Castillo conocida como la «iglesia de las tres culturas». Sus orígenes se remontan al siglo XV, aunque contiene estilos diversos a causa de sucesivas remodelaciones. Su exterior combina sillarejo, mampostería y ladrillo, siendo este último característico de la torre mudéjar, lo más antiguo que se conserva.
Durante la segunda quincena de julio se puede disfrutar del Festival de Música Antigua Marqués de Santillana en la iglesia y en el patio de armas del Castillo.

En la plaza de Picasso, podremos disfrutar del Ayuntamiento, que en su interior conserva la Cruz Procesional y tiene sede el Museo Picasso, con la colección de Eugenio Arias, barbero y amigo del genial artista. Este museo es el resultado de la herencia de una amistad, la de dos exiliados españoles que se conocieron en Francia: Pablo Picasso y Eugenio Arias. Este último, hijo de la villa de Buitrago, volvió tras largos años de exilio con una maleta llena de recuerdos, entre los que se encontraban aquellos que le regaló Pablo Picasso, cuando trabajara como su barbero.
El Museo, el primero que inauguró la Comunidad de Madrid, reúne dibujos, cerámicas, carteles, libros autografiados y litografías en los que abundan los temas de toros, afición que compartían ambos amigos. Otros temas los resume el propio Eugenio Arias en el libro-guía del Museo: “El retrato de mi madre, realizado con motivo de la petición de amnistía para los españoles encarcelados. Las bacías de barbero realizadas como regalo de mi aniversario. Una, me dijo, en honor de nuestra fiesta nacional, la otra, en honor a Cervantes. La caja de mis herramientas, decorada a fuego en homenaje a, como él decía, la mejor herramienta, la mano. El retrato de Jacqueline en un libro diciéndome, “te debo esto, gracias Arias”. El pájaro del progreso para que lo pusiera en mi nuevo salón de peluquería…”
Estas y otras pequeñas obras se nos muestran en esta colección recogidas en varias décadas que contienen un especial y entrañable significado.

Museo Picasso BuitragoMuseo Picasso

Feria Medieval de BuitragoFeria Medieval de Buitrago. Autora, Elena Andres

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Córdoba y Medina Azahara. La vida en el Harén del Califa

Córdoba y Medina Azahara. La vida en el Harén del Califa

Según Ibn Idhari, escritor marroquí del siglo XIII, el primer Califa de Al-Ándalus disponía en su harén de más de 6300 esposas, concubinas y otras esclavas de variada raza o nacionalidad. Harén significa literalmente “Lo vedado”, y para nuestra mentalidad moderna evoca la imagen de un grupo de mujeres privadas de libertad tras los muros de palacio, bajo la vigilancia constante de los eunucos… ¿Cómo era y cómo se vivía realmente en el harem de Madinat al-Zahra, o Medina Azahara, la lujosa residencia que hizo construir Abderramán III en la ladera de una colina próxima a Córdoba?

Reunión de árabes. Horace Vernet. Óleo sobre lienzo, 1834

Reunión de árabes. Horace Vernet. Óleo sobre lienzo, 1834

Situada a unos 8 kilómetros al noroeste de la ciudad y frente al valle del Guadalquivir, en una zona denominada “la montaña de la Desposada”, el yacimiento arqueológico de Medina Azahara está declarado hoy Bien de Interés Cultural desde 1923. Madinat al-Zahra, “La Ciudad de la Flor”, alude al nombre de la concubina más preciada y caprichosa del Califa, quien le pidió la construcción de este palacio para huir del bullicio y ajetreo de la corte cordobesa. Pero por bella que nos resulte esta historia, Al-Zahrá no fue en realidad sino una de las muchas “propiedades” de Abderramán. Aunque el Corán, curiosamente, es el único libro sagrado donde se cita claramente la frase “Casaos con una sola”, la práctica de tener varias esposas y concubinas se hizo muy común con la expansión del Islam y tuvo su máxima expresión durante la Edad Media, en los fastuosos harenes de los mandatarios Omeyas y Abbasíes.

Interior de la mezquita cordobesa. Autor, James Gordon

Interior de la mezquita cordobesa. Autor, James Gordon

Las mujeres del harén pertenecían a dos grupos bien distintos. Las de clase más baja eran las sirvientas, que tenían asignadas labores de limpieza y servidumbre dentro del recinto vedado. Aunque rara vez llamaban la atención de Abderramán, estas esclavas podían con suerte abrirse camino en la escala del serrallo y alcanzar altos puestos, lo que les permitía retirarse al final de su vida disfrutando de suculentas pagas. Por el contrario, Las privilegiadas o de clase alta disponían de grandes bienes y a menudo eran liberadas por el Califa de su condición de esclavitud. Estas mujeres se escogían por su belleza y talento para ejercer funciones de cantantes o bailarinas privadas de palacio, al tiempo que sus compañeras más experimentadas las instruían en sus cometidos, vistiéndolas convenientemente antes de ser presentadas al Califa. Si éste se fijaba en alguna de ellas, de inmediato era conducida a una estancia personal donde la guardiana del baño y la dama de los ropajes la preparaban para su primera noche. Solo después de la velada, y si el Califa seguía otorgándole su aprecio, la mujer pasaba a convertirse en concubina real.

El mercado de esclavos. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1866

El mercado de esclavos. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1866

La vida para las concubinas en el harén estaba inmersa en la más absoluta de las rutinas. Las esclavas no musulmanas, traídas a menudo del África Negra o de mercados europeos (como Lyon y Arlés, en Francia), eran convertidas rápidamente al Islam, tras lo cual debían ir a la escuela para aprender a leer y escribir, a coser y a tocar instrumentos diversos. También gozaban de varias horas al día dedicadas a su propio recreo, que consistía básicamente en pasear por los jardines y ejercitar cuerpo y espíritu para agrado de su Señor.

La gran suerte reservada a unas pocas era llegar a convertirse en Primera Dama del Harén, o Princesa Madre, lo que solo podía conseguirse si la concubina o favorita real daba un hijo al Califa, y éste era además primogénito y por tanto heredero al trono. De ahí las abundantes crónicas relativas a intrigas, acusaciones en falso o envenenamientos para hacerse con el favor del soberano a costa de las rivales… Y también debido a ello, a las mujeres del harén se las vigilaba siempre muy de cerca. Para delitos especialmente graves no era raro que la víctima fuera atada de pies y manos, metida en un saco y arrojada por la noche a las aguas del Guadalquivir.

Vista de Córdoba y sus jardines. Autor, Sharon Mollerus

Vista de Córdoba y sus jardines. Autor: Sharon Mollerus

El harén estaba guardado por varias decenas de eunucos, que al igual que las mujeres pertenecían a todas las razas conocidas. Los eunucos eran llevados a palacio muy jóvenes y por lo general ya llegaban castrados desde el mercado de esclavos. Durante el siglo IX, la localidad francesa de Verdún fue centro tradicional de castración y lugar de residencia de numerosos médicos judíos, especialistas en realizar este tipo de operaciones. La castración entrañaba graves riesgos y no era raro que muriese el paciente, razón por la cual los eunucos alcanzaban elevadísimos precios a su llegada a Córdoba. Una vez allí el eunuco, siempre un niño de corta edad y de inusual belleza, se integraba fácilmente en la vida palaciega donde era frecuente que su aspecto inmaduro al llegar a adulto lo convirtiese en amante predilecto de su amo.

El mercader de alfombras. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1887

El mercader de alfombras. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1887

Se conoce una curiosa anécdota sobre el atractivo que ejercían los jóvenes en el que fue segundo Califa de Córdoba, Al-Hakam II. Este buen hombre poseía un harén bien surtido, pero a pesar de ello llegó a la edad de 46 años sin haber tenido ningún hijo, por lo que abundaban los rumores acerca de su manifiesta homosexualidad. Sea como fuere, una esclava cristiana de origen vasco consiguió finalmente hacerle padre siguiendo una moda entonces muy en boga en Bagdad: abandonó sus ropajes femeninos y se disfrazó de chico. Y hasta tal punto fue el cambio del agrado del Califa, que éste adoptó la costumbre de llamarla por el nombre masculino que había escogido: Yafar… Al poco tiempo, como era previsible, la inteligente concubina le dio un heredero y se convirtió en Princesa Madre del Califato.

Vista de las ruinas de Medina Azahara. Autor, Zarateman

Vista de las ruinas de Medina Azahara. Autor: Zarateman

Medina Azahara, una de las obras más notables y grandiosas que haya hecho el hombre, y prodigio entre los prodigios del Islam, desapareció cien años después de su construcción como consecuencia de la guerra civil que puso término al Califato de Córdoba. Sus tesoros fueron saqueados, sus jardines arrasados y desmantelados, y con el paso del tiempo la destrucción llegó a ser casi absoluta al utilizarse la residencia califal como cantera. El palacio quedó enterrado y olvidado hasta 1832, año en el que se identificaron los primeros vestigios que apuntaban al mítico enclave de Abderramán y su favorita, la bella Al-Zahrá. Gracias a los trabajos efectuados desde entonces en el yacimiento, Medina Azahara puede ser hoy visitada por el investigador y el turista, y aunque queda lejos aquel esplendor oriental que la caracterizó y la hizo famosa entre las cortes europeas, sin duda un recorrido por sus paseos, arcos y muros envejecidos por el tiempo nos permitirá hacer gala de nuestra imaginación, y retroceder hasta la época en que las pasiones humanas eran capaces de los más caprichosos designios… ¿Lo dudáis? Aquí tenéis otra muestra del poder de las mujeres del harén, aunque esta vez con el rey taifa Al-Mu‘tamid como protagonista:

Recepción en la sala del Estanque. Frederick Lewis. Óleo sobre lienzo, 1873

 Recepción en la sala del Estanque. Frederick Lewis. Óleo sobre lienzo, 1873

– Señor conde -dijo Patronio-, el rey Abenabet estaba casado con Romaiquía y la amaba más que a nadie en el mundo. Ella era muy buena y los moros aún la recuerdan por sus dichos y hechos ejemplares; pero tenía un defecto, y es que a veces era antojadiza y caprichosa.

»Sucedió que un día, estando Córdoba en el mes de febrero, cayó una nevada y, cuando Romaiquía vio la nieve, se puso a llorar. El rey le preguntó por qué lloraba, y ella le contestó que porque nunca la dejaba ir a sitios donde nevara. El rey, para complacerla, pues Córdoba es una tierra cálida y allí no suele nevar, mandó plantar almendros en toda la sierra para que, al florecer en febrero, pareciesen cubiertos de nieve y la reina viera cumplido su deseo».

De “El conde Lucanor”. Infante Don Juan Manuel

Danza oriental. Fabio Fabbi (1861-1946). . Autor, In Pastel

Danza oriental. Fabio Fabbi (1861-1946). . Autor: In Pastel


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Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (2ª Parte)

Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (2ª Parte)

1. El transporte de los galeotes desde las cárceles hasta las naves estaba organizado minuciosamente. Como responsable de la conducción iba un aguacil que recibía cierta cantidad de dinero por cada galeote encomendado. Este oficial debía buscar y pagar igualmente a algunos guardias oficiales, lo que derivaba invariablemente en comitivas poco vigiladas. Además, acompañando al aguacil iba un escribano encargado de repartir a cada forzado un real diario para su manutención. Todas las justicias de las poblaciones por donde pasaban los galeotes tenían obligación de recibirlos en sus cárceles, y los propietarios de bestias y carretas debían proporcionar por un precio justo los útiles necesarios para su conducción. Existían itinerarios fijos en los desplazamientos. Aunque al principio se enviaban a las cárceles reales de Valladolid, Soria, Toledo o Sevilla, con el tiempo la mayor parte de los presos terminaban en Toledo para desde allí distribuirse a los diferentes puertos de embarque. Los galeotes de provincias limítrofes con el Tajo dejaron de llevarse a Sevilla para dirigirse a Lisboa, puesto que el transporte por río era más rápido y barato. Así, desde Toledo salían nutridas cadenas compuestas a veces de hasta 100 galeotes y no más, por riesgo evidente de fuga. A partir de 1630 y después de algunas evasiones, comenzaron a raparse la cabeza y las barbas de los forzados con el fin de ser fácilmente identificados, ofreciéndose además la importante cantidad de 50 ducados a quien devolviese a la justicia a un galeote fugado. Claro que era tal la peligrosidad de estos delincuentes, ansiosos por defender su libertad a cualquier precio, que los “caza-recompensas” profesionales u oportunistas brillaban por su ausencia. En caso de que no apareciese el fugado, se responsabilizaba a los vigilantes y éstos debían indemnizar a la Corona por la pérdida.

Enfrentamiento entre un galeón holandes y una galera española, en 1602. Autor desconocido (1617)

             Enfrentamiento entre un galeón holandés y una galera española, en 1602. Autor desconocido (1617)

2. Ya hemos hablado en otro lugar sobre la pésima alimentación de los remeros. Los soldados y tripulantes, sin embargo, comían un poco mejor. Se les servían los mismos artículos que a los reos, pero las raciones eran más generosas y disfrutaban además de otros artículos: atún, sardinas, queso, carne fresca, sal, tocino, garbanzos y arroz. En cualquier caso, el pan entregado a todos los embarcados estaba invariablemente podrido y el agua descompuesta, lo que derivaba frecuentemente en trastornos gastrointestinales de variado espectro. Por otra parte, la acostumbrada parquedad de la comida se extremaba con múltiples pretextos, justificados con castigos individuales y colectivos. Estos, muchas veces, no eran sino el manto encubridor de la falta de alimentos a bordo, o de la irrefrenable codicia de los administradores que se quedaban con los alimentos antes que repartirlos entre la soldadesca.

Modelo a escala de una galera francesa. Autor, Rama

                                                Modelo a escala de una galera francesa. Autor: Rama

3. Aparte de las enfermedades, los combates y otros accidentes causaban grandes estragos entre los remeros. La táctica del abordaje, consistente en acometer con la proa de la nave propia el costado de la embarcación enemiga, causaba más muertos entre la gente del remo que entre los mismos soldados. En este mismo orden de cosas, debemos hacer referencia a las pocas posibilidades de supervivencia de los remeros en caso de naufragio. Así por ejemplo, en 1593 se incendió la galera capitana, y según una narración contemporánea a los hechos: “la gente que murió entre quemados y ahogados será hasta ciento y sesenta, casi toda ella de remo, que por estar herrada en ramales y clavados a los bancos no se pudieron salvar”. A estas penurias hay que añadir el riesgo que suponía caer prisionero de alguna galera enemiga, ya que al hecho de seguir remando, esta vez en la embarcación contraria, se unía el escarnio y maltrato añadidos por ser enemigo y preso.

Calle estrecha en el casco antiguo de Málaga. Autor, HollywoodPimp

                                      Calle estrecha en el casco antiguo de Málaga. Autor: HollywoodPimp

4. No obstante, se ha podido comprobar que los mayores enemigos de los galeotes no eran los accidentes de guerra y navegación, sino el frío y las malas condiciones de vida, como lo demuestran los partes de baja de aquellos años: la mayoría de los remeros morían en los meses de otoño e invierno, es decir, cuando la armada permanecía amarrada en puerto por ser época de temporales. Entre las enfermedades más frecuentes de los galeotes cabe citar los trastornos digestivos y las infecciones, producidas en la mayoría de los casos por las espantosas condiciones higiénicas a bordo. Y es que los remeros, permanentemente aherrojados, no disponían de un medio para evacuar y aislar las inmundicias. Entre las enfermedades graves se encontraba la tuberculosis (de la que indudablemente morían muchos) y el escorbuto. Con frecuencia los médicos de la época aludían también a un mal conocido como “pasmo”, y que no era sino el temido tétanos, producido por infecciones procedentes de heridas mal curadas. El tétanos, como puede suponerse, era por entonces una enfermedad mortal de necesidad.

Galera española de tiempos de Carlos II. Obra de Manuel de Castro (antes de 1712)

                          Galera española de tiempos de Carlos II. Obra de Manuel de Castro (antes de 1712)

5. Para los remeros el único hospital existente en tierra era una vieja galera fondeada en el gaditano Puerto de Santa María, y que posteriormente se trasladó a Cartagena. Sin embargo, a bordo y en alta mar no había más personal sanitario que el de los cirujanos y barberos, los cuales se distinguían principalmente por el origen de sus estudios: los primeros habían ido a la universidad y alcanzado el título de medicina, mientras que los barberos, simplemente, aprendían su oficio de la “escuela de la vida”. La función principal de unos y otros era aplicar cataplasmas y ungüentos, realizar sangrías y sacar muelas, además de amputaciones de diversa consideración y que conducían generalmente al fallecimiento del enfermo. Pero si algún alivio encontraban los enfermos para sus males, éstos eran sobre todo el descanso, la mejora de la dieta y el calor ofrecido por los ladrillos aplicados al fuego. En la Galera Real iba un cirujano, y en los demás barcos un barbero por nave. Las razones obedecían no tanto a la desidia de las autoridades como al poco atractivo que tenía este cargo entre los profesionales de la medicina. En 1591 se buscó algún médico dispuesto a embarcarse, pero no pudo encontrarse a ninguno.

Pintura que representa la batalla de lepanto. Autor desconocido (Después de 1571)

                           Pintura que representa la Batalla de Lepanto. Autor desconocido (Después de 1571)

Las murallas de la alcazaba de Málaga. Autor, Clive Hicks

                                              Las murallas de la Alcazaba de Málaga. Autor: Clive Hicks

6. En concepto de indumentaria, la Corona entregaba cada invierno a la chusma una almilla de paño, un capote, dos camisas de tela, dos calzones, un bonete rojo y un par de zapatos. Con este equipo los remeros intentaban defenderse de una vida desarrollada prácticamente al aire libre, cubiertos únicamente por telas burdas. El capote servía entre otras cosas para pasar la noche, y los remeros se envolvían con él al tiempo que se disputaban la mejor postura bajo el banco, puesto que bajo ningún concepto eran desencadenados de su sitio.

7. Aparte de los penados, hacían fuerza en las galeras reales los esclavos de Su Majestad y los remeros denominados “buenas boyas”. Los esclavos solían ser musulmanes capturados en presas y cabalgadas, aunque a veces llegaban a ellas algunos individuos procedentes de compras y donaciones. El Padre Pedro de León informa que el correctivo más penoso de cuantos solían inflingirse a los esclavos consistía en venderlos al rey como fuerza para sus galeras. Por lo que respecta a los “buenas boyas”, en teoría eran remeros voluntarios que aceptaban servir a cambio de un sueldo. Pero la práctica dictaba otra cosa: al tratarse de un trabajo tan duro y arriesgado, apenas se encontraba quien quisiese ejercitarse en él de buena gana, por lo que en realidad se trataba de reos retenidos bajo diversos medios tras cumplir su condena judicial. Lo más usual era prestar algún dinero al galeote en vías de recuperar su libertad, y así éste permanecía vinculado a la Armada por un tiempo indefinido.

Modelo de galera veneciana. Autor, Thyes

                                                           Modelo de galera veneciana. Autor: Thyes

8. La necesidad de la Corona para conseguir remeros hacía, en cualquier caso, extraordinariamente difícil escapar de la pena de galeras. Era muy rara la conmutación de la pena por otra similar, y solo se hacía en casos de invalidez o incapacidad manifiesta para realizar el trabajo. El castigo alternativo en estos casos era el destierro, pero resultaba más habitual que algunos forzados inútiles consiguiesen su libertad tras abonar el precio de un esclavo sustituto (que lo maldecía por el resto de su vida). Una vez a bordo la cosa se complicaba y solo los galeotes impedidos, que no podían prestar servicio y comían a costa del rey, conseguían poner fin a sus penalidades con menor dificultad. Conocedores los forzados de esta costumbre administrativa, muchos de ellos buscaban la mutilación voluntaria, aunque al ser descubiertas las autolesiones éstas se castigaban sin piedad con la pena de horca.

Galera llegando a puerto. Obra de Charles-François Grenier de Lacroix (1765)

                               Galera llegando a puerto. Obra de Charles-François Grenier de Lacroix (1765)

Catedral de Málaga. Autor, Karen V Bryan

                                                           Catedral de Málaga. Autor: Karen V Bryan

9. Dentro de los barcos, el comitré (o capataz) distribuía a los hombres según su fuerza y destreza. Si era robusto podía resultar un buen “boga adelante”, que así se denominaba al galeote que empuñaba el extremo del remo, al cual se le pedía el mayor esfuerzo y era quien dirigía a sus compañeros de banco. Si por el contrario era de una complexión mediana, se denominaba “apostis” y su sitio estaba justo al lado del anterior. El puesto de “tercerol” resultaba más cómodo que los dos anteriores, y los últimos se denominaban respectivamente “cuarterol” y “quinterol”, que se escogían entre los forzados más enclenques. Cuando llegaban novatos era común un griterío general por todos los bancos pidiendo que se colocase allí a los recién llegados, todavía robustos. La razón no era precisamente la de hacer amigos, sino evitar los castigos ocasionados por algún compañero enfermo, que entorpecía el esfuerzo de todos provocando los golpes de látigo del capataz.

Modelo de una galera de la Orden de los Caballeros de San Juan. Autor, Thyes

                               Modelo de una galera de la Orden de los Caballeros de San Juan. Autor: Thyes

10. La explotación de esta mano de obra se basaba en la coacción. De tal modo, los comitrés y sotacomitrés golpeaban a sus hombres a voluntad hasta conseguir una velocidad de crucero de 4 o 5 nudos, y una velocidad punta de 6 a 7 nudos. La primera se podía mantener durante dos horas seguidas; la segunda, unos quince minutos y solo a costa de un esfuerzo enorme. Habitualmente no bogaban todos los remeros a la vez, sino que se prefería bajar algo la velocidad de crucero para que remaran alternativamente el equipo de proa y el de popa. Este sistema permitía combinar una hora y media de trabajo con otra hora y media de descanso, a lo que se sumaba el alivio supuesto por los días de viento, en los cuales se prefería siempre la vela. Cualquier gesto de rebeldía por parte de los forzados era castigado con una dureza extrema. Las tandas de azotes y el ahorcamiento en casos graves resultaban castigos cotidianos, aunque para situaciones difíciles se prefería hacer uso de la creatividad más morbosa: es lo que se relata en la novela Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, donde un reo es descuartizado tras atar sus miembros con cuerdas a cuatro galeras puestas en cruz… Todo un paliativo para evitar nuevos intentos de rebeldía.

Vista de Málaga desde la distancia. Autor, Figuelo

                                                        Vista de Málaga desde la distancia. Autor: Figuelo

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Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

A unos 25 km al sur de Mallorca se alza sobre la superficie de las olas unas peñas e islotes conocidos con el nombre de archipiélago de Cabrera. La mayor de estas islas, llamada asimismo Cabrera por las cabras montesas que antaño existían allí, exhibe un paisaje idílico de aguas transparentes, playas y calas de excepcional belleza bajo el sol luminoso del Mediterráneo. De hecho, todo el conjunto de islas mayores y menores posee actualmente la figura de Parque Nacional Marítimo y Terrestre. Pero más allá de su indudable atractivo, el archipiélago y sobre todo su isla principal merecen una lectura más atenta por cierto suceso acaecido a principios del siglo XIX, durante la cruenta guerra que mantuvieron las tropas napoleónicas contra el pueblo español. Un antiguo monolito erigido en el lugar recuerda aquel episodio negro y poco conocido de nuestra historia, pero que aún hoy sigue teniendo ecos funestos por los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar: el desembarco en la isla de miles de soldados franceses y su abandono durante años a sus propios medios, en unas condiciones que la mayoría de historiadores no han dudado en definir como infernales.

Aguas del puerto de Cabrera. Autor, Cayetano

                                                         Aguas del puerto de Cabrera. Autor: Cayetano

La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

                                              La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

Tras la derrota de las tropas napoleónicas en Bailén a manos del General Castaños, el 19 de julio de 1808, miles de soldados franceses fueron hechos prisioneros y enviados en largas comitivas hasta la ciudad de Cádiz. En un principio las órdenes indicaban su traslado a los puertos de Rota y Sanlúcar de Barrameda para embarcar de vuelta a su país, pero la idea inicial quedó sin efecto ante la decisión de última hora de la Junta Suprema de Sevilla, quien decidió “No respetar tratados y acuerdos firmados con el enemigo francés”. Si se sumaban a este contingente los prisioneros de Trafalgar, todavía en Cádiz tras la batalla que libró la coalición británica contra franceses y españoles, el número de cautivos en esa ciudad superaba ampliamente las 20.000 personas, por lo que existía el temor razonable de que a su regreso se integrasen nuevamente en el ejército de Napoleón. Esto era algo que debía evitarse a cualquier precio, de modo que tanto las tropas españolas como sus socios británicos se negaron en redondo a liberar a los prisioneros, y la Junta Central terminó firmando su deportación a diferentes destinos dentro del territorio español.

Una parte importante partió de inmediato a las islas Canarias mientras que el resto (se estima que alrededor de 4.500 soldados) tomaba rumbo al grupo de las Baleares: Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. Las condiciones del viaje en los pontones fueron pésimas. Hacinados, mal alimentados y peor tratados, muchos de ellos enfermaron de tifus, escorbuto, disentería y otros males que hacían muy elevado el riesgo de contagio. La noticia se extendió como la pólvora a su llegada a aguas mallorquinas, el 20 de abril de 1809, y la Junta de Mallorca prohibió el desembarco ante el temor de que la epidemia pudiese extenderse entre la población local (lo mismo ocurrió en Menorca). De esta forma, tras permitir tomar tierra a los oficiales de mayor rango, los soldados rasos continuaron su fatídico viaje hasta la isla de Cabrera adonde llegaron finalmente dos semanas después para ser abandonados a su suerte.

Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor, Ingo Meironke

                                                 Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor: Ingo Meironke

Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor, Cayetano

                                       Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor: Cayetano

Con una superficie de 1.836 Has. y un perímetro costero de apenas 14 km, la isla terminó siendo el hogar obligado de los soldados franceses supervivientes, un hogar que con el paso de las semanas y los meses no tardo en transformarse en su peor pesadilla. En un terreno que apenas ofrecía lo necesario para la vida de unas cuantas familias se hacinaron miles de hombres hambrientos, enfermos y semidesnudos, viviendo en cuevas y oquedades entre las rocas, o en cobertizos fabricados con piedras apiladas y ramas de arbustos, al igual que robinsones olvidados del mundo y sin esperanza alguna de salvación. A medida que transcurría la guerra, Cabrera se convirtió en el presidio ideal para las autoridades españolas. Cada cierto tiempo llegaban nuevos contingentes de desgraciados que tras su desembarco venían a ocupar una zona ya atestada de compatriotas, por lo que las escenas de luchas y salvajismo por acceder a los contados recursos de la isla debieron ser constantes. Se calcula que a lo largo de la guerra fueron trasladadas desde la Península y confinadas allí más de 12.000 personas.

El estado higiénico era espantoso, lo que propició la aparición de enfermedades y epidemias que elevaron la mortandad hasta límites insospechados. Puesto que la isla no disponía de corrientes de agua o pozos permanentes, el suplicio de la sed era una amenaza constante entre los cautivos, y en cuanto a la comida, el hambre se aliviaba escasamente por la caza de conejos, lagartos o insectos en un terreno empobrecido que no daba para mucho más. La recolección ocasional de huevos de aves y sobre todo la pesca fueron el principal sustento para unas gentes que, en su desesperación, no dudaron en devorar la carne de compañeros fallecidos y de cometer actos de canibalismo y coprofagia. Al principio los más enfermos eran trasladados a Mallorca para ser tratados allí, pero estas atenciones terminaron pronto. Se sabe que los enfermos que regresaban a Cabrera tras su cura no dudaban en automutilarse para salir nuevamente de la isla, lo que prueba hasta qué punto se trataba de un lugar maldito y ajeno a la humanidad y al trato más elementales.

Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

                                                     Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor, Cayetano

                                                   Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor: Cayetano

Fue el gran periodista mallorquín Don Miguel de los Santos Oliver el que, en 1896, aportó los primeros datos sobre el calvario de los “náufragos de Cabrera”. Estas informaciones se ampliaron después con diversas excavaciones arqueológicas in situ, única forma real de conocer las condiciones de vida casi prehistóricas a que estuvieron sometidos los soldados. Así, a través de los restos de huesos, madera y otros materiales pudo constatarse que los franceses trabajaron la piedra para fabricar armas de caza, y que tallaron madera y fabricaron recipientes de mimbre y otros enseres necesarios para la vida cotidiana. De los testimonios recogidos por los supervivientes se sabe también que las pocas mujeres que llegaron con ellos no tuvieron más remedio que prostituirse para conseguir comida, y que la lucha contra el hambre hizo que hasta las habas constituyesen entre ellos una moneda de cambio. Tras más de 5 años de calvario, las enfermedades, la desnutrición y la misma desesperación que conducía muchas veces a la locura o al suicidio, terminaron diezmando las filas de presidiarios en una sangría constante solo en fechas recientes desvelada en sus verdaderas dimensiones.

Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor, Cayetano

                              Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor: Cayetano

Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor, Jose Luis Cernadas

                                Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor: Jose Luis Cernadas

Cuando en mayo de 1814 fueron liberados y embarcados hacia Francia el número de supervivientes ascendió apenas a 3.500 almas, es decir, casi la cuarta parte del total de presidiarios que albergó la isla. Antes de subir a bordo los cautivos prendieron fuego a los cobertizos y utensilios que durante ese tiempo les habían servido de sustento, en un intento de borrar del mapa (y también de su mente) la barbarie colectiva que supuso el presidio de Cabrera. Un antiguo monolito erigido en la isla recuerda a los miles de prisioneros franceses muertos allí, y fue precisamente en ese lugar donde tuvo lugar el acto de homenaje que en mayo de 2009 rindieron los ejércitos de España y Francia a la memoria de los caídos. El delegado del Gobierno en las islas ensalzó el recuerdo de estos soldados que “lucharon por su patria”, calificando el homenaje como “un acto de justicia histórica para pasar página a una de las etapas más oscuras de la historia reciente de las Baleares”. Y por supuesto, añadimos, también de nuestro país.

Vista desde el castillo de cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor, Ingo, Meironke

                         Vista desde el castillo de Cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor: Ingo, Meironke

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Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (1ª Parte)

Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (1ª Parte)

En los tiempos lejanos de la España de los Austrias, cuando el oro y la plata fluían a sacas llenas desde los galeones procedentes de América y medio mundo temblaba bajo el poder del Imperio, Málaga y su puerto abierto al Mediterráneo tuvo el dudoso honor de servir de embarque a la peor ralea de la Península: nos referimos a los galeotes, los forzados a remar en galeras. La pena de remo era considerada como la más infame condena en vida, verdadero suplicio que se alargaba a veces a perpetuidad y que a efectos prácticos desahuciaba a estos infelices para el resto de su existencia. León, Oviedo, Salamanca, Zamora, Ávila, zona Centro y buena parte de Andalucía, enviaban los penados hasta la ciudad de Málaga para su embarque en las empresas bélicas y de vigilancia por todo el Mediterráneo. ¿Eran realmente tan despreciables ante la Justicia y la sociedad? Aquí van algunos apuntes sobre la realidad más humana de estos “olvidados de Dios”:

El puerto de Málaga. Autor, Dcapillae

                                                                 El puerto de Málaga. Autor: Dcapillae

1. Desde el asentamiento turco en Argel en 1516, y aún antes, toda la costa del Mediterráneo español se encontraba amenazada por ataques de piratas berberiscos. Éstos desembarcaban en cualquier punto del litoral y asolaban asentamientos rurales en busca de botín o esclavos, que luego eran transportados hasta los numerosos mercados musulmanes de Berbería. Málaga sufrió largamente estos ataques debido a su importancia como puerto de primer orden y a su cercanía a las costas magrebíes y argelinas. Para evitar esta plaga, el Emperador Carlos I ideó un sistema defensivo basado en la construcción de torres vigía por toda la costa (muchas de las cuales se conservan todavía en localidades como Nerja, Marbella o Benalmádena) y en aumentar el número de galeras de la flota del Mediterráneo. Gracias a ello el puerto de Málaga creció extraordinariamente en importancia por aquella época, puesto que de allí partían entre otras cosas las escuadrillas de castigo hacia los puertos africanos. Una escuadra de galeras necesitaba de remeros, ¿y dónde mejor y más barato para conseguirlos que entre la masa humana que colmaba los presidios? Así nació la pena de galeras en España.

3. El pirata Berberisco Barbarroja, terror del Mediterráneo en el siglo XVI. Charles Motte (1785–1836) . Litografía

 El pirata Otomano Barbarroja, terror del Mediterráneo en el siglo XVI. Charles Motte (1785–1836). Litografía

2. La condena a galeras se consideraba un escarnio público, y por tanto no podía generalizarse a todas las clases sociales. Existía, por ejemplo, un indudable trato de favor para dignatarios, nobles o hidalgos venidos a menos, quienes estaban exentos de sufrir vergüenza pública y por tanto no podían ser sometidos a azotes, amputaciones u otras atenciones del estilo. Exhibir credenciales de alcurnia era éxito seguro, y aún en casos de delitos acreedores de pena capital, ésta no podía ser en ningún modo el ahorcamiento, considerado vejatorio, sino la decapitación. En definitiva, un hidalgo miserable y reo de asesinato daba por bueno perder la cabeza, si fuese de merecer, pero nunca la honra ni el respeto debido a su apellido.

Torre vigía en Vélez Málaga. Autor, Carlos Castro

                                                     Torre vigía en Vélez Málaga. Autor: Carlos Castro

3. Por el contrario, para aquel ciudadano raso que fuese descubierto en hurto o robo, y aún más si éste era de carácter violento, la condena a galeras era un hecho consumado: en 1566, el primer hurto cometido por un ladrón supuso una pena de 6 años de remo forzado. No es de extrañar, por tanto, que casi la mitad de los galeotes de la flota real fuesen en realidad simples timadores, rateros y otros cacos de tres al cuarto. Las diferencias de trato estaban aún más claras cuando se trataba del juego: por esas mismas fechas se dio el caso de un hidalgo reincidente en los dados para el que la justicia solicitó 5 años de destierro y una multa de 200 ducados; en cambio, un simple plebeyo recibía 200 azotes y 5 años de galeras por el mismo delito. Ser hijodalgo, aunque uno se muriese de hambre, constituía sin duda un gran alivio en la España del Quinientos.

Torre vigía en Maro, Nerja (Málaga). Autor, Trix

                                                        Torres vigía en Maro, Nerja (Málaga). Autor: Trix

4. Con el tiempo Málaga se hizo cosmopolita, la necesidad de remeros más acuciante y, en consecuencia, la carne de galeote hubo de ampliarse también a blasfemos, desertores, huidos de prisión, vagabundos, gitanos y hasta bígamos. En tiempos de Felipe II los fornicadores se cuidaban bien de airear sus aventuras y el vagabundo fue considerado ladrón con este curioso razonamiento: “ladrón es propiamente del pan de los pobres, el holgazán que está sano y mendiga de puerta en puerta”. Estos vagabundos, sin recursos y errantes por los caminos en busca de trabajo, cumplían por lo común penas mínimas de 4 años en los barcos de Su Majestad. Mucho más graves eran sin embargo los delitos contra la honra o la moralidad. En la España ultra católica del XVI, por ejemplo, ser chulo de prostíbulo era una profesión muy arriesgada, y aquel rufián que fuese atrapado negociando los amores de su pupila podía verse en galeras por 10 y más años. Lo mismo cabe decir de adúlteros, alcahuetes y homosexuales, aunque en estos casos, puesto que por gracia divina se salvaban de la hoguera, acababan recibiendo la condena a remos casi como una bendición.

Condenados camino del presidio. Antonio Parreiras. Óleo sobre lienzo, 1800

                                 Condenados camino del presidio. Antonio Parreiras. Óleo sobre lienzo, 1800

7. Alcazaba de Málaga. Autor, Cayetano

                                                     Vista desde la Alcazaba de Málaga. Autor: Cayetano

5. Las cadenas de galeotes llegaban a Málaga después de semanas de viaje a pie, y eran conducidos directamente hasta la cárcel de la ciudad. El presidio fue construido en 1489 en la Plaza de las Cuatro Calles sobre unos antiguos baños árabes, y tras su ampliación permaneció en uso hasta entrado el siglo XIX. Durante el reinado de los Austrias la cárcel malagueña estaba regulada por el Cabildo Municipal, y al igual que en el resto de cárceles españolas cobraba a los presos por sus “servicios” (el agua y la lumbre eran gratuitos). Los inquilinos, en consecuencia, debían abonar todos sus costes de manutención si querían permanecer en presidio, cosa que de todas formas estaban obligados a hacer a punta de arcabuz. La situación llegaba en algunos casos a ser grotesca cuando los galeotes, que solo llevaban lo puesto, se enfrentaban a alcaides deseosos de lucrarse con ellos a costa de subir los precios, o bien al acoso de presos más veteranos y aviesos, que les “solicitaban” sin reparos una tasa de protección. En estas condiciones, el único amparo que les quedaba mientras esperaban embarque era la ayuda de instituciones religiosas especializadas en lo carcelario, como la Cofradía de los Pobres de la cárcel de Antequera, o la Hermandad de San Juan Degollado, esta última fundada en Málaga a finales del XVI.

Interrogatorio en la cárcel. Alessandro Magnasco. Óleo sobre lienzo (1710-1720)          Interrogatorio en la cárcel. Alessandro Magnasco. Óleo sobre lienzo (1710-1720)

6. Aunque eran los menos, no era raro encontrarse con galeotes de edades comprendidas entre los 60 y 70 años, y se tiene constancia de condenados que alcanzaban casi el centenar. En el extremo opuesto aparecen niños de apenas 14, lo que demuestra que la necesidad de conseguir remeros para la flota hacía buscar candidatos con el mínimo criterio objetivo. Nada mejor para ilustrarlo que la curiosa disposición tomada por Carlos V en 1530 cuando la armada de su aliado genovés, Andrea Doria, liberó a cientos de cristianos tras un ataque a las cárceles argelinas. En la batalla pudo capturar 2 galeras sarracenas de gran porte, amén de varias embarcaciones más pequeñas… Pero no disponía de remeros. ¿Qué hacer? Nada más fácil: echó mano de los infelices cristianos para convertirlos en forzados, y éstos terminaron maldiciendo su liberación y ansiosos de verse atrapados nuevamente por la piratería.

Réplica de la galera D. Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. Autor, Fritz Geller-Grimm

                    Réplica de la galera de D. Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. Autor: Fritz Geller-Grimm

7. Cualquiera que fuese la edad del forzado, las galeras de esa época precisaban de un número de remeros que oscilaba entre los 150 y los 300, los cuales vivían en la embarcación hacinados dentro de habitáculos inmundos, mal ventilados, con una penumbra permanente y expuestos de continuo al frío y a las enfermedades. La humedad también causaba grandes molestias, ya que las galeras sobresalían poco de la superficie del mar y durante las fuertes marejadas los bajos se anegaban por completo. Un indicio del terror que suscitaban las miserias del remo entre los condenados lo tenemos en el apelativo que daban algunos a estos barcos, infiernos flotantes, llegando además a afirmar que una condena superior a 6 años era equivalente a la sentencia de muerte.

galera Aspecto de una galera del siglo XVII. Gaspard Van Eyck (1613-1673). Óleo sobre lienzo

8. En los primeros meses el galeote recién iniciado debía adaptarse a un mundo lleno de estrecheces. La alimentación ordinaria, por ejemplo, no era para tirar cohetes. La base estaba constituida por una tortita pequeña de harina integral medio fermentada llamada bizcocho, y todos los testimonios recogidos de la época confirman su extremada dureza, hasta el punto que para poderla ingerir era necesario remojarla previamente en agua. Afortunadamente una vez al día el bizcocho se acompañaba de un cazo de habas con cuatro gotas de aceite, aunque había que esperar a la noche para el plato fuerte: sopa aguada y preparada con el bizcocho sobrante a mediodía. La víspera de las batallas, y en general cuando se pretendía obtener de los remeros un mayor esfuerzo, aumentaban las raciones, mientras que la carne solo aparecía en días señaladísimos como la Pascua de Navidad, Carnavales, Pascua de Resurrección y Pentecostés… Todo un lujo para guardar la línea.

Costa malagueña en la Costa del Sol. Autor, Bogdan Migulski

                                              Costa malagueña en la Costa del Sol. Autor: Bogdan Migulski