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Navegando por Baleares, un oasis en el mar

mediterraneo portada baleares

Las calas proliferan a lo largo de la costa, un día como refugio de piratas, hoy para amantes de la soledad


Las Baleares son el último paraíso en medio de un Mediterráneo al borde del caos. Si desde el aire las nubes pueden ocultar su belleza, acercarse hasta ellas desde el mar es como divisar un oasis inapreciable.

Llegar a Palma, en la isla de Mallorca, a menudo se transforma en una auténtica gymkhana en al que el patrón tiene que alardear de oficio entre tanto velero y tanto yate. ¿Qué pensaría Jaime I cuando conquistó la ciudad tras su viaje casi en solitario desde la apacible playa de Salou?

A lo lejos, y de forma inconfundible, la catedral fortaleza, como señal de identidad de la ciudad. El puerto es un hervidero lleno de actividad. Mientras amarramos, la noche se ha cernido sobre Palma. El club náutico, sus restaurantes, sus tiendas… se llenan de luz. La catedral gótica, iluminada, planea sobre el resto de edificios, mientras que en la otra parte de la ciudad, perdido en la montaña, el castillo de Bellver, esa fortaleza circular inconfundible, le hace competencia en señorío.

Dejamos el barco para adentrarnos en sus calles donde los ecos medievales ahogan recuerdos anteriores. Pero sus costas siguen siendo las mismas que antaño cautivaron a fenicios, griegos, romanos, árabes… Tal vez sería más fácil citar a los pueblos que nunca sintieron su atractivo.

A la mañana siguiente nos disponemos a bordear la isla. Nuestra primera etapa es Cala Figuera, un puerto pequeño, oculto entre multitud de atractivos recovecos que esconden los amantes de la soledad de la mirada de curiosos.
Seguimos hacia el norte, siempre con la costa a la derecha. Lejos vemos ya las primeras estribaciones de la sierra de Andraix. En sus valles se esconde la cartuja de Valldemossa, cuna de amores prohibidos como el de George Sand y Chopin, que han dado la vuelta al mundo.

Por estas costas se resguardaban los piratas de todas las épocas y aún se observan calas de difícil acceso, lugar en el que podían ocultarse sin ser sorprendidos por los enemigos. El puerto de Sóller fue uno de esos sitios privilegiados y aún conserva su historia así como sus viejas tradiciones gastronómicas.

Tranquilamente, con la mar calma, nos acercamos a otro de esos parajes que sobrecogen, que empequeñecen al hombre en la misma medida que engrandecen la naturaleza. Son las calas de Formentor, cortadas a pico. Sa Calobra va a ser uno de esos rincones por los que se suspira. Cincuenta metros de longitud por veinte de anchura es toda su arena vigilada por altos farallones.

Doblado el cabo del mismo nombre, entre pinos, el hotel Formentor, uno de los lugares más exclusivos de la isla, y a continuación, las playas inmensas que apenas se van a ver interrumpidas hasta Palma. Y de improviso casi, perdida en esa playa eterna, Pollensa, que con Alcudia, y su gran bahía, nos recuerdan la presencia de los viejos negociantes fenicios que se asentaron aquí.


Hacia Menorca, equilibrio natural en pleno siglo XXI


Buscando el amanecer, enfilamos el barco hacia Menorca, Reserva de la Biosfera desde 1993. Nuestro primer destino es Ciudadela, la capital vieja que perdió su protagonismo cuando los ingleses se quedaron con la isla tras el tratado de Utrech de 1713 a favor de Mahón, el puerto natural más grande del Mediterráneo y donde refugiaron su amor Nelson y Lady Hamilton.

Vamos a costear por el sur. Con las luces de Ciudadela aún encendidas y sus historias de amores, traiciones y muertes resonando en nuestras cabezas. Emprendemos la ruta para ver esas calas que marcan a todo aquel que pasa por aquí.

La primera va a ser Cala Galdana. Rodeada de hoteles y una de las más masificadas de la isla. Luego nos encontraremos con Cala Mitjana, de difícil acceso, sólo desde el mar o a través de un recorrido lleno de vericuetos.

Y por fin, antes de llegar a Mahón, una parada en Binibeca, viejo puerto de pescadores y hoy refugio del mejor arte menorquín donde todavía se encuentran creaciones hippies que un día hicieron mundialmente famosa a esta isla realizadas por artistas supervivientes de los setenta.

El interior de la isla, dominada por el monte Toro, tiene los monumentos prehistóricos más antiguos del mundo, sin olvidar la Naveta des Tudons, considerado uno de los edificios más viejos del mundo, o sus inigualables talayots.

También su queso es famoso así como su ron. La noche en Mahón es un recorrido por plazas y calles empinadas y una vista constante del puerto.


Amantes famosos como George Sand y Chopin o Nelson y Lady Hamilton encontraron en estas islas su lugar de ensueño



Ibiza y Formentera, entre Patrimonio de la Humanidad y noches infinitas


Sin duda, Ibiza es la isla para la gente joven, llena de ritmo, con arte propio. El arte “ad lib” sigue siendo conocido en el mundo entero. Patria de hippies durante los setenta, aún conserva ese aire agresivo e inquieto.
La ciudad vieja se encarama sobre un promontorio dominando el puerto y casi la isla entera, ajena al día a día, al ajetreo, a las noches que no terminan, a las discotecas que no se cansan, para seguir fiel a su historia, inamovible, en el mismo lugar que la ubicaran los fenicios y la fortificaran los árabes.

Ibiza es hoy conocida en todo el mundo por la impresionante belleza de la ‘nave de piedra’, Dalt Vila, la fortificación amurallada mejor conservada del Mediterráneo y reconocida por la Unesco con la declaración de Patrimonio de la Humanidad.

Hoteles de lujo mirando al mar, se reparten el paisaje con los cámpings o las casas solariegas. Y esas calas a las que hay que llegar caminando, como un reto. O en un alarde de sueño, mirar desde la costa la isla Conejera, donde no cabe ni una manta en la que sentarse a merendar y donde todavía se ha puesto coto a la civilización.

Lo mismo que sucede en la otra isla, menor también, aunque algo más grande, Formentera. Allí dos playas, la de Mitjorn y la de Tramuntana, en honor de esa diosa de los vientos que cuando sopla enloquece a sus habitantes y no deja en paz la mar. Y un par de casas para acoger a los despistados que se duermen en la arena y pierden el barco con el que volver a Ibiza.

Y por doquier, en una y otra isla, calas y calas donde refugiarse, donde encontrar la soledad, donde sentirse seguro en un mar lleno de nostalgia, pero que no puede renunciar a su pasado de cuna de una cultura eterna.


Un artículo de Bergen Löffler para sabersabor.es ©

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Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

A unos 25 km al sur de Mallorca se alza sobre la superficie de las olas unas peñas e islotes conocidos con el nombre de archipiélago de Cabrera. La mayor de estas islas, llamada asimismo Cabrera por las cabras montesas que antaño existían allí, exhibe un paisaje idílico de aguas transparentes, playas y calas de excepcional belleza bajo el sol luminoso del Mediterráneo. De hecho, todo el conjunto de islas mayores y menores posee actualmente la figura de Parque Nacional Marítimo y Terrestre. Pero más allá de su indudable atractivo, el archipiélago y sobre todo su isla principal merecen una lectura más atenta por cierto suceso acaecido a principios del siglo XIX, durante la cruenta guerra que mantuvieron las tropas napoleónicas contra el pueblo español. Un antiguo monolito erigido en el lugar recuerda aquel episodio negro y poco conocido de nuestra historia, pero que aún hoy sigue teniendo ecos funestos por los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar: el desembarco en la isla de miles de soldados franceses y su abandono durante años a sus propios medios, en unas condiciones que la mayoría de historiadores no han dudado en definir como infernales.

Aguas del puerto de Cabrera. Autor, Cayetano

                                                         Aguas del puerto de Cabrera. Autor: Cayetano

La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

                                              La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

Tras la derrota de las tropas napoleónicas en Bailén a manos del General Castaños, el 19 de julio de 1808, miles de soldados franceses fueron hechos prisioneros y enviados en largas comitivas hasta la ciudad de Cádiz. En un principio las órdenes indicaban su traslado a los puertos de Rota y Sanlúcar de Barrameda para embarcar de vuelta a su país, pero la idea inicial quedó sin efecto ante la decisión de última hora de la Junta Suprema de Sevilla, quien decidió “No respetar tratados y acuerdos firmados con el enemigo francés”. Si se sumaban a este contingente los prisioneros de Trafalgar, todavía en Cádiz tras la batalla que libró la coalición británica contra franceses y españoles, el número de cautivos en esa ciudad superaba ampliamente las 20.000 personas, por lo que existía el temor razonable de que a su regreso se integrasen nuevamente en el ejército de Napoleón. Esto era algo que debía evitarse a cualquier precio, de modo que tanto las tropas españolas como sus socios británicos se negaron en redondo a liberar a los prisioneros, y la Junta Central terminó firmando su deportación a diferentes destinos dentro del territorio español.

Una parte importante partió de inmediato a las islas Canarias mientras que el resto (se estima que alrededor de 4.500 soldados) tomaba rumbo al grupo de las Baleares: Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. Las condiciones del viaje en los pontones fueron pésimas. Hacinados, mal alimentados y peor tratados, muchos de ellos enfermaron de tifus, escorbuto, disentería y otros males que hacían muy elevado el riesgo de contagio. La noticia se extendió como la pólvora a su llegada a aguas mallorquinas, el 20 de abril de 1809, y la Junta de Mallorca prohibió el desembarco ante el temor de que la epidemia pudiese extenderse entre la población local (lo mismo ocurrió en Menorca). De esta forma, tras permitir tomar tierra a los oficiales de mayor rango, los soldados rasos continuaron su fatídico viaje hasta la isla de Cabrera adonde llegaron finalmente dos semanas después para ser abandonados a su suerte.

Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor, Ingo Meironke

                                                 Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor: Ingo Meironke

Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor, Cayetano

                                       Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor: Cayetano

Con una superficie de 1.836 Has. y un perímetro costero de apenas 14 km, la isla terminó siendo el hogar obligado de los soldados franceses supervivientes, un hogar que con el paso de las semanas y los meses no tardo en transformarse en su peor pesadilla. En un terreno que apenas ofrecía lo necesario para la vida de unas cuantas familias se hacinaron miles de hombres hambrientos, enfermos y semidesnudos, viviendo en cuevas y oquedades entre las rocas, o en cobertizos fabricados con piedras apiladas y ramas de arbustos, al igual que robinsones olvidados del mundo y sin esperanza alguna de salvación. A medida que transcurría la guerra, Cabrera se convirtió en el presidio ideal para las autoridades españolas. Cada cierto tiempo llegaban nuevos contingentes de desgraciados que tras su desembarco venían a ocupar una zona ya atestada de compatriotas, por lo que las escenas de luchas y salvajismo por acceder a los contados recursos de la isla debieron ser constantes. Se calcula que a lo largo de la guerra fueron trasladadas desde la Península y confinadas allí más de 12.000 personas.

El estado higiénico era espantoso, lo que propició la aparición de enfermedades y epidemias que elevaron la mortandad hasta límites insospechados. Puesto que la isla no disponía de corrientes de agua o pozos permanentes, el suplicio de la sed era una amenaza constante entre los cautivos, y en cuanto a la comida, el hambre se aliviaba escasamente por la caza de conejos, lagartos o insectos en un terreno empobrecido que no daba para mucho más. La recolección ocasional de huevos de aves y sobre todo la pesca fueron el principal sustento para unas gentes que, en su desesperación, no dudaron en devorar la carne de compañeros fallecidos y de cometer actos de canibalismo y coprofagia. Al principio los más enfermos eran trasladados a Mallorca para ser tratados allí, pero estas atenciones terminaron pronto. Se sabe que los enfermos que regresaban a Cabrera tras su cura no dudaban en automutilarse para salir nuevamente de la isla, lo que prueba hasta qué punto se trataba de un lugar maldito y ajeno a la humanidad y al trato más elementales.

Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

                                                     Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor, Cayetano

                                                   Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor: Cayetano

Fue el gran periodista mallorquín Don Miguel de los Santos Oliver el que, en 1896, aportó los primeros datos sobre el calvario de los “náufragos de Cabrera”. Estas informaciones se ampliaron después con diversas excavaciones arqueológicas in situ, única forma real de conocer las condiciones de vida casi prehistóricas a que estuvieron sometidos los soldados. Así, a través de los restos de huesos, madera y otros materiales pudo constatarse que los franceses trabajaron la piedra para fabricar armas de caza, y que tallaron madera y fabricaron recipientes de mimbre y otros enseres necesarios para la vida cotidiana. De los testimonios recogidos por los supervivientes se sabe también que las pocas mujeres que llegaron con ellos no tuvieron más remedio que prostituirse para conseguir comida, y que la lucha contra el hambre hizo que hasta las habas constituyesen entre ellos una moneda de cambio. Tras más de 5 años de calvario, las enfermedades, la desnutrición y la misma desesperación que conducía muchas veces a la locura o al suicidio, terminaron diezmando las filas de presidiarios en una sangría constante solo en fechas recientes desvelada en sus verdaderas dimensiones.

Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor, Cayetano

                              Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor: Cayetano

Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor, Jose Luis Cernadas

                                Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor: Jose Luis Cernadas

Cuando en mayo de 1814 fueron liberados y embarcados hacia Francia el número de supervivientes ascendió apenas a 3.500 almas, es decir, casi la cuarta parte del total de presidiarios que albergó la isla. Antes de subir a bordo los cautivos prendieron fuego a los cobertizos y utensilios que durante ese tiempo les habían servido de sustento, en un intento de borrar del mapa (y también de su mente) la barbarie colectiva que supuso el presidio de Cabrera. Un antiguo monolito erigido en la isla recuerda a los miles de prisioneros franceses muertos allí, y fue precisamente en ese lugar donde tuvo lugar el acto de homenaje que en mayo de 2009 rindieron los ejércitos de España y Francia a la memoria de los caídos. El delegado del Gobierno en las islas ensalzó el recuerdo de estos soldados que “lucharon por su patria”, calificando el homenaje como “un acto de justicia histórica para pasar página a una de las etapas más oscuras de la historia reciente de las Baleares”. Y por supuesto, añadimos, también de nuestro país.

Vista desde el castillo de cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor, Ingo, Meironke

                         Vista desde el castillo de Cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor: Ingo, Meironke