Publicado el Deja un comentario

Un encuentro con Leigh Fermor, Austria y el Danubio

Un encuentro con Leigh Fermor, Austria y el Danubio

Bosques, castillos oteando desde las altas cimas, granjas y prados diseminados por doquier, en los caminos que llevan a las ciudades más hermosas del Danubio. Ese es el panorama que recorrió a pie en el invierno de 1933-34 un muchacho de 18 años, entonces desconocido, pero que hoy es sin duda una de las figuras más sobresalientes de la literatura de viajes. El entonces adolescente Patrick Leigh Fermor, con una mochila a la espalda y una libra a la semana de presupuesto, emprendió en aquella época peligrosa un viaje que le llevaría desde Holanda a Constantinopla en año y medio, “viviendo como un vagabundo, un peregrino o un sabio itinerante”, durmiendo un día en graneros o pocilgas, y al siguiente en lujosas estancias en el interior de castillos propios de alguna leyenda bávara. Hemos querido reflejar en nuestro post de hoy algunas de las vivencias más fascinantes que dejó escritas en su diario, y que luego sirvieron para engrandecer el libro publicado en 1977 “El tiempo de los regalos”, un clásico donde los haya. En los extractos que hemos elegido, centrados en el tramo de Austria y el Danubio austriaco, aparecen todos aquellos atributos que uno puede esperar al planificar un viaje por Europa Central. Fermor supo plasmar como nadie ese hechizo legendario de los antiguos teutones enmarcado en un paisaje único de montañas, ríos y bosques… Y nosotros, conscientes de su valor, hemos querido acercarles a ustedes estas sensaciones acompañadas de una selección de magníficas fotografías de la zona. Si disfrutan de la buena literatura, tómense unos minutos de respiro, pónganse cómodos y lean lo que sigue con la tranquilidad que se merece. Seguro que no les defraudará.

2. Iglesia en Kappl, Tirol. Autor, Ceving

Iglesia en Kappl, Tirol. Autor, Ceving

“En la carretera que iba al este desde mi último alto en tierras bávaras, en Traunstein, el repentino tiempo claro me mostró lo cerca que estaba de los Alpes. Las nubes se habían desvanecido, y la gran cordillera se alzaba de la planicie con tanta brusquedad como un muro se alza en un campo. Las montañas cubiertas de nieve se elevaban brillantes, sus vertientes recorridas por largas sombras azules; serpenteantes hileras de abetos oscuros y los picos de los Alpes de Kitzbühl y el Tirol oriental se superponían en el cielo sobre una trama profunda de valles umbríos. Un poste indicador señalaba el sur y un valle en cuyo extremo se encontraba Bad Reichenhall. Por encima, en un resalto, estaba encaramado Berchtesgaden, solo conocido todavía por la abadía, el castillo y la panorámica de las anchas tierras bajas de Baviera (…)

Era de noche cuando contemplaba las estatuas y paseaba bajo las columnas barrocas de Salzburgo, en busca de un café. Las ventanas, cuando encontré uno, daban a un surtidor adornado con pétreos caballos en estampida de los que pendían carámbanos como estalactitas en una cueva”.

 

3. Calle típica de Kitzbühl. Autor, Polybert49

Calle típica de Kitzbühl. Autor, Polybert49

4. En ruta por el Tirol. Cimas del Grttenhütte. Autor, Luidger

En ruta por el Tirol. Cimas del Gruttenhütte. Autor, Luidger

5. Los Alpes en Kitzbühl. Autor, Mdintenfass

Los Alpes en Kitzbühl. Autor, Mdintenfass

6. Una vista del castillo de Salzburgo. Autor, Wilson Loo

Una vista del castillo de Salzburgo. Autor, Wilson Loo

“Siempre solía tener algún castillo a la vista, apiñado en el borde de una población rural, recostado con soñolienta gracia barroca en salientes boscosos o proyectándose por encima de los árboles, discernibles desde lejos. Su presencia es una constante para el viajero, y cuando éste cruza un nuevo límite se siente como el gato con botas cuando los campesinos le dicen que el lejano castillo, los pastos, los molinos y los establos pertenecen al marqués de Carabás. Aparece un nuevo nombre, y durante un trecho es Coreth, Harrach, Traun, Ledebur, Trautmannsdorf o Seilern; entonces se extingue y cede el paso a otro (…);

El escenario estaba empezando a cambiar. Avanzaba siguiendo un arroyo helado que discurría a través de un bosque, por una región donde juncos, plantas acuáticas, vegetación de marisma, zarzas y arbustos se enmarañaban con tal densidad como en una selva primigenia. Los claros eran lisas extensiones de hielo, que daban la impresión de un manglar en el Círculo Polar Ártico. Cada ramita, recubierta de hielo y nieve, centelleaba. La helada había convertido los juncos en empalizadas de varas quebradizas y los matorrales estaban cargados de carámbanos y gotas heladas que la luz irisaba”.

 

7. Las torres de Hall, en el Tirol. Autor, Herbert Ortner

Las torres de Hall, en el Tirol. Autor, Herbert Ortner

8. El Danubio, en Salzburgo. Autor, Wilson Loo

El Danubio, en Salzburgo. Autor, Wilson Loo

9. Danubio en el Parque Nacional Donau-Auen. Austria. Autor, Thomas Lieser

Danubio en el Parque Nacional Donau-Auen. Austria. Autor, Thomas Lieser

10. Castillo de Hohenwerfen, cerca de Salzburgo. Autor, Dvdstphns

Castillo de Hohenwerfen, cerca de Salzburgo. Autor, Dvdstphns

“Los duros inviernos originan sus antídotos: Kümmel, Vodka, Aquavit, Danziger Goldwasser. ¡Ah, un dedo del frío norte! Pociones a la vez ardientes y heladas, chispeantes como lentejuelas, capaces de encender cohetes que recorren el torrente sanguíneo, reanimar los miembros derrengados y hacer que los viajeros reanuden con brío su marcha a través del hielo y la nieve. El fuego blanco me enrojecía las mejillas, me calentaba y daba alas. Este descubrimiento hizo que resplandeciera mi aproximación a Linz. Unos pocos kilómetros más adelante, tras un meandro del río, apareció la ciudad. Una visión de cúpulas y campanarios reunidos bajo una severa fortaleza y unidos por medio de puentes a una población más pequeña al pie de una montaña en la otra orilla”.

 

11. Pelícanos sobre el Danubio. Autor, Goliath

Pelícanos sobre el Danubio. Autor, Goliath

12. Otra vista de Salzburgo. Autor, Voodoo2me

Otra vista de Salzburgo. Autor, Voodoo2me

13. Lago Hopfensee, y Alpes austriacos. Autor Moyan_Breen

Lago Hopfensee, y Alpes austriacos. Autor Moyan_Breen

14. Hallstatt. Autor, Unicoletti

Hallstatt. Autor, Unicoletti

“Al atardecer, recorrí Linz, renqueante. Las fachadas con molduras de yeso estaban pintadas de color chocolate, verde, violeta, crema y azul. Los adornos eran medallones en altorrelieve, y las volutas en la piedra y el yeso le daban un aire de movimiento y fluidez. Las ventanas de los primeros pisos eran saledizas, en forma de semihexágono y con batientes (…) A nivel del suelo, unas columnas conmemorativas en espiral se alzaban desde las losas de las plazas y elevaban al cielo, similares a los rayos de una custodia, las púas doradas que eran como un estallido de la Contrarreforma. Con excepción de la adusta fortaleza encaramada en la roca, toda la ciudad había sido construida para el placer y el esplendor. Por doquier había belleza, espacio y amenidad. Por la noche, Hans y Freda, mis anfitriones, me llevaron a una fiesta en una hostería, y a la mañana siguiente me puse en marcha Danubio abajo”.

 

15. El nido de águila de Riegersburg. Autor, Steindy

El nido de águila de Riegersburg. Autor, Steindy

16. Bosque, rocas y nubes. Autor, José Kroezen

Bosque, rocas y nubes. Autor, José Kroezen

17. Un lujoso café. Autor, Paula Soler

Un lujoso café. Autor, Paula Soler

18. Paisaje selvático. Autor, Locken_Rock

Paisaje selvático. Autor, Locken_Rock

“Aquella noche dormí en el pueblo de Grein, río arriba desde un islote boscoso que había dado lugar a numerosas leyendas. Antiguos peligros acechaban en esos desfiladeros. Se cree que el mismo nombre es una onomatopeya del grito de un marinero que se ahogó en un remolino, pues los rápidos y escollos de ese trecho del río fueron los causantes de no pocos naufragios en el transcurso de los siglos. A los marineros que caían por la borda se les abandonaba a su suerte, considerándolos como ofrendas propiciatorias a algún dios celta o teutón que aún sobrevivía secretamente tanto desde los tiempos prerromanos como precristianos. Antes de aventurarse por esa zona amenazante, los romanos arrojaban monedas al río para aplacar a la divinidad fluvial Danubius; y viajeros posteriores tomaban los sacramentos para efectuar la travesía (…) Los muros almenados de Werfenstein, cuyos castellanos vivían de los naufragios y el saqueo, se proyectan ávidos sobre los rápidos, pero el ejército de Barbarroja, que se encaminaba a la Tercera Cruzada, era demasiado numeroso para ser atacado. Los moradores del castillo observaron a través de las troneras y se mordisquearon los nudillos con frustración mientras los cruzados avanzaban lentamente río abajo”.

 

19. Castillo de Mauterndorf. Autor, HelgeRieder

Castillo de Mauterndorf. Autor, HelgeRieder

20. El río helado, a su paso por Viena. Autor, KF

El río helado, a su paso por Viena. Autor, KF

21. Jardines Mirabell y fortaleza de Salzburgo. Autor, Maxx82

Jardines Mirabell y fortaleza de Salzburgo. Autor, Maxx82

22. Camino cerca de Golling, Austria. Autor, José Kroezen

Camino cerca de Golling, Austria. Autor, José Kroezen

“Innumerables agujas de pino sombreaban los ratos de sol y salpicaban los senderos de una fascinante luz fragmentada. Un entusiasmo gélido crepitaba entre las ramas, y yo avanzaba por aquellos bosques rutilantes como un indio hurón. Pero había momentos, a primera hora de la mañana, en que las densas coníferas y los diáfanos esqueletos en los bosques de madera dura eran tan livianos como plumajes, y las primeras nieblas que se cernían sobre los valles hacían brotar en el aire los picos transparentes y encerraban los pináculos rocosos en aros de vapor de diámetro decreciente (…)

Los senderos serpenteaban cuesta abajo desde aquellas tierras altas; bajaban y bajaban hasta que los árboles disminuían y la luz del sol se extinguía. Aparecían prados, luego un granero, a continuación un huerto, un cementerio parroquial y delgadas columnas de humo que se alzaban de las chimeneas de un villorrio a orillas del río. Volvía a hallarme entre las sombras”.

Et jam summa procul villarum culmina fumant
Majoresque cadunt altis de montibus umbrae.

(Lejos ya de las aldeas humean las cumbres
Y caen largas sombras desde las altas montañas).

23. Bello embarcadero en Mondsee. Autor, Markus

Bello embarcadero en Mondsee. Autor, Markus

 

Todos los extractos están sacados de la obra:

“El tiempo de los regalos”
Patrick Leigh Fermor. Editorial Península, 2001

Publicado el Deja un comentario

Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

A unos 25 km al sur de Mallorca se alza sobre la superficie de las olas unas peñas e islotes conocidos con el nombre de archipiélago de Cabrera. La mayor de estas islas, llamada asimismo Cabrera por las cabras montesas que antaño existían allí, exhibe un paisaje idílico de aguas transparentes, playas y calas de excepcional belleza bajo el sol luminoso del Mediterráneo. De hecho, todo el conjunto de islas mayores y menores posee actualmente la figura de Parque Nacional Marítimo y Terrestre. Pero más allá de su indudable atractivo, el archipiélago y sobre todo su isla principal merecen una lectura más atenta por cierto suceso acaecido a principios del siglo XIX, durante la cruenta guerra que mantuvieron las tropas napoleónicas contra el pueblo español. Un antiguo monolito erigido en el lugar recuerda aquel episodio negro y poco conocido de nuestra historia, pero que aún hoy sigue teniendo ecos funestos por los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar: el desembarco en la isla de miles de soldados franceses y su abandono durante años a sus propios medios, en unas condiciones que la mayoría de historiadores no han dudado en definir como infernales.

Aguas del puerto de Cabrera. Autor, Cayetano

                                                         Aguas del puerto de Cabrera. Autor: Cayetano

La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

                                              La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

Tras la derrota de las tropas napoleónicas en Bailén a manos del General Castaños, el 19 de julio de 1808, miles de soldados franceses fueron hechos prisioneros y enviados en largas comitivas hasta la ciudad de Cádiz. En un principio las órdenes indicaban su traslado a los puertos de Rota y Sanlúcar de Barrameda para embarcar de vuelta a su país, pero la idea inicial quedó sin efecto ante la decisión de última hora de la Junta Suprema de Sevilla, quien decidió “No respetar tratados y acuerdos firmados con el enemigo francés”. Si se sumaban a este contingente los prisioneros de Trafalgar, todavía en Cádiz tras la batalla que libró la coalición británica contra franceses y españoles, el número de cautivos en esa ciudad superaba ampliamente las 20.000 personas, por lo que existía el temor razonable de que a su regreso se integrasen nuevamente en el ejército de Napoleón. Esto era algo que debía evitarse a cualquier precio, de modo que tanto las tropas españolas como sus socios británicos se negaron en redondo a liberar a los prisioneros, y la Junta Central terminó firmando su deportación a diferentes destinos dentro del territorio español.

Una parte importante partió de inmediato a las islas Canarias mientras que el resto (se estima que alrededor de 4.500 soldados) tomaba rumbo al grupo de las Baleares: Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. Las condiciones del viaje en los pontones fueron pésimas. Hacinados, mal alimentados y peor tratados, muchos de ellos enfermaron de tifus, escorbuto, disentería y otros males que hacían muy elevado el riesgo de contagio. La noticia se extendió como la pólvora a su llegada a aguas mallorquinas, el 20 de abril de 1809, y la Junta de Mallorca prohibió el desembarco ante el temor de que la epidemia pudiese extenderse entre la población local (lo mismo ocurrió en Menorca). De esta forma, tras permitir tomar tierra a los oficiales de mayor rango, los soldados rasos continuaron su fatídico viaje hasta la isla de Cabrera adonde llegaron finalmente dos semanas después para ser abandonados a su suerte.

Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor, Ingo Meironke

                                                 Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor: Ingo Meironke

Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor, Cayetano

                                       Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor: Cayetano

Con una superficie de 1.836 Has. y un perímetro costero de apenas 14 km, la isla terminó siendo el hogar obligado de los soldados franceses supervivientes, un hogar que con el paso de las semanas y los meses no tardo en transformarse en su peor pesadilla. En un terreno que apenas ofrecía lo necesario para la vida de unas cuantas familias se hacinaron miles de hombres hambrientos, enfermos y semidesnudos, viviendo en cuevas y oquedades entre las rocas, o en cobertizos fabricados con piedras apiladas y ramas de arbustos, al igual que robinsones olvidados del mundo y sin esperanza alguna de salvación. A medida que transcurría la guerra, Cabrera se convirtió en el presidio ideal para las autoridades españolas. Cada cierto tiempo llegaban nuevos contingentes de desgraciados que tras su desembarco venían a ocupar una zona ya atestada de compatriotas, por lo que las escenas de luchas y salvajismo por acceder a los contados recursos de la isla debieron ser constantes. Se calcula que a lo largo de la guerra fueron trasladadas desde la Península y confinadas allí más de 12.000 personas.

El estado higiénico era espantoso, lo que propició la aparición de enfermedades y epidemias que elevaron la mortandad hasta límites insospechados. Puesto que la isla no disponía de corrientes de agua o pozos permanentes, el suplicio de la sed era una amenaza constante entre los cautivos, y en cuanto a la comida, el hambre se aliviaba escasamente por la caza de conejos, lagartos o insectos en un terreno empobrecido que no daba para mucho más. La recolección ocasional de huevos de aves y sobre todo la pesca fueron el principal sustento para unas gentes que, en su desesperación, no dudaron en devorar la carne de compañeros fallecidos y de cometer actos de canibalismo y coprofagia. Al principio los más enfermos eran trasladados a Mallorca para ser tratados allí, pero estas atenciones terminaron pronto. Se sabe que los enfermos que regresaban a Cabrera tras su cura no dudaban en automutilarse para salir nuevamente de la isla, lo que prueba hasta qué punto se trataba de un lugar maldito y ajeno a la humanidad y al trato más elementales.

Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

                                                     Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor, Cayetano

                                                   Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor: Cayetano

Fue el gran periodista mallorquín Don Miguel de los Santos Oliver el que, en 1896, aportó los primeros datos sobre el calvario de los “náufragos de Cabrera”. Estas informaciones se ampliaron después con diversas excavaciones arqueológicas in situ, única forma real de conocer las condiciones de vida casi prehistóricas a que estuvieron sometidos los soldados. Así, a través de los restos de huesos, madera y otros materiales pudo constatarse que los franceses trabajaron la piedra para fabricar armas de caza, y que tallaron madera y fabricaron recipientes de mimbre y otros enseres necesarios para la vida cotidiana. De los testimonios recogidos por los supervivientes se sabe también que las pocas mujeres que llegaron con ellos no tuvieron más remedio que prostituirse para conseguir comida, y que la lucha contra el hambre hizo que hasta las habas constituyesen entre ellos una moneda de cambio. Tras más de 5 años de calvario, las enfermedades, la desnutrición y la misma desesperación que conducía muchas veces a la locura o al suicidio, terminaron diezmando las filas de presidiarios en una sangría constante solo en fechas recientes desvelada en sus verdaderas dimensiones.

Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor, Cayetano

                              Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor: Cayetano

Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor, Jose Luis Cernadas

                                Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor: Jose Luis Cernadas

Cuando en mayo de 1814 fueron liberados y embarcados hacia Francia el número de supervivientes ascendió apenas a 3.500 almas, es decir, casi la cuarta parte del total de presidiarios que albergó la isla. Antes de subir a bordo los cautivos prendieron fuego a los cobertizos y utensilios que durante ese tiempo les habían servido de sustento, en un intento de borrar del mapa (y también de su mente) la barbarie colectiva que supuso el presidio de Cabrera. Un antiguo monolito erigido en la isla recuerda a los miles de prisioneros franceses muertos allí, y fue precisamente en ese lugar donde tuvo lugar el acto de homenaje que en mayo de 2009 rindieron los ejércitos de España y Francia a la memoria de los caídos. El delegado del Gobierno en las islas ensalzó el recuerdo de estos soldados que “lucharon por su patria”, calificando el homenaje como “un acto de justicia histórica para pasar página a una de las etapas más oscuras de la historia reciente de las Baleares”. Y por supuesto, añadimos, también de nuestro país.

Vista desde el castillo de cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor, Ingo, Meironke

                         Vista desde el castillo de Cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor: Ingo, Meironke

Publicado el 1 comentario

Tragedias, comedias y mimo. El Teatro de Mérida en la época del Imperio Romano (2ª Parte)

Tragedias, comedias y mimo. El Teatro de Mérida en la época del Imperio Romano (2ª Parte)

A finales del siglo I de nuestra era, probablemente bajo influencia del teatro helenístico, los personajes del teatro romano se convirtieron en meras figuras de ballet. Durante la República el texto de las tragedias romanas se dividía en diálogos, recitativos y cantos, de los cuales solo los últimos ofrecían verdadero entretenimiento. Los cantica suponían además un alivio para el público, harto de perder continuamente el hilo del argumento y de unos diálogos que las más de las veces ni se oían. Visto el filón, los jefes de las compañías terminaron subiendo el coro de la orquesta a escena, pero al hacerlo el trabajo de los actores perdió protagonismo al quedar diluido entre los decorados y el lirismo musical. Claro que para entonces este detalle ya no preocupaba a nadie.

Actores romanos en plena interpretación. Mosaico conservado en el Museo arqueológico nacional de Nápoles

      Actores romanos en plena interpretación. Mosaico conservado en el Museo arqueológico nacional de Nápoles

Cada compañía solía tener un grupo de seguidores o fautores, pagados o no, que durante las largas tardes de representación se afanaban por alabar a sus favoritos y abuchear a los contrarios haciendo del todo intrascendente la calidad de la obra. Para más inri los directores no tenían ningún prejuicio a la hora de “arreglar” los manuscritos clásicos a fin de adaptarlos a las exigencias del público. Entre sus prioridades, por ejemplo, se encontraba restringir en lo posible la extensión de los diálogos, de modo que al final la tragedia quedaba en una simple sucesión de pausas líricas separadas por diálogos lo más cortos posible y distribuidos convenientemente para no constituir un estorbo. Los espectadores salían del teatro de Emerita cantando a viva voz cada interludio musical, que se sabían de memoria, aunque no hubiesen entendido nada del argumento de la obra.

Columnata tras el escenario del Teatro de Mérida. Autor, Fernand0

                                       Columnata tras el escenario del Teatro de Mérida. Autor: Fernand0

El teatro se recargó así de elementos accesorios y el aparato escénico acabó por predominar. Por ejemplo, si el asunto exigía que se representase la toma de Troya, esto era un pretexto para hacer desfilar cortejos inacabables de actores, literas y animales de todo tipo. Los prisioneros encadenados pasaban y volvían a pasar por la escena; se presentaban al público despojos de una ciudad, cantidades increíbles de oro y plata, vasos preciosos, estatuas, tejidos orientales, y todo con el fin de excitar la imaginación de unas gentes habituadas a poner la riqueza material por encima de cualquier otra cosa. Al mismo tiempo, la tendencia al realismo hacía que los directores se esforzasen por representar cada episodio de la manera más verídica posible. El rey mítico Penteo, por ejemplo, quien termina destrozado por las bacantes en la famosa tragedia de Eurípides, era efectivamente cogido en volandas y hecho pedazos ante la vista de los espectadores (al actor principal se le cambiaba a última hora por un reo de muerte); el fuego devorando las murallas de Troya no era simulado, sino un incendio verdadero, y Hércules se quemaba sobre su pira de manera literal y entre gritos inhumanos…

Mosaico romano con motivos mitológicos.

                                                              Mosaico romano con motivos mitológicos

Como en una especie de ópera, el público vibraba en las gradas del teatro de Emerita con los espectaculares decorados y el deambular de los coristas y danzarines, moviéndose al son de una melodía interpretada con cítaras, trompetas, címbalos, flautas o acordeón (scabellarii). El coro reforzaba la escena en los momentos álgidos con la cadencia de sus voces, pero era el solista principal (siempre masculino) quien llenaba indudablemente la actuación. Dentro de su repertorio incluía todo tipo de habilidades, entre las que se encontraban no solo cantar o deleitar con su belleza (se sabe que emperatriz Domitia cayó rendida en brazos del actor Paris a causa de la pasión que le profesaba), sino también el uso de artes tales como la mímica, la danza o las acrobacias más chirriantes, viniesen o no a cuento. Para prolongar su juventud y conservar una silueta estilizada, el pantomimo (que así se llamaba nuestro hombre) se sometía a un severo régimen en el que estaban prohibidos los alimentos grasos y las bebidas ácidas, y al igual que ocurría con los divos del pasado siglo no dudaba en tomar purgantes y vomitivos ante una mínima referencia de sobrepeso por parte de sus fans. Obviamente debía seguir estrictos ejercicios de flexibilidad y de modulación de la voz, un ritual en conjunto excesivo que terminó convirtiéndolo en el histriónico personaje que todos conocemos, favorito de las damas y caricaturizado hasta la saciedad en la literatura, el cine y el teatro de todas las épocas.

Río Guadiana a su paso por Mérida. Autor, Tomás Fano

                                                 Río Guadiana a su paso por Mérida. Autor: Tomás Fano

A orillas del Guadiana, Emerita fue una ciudad importante y como tal debieron afluir a ella las más rutilantes estrellas del Occidente romano. Con la salida del pantomimo la pasión se desbordaba entre un público deseoso de seguir sus evoluciones, mientras las féminas suspiraban por sus piruetas y acababan inertes en brazos de amigos o esclavos, aunque no por mucho tiempo. También eran frecuentes las riñas y tumultos protagonizados por seguidores y detractores del solista, que a menudo saldaban la noche con varios muertos y heridos de consideración. Todo ello, evidentemente, contribuía a ensalzar aún más el mito. La presuntuosidad de estas estrellas se revela en una curiosa anécdota de tiempos de Augusto y protagonizada por el famoso pantomimo Pylades I, quien observaba como su alumno Hylas interpretaba a Edipo con gran habilidad durante unos ensayos. El maestro no pudo soportar tamaña afrenta a su ego, de modo que se acercó a su pupilo y le dijo: “Recuerda, Hylas, que eres ciego”.

La vida en la cumbre es dura, y no pasó mucho antes de que estos endiosados artistas descartaran dominar canto y danza simultáneamente. Con Domiciano y Trajano pasaron a ser simples bailarines que dejaban al coro la tarea de entonar los cantica mientras ellos se limitaban a traducir el sentimiento en cada escena por medio de gestos, actitudes y danzas de todo tipo. Excepto en la voz, todo en ellos hablaba: la cabeza, los hombros, los músculos de la cara, las rodillas, las manos… Se sabe que en el siglo II d.C. el solista llegó a alcanzar tal maestría con sus gestos que, sin acudir a la palabra, era capaz de aprenderse de memoria y encarnar consecutivamente a todos los personajes de la obra…

Reproducción de máscaras de teatro clásico. Autor, Javier Marzal

                                           Reproducción de máscaras de teatro clásico. Autor: Javier Marzal

Acueducto Los Milagros, en Mérida. Autor, Rafael dP

                                                    Acueducto Los Milagros, en Mérida. Autor: Rafael dP

Claro que con el tiempo, también, estos divos acabaron matando al arte por culpa de sus acrobacias. Para comenzar invirtieron gravemente el orden de valores y en lugar de acompañar a los cantica con su mímica terminaron por subordinarla a ésta. Los jefes de compañía, los músicos o los libretistas tenían como único fin el lucimiento de la estrella, y nada se hacía sin su supervisión directa: gustaban de regular la puesta en escena, elegir a los actores, dictar los versos, inspirar la música, proponer los decorados y por supuesto elegir cada composición lírica, según fuese adecuada o no a sus virtuosismos o sus deficiencias. En definitiva, habían renunciado a llegar al corazón del público y solo buscaban atraer sus miradas y su aprobación.

Actuación en el teatro de Emerita. Autor, Antonio Pineda

                                                  Actuación en el teatro de Emerita. Autor: Antonio Pineda

Y mientras tanto el arte escénico seguía cayendo a sus cotas más bajas, que rayaban a veces en lo estrafalario. Se preferían por ejemplo las obras de género negro donde los actores sembraban espanto a base de intrigas, gritos histéricos por todo el escenario y un generoso derroche de sangre. O libidinosas, dado que siempre fue mucho más fácil y “seguro” apelar al sentido erótico del respetable… Pero a pesar de la caída en picado no todo fueron malas noticias. La necesidad de encontrar nuevos modos de agradar al público también trajo consigo una originalísima modalidad de interpretación, y que ya entonces hacía furor entre la plebe: el mimo. Era ésta una farsa burlesca que trataba de acercarse lo más posible a la realidad. Eso sí: al igual que en la vida misma, cruda y sin adornos, los argumentos se basaban también en las situaciones más groseras y en los personajes más bajos, lo que hacía que el espectáculo alcanzase tintes caricaturescos semejantes a los modernos payasos del circo.

Majestuosas ruinas romanas en Mérida. Autor, Xornalcerto

                                                Majestuosas ruinas romanas en Mérida. Autor: Xornalcerto

El número de mimos de una compañía dependía de los personajes que requiriese la obra, y al contrario que en el teatro clásico, todos actuaban sin máscara y vestían como el ciudadano de la calle. Otra original aportación del mimo fue la presencia de mujeres en el escenario (en la comedia o la tragedia los personajes femeninos eran interpretados invariablemente por hombres), lo que contribuyó a relanzar al teatro por más que las historias redundasen en los mismos temas de siempre. Raptos, suicidios, maridos burlados o amantes escondidos en un baúl providencial eran el pan de cada día en la cartelera por aquella época, a lo que se sumaba un evidente interés por el exotismo, la ostentación, la lujuria y el morbo más exacerbados. Igual que ocurre hoy día con el mundo del espectáculo, el reclamo del sexo y la impudicia estaba entonces muy extendido y no era raro, por ejemplo, que las actrices acostumbraran a desnudarse completamente por “exigencias del guión” o incluso a petición del respetable.

Fresco que representa una mujer tocando una kithara. Autor, Ranveig

                                      Fresco que representa una mujer tocando una kithara. Autor: Ranveig

Puente romano en Mérida. Autor, Antonio Pineda

                                                       Puente romano en Mérida. Autor: Antonio Pineda

El espectador romano en Emerita y otros teatros de la época era también muy aficionado a los mimos terroríficos en los que los actores se intercambiaban golpes, se oían palabras malsonantes o sonaban bofetadas repartidas entre comparsas sin venir a cuento. Por lo común la bronca acababa degenerando en riñas “a pie de grada”, lo que hacía las delicias de un público que no contaba con estos extras en el guión. Otras veces, sin embargo, la jarana estaba anunciada a bombo y platillo: es lo que ocurrió por ejemplo con una obra, “Laureolus”, que destacó precisamente por la violencia de su personaje principal, un ladrón incendiario y degollador. En el momento del castigo final el actor que lo interpretaba era sustituido por un reo común, y éste salía al escenario para interpretar su canto de cisne y morir entre torturas que no tenían nada de fingidas. ¿El resultado? La obra fue un gran éxito de taquilla y público y se mantuvo en cartel durante dos años consecutivos… Qué grandes guionistas e intérpretes se perdió Broadway.

Templo de Diana, en Merida. Autor, Rafael dP
                                                        Templo de Diana, en Mérida. Autor: Rafael dP