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¿Eres de Brandy o de Cognac?

El brandy y el coñac son dos bebidas elaboradas a base de vino y excepcionales para nuestro paladar


La gran mayoría de consumidores no saben distinguir un licor del otro. Para ayudarte en esta tarea, hoy te enseñamos sus principales diferencias.
El brandy y el coñac son dos bebidas destiladas y aunque existe la falsa creencia de que son la misma bebida, o que el brandy es una versión más económica del coñac, lo cierto es que existen ciertas diferencias, tanto en su proceso de producción y lugar de elaboración como en su sabor y su aroma. Las dos bebidas se elaboran con vino y la mayor parte de los consumidores no saben diferenciar uno de otro, pero los auténticos amantes de uno y otro sí. Ciertamente ninguno es mejor que otro, ya que ambas son buenas bebidas de larga historia y tradición. En cualquier caso, lo que si tenemos claro es que la forma correcta de beberlas es a temperatura ambiente, dejando que el destilado se caliente ligeramente en la copa antes de consumirlo para que los aromas sean mucho más pronunciados y podamos apreciarlos claramente.

ORIGEN

El brandy (se piensa que deriva del término “brandenwijn”, que significa vino quemado) tiene un origen más antiguo que el coñac. Se elaboró por primera vez en Italia en el siglo X, popularizándose en Europa en el siglo XIV, especialmente en Francia, Inglaterra, Holanda y España. En cambio, el coñac aparece en el siglo XVIII cuando los viticultores franceses decidieron transformar su vino en aguardiente envejeciéndolo en toneles durante varios años.


Un buen brandy, servido solo, en copa de balón de cristal fino, proporciona agradables sobremesas, que propician la conversación relajada


PROCESO DE ELABORACION

El brandy es una bebida elaborada a base de vino de diferentes tipos de uva, mientras que el coñac es un tipo de brandy que se elabora también a base de vino, pero en este caso de cepas blancas de la región francesa de Cognac.
Aunque la forma de obtención de ambos destilados es muy similar hasta la fase de crianza, en el brandy se realiza mediante criaderas y soleras (barriles de roble americano apilados en diferentes niveles por edad) que posteriormente se mezclan por distintos niveles de envejecimiento; y en el coñac la destilación se lleva a cabo dos veces en alambiques de cobre de tipo Charente y se envejece en barriles de roble francés y antes de ser embotellado se mezclan distintas añadas, poniendo en la etiqueta la edad del aguardiente de menor edad utilizado. Por supuesto las barricas no pueden haber contenido ninguna bebida que no sea coñac. Además, la caliza del suelo contribuye a la calidad del coñac.

Además cada tipo de brandy y de coñac se diferencian por su tiempo de envejecimiento. En realidad es imposible decidir cuál de estas dos bebidas es mejor, ya que existen brandys mejores y más finos que muchos coñacs y viceversa. Existen aquellos que prefieren los brandys españoles porque puede percibirse un poco más ácido por la uva que se utiliza en su elaboración. Aunque obviamente un coñac de alta calidad y más años de envejecimiento siempre será mejor que un brandy de menos años. Pero si descartamos estas obviedades, la preferencia depende del paladar y del gusto de cada uno.


Peinado, Casajuana y Destilerías Altosa de Tomelloso producen algunos de los mejores destilados, aguardientes y brandies del mercado


DENOMINACION DE ORIGEN

Esta es una de las mayores diferencias entre ambos. Solamente los destilados elaborados en Cognac (Francia) pueden ser llamados Coñac. Nombre protegido con denominación de origen controlada desde el año 1909 del mismo modo que ocurre con el Champagne y el Cava. Cognac es una región de Francia situada a 465 kilómetros de la capital parisina y a 120 kilómetros al norte de Burdeos. La zona posee alrededor de 15.000 viñedos especializados en el cultivo de uvas blancas que maduran lentamente y que producen un vino ácido bajo en alcohol. Este tipo de uva también ofrece los ingredientes en crudo para hacer un tipo más fino de brandy.
El BNIC (Bureau National Interprofessionel du Cognac) establece las reglas para la denominación, de manera que incluso si el destilado es elaborado en otra zona con los mismos ingredientes y procesos no puede ser considerado coñac. Estas reglas rigen las líneas de actuación desde su producción hasta su comercialización, que preserva la identidad de esta bebida. Sin embargo, a día de hoy existe una gran confusión y polémica, ya que hay muchos coñacs elaborados fuera de Francia que se fabrican con los mismos procedimientos pero que no pueden ser llamados con este nombre.
En España por ejemplo tenemos la Denominación de Origen Brandy de Jerez que certifica la calidad y excelencia del brandy que se elabora en las localidades que se encuentran bajo esta denominación que son el Puerto de Santa María, Jerez de la Frontera y Sanlúcar de Barrameda. No obstante, al igual que ocurre con el coñac, este aguardiente se elabora también en muchos lugares. Por ejemplo el famoso pisco peruano es un tipo de brandy elaborado con vino fermentado con uvas específicas de la región, pero no puede tener denominación de origen como Brandy de Jerez.


Curiosamente, empresas jerezanas como Osborne, Pedro Domecq y González Byass producen gran parte de su brandy en Tomelloso, Ciudad – Real


SABOR

El sabor es otra de las grandes diferencias entre el coñac y el brandy. No hace falta ser un experto para darse cuenta de ello y de que existen pequeñas diferencias también en sus aromas y colores. El envejecimiento permite que se desarrollen de manera natural una serie de reacciones que confieren cualidades distintas en el color, el aroma y el sabor de cada uno de ellos que los aguardientes por sí solos no tienen. De esta forma, un envejecimiento prolongado suaviza el paso de los aguardientes por el paladar. Lo que es evidente es que tanto el brandy como el coñac son dos bebidas magníficas llenas de historia y tradición que podemos disfrutar tanto después del café o con él o reservarlo para una ocasión especial. La tradición de ambas como bebida de categoría, su agradable sabor, su perdurabilidad de aromas y su versatilidad para ser combinados es lo que las hace únicas.


Un artículo de sabersabor.es ©


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Curiosidades sobre la cerveza

curiosidades sobre la cerveza turismo industrial

La cerveza constituyó la bebida medieval de las clases humildes y formó parte de la paga de los soldados. Los nobles la desdeñaban, pero era alabada por las órdenes monásticas más austeras


En muchas películas de Hollywood sobre Robin Hood hay escenas en las que los frailes invitan a dar gracias a Dios por el más importante fruto del cereal, la cerveza. En medio de la maraña de errores históricos que acompañan a estas producciones, esta alusión proporciona un detalle auténtico de la vida cotidiana en la Inglaterra medieval.
Durante siglos, el agua de los ríos, manantiales o pozos fue considerada –y en parte realmente lo era- como una bebida peligrosa, potencialmente portadora de enfermedades, que tan sólo se podía utilizar hervida y nunca para beber. Por otra parte, la leche se empleaba para la fabricación de queso o de mantequilla. Por tanto, para apagar la sed, alimentarse, relajarse o embriagarse, solamente quedaban el vino, varios tipos de cerveza y algún que otro producto de la fermentación, como la sidra.
El vino tenía una gran difusión, debido al valor simbólico que le daba la sociedad cristiana, pero en las zonas donde difícilmente se podía cultivar la vid, como sucedía en las islas Británicas y en el centro y norte de Europa, la importación lo convertía en un producto reservado a las clases privilegiadas. A las masas populares, que vivían en el campo y en las ciudades, tan sólo les quedaba la cerveza.

Campesinos de fiesta en una taberna holandesa. Adriaen van Ostade. 1673

El lúpulo y la seducción femenina

Puesto que la fabricación de la cerveza era un trabajo esencialmente doméstico, en Inglaterra hasta finales del siglo XIV la producción y el comercio de esta bebida estaba, casi en su totalidad, en manos de mujeres. Junto a las amas de casa, que preparaban la cerveza para la familia y vendían el excedente, existían algunas mujeres que iban un poco más allá en la comercialización, sin que esto incomodase al marido.
Cada año, algunos magistrados recorrían pueblos y ciudades para recaudar el assizes of ale (impuesto de la cerveza): cataban la producción, concedían licencias de venta o las revocaban, controlaban que las medidas usadas y la calidad correspondiese a lo que exigían los Estatutos, o a las costumbres transmitidas oralmente por la administración regia, local o señorial; finalmente fijaban el precio al que se podía vender la cerveza en ese lugar. En sus registros quedan reflejados, entre otras muchas cosas, los nombres de mujeres “cerveceras”. Una producción y un comercio hecho por las mujeres en el que, sin embargo, las pautas de calidad y los precios eran fijados por los hombres, no siempre funcionaba sin tropiezos. Los registros están repletos de cerveceras que intentaron evitar el pago de estos impuestos. Por otro lado, tampoco para los catadores debía ser fácil distinguir las mujeres que realizaban la producción para sí mismas de aquellas que lo hacían con fines comerciales. A todo esto hay que añadir que la imagen que los hombres daban de estas cerveceras no era demasiado atractiva: las describen como violentas y poco femeninas, o también como peligrosas seductoras, capaces de engañarte mientras venden su cerveza. En cualquier caso, con la progresiva introducción de la beer con lúpulo, cuya importación y posterior producción fue acaparada por los hombres, la presencia de las mujeres en el comercio de la cerveza se redujo drásticamente, hasta convertirse en época moderna en una simple labor de intercambio de productos caseros. Mientras tanto comenzaban a surgir las public houses, donde es podía ir por la noche a beber cerveza sin tener que hacer frente a las terribles y peligrosas cerveceras.

El alegre bebedor. Judith Leyster. 1629

Cerveza para mojar pan

En la Edad Media, el consumo de cerveza era muy alto y se repartía a lo largo de toda la jornada. Se desayunaba con cerveza, mojando en ella pan seco, acompañado de queso, sopa de avena, verduras y en las otras comidas del día, cuando las había, a veces carne. Con ella se apagaba la sed durante el trabajo cuando hacía calor y servía de bebida reconfortante cuando, por el contrario, el tiempo se volvía frío y húmedo. Finalmente, con la llegada de la noche, se ahogaban en cerveza las fatigas de la jornada. Eduardo I de Inglaterra (1239-1307) estableció que sus soldados tenían derecho a recibir un galón de cerveza al día (unos 4,5 litros), que era lo que un hombre adulto inglés bebía cotidianamente.
Este es un detalle que puede encontrarse en la contabilidad de las casas señoriales, en las prescripciones monásticas y en los donativos a los pobres. En Polonia, los castellanos bebían entre tres y seis litros de cerveza al día, mientras que los campesinos debían contentarse con tan sólo un par de ellos. Efectivamente, en el campo el consumo era más reducido, no llegando casi nunca al exceso. Se sabe que una mujer que tuviera que cuidar de una familia de cinco personas fabricaba semanalmente unos ocho galones de cerveza (lo que significaría el consumo de un litro per cápita al día). Es difícil establecer la cantidad de alcohol que contenían estas bebidas, pues esto dependía de la proporción entre agua y malta, así como de la fermentación. Probablemente se podían obtener cervezas más o menos fuertes, dependiendo de la estación y, por otra parte, la cerveza se podía rebajar con agua, al igual que se hace con el vino.

Solo cerveza de barril. Autor, Dan Graham

Inferior al noble fruto de la vid

En el campo como en la ciudad la cerveza siempre fue una bebida de pobres, tanto por sus características alimenticias y de sabor, como por tener un precio relativamente bajo (siempre ligado al de los cereales), pero también y sobre todo, por su imagen: en la sociedad cristiana solamente podía ser una bebida inferior al noble fruto de la vid. Una vez superado el largo periodo en el que beber cerveza era indicativo de origen germano, los nobles y los burgueses que podían permitírselo se inclinaban por el consumo de vino, incluso en aquellas regiones en las que no había ni rastro de viñedos. A menos que pretendieran haber gala de un estatus diferente, como sucedió con ciertos grupos de nobles de origen anglosajón, que en la Inglaterra de los siglos XI-XII trataban de diferenciarse de los normandos.
Por lo que se refiere a la convivencia entre el vino y la cerveza en las hosterías, el primero era solicitado por sacerdotes, caballeros, jóvenes damas, señores y ricos comerciantes, mientras que la segunda era del agrado de artesanos, peregrinos y muchachos. Incluso en la literatura se respeta plenamente esta distinción, como se pone de manifiesto en los Cuentos de Canterbury. Aunque los señores y las clases acomodadas podían beber cerveza por la mañana o para apagar la sed durante una partida de caza, habría sido inadecuado servirla en un banquete nocturno.
También los recipientes destinados a conservar o beber la cerveza transmiten la idea de pobreza o simplicidad: no solamente los barriles eran de madera, sino también los enormes jarros y las barricas de un galón, así como las jarras más pequeñas, las garrafas o los vasos de una pinta (cerca de medio litro). Las familias más opulentas hicieron a este respecto alguna pequeña concesión al lujo, decorando con plata los grandes jarros de madera, a los que se añade una tapa. Son objetos personales que como tal aparecen en los testamentos y en los listados de bienes.
El aura de humildad ligada a la cerveza hacía de ella una bebida muy bien vista en las abadías. Aunque San Benito en la Regla había aceptado el consumo de vino, numerosos movimientos de reforma monástica, para distinguirse de la riqueza de las mesas episcopales o de las que proliferaban en las abadías decadentes, predicaban frecuentemente el regreso a la pobreza y a la frugalidad y, en este contexto, la cerveza era mejor tolerada que el vino. Fue así como en el norte de Francia, en Bélgica, en Holanda y en Inglaterra muchas abadías desarrollaron su propia producción de cerveza, que más tarde se convirtió en característica y tradicional. No es una casualidad que gracias a los Trapenses del siglo XVIII la denominada cerveza de abadía, con cuerpo, de color ámbar, muy alcohólica pero apenas amarga y con un inconfundible regusto a levadura, haya llegado hasta nosotros con la fama de ser la mejor del mercado.

Cerveza artesana de autor


Acompáñanos en esta actividad: Entre cerveza artesana y Quijotes 

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La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de “La abuela de Europa” (2ª Parte)

La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de "La abuela de Europa" (2ª Parte)

1. Palacio de Buckingham. La ceremonia de coronación se realizó el 28 de junio de 1838 y Victoria se convirtió en la primera soberana en residir en el palacio de Buckingham. Su vida cambió radicalmente tras casarse con su primo Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha el 10 de febrero de 1840, aunque a pesar de su enamoramiento las ocupaciones en Buckingham le resultaban a menudo de lo más tediosas. Sus esfuerzos por encontrar temas de conversación con sus subordinados, por ejemplo, eran patéticos, como lo demuestra esta conversación con Lord Greville en el transcurso de una velada en palacio:

– ¿Ha montado hoy a caballo, señor Greville?
– No, Señora, no he montado a caballo.
– ¡Qué día más hermoso!
– Sí, Señora, un hermoso día.
– Aunque hacía un poco de frío.
– En efecto, Señora, hacía un poco de frío.
– ¿Su hermana, lady Frances Egerton, monta a caballo, no es cierto?
– Sí, Señora, monta de vez en cuando.
Hubo un silencio.
– ¿Vuestra Majestad ha hecho hoy un paseo a caballo?
– ¡Oh, sí! Un largo paseo – respondió la reina con animación.
– ¿Y tiene Su Majestad un buen caballo?
– ¡Oh, sí, excelente?

Alberto, sin embargo, pone todo su empeño en organizar Buckingham dado el descontrol absoluto en el que se ve inmerso. Las velas de los salones se cambian cada día aunque no hayan sido utilizadas, y los criados aprovechan la menor ocasión para revenderlas; los hurtos de comida se suceden de forma cotidiana y el plantel del servicio es exagerado: cuarenta doncellas solo en ese palacio, lo que no impide que los invitados se pierdan siempre por los pasillos en busca de sus habitaciones. Mención aparte es el increíble solapamiento de funciones: el intendente mayor es el encargado de abastecer de leña y de preparar el fuego, pero la función de encender las chimeneas corresponde al gran chambelán, de modo que durante el invierno reina un frío gélido en los salones que puede alcanzar incluso los 12ºC. Las ventanas están siempre sucias, y esto se debe a que la limpieza interior corresponde al referido gran chambelán, mientras que el exterior de los ventanales es competencia de Bosques y Jardines. Cuando se rompe un cristal en la cocina el procedimiento es el que sigue: se establece una petición formal, la firma del jefe de cocina refrendada por el interventor de cocinas, rúbrica del jefe de la casa real, autorización por parte del gabinete del gran chambelán y, por fin, ejecución de los trabajos a cargo del servicio de Bosques y Jardines…

2. El palacio de Buckingham en 1914. Autor, Leonard Bentley

El palacio de Buckingham en 1914. Autor: Leonard Bentley

3. Verja de entrada de palacio. Autor, Heidigoseek

Verja de entrada de palacio. Autor: Heidigoseek

4. El palacio de Buckingham a principios de siglo. Autor, Leonard Bentley

El palacio de Buckingham a principios de siglo. Autor: Leonard Bentley

2. Claremont House. En 1841 Victoria está embarazada de su segundo hijo y en septiembre la pareja real se retira a descansar unos días en Claremont, mansión del siglo XVIII ubicada en Surrey. Bajo las seculares encinas de Claremont, Victoria recuerda una de sus experiencias más emocionantes de ese año: su primer viaje en ferrocarril. Se trata de la gran aventura de la época, pues los accidentes son todavía demasiado frecuentes y hace falta ser un intrépido aventurero para decidirse a subir en un medio de transporte tan arriesgado. La próspera Great Western Railway Company ha construido un tren especial para Victoria, con vagones decorados interiormente con un lujo extraordinario y en los que no falta ni un solo detalle. Desgraciadamente, el responsable de los desplazamientos por tierra de Su Majestad es el caballerizo mayor, pero ni él ni ninguno de sus chóferes es capaz de conducir una máquina de vapor. El trayecto inaugural es de solo quince kilómetros, con el convoy avanzando a una velocidad de treinta y cinco kilómetros por hora, y según una firme leyenda Alberto habría considerado excesiva esta rapidez para el embarazo de la reina. Mientras descendía del tren al término del viaje le recriminaba con dientes apretados al maquinista: “La próxima vez más despacio, señor conductor”. Victoria, como era previsible, estaba encantada con la experiencia.

5. Jardines cerca de Claremont House. Autor, Tjandspallan

Jardines cerca de Claremont House. Autor: Tjandspallan

6. Claremont House en 1860

Claremont House en 1860

7. Claremont House y sus jardines, a finales del siglo XIX. Ilustración de Edward Wedlake Brayley. Autor, Ayacata7

Claremont House y sus jardines, a finales del siglo XIX. Ilustración de Edward Wedlake Brayley. Autor: Ayacata7

3. Edimburgo y Escocia. A finales de agosto de 1842 Victoria y Alberto parten hacia Escocia, ya que la reina desea descubrir este reino incorporado a la corona desde hacía ciento cincuenta años. Tras un viaje infame en un barco de vela llegan a Edimburgo, desde donde parten hacia el castillo de Dalkeith, donde Victoria y Alberto son los invitados del duque de Buccleuh. Por temor a los atentados se les hace cruzar Edimburgo a toda velocidad, pero después todas las incomodidades se olvidan frente a las colinas cubiertas de brumas, las apacibles aguas de los lagos y las gaitas de las Highlands. El riquísimo lord Breadalbane les ha reservado el alojamiento más romántico posible frente a su castillo de Taymouth, construido con granito gris. La vista es indescriptible. Los highlanders están alineados para recibirla con su tradicional tartán. Las salvas al aire, las aclamaciones de la multitud, las tan pintorescas vestimentas y la arrebatadora belleza de los paisajes que les rodean, con las boscosas montañas como telón de fondo, conforman un decorado sin parangón. Aquello parecía la recepción que un gran señor feudal dispensara a su soberana. Todo era majestuoso. Tras la cena se iluminaron los jardines con gran esplendor y en el suelo podía leerse, escrito con farolillos: “Bienvenidos Victoria y Alberto”. Por la mañana la reina remonta con una ligera embarcación a remos veinticinco kilómetros río arriba, al ritmo de los cantos celtas de los marineros. En el punto de llegada le espera una copiosa comida campestre, tras la cual retoma camino en coche de caballos y atraviesa los campos, ya entre pardos y rosáceos por la luz del ocaso.

Las muchachas sin cofia y con los cabellos sueltos la fascinan. El aire de Escocia la hace sentirse más libre, allí donde nadie la reconoce. Una mujer le ofrece leche y un mendrugo de pan, y otra le regala un ramo de flores. Nunca estuvo Victoria en tan estrecho contacto con la gente del pueblo, y puede decirse que está encantada por la sencillez de sus modales. En su cuaderno dibuja las chozas, “tan bajitas y envueltas en humaredas por el fuego de las turbas”, así como a una campesina “que limpia patatas en un riachuelo con su vestido recogido por encima de las rodillas”. Por supuesto, durante los desayunos descubre el porridge de copos de avena y el abadejo ahumado.

8. Vista de Edimburgo. Jordillar-fotos

Vista de Edimburgo. Jordillar-fotos

9. Rannoch Moor, típica landa de escocia. Autor, Pimhorvers

Rannoch Moor, típica landa de escocia. Autor: Pimhorvers

10. Castillo de Glamis, en Escocia. Autor, Neil Howard

Castillo de Glamis, en Escocia. Autor: Neil Howard

4. Chatsworth House. En diciembre de 1843 Victoria, Alberto y el ex primer ministro Melbourne viajan al feudo whig del duque de Devonshire, en Derbyshire. El duque se ha desplazado para recibirles en la estación y, de camino al castillo blanco, atraviesan la campiña en una carroza de seis caballos, seguida por otra de cuatro y escoltados por ocho caballeros. El espléndido castillo, con su monumental escalinata, dispone asimismo de un exuberante parque que hace las delicias del duque, un enamorado de las plantas tropicales que no duda en enviar expediciones para que le consigan exóticos especímenes. El jefe de sus jardineros, Joseph Paxton, ha levantado un inmenso invernadero, todo de cristal, de ochenta y cuatro metros de largo por cuarenta y siete de ancho. Un coche de caballos puede recorrer el carril central y una galería interior permite admirar las especies desde lo alto. El invernadero ha dejado sin palabras tanto a Alberto como al resto de invitados. Para la noche el duque ha preparado a Victoria una mágica velada de hadas con jardines y cascadas iluminados por velas que proyectan una luz de varios colores. Sorprendido por ese prodigio luminoso del que ha sido espectador, otro de los invitados, Wellington, se levanta al alba con la intención de investigar el material utilizado, pero Paxton y los jardineros han trabajado a destajo para retirar las lámparas y reemplazar, también, la hierba quemada. “Me hubiera gustado tenerle como general”, afirmó el héroe de Waterloo.

11. Chatsworth House, en Derbyshire. Autor, Vanessa (EY)

Chatsworth House, en Derbyshire. Autor: Vanessa (EY)

12. Parque desde el puente de la mansión. Autor, Andy Moore

Parque desde el puente de la mansión. Autor: Andy Moore

13. Uno de los comedores de Chatsworth House. Autor, Kmoliver

Uno de los comedores de Chatsworth House. Autor: Kmoliver

5. Isla de Wight y Osborne House. Gracias a los ahorros que han ido reuniendo para el tesoro real, están a la cabeza de una auténtica fortuna. La isla de Wight les seduce, con sus prados soleados y la belleza de la vista sobre el Solent, ese brazo de mar que separa la isla de Inglaterra. Victoria y Alberto se hacen en 1845 con la preciosa propiedad de lady Blachford justo al lado de Norris Castle, Osborne, y desde ese mismo instante compran también todas las hectáreas que rodean la mansión. Ésta es demasiado pequeña para albergar a una familia que está en pleno crecimiento, por lo que el príncipe se decide a construir un castillo cuyos planos diseña él mismo. Pasan la primera noche en el nuevo castillo el 15 de septiembre de 1846, y durante los siguientes días no tarda en instaurarse allí una rutina de lo más encantadora. El príncipe observa desde la terraza las maniobras de la flota real, mientras Victoria descansa tumbada sobre una hamaca y, a ratos, él imita con sus silbidos el canto de los ruiseñores. La reina diría años más tarde: “No puedo escuchar los gorjeos de un ruiseñor sin pensar automáticamente en mi querido amor”. Los niños corren por los bosques con total libertad, igual que hicieran antaño Alberto y su hermano en Rosenau con su preceptor; recogen moras y fresas silvestres y preparan ramos de jacintos y de juncos, que luego servirán para adornar las suntuosas salas del castillo. El príncipe les enseña a nadar y a volar una cometa, mientras el doctor Clark ha llegado para contrastar la pureza del aire y se ha mostrado satisfecho por el resultado; no cabe duda de que el clima soleado de Osborne será beneficioso para toda la familia.

14. Puesta de sol sobre el mar, en la isla de Wight. David Coombes

Puesta de sol sobre el mar, en la isla de Wight. David Coombes

15. Osborne House. Autor, Puritani35

Osborne House. Autor: Puritani35

16. Gaviotas sobre la isla de Wight. Autor, Me`nthedogs

Gaviotas sobre la isla de Wight. Autor: Me`nthedogs

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La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de “La abuela de Europa” (1ª Parte)

La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de "La abuela de Europa" (1ª Parte)

La reina Victoria de Inglaterra subió al trono apenas cumplidos los 18 años, el 20 de junio de 1837, casándose con su primo el príncipe Alberto de Sajonia 3 años después. La que merecidamente llevó el título de abuela de Europa reinó en Gran Bretaña e Irlanda durante casi 64 años, y fue asimismo Emperatriz de la India desde 1877 hasta su fallecimiento, en los albores del siglo XX. Para muchos constituye el estereotipo vivo de la férrea y mojigata cultura de aquella época (llamada en su honor sociedad victoriana), y que aplicada sin paliativos llegó a asfixiar tanto a las clases británicas como a los diferentes pueblos del Imperio (no en vano la imagen de la reina con un luto riguroso y perpetuo, impuesto a si misma en 1861 tras la muerte de su marido, estará para siempre grabada en el imaginario colectivo de su país).

1. Tower Bridge y río Támesis, en Londres. Aurtor, Slazgrc

                                                  Tower Bridge y río Támesis, en Londres. Autor: Slazgrc

A pesar de esta realidad no fue la soberana quien articuló esta contrarreforma cultural. Puede que la secundara o que la compartiera, pero no es menos cierto que su llegada al trono coincidió con un fulgurante despertar de los metodistas, una confesión que predicaba la respetabilidad con unos tintes dignos de la mismísima Inquisición. Era la revancha idónea contra una aristocracia libertina y que caló hondo sobre todo en las clases medias y bajas más desfavorecidas. Con su reinado se multiplicaron esas aborrecibles escuelas privadas que muchas novelas, desde Jane Eyre hasta David Copperfield, escogieron como telón de fondo. En ellas se inculcaba a los pequeños el desprecio a la carne perecedera, a cargo de reverendos encendidos de un fuego sagrado que condenaban la ligereza, la risa o las diversiones más inocentes: para ellos estas expresiones humanas no eran sino trampas que el maligno nos coloca en el camino para llevarnos a la perdición.

El temor a Dios se convierte en un principio de conocimiento y los pintores tienen como tema favorito la muerte. Se exige que las esposas solícitas sean sumisas a la voluntad divina y a su marido, y lleven en todo momento negros ropajes que escondan su feminidad. El domingo permanecen cerrados los comercios y las tabernas; toda forma de trabajo está estrictamente prohibida, y como no puede ser de otra manera el descanso debe dedicarse a la lectura de la Biblia, el mejor de los libros, forjador de almas de acero a las que nada abate ni desalienta en el duro camino hacia la santidad.

Sin embargo, el largo reinado de la reina Victoria (de hecho el más dilatado de la historia del Reino Unido) nos ha dejado también un rosario de castillos, de palacios y numerosos enclaves de carácter único asociados a su vida, y en definitiva a la trayectoria de la realeza en este país. Lugares de gran belleza muchos de ellos, monumentos antiquísimos otros y que hoy, lejos ya de las estrecheces mentales de sus antepasados, constituyen un legado imperecedero a su figura y a lo que significó su reinado en los años del milagro industrial británico del XIX. Lo hemos llamado “La Ruta Victoriana”, y ésta es la colección de fotografías cronológicamente ordenadas a lo largo de su vida que hemos seleccionado para la ocasión. Disfrútenlas, sin temor a caer en pecado… Y si es en vivo y en buena compañía, mejor que mejor.

 

1. Palacio de Kensington. La reina Victoria nació el 24 de mayo de 1819 en este palacio londinense. Tras la extinción de la línea sucesoria con la muerte de la hija única del príncipe regente, se produjo una verdadera carrera para conseguir heredero real por parte de los 12 hijos de Jorge III. Casi todos ellos estaban solteros o no tenían descendencia. Finalmente, el cuarto hijo de Jorge III, Eduardo, se casó con Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld y de este casamiento nació en 1819 una hija llamada Alejandrina Victoria. La sucesión extraordinaria de muertes que se produjo después, iniciada por la de su padre, siguiendo con sus primos (todos de mayores derechos sucesorios que ella) y acabando con el fallecimiento de tres reyes en apenas 18 años, la colocaron por una genial carambola del destino a las puertas del trono británico.

2. Fachada del palacio de Kensington. Autor, Heatheronhertravels

                                            Fachada del palacio de Kensington. Autor: Heatheronhertravels

3. Los jardines de Kensington. Autor, YY

                                                                Los jardines de Kensington. Autor: YY

4. Pasillo en el interior del palacio de Kensington. Auto, Heatheronhertravels

                                           Pasillo en el interior del palacio. Autor: Heatheronhertravels

Tras el matrimonio de sus padres celebrado en Coburgo (entonces perteneciente al ducado alemán de Sajonia-Coburgo), el duque de Kent insiste en que su hijo ha de nacer en suelo inglés. Así, el 28 de marzo de 1819 y con su mujer embarazada de siete meses, parten sin demora hacia Inglaterra en una calesa que conduce el mismo duque para ahorrarse los gastos del cochero. Tras ella sigue la carroza de la duquesa, la barouche del duque, la silla de posta para que la duquesa se estire en caso de lluvia, la carroza con los objetos de plata y un último coche con el médico personal, por si se presentaba una urgencia. En Calais deben esperar más de dos semanas hasta que amaine un temporal que les impide cruzar el estrecho, pero finalmente la caravana llega al palacio londinense de Kensington, y tras seis horas y media de esfuerzos, la duquesa trae al mundo en la madrugada del 24 de mayo a una pequeña y rolliza niña de cabellos rubios: es Victoria, la futura reina.

5. Vista lateral del palacio. Autor, Konqui

                                                              Muros laterales del palacio. Autor: Konqui

6. Vista del techo en una de las estancias. Autor, Heatheronhistravels

                           Lujosos techos en una de las estancias de Kensington. Autor: Heatheronhistravels

7. Otra vista de los jardines. Autor, Uli Harder

                                                            Otra vista de los jardines. Autor: Uli Harder

2. Sidmouth y Devon. Los duques eligen un hotelito romántico en la costa de Devon para que la niña pueda criarse lejos de los fastos de Londres, y bautizan a la casa con el nombre de Woolbrok Cottage. Sin embargo ese año el invierno es especialmente crudo y el duque coge un resfriado mientras visitaba la catedral de Salisbury. Resfriado que rápidamente se transforma en neumonía. Su vecino el doctor Wilson le prescribe sanguijuelas, sangrías y ventosas como tratamiento de choque, de modo que el 20 de enero de 1820 el duque de Kent comienza a delirar. Cuando el médico le toma el pulso en el balneario de Sidmouth confirma sus peores sospechas y le comunica con gran pesar que no pasará de esa noche, así que es obligado que firme testamento. Muere finalmente al día siguiente dejando a Victoria más cerca del trono, y a su madre tan ahogada por las deudas que apenas le llegaba el dinero para su regreso a Londres.

8. Puesta de sol en blanco y begro. Sidmouth. Autor, Ward

                                                  Puesta de sol en blanco y negro. Sidmouth. Autor: Ward

9. La campiña de Devon. Autor, Grahamjenks

                                                          La campiña de Devon. Autor: Grahamjenks

10. Paisaje rural en Devon. Autor, Teddeady

                                                           Paisaje rural en Devon. Autor: Teddeady

3. Gales. Tras la muerte de Jorge IV y la subida al trono de su hermano con el nombre de Guillermo IV, la ya adolescente Victoria inicia un estricto programa de educación que incluye grandes viajes por la isla, como el que realiza en verano de 1832 y que dura tres largos meses. Atravesaron el País de Gales y la feliz Inglaterra, con sus verdes prados y cottages de porches floreados, así como el mar de fábricas y chimeneas de la entonces naciente industria local. Por las noches, los lores de la región organizan fastuosas recepciones en sus castillos galeses, pero la campiña inglesa no está ocupada solo por riquísimos latifundistas: el hambre, la fiebre, la miseria y el analfabetismo reinan en los campos donde el populacho se rebela contra los terratenientes, que les esclavizan y les echan de sus chozas para evitar el pago de los impuestos sobre los pobres que tienen a su servicio.

11. Playa mágica en la costa de Gales. Autor, @Doug88888

                                               Playa mágica en la costa de Gales. Autor: @Doug88888

12. Gales. Castillo de Caerphilly. Autor, DanieVDM

                                                      Gales. Castillo de Caerphilly. Autor: DanieVDM

13. Otra vista de las costas de Gales. Autor, Víctor Bayon

                                                    Otra vista de las costas de Gales. Autor: Víctor Bayon

4. Palacio de St. James, en Londres. Un mes después de cumplir los 18 años, Guillermo IV murió y Victoria se convirtió en reina del Reino Unido. En su diario escribía: “Mamá me levantó a las seis de la mañana y me dijo que el arzobispo de Canterbury y Conyngham estaban aquí y querían verme. Salí de la cama y fui a mi sala de espera (vestida solo con mi camisón), sola, y los vi. Conyngham me avisó de que mi pobre tío, el rey, ya no existía y que había dado su último suspiro doce minutos después de las dos de la mañana y que, por consiguiente, soy reina”. Su aparición en la ventana del palacio de St. James desata el clamor de la multitud allí congregada. El Primer Ministro Lord Melbourne no se aparta de su lado, suenan las trompetas, la joven reina palidece y sus ojos se llenan de lágrimas. Los heraldos pronuncian por última vez su nombre compuesto, Alejandrina-Victoria. Su Majestad ordena que a partir de ese momento éste se suprima de todos los documentos oficiales.

14. Palacio de St. James en blanco y negro. Autor, Leonard Bentley

                                          Palacio de St. James en blanco y negro. Autor: Leonard Bentley

15. Guardias del palacio de St. James. Autor, Urbanshoregirl

                                                Guardias a las puertas del palacio. Autor: Urbanshoregirl

16. Palacio de St. Jaime. Autor, ChrisO

                                                      Otra vista del Palacio de St. James. Autor: ChrisO

5. Abadía de Westminster. Desde su carroza de gala, la reina saluda tímidamente a la multitud agolpada en las calles de Londres para presenciar el desfile. “Como un niño con zapatos nuevos” hace su entrada en la abadía de Westminster, donde resplandecen los diamantes de los pares y sus esposas. Ella escribe después: “No alcanzo a explicar lo orgullosa que estoy de ser la reina de esta nación”. Sin embargo, la ceremonia fue un sinfín de desastres. De entrada se tuvo la desafortunada ocurrencia de vestir a las doncellas de honor con traje de cola, que se iban pisando una y otra vez mientras caminaban al tiempo que impedían avanzar a la reina.

17. Impresionante vista de la Abadía de Westminster. Autor, Peter Broster

                                       Impresionante vista de la Abadía de Westminster. Autor: Peter Broster

18. Detalle en la fachada de la Abadía. Autor, James.Stringer

                                                 Detalle en la fachada de la Abadía. Autor: James.Stringer

19. Alrededores de la Abadía de Westminster. Autor, StOrmz

                                                Alrededores de la Abadía de Westminster. Autor: StOrmz

6. Palacio de Buckingham. Después, el arzobispo se equivocó de dedo a la hora de introducirle el anillo de oro engarzado con rubíes y acabó destrozándole la falange, que tuvo que bañar largo rato en agua fría para poder retirarse la joya una vez pasada la ceremonia. Para colmo la hicieron levantarse antes de que hubiesen acabado las plegarias, y como colofón, Lord Rolle, de más de ochenta años de edad, sufrió una caída mientras subía las escaleras en el besamanos provocando un gran revuelo dentro del templo. Pero nada impidió a Victoria su objetivo final de ser reina, y nada más regresar a palacio se deshizo del cetro y de su manto de gala para correr a estrechar entre sus brazos a su podenco favorito. La leyenda diría que llegó incluso a darle un baño…

Continuará…

20. Palacio de Buckingham. Autor, Bart Heird

                                                           Palacio de Buckingham. Autor: Bart Heird

21. Palacio de Buckingham, en una fotografía de finales del XIX. Autor, Leonard Bentley

                           Palacio de Buckingham, en una fotografía de finales del XIX. Autor: Leonard Bentley

22. Jardines junto al palacio de Buckingham. Autor, Leonard Bentley

                                          Jardines junto al palacio de Buckingham. Autor: Leonard Bentley

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La Serenissima del Mar del Norte, Un paseo por los canales de Ámsterdam

La Serenissima del Mar del Norte, Un paseo por los canales de Ámsterdam

Cuando un puñado de granjeros y pescadores llegaron a la zona en el siglo XIII navegando por el río Amstel hasta su desembocadura, nadie imaginó que de aquel viaje surgiría una de las ciudades más atractivas y cosmopolitas del mundo: Ámsterdam, la Venecia del Norte. Hoy la ciudad cuenta con más de 750.000 habitantes y es uno de los hitos del turismo europeo y mundial, que recala en la capital de los tulipanes para deleitarse con su despliegue de canales, sus mercados al aire libre, las casas señoriales del siglo de Oro holandés y también, por qué no decirlo, con el humo embriagador del cannabis en los célebres coffeeshops del casco antiguo, los locales autorizados para el consumo de drogas blandas.

En el siguiente post les invitamos a un paseo visual y descriptivo por el Ámsterdam más turístico, pero también por el menos conocido. Un paseo por sus puentes, por sus barrios y sus tiendas, un viaje en busca del espíritu que ha animado desde sus comienzos a esta ciudad asomada al frío Mar del Norte, y que durante más de un siglo lideró junto a países como España e Inglaterra las vías comerciales de los cinco continentes. Asomarse a Ámsterdam merece la pena, esperamos sinceramente que lo disfruten…

2. Ámsterdam, la Venecia del norte. Autor, Guillermo Ramírez

                                                Ámsterdam, la Venecia del norte. Autor: Guillermo Ramírez

3. Calles estrechas en Ámsterdam, un día de septiembre. Autor, Moyan Breen

                                   Calles estrechas de Ámsterdam en un día de septiembre. Autor: Moyan Breen

4. Barrio de Joordan. Autor, JenniKate Wallace

                            Barrio de Joordan, el antiguo distrito de la clase obrera. Autor: JenniKate Wallace

5. Edificios en El Patio de las Beguinas (Begijnhof), del siglo XIV. Autor, Dirkjankraan

                               Edificios en El Patio de las Beguinas (Begijnhof), del siglo XIV. Autor: Dirkjankraan

1. Ámsterdam (que proviene de Ámsteler-damme o “dique de Ámstel”, junto al cual se construyó el primer asentamiento) es una ciudad tremendamente viva y cosmopolita. Entre las atracciones más llamativas para el viajero que recala allí por primera vez se encuentran los museos, muchos de ellos preparados para ofrecer multitud de actividades dirigidas especialmente los más pequeños; las playas de Zandvoort, Wijk aan Zee, Bloemendaal y Noordwijk tienen un carácter muy peculiar y ofrecen diversas ofertas deportivas y de ocio, así como platos tradicionales costeros en sus restaurantes que merece la pena degustar con calma; la ciudad atesora además el zoo más antiguo de Europa, y a solo unos cuantos km hacia el exterior es posible encontrar los verdes y amplios espacios de la campiña holandesa repletos de molinos, como Zaanse Schans, un museo al aire libre donde el viajero puede sentirse como si hubiese sido transportado en el tiempo… Si lo que desea es recorrer la ciudad sin las consabidas marchas kilométricas, que a menudo terminan en el hotel con los pies doloridos y sumergidos en agua caliente, no está de más saber que Ámsterdam es la capital mundial de la cultura de la bicicleta y que no puede permitirse el lujo de encontrarse allí y rechazar un paseo en este comodísimo y útil medio de transporte. La mayoría de las calles tienen carriles-bici y puede aparcarse sin problemas en casi cualquier sitio. Claro que en ese caso es mejor no olvidar ni el aspecto de su vehículo ni el lugar elegido, puesto que los últimos censos dan para la ciudad un total de 700.000 ciclistas (el 94% de la población) y más de 7 millones de bicicletas. Además, y según un estudio reciente, cada año desaparecen unas 80.000 en pleno casco urbano, de las cuales la tercera parte acaba misteriosamente en el fondo de algún canal…

6. Rijsksmuseum de Ámsterdam. Autor, Burns!

                                                    Rijsksmuseum de Ámsterdam. Autor: Burns!

7. Biblioteca en el Rijksmuseum. Autor, Ton Nolles

                                                Biblioteca en el Rijksmuseum. Autor: Ton Nolles

8. Bicicletas en la ciudad, el mejor medio de transporte. Autor, Jorge Royan

                                    Bicicletas por la ciudad, el mejor medio de transporte. Autor: Jorge Royan

9. Molinos de viento en Zaanse Schanz, a 10 km de Ámsterdam. Autor, Tania Caruso

                                 Molinos de viento en Zaanse Schanz, a 10 km de Ámsterdam. Autor, Tania Caruso

2. Ámsterdam fue originalmente una ciudad comercial y pesquera, con el arenque como producto principal de exportación, y a principios del siglo XVI disponía ya de una red de canales y presas para controlar el nivel del río y de las mareas, de gran envergadura en las aguas del Mar del Norte. Tras las sangrientas luchas contra los ejércitos españoles, Ámsterdam inició una edad dorada con el establecimiento de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, gracias a la cual arribaban todos los años a la ciudad cientos de barcos cargados de riquezas y productos procedentes de todos los rincones del mundo: África del Sur, Ceilán, Indonesia, norte de Brasil… En el siglo XVII prosperaron los astilleros para fabricar barcos; infinidad de molinos que procesaban materias primas, y por supuesto los edificios suntuosos de la nueva clase burguesa, hoy todavía admirables en el llamado Gouden Bocht (Bucle de Oro) en torno al primer canal (las casas obreras, en cambio, ocupaban el barrio Jordaan de la periferia).

Desafortunadamente la prosperidad no duró mucho, y tras las guerras con Inglaterra por la hegemonía de los mares, y sobre todo con las disputas con Prusia y la “tutela” del país a cargo del ejército de Napoleón, el declive económico se hizo acelerado y llegó a temerse que no tuviera fin. La ocupación de Holanda por las tropas alemanas en 1940 constituyó por otro lado el fondo de una vorágine de terror, un calvario económico y humano sin precedentes que tuvo su máxima expresión en las deportaciones de decenas de miles de judíos hacia los campos de concentración y de exterminio nazis ubicados en media Europa. La historia de Ana Frank, cuya casa puede visitarse hoy como museo, es sin duda el caso más conocido…

10. Otra vista de los molinos de Zaanse Schans. Autor, Johan Wieland

                                    Otra vista de los molinos de Zaanse Schans. Autor: Johan Wieland

11. Palacio Real en Ámsterdam, en la plaza Dam. Autor, Vgm8383

                                      Palacio Real en Ámsterdam, en la plaza Dam. Autor: Vgm8383

12. La casa del señor Tripp, la más ancha de la ciudad. Autor, Jan

                                      La casa del señor Tripp, la más ancha de la ciudad. Autor: Jan

13. La casa del cochero del señor Tripp, la más estrecha de Ámsterdam. Justo en frente de la anterior. Autor, HenkLiu

    La casa del cochero del señor Tripp, la más estrecha de Ámsterdam. Justo enfrente de la anterior. Autor: HenkLiu

3. Como reminiscencia de su pasado comercial, los mercados de Ámsterdam siguen siendo uno de los lugares turísticos más atractivos de la ciudad. Entre ellos no hay que perderse el Albert Cuyp, considerado el mayor al aire libre de Europa con sus más de 300 puestos a lo largo de más de 1 km de recorrido. El Dappermarkt está reconocido por National Geographic como el 8º del ranking mundial de los mejores mercadillos del mundo, solo por detrás de algunos tan impresionantes como el “Grand Bazaar” de Estambul o el “Mercado nocturno de Patpong”, en Bangkok, Thailandia. Pero si lo que quieren es encontrar artículos únicos, existen infinidad de mercados monográficos en Ámsterdam para todos los gustos: en Looier abundan las antigüedades y los objetos de coleccionista; para los amantes de los libros se encuentra Oudemanhuisport, que atesora también grabados o partituras musicales del siglo XIX; y si su pasión son las flores, no puede olvidar acercarse al maravilloso mercado de flores flotante de Ámsterdam, el Bloemenmarkt, con decenas de barcazas-floristerías abiertas al público e instaladas permanentemente sobre las aguas de un canal…

14. Albert Cuyp markt, el mayor mercado al aire libre de Europa. Autor, Shirley de Jong

                      Albert Cuyp markt, el mayor mercado al aire libre de Europa. Autor: Shirley de Jong

15. Detalle del Mercado de flores flotante en la ciudad. Autor, Antoon's Foobar

                  Detalle del Mercado de flores flotante en la ciudad. Autor: Antoon’s Foobar

16. Canal Prinsengracht. A la izquierda, justo antes de la torre, la famosa casa de Ana Frank. Autor, Moyan Brenn

     Canal Prinsengracht. A la izquierda, justo antes de la torre, la famosa casa de Ana Frank. Autor: Moyan Brenn

17. Jardines del museo Geelvinck, ubicados en una lujosa casa del siglo XVII. Autor, David Holt

              Jardines del museo Geelvinck, ubicados en una lujosa casa del siglo XVII. Autor: David Holt

4. Para los amantes de lo prohibido, nada hay más famoso en Ámsterdam como su exclusivo Barrio Rojo (Rosse Buurt), uno de los más permisivos del mundo en cuanto a diversidad sexual, servicios de prostitución o consumo de drogas blandas. Los barrios de Singelgebied, Ruysdaelkade y De Wallen se encuentran en el centro histórico de la ciudad y exhiben locales de alterne abiertos tanto de día como de noche, donde las damas muestran sus encantos justo al otro lado del escaparate. La prostitución está totalmente regulada en Holanda y lo mismo ocurre con el consumo de cannabis y sucedáneos como el hachís, por lo que la ciudad es un verdadero imán que atrae a miles de visitantes ansiosos por curiosear en un mundo de Jauja donde todo está permitido (o al menos así lo parece). Ámsterdam no es sin embargo pionera en estos establecimientos de venta de marihuana (el Sarasani de Utrecht, de 1968, es al parecer el más antiguo local existente en Holanda y un verdadero Templo para los alegres camaradas del fumeteo). Sin embargo, la rutina suele ser similar en todos ellos.

En los coffeeshops, por ejemplo, uno puede consumir hasta 5 gramos de cannabis puro en un día: si lo compra en el propio establecimiento la broma le sale a unos 10 € el gramo, aunque son muchos los que utilizan el local como un parador de autoservicio llevándose allí su propio material, a fin de liarse el porro y fumarlo tranquilamente en un rincón apartado… aunque en ese caso tendrá que consumir alguna otra cosa dentro del garito (y hacerlo mientras todavía se encuentra en condiciones, claro está). Además de cannabis se venden también bebidas como té, café, leche o zumos naturales de frutas, de modo que el local también es utilizado por numerosos visitantes que solo desean experimentar el placer de encontrarse allí observando al respetable mientras toman un refrigerio. De hecho, el ambiente resulta en ese sentido de lo más normal: parecidos a un restaurante, los coffeeshops son lugares pequeños con mesas y sillas; ceniceros; música y diversos aparatos de entretenimiento para uso de los clientes, como mesas de ajedrez, cartas, televisión y mesas de billar… Por supuesto, en sus reglamentaciones se prohibe terminantemente circular por el establecimiento y hacer fotos a los fumadores como si fuesen reliquias de museo.

18. El famoso Red Light District de Ámsterdam, en pleno día. Autor, Nenyaki

                                     El famoso Red Light District de Ámsterdam, en pleno día. Autor: Nenyaki

19. Red Light district, durante la noche. Autor, Robert Andersson

                  Red Light District en pleno funcionamiento durante las horas nocturnas. Autor: Robert Andersson

20. Callejuela entre la plaza Dam y el museo Van Gogh. Autor, Moyan Green

                                   Callejuela entre la plaza Dam y el museo Van Gogh. Autor: Moyan Green

21. Vista invernal de los canales de Ámsterdam. Autor, Eugene Phoen

                                   Vista invernal de los canales de Ámsterdam. Autor: Eugene Phoen

5. La relación de Ámsterdam con el agua viene de antiguo. Ya en los primeros años de su fundación los autóctonos hubieron de desecar grandes extensiones de terreno pantanoso e inundado periódicamente por las mareas, y para ello construyeron una serie de presas y diques de los cuales el más antiguo es el situado debajo de la actual Plaza Dam, hoy corazón de la ciudad. Pero si hay algo por lo que se conoce a Ámsterdam hasta en el parvulario es precisamente por su red de canales, de los cuales existen unos 160 por toda la ciudad, atravesados por más de 1.200 puentes y con 2.700 barcos-casa flotantes arrimados a sus orillas. Este año la ciudad celebra el 400 aniversario de este laberinto acuático, considerado Patrimonio Cultural de la Unesco desde 2010, aunque en un principio fueron simples vías para transportar las mercancías de forma cómoda por medio de barcazas. En el siglo XVII se utilizaban asimismo como cloacas colectivas adonde se arrojaban todas las inmundicias imaginables desde balcones, puertas y ventanas. Se sabe que los marineros lanzaban vítores ante el hedor de las cloacas mucho antes de avistar Ámsterdam, al regresar de sus largas travesías por medio mundo, puesto que era éste y no la voz del vigía la primera señal de que la ciudad se encontraba próxima.

Por supuesto, no es recomendable visitar Ámsterdam sin realizar un crucero por los canales. Existen numerosas ofertas y muchísimos lugares por todo el centro de la ciudad desde donde uno puede subirse a los botes, aunque antes de hacerlo es necesario adquirir un ticket en las taquillas situadas junto a la Estación Central y las calles Damrak y Rokin. Por una media de 20€ es posible pasar el día recorriendo los canales a lo largo de las tres rutas establecidas (Green Line, Red Line y Blue Line) y con paradas libres en cualquier punto para efectuar compras o realizar las visitas que considere necesarias: el bote siempre le estará esperando a su vuelta. Todos los canales tienen un trazado concéntrico en torno al núcleo histórico y crean numerosos islotes de pintoresco aspecto y apreciables únicamente a vista de pájaro. El más antiguo de los canales es el Singel, que rodea a la ciudad, pero sin duda todo el trasiego de locales y turistas se dirige hacia aquellos que conforman el cinturón de oro de Ámsterdam, bellísimas calles acuáticas cruzadas por puentes de leyenda que como el de los Señores (Herengracht), fueron construidas como barrios residenciales para las acaudaladas familias de comerciantes en los lejanos años del siglo XVII. Los edificios, de un lujo ostentoso, se asoman plácidamente a las aguas y desfilan en un continuo perfilado además por el ramaje de miles de olmos, el árbol típico de los canales de la ciudad.

22. Edificios entre la plaza Dam y el barrio de Joordan. Autor, Moyan Brenn

                                   Edificios entre la plaza Dam y el barrio de Joordan. Autor: Moyan Brenn

23. Típico canal en Ámsterdam. Autor, Joao Maximo

                                                    Típico canal en Ámsterdam. Autor: Joao Maximo

24. Nocturno en los canales, cerca del Rijksmuseum. Autor, Martin Schmid

                              Nocturno en los canales, cerca del Rijksmuseum. Autor: Martin Schmid

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Cuando la playa era salud. San Sebastián y la élite de sus Baños de mar

Cuando la playa era salud. San Sebastián y la élite de sus Baños de mar

Todos estamos acostumbrados a considerar el verano, la playa y las costas mediterráneas como la combinación perfecta para unas vacaciones de órdago… Pero cuesta imaginar que, en el pasado, esta imagen hoy tan familiar resultaba totalmente desconocida. El turismo de playa no comenzó en nuestro país sino hasta 1830 y difería enormemente del actual, tanto en lo que se refiere a volumen de turistas como a destinos, usos y costumbres establecidos. Podemos decir que sus peculiaridades partían de dos puntos básicos: en primer lugar se trataba de una actividad reservada exclusivamente a las clases pudientes. El turismo de masas solo se generalizó a lo largo del siglo XX cuando los sueldos y las jornadas laborales permitieron disponer de dinero y tiempo en grandes cantidades. Por otro lado, en sus comienzos la playa era considerada atractiva solo por sus supuestas propiedades medicinales, de modo que fueron las frías aguas del Atlántico y no el Mediterráneo (cálido y al parecer insalubre) donde se concentraron inicialmente los más elitistas focos del turismo nacional e internacional. Lanneau Rolland, en su guía editada en 1864 sobre nuestro país, cuenta que: “Ante Alicante, la mar tiene poco fondo. Las aguas del Mediterráneo en este punto son viscosas, fétidas y de baños imposibles”. No sabemos si ésta era también la idea de los españoles, pero si se sabe que aunque existían por aquel tiempo baños en Arenys de mar, Barcelona, Valencia o Málaga, muchos entendidos (como fue el caso de Richard Ford, autor del famoso manual de viajeros por España de 1844) descartaban el Mediterráneo y el verano para los baños “por las altas temperaturas que se daban en aquellas costas, que hacían insalubre dicha actividad”.

Isla de Santa Clara y Monte Urgull. Autor, Sfgamchick

                                                    Isla de Santa Clara y Monte Urgull. Autor: Sfgamchick

Aunque ya hubo referentes en la Inglaterra del siglo XVIII, fue en el XIX cuando se consolidó la idea de que el mar podía ser un antídoto a las agresiones de la civilización. La medicina entonces en boga argumentaba que el mar fortalecía los cuerpos y era bueno contra la melancolía y las ansiedades de las clases dominantes. En la francesa Dieppe se construyó una estación balnearia abierta al mar durante la primera mitad del siglo XIX, y dentro de la ciudad un hotel de baños de mar calientes, todo ello muy lujoso y asiduamente visitado por personajes tan sonados como la mismísima esposa del Delfín de Francia (se sabe que esta buena mujer tenía la costumbre de zambullirse en las olas acompañada de dos bañeros uniformados y de un médico inspector de baños). Fue también por aquella época cuando San Sebastián comenzó a darse cuenta de las posibilidades de su emplazamiento: desde el 26 de julio hasta el 15 de agosto de 1830 fueron a pasar allí parte de su temporada estival el Infante Francisco de Paula Antonio, hermano de Fernando VII, su esposa (hermana de la Reina María Cristina), sus 6 hijos y un séquito regio de 24 personas.

Gran Casino de San Sebastián, en 1905. Autor, Biblioteca Nacional de España

                              Gran Casino de San Sebastián, en 1905. Autor: Biblioteca Nacional de España

Plaza de toros de San Sebastián, a principios del siglo XX. Autor, Biblioteca Nacional de España

                 Plaza de toros de San Sebastián, a principios del siglo XX. Autor: Biblioteca Nacional de España

Sin ninguna duda, los “baños de mar” decimonónicos tuvieron en Santander, y sobre todo en San Sebastián, sus principales hitos de categoría “cinco estrellas”. En la capital donostiarra el éxito de los baños fue nacional e internacional. Ya existía cerca de “La Bella Easo” un turismo de termalismo antes del “Boom”, y Francisco de Paula Madrazo, quien en 1849 publicó su conocida obra “Una expedición a Guipúzcoa en el verano de 1848”, nos refiere algunos lugares guipuzcoanos que por entonces empezaban a ser frecuentados, como Baños Viejos de Arechavaleta, Santa Águeda de Mondragón o Cestona. También cita en su trabajo a las villas costeras de Deva y San Sebastián, relativamente próximas a dichos centros termales. Posteriormente y tras la destrucción de las murallas que cercaban el casco antiguo en 1863, la ciudad comenzó a crecer por todas partes surgiendo barrios residenciales e industrias más o menos relacionadas con la actividad balnearia: vidrio, chocolate, cerveza o sombreros. Este hecho, unido a las nuevas infraestructuras de avenidas; los alcantarillados; parques o jardines; el encauzamiento del Urumea o la ampliación del tendido eléctrico evidenciaban la repercusión que esta ciudad del Cantábrico comenzaba a tener entre las clases pudientes de medio mundo. También fue decisiva la inauguración de la línea del ferrocarril del Norte, en 1864, lo que permitió la llegada de una importante masa de visitantes de Madrid y otras zonas del interior peninsular.

Hotel María Cristina de San Sebastián, al anochecer. Autor, Krista

                                         Hotel María Cristina de San Sebastián, al anochecer. Autor: Krista

La ciudad de San Sebastián tuvo en la vecina Biarritz un modelo a seguir. Biarritz cuadruplica su población de 1826 a 1872, y la presencia allí de personalidades de alcurnia (como Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia de Montijo, que veranearon ininterrumpidamente en Villa Eugénie desde 1864 hasta 1878), daban cuenta del alto standing alcanzado en pocos años por la población vecina. En 1869 aparece “la Perla del Océano”, el primer establecimiento donostiarra de baños con una concesión del Estado, al cual sucede “La Nueva Perla” en 1908. Finalizando el siglo XIX se acometieron colosales obras en el monte Urgull y el Igueldo, que se convirtieron en deliciosos lugares de paseo y recreo para la colonia turística. Por otro lado, y con el fin de dar más brillo a la actividad veraniega, se proyectó también la construcción de un casino (obviamente, ya existía uno en Biarritz). En 1880 es lanzado el proyecto y solo dos años más tarde, en 1882, se inaugura el edificio de lujo con gran éxito desde el primer día de apertura.

San Sebastián y su Balneario de La Perla, junto a la playa. Autor, Biblioteca Nacional de España

                 San Sebastián y su Balneario de La Perla, junto a la playa. Autor: Biblioteca Nacional de España

San Sebastián y bahía de La Concha desde el Monte Igueldo. Autor, Aerismaud

                              San Sebastián y bahía de La Concha desde el Monte Igueldo. Autor: Aerismaud

Claro que, al contrario de lo que ocurría con el resto de ciudades-balneario europeas, faltaba todavía en San Sebastián una importante oferta hotelera. Se echaban especialmente de menos las llamadas fincas de especulación, es decir, casas en barrios de lujo alquiladas a familias de acaudalados y a precios exorbitantes, que se alojaban allí aislados de trato y roce con el resto de la población. El sistema de alojamiento fue en sus comienzos muy dispar e iba desde el socorrido alquiler de habitaciones y las casas de pupilaje (domicilios donde se recibían huéspedes que hacían vida en común con la familia propietaria) hasta fondas, paradores y algún que otro hotel de dudosa catadura. Más tarde se crean barrios residenciales de alto standing y el número y categoría de los hoteles crece sin parar: 3 en 1884; 15 en 1916; 31 en 1936… El más espectacular de todos ellos fue sin duda el María Cristina, aunque no abrió sus puertas hasta 1912.

Quiosco para conciertos en el Boulevard. Autor, Carmen A. Suarez

                                        Quiosco para conciertos en el Boulevard. Autor: Carmen A. Suarez

Aparte de las actividades balnearias, no pasa mucho tiempo sin que se imponga en San Sebastián la idea de que hay que divertir a la colonia extranjera. Y se hace en torno a 3 ejes: el baño; el casino y el programa de fiestas. Se alarga la temporada de verano del 24 de julio al 27 de septiembre, intentando fomentar la de invierno “porque es inverosímil que Biarritz la tenga y San Sebastián no”. Sin embargo, nunca se consiguió este último objetivo. En cambio, durante los dos meses veraniegos se prodigan actos y atracciones a todas horas, entre los que destacan por su vistosidad y éxito multitudinario los conciertos de calle. La Banda Municipal toca cada noche a las 21h en el quiosco de la Alameda del Boulevard, construido por el famoso ingeniero Eiffel; los jueves, domingos y festivos se organizan más en el mismo sitio y a las 12 del mediodía; y en el Gran Casino, esta vez a las 5 de la tarde, la Sociedad de Conciertos ameniza igualmente al respetable con su propio repertorio. Luego estaban los fuegos artificiales, los cotillones, las consabidas corridas de toros (en San Sebastián se presumía de tener la mejor plaza de toros del mundo con vistas al mar) y la iluminación nocturna de los montes Igueldo y Urgull, que en el escenario natural de La Concha producía unos efectos espectaculares. Para el turista de a pie habían cucañas acuáticas, batallas de flores, batallas navales y otros concursos de variada tipología; para los acaudalados, cacerías de patos y 5 o 6 días de regatas; y para todos ellos, festivales, ferias y romerías populares a cual más atractiva. Cada balneario intenta innovar antes que los demás y copiar las actividades que resultaban de más éxito entre los visitantes. Por otro lado, en 1916 se abre el hipódromo; en los años 20 el circuito de automóviles de Lasarte, y en los 30 varios campos de golf y de tenis, fomentando de esta forma un turismo de élite por encima del de masas, cada vez más en boga en otros puntos del litoral.

Banda de música tocando en el quiosco del Boulevard. Autor, Gipuzkoakultura

                                Banda de música tocando en el quiosco del Boulevard. Autor: Gipuzkoakultura

Palacio de Miramar, residencia de la Familia Real de Alfonso XIII. Autor, Julio Codesal

                          Palacio de Miramar, residencia de la Familia Real de Alfonso XIII. Autor: Julio Codesal

Evidentemente, el papel de la realeza fue primordial para el éxito de San Sebastián. Tras la visita del Infante Don Francisco de Paula Antonio, primero en 1830 y luego en 1833, la misma Isabel II visitó la ciudad en 1845 afectada por un problema de piel. A partir de ese momento diferentes miembros de la realeza se acercarían a esta localidad a tomar los baños. Incluso la reina María Cristina, asidua veraneante desde 1887, decidió construir su propio palacio en la bahía de La Concha. No fue raro por tanto que desde 1887 la ciudad pasara a ser lugar habitual de veraneo de la Familia de Alfonso XIII y su corte. Y con ella, por supuesto, de la aristocracia, de los políticos, la prensa y el mundillo social más elitista de nuestro país (aunque solo lo pretendiesen)… Pero de eso, y de cómo eran las costumbres playeras en la encorchetada sociedad de entonces, comentaremos largo y tendido en un próximo capítulo veraniego.

Día de regatas en la bahía de La Concha. 1905. Autor, Biblioteca Nacional de España

                         Día de regatas en la bahía de La Concha. 1905. Autor: Biblioteca Nacional de España

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A las ricas delicias de Cádiz, o ¡una de pescaíto frito!

A las ricas delicias de Cádiz, o ¡una de pescaíto frito!

Es difícil encontrar a alguien que haya estado en Cádiz y no hable maravillas del “pescaíto frito”. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que donde mejor se fríe el pescado es en Andalucía, pero dentro de ella, la Bahía de Cádiz se lleva la palma. En Cádiz, San Fernando y el Puerto de Sta. María se pueden encontrar establecimientos, los freidores, en los que es posible comprar el pescado frito y llevarlo a casa o consumirlo en algún bar cercano. Los freidores gaditanos son una tradición que se remonta al s XIX, pero la tradición del “pescaíto frito” viene de mucho más atrás. El plato se describe en varios textos de la cocina sefardita, donde era tradición servirse acompañado de una vinagreta de diversas hierbas. Existen también descripciones de viajeros del siglo XVIII que alaban este plato en distintas regiones de Andalucía, y es sabido que tras la llegada a Cádiz de las tropas napoleónicas, el ejército francés se hizo francamente devoto de la fritura de pescado para desgracia de los lugareños, a los cuales “se lo quitaban de las manos” nada más llegar a puerto.

Con el tiempo la receta alcanzó celebridad y viajó atravesando Europa hasta los Países Bajos e Inglaterra, donde se menciona incluso en novelas de afamados escritores como Charles Dickens (en su obra “Oliver Twist”, el autor cita un popular establecimiento de Londres para freír pescado). Así nació lo que hoy es el plato gastronómico más popular del Reino Unido, su famoso “Fish and Chips”, y que habitualmente se compone de bacalao rebozado con patatas fritas.

Vista de Cádiz. Autor, Michal Osmenda

                                                               Vista de Cádiz. Autor: Michal Osmenda

Pescaíto frito de Sanlúcar de Barrameda. Autor, Elfo Tófrafo

                                             Pescaíto frito de Sanlúcar de Barrameda. Autor: Elfo Tófrafo

El “pescaíto frito“ es el plato típico por excelencia tanto en la ciudad de Cádiz como en toda la Costa de la Luz. El denominado “frito gaditano” se compone de varias especies pequeñas de pescados como boquerones, salmonetes, pijotas, acedías, puntillitas o trozos de pescadilla o cazón, entre otros, todo ello rebozado en harina gruesa y frito al punto de sal. En algunos lugares es frecuente acompañarlo también con un trozo de limón fresco, y rociar por encima un poco de su jugo. Pero el secreto para disfrutarlo no está solo en su preparación. Pedir el pescado tiene su arte, y es habitual por ejemplo para cualquier gaditano llegarse a la freiduría y utilizar frases como: “Quillo, porme un quilo choco”; o bien “cuarto y mitá de pico, niño”. Conviene no alzar la voz más de la cuenta, sobre todo en momentos de mucha afluencia de público, pues de todos es sabido la facilidad que tienen los camareros para el “cabreo” monumental: “¡Ea, viene o no viene ya esa croqueta, pisha!” (se dice más bien cocleta) y el otro: “¿Pero usted de dónde ha salido? ¿Es esa la manera de dirigirse a una persona, pedazo de animal? ¿Con quién se cree que está hablando?”. El primero duda: ” ¿Y tú? ¿Sabes tú con quién estás hablando?”. “Pues no”. “Pues menos mal”, responde aliviado.

Playa de La Caleta, en Cádiz. Autor, Manuel Esquivo

                                             Playa de La Caleta, junto a la ciudad. Autor: Manuel Esquivo

Catedral de Cádiz. Autor, Gonzalo Iza

                                           Espectacular vista de la Catedral de Cádiz. Autor: Gonzalo Iza

Curiosamente, las primeras freidurías de Cádiz se regentaron por pescadores gallegos llegados principalmente desde Pontevedra, aprovechando al parecer establecimientos anteriores propiedad de genoveses. Estos primitivos locales consistían en un portal donde los gallegos exponían el pescado frito en barreños. Las autoridades les exigieron ciertas medidas de sanidad y calidad, por lo que tuvieron que modernizarse y convertirse en lo que conocemos hoy en día. Allí era común no solo el “pescaíto frito”, sino también comprar una peseta (se dice “pejeta”) de “mijitas”, es decir, un cartucho con los trocitos que iban quedando del pescado y que el gallego iba echando hasta que lo llenaba hasta arriba. En los años 50 llegaron a existir una veintena de freidurías en la ciudad, pero estos negocios exclusivos han desaparecido por completo. Todos se han reconvertido en bares y los pescados fritos son un complemento más de estos negocios aunque tengan un despacho de venta directa para la calle. Hoy son muy populares freidurías como Las Flores I y II, Veedor, Conoliva y El Stop, e invariablemente se disponen en la parte exterior del correspondiente bar.

Cádiz tras la tormenta. Autor, Felix Bernet

                                                           Cádiz tras la tormenta. Autor: Felix Bernet

Cartucho de pescaíto frito

                                                                          Cartucho de pescaíto frito

Lo que sigue conservándose en Cádiz y en toda Andalucía es la tradicional forma de comer “pescaíto frito”, y que en ningún modo se parece a un restaurante convencional o cualquier otro sitio de tapas. Las freidurías son más bien un lugar de comida rápida para llevar, puesto que se sirve empaquetado en un cartucho de papel y te lo puedes llevar tal cual para comértelo por la calle. Muchos clientes se lo llevan a casa, pero lo ideal es tomarlo en el propio local, en un banco de la calle o plaza, en la playa o incluso en el bar de al lado (si se encuentra mesa, claro). En un principio suena raro consumir comida ajena en un bar, pero basta con pedir la bebida para que la cosa se normalice. Lo que no hay que pedir nunca, so pena de ser tratado como un “guiri”, es tenedor o cuchillo, puesto que el culmen del arte del “pescaíto frito” consiste en comerlo con los dedos y directamente desde el cartucho. En la freiduría de las Flores II es habitual (sobre todo en Carnavales) ver a los turistas sentados en los bancos del paseo marítimo con el cartucho de pescado en la mano, y tras unos breves momentos de apuro utilizar los dedos y ponerse ciegos a chocos, puntillitas y boquerones, para después limpiarse las manos en el borde de la camiseta. Es sin duda un frenesí de gula desatada, y parece que se disfruta doblemente al devorarlos así.

Plaza del Ayuntamiento de Cádiz. Autor, Agu V.

                               Plaza del Ayuntamiento iluminada para las fiestas de Carnaval. Autor: Agu V.

Calle de Cádiz durante los Carnavales. Autor, Mait Jüriado

                                              Calle de Cádiz durante los Carnavales. Autor: Mait Jüriado

En Cádiz, el “pescaíto frito” es popular sobre todo en época de Carnavales. Este año tuvo lugar la 37 edición del Frito Popular Gaditano, en la que se reparte entre los miles de asistentes al evento más de 600 kilos de chocos, acedías, pescadilla y cazón, junto al tradicional vaso de cerveza. Pero, claro está, es necesario decir que este plato no es exclusivo de Cádiz. En Málaga, por ejemplo, son famosas las “Jornadas Gastronómicas del Pescaíto Frito” en Torremolinos, en el barrio de La Carihuela y a lo largo del paseo marítimo. Durante esta festividad los chiringuitos y restaurantes reparten gratuitamente bebidas y raciones de pescado a todo el mundo, turistas y autóctonos, quienes se van después tan contentos a comérselas a la playa. En Ayamonte (Huelva) el rito se hace religioso, y la Hermandad de Jesús Resucitado y María Santísima de la Victoria organiza para todos los asistentes la Feria del Pescaíto Frito “Ciudad de Ayamonte”.

Y todo por no hablar de la Feria de Abril sevillana, que arranca sus festejos con un atracón de “pescao” frito en las casetas. Hablando de Sevilla, cualquiera puede ver la devoción del sevillano por tan suculento manjar cuando lo asocia sin tapujos a lo más grande de la ciudad, en opinión de algunos: la Maestranza. En pleno Paseo de Colón y frente a la plaza de toros, se encuentra una estatua de bronce que representa a uno de los más insignes toreros de la historia de la tauromaquia, el gran matador de toros Pepe Luis Vázquez Garcés (1922). Y es que el escultor modeló en bronce a Pepe Luis con su cartucho de “pescaíto frito” bajo el brazo, como así se le conocía cuando el diestro recogía su muleta y se disponía a lidiar al toro que le tocaba en suerte.

Vista del mar en la bahía de Cádiz. Autor, Lolo

                                                        Vista del mar en la bahía de Cádiz. Autor: Lolo

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Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

Cabrera. La isla de los náufragos perdidos de Napoleón

A unos 25 km al sur de Mallorca se alza sobre la superficie de las olas unas peñas e islotes conocidos con el nombre de archipiélago de Cabrera. La mayor de estas islas, llamada asimismo Cabrera por las cabras montesas que antaño existían allí, exhibe un paisaje idílico de aguas transparentes, playas y calas de excepcional belleza bajo el sol luminoso del Mediterráneo. De hecho, todo el conjunto de islas mayores y menores posee actualmente la figura de Parque Nacional Marítimo y Terrestre. Pero más allá de su indudable atractivo, el archipiélago y sobre todo su isla principal merecen una lectura más atenta por cierto suceso acaecido a principios del siglo XIX, durante la cruenta guerra que mantuvieron las tropas napoleónicas contra el pueblo español. Un antiguo monolito erigido en el lugar recuerda aquel episodio negro y poco conocido de nuestra historia, pero que aún hoy sigue teniendo ecos funestos por los dramáticos acontecimientos que tuvieron lugar: el desembarco en la isla de miles de soldados franceses y su abandono durante años a sus propios medios, en unas condiciones que la mayoría de historiadores no han dudado en definir como infernales.

Aguas del puerto de Cabrera. Autor, Cayetano

                                                         Aguas del puerto de Cabrera. Autor: Cayetano

La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

                                              La rendición de Bailén. Obra de José Casado del Alisal. 1864

Tras la derrota de las tropas napoleónicas en Bailén a manos del General Castaños, el 19 de julio de 1808, miles de soldados franceses fueron hechos prisioneros y enviados en largas comitivas hasta la ciudad de Cádiz. En un principio las órdenes indicaban su traslado a los puertos de Rota y Sanlúcar de Barrameda para embarcar de vuelta a su país, pero la idea inicial quedó sin efecto ante la decisión de última hora de la Junta Suprema de Sevilla, quien decidió “No respetar tratados y acuerdos firmados con el enemigo francés”. Si se sumaban a este contingente los prisioneros de Trafalgar, todavía en Cádiz tras la batalla que libró la coalición británica contra franceses y españoles, el número de cautivos en esa ciudad superaba ampliamente las 20.000 personas, por lo que existía el temor razonable de que a su regreso se integrasen nuevamente en el ejército de Napoleón. Esto era algo que debía evitarse a cualquier precio, de modo que tanto las tropas españolas como sus socios británicos se negaron en redondo a liberar a los prisioneros, y la Junta Central terminó firmando su deportación a diferentes destinos dentro del territorio español.

Una parte importante partió de inmediato a las islas Canarias mientras que el resto (se estima que alrededor de 4.500 soldados) tomaba rumbo al grupo de las Baleares: Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera. Las condiciones del viaje en los pontones fueron pésimas. Hacinados, mal alimentados y peor tratados, muchos de ellos enfermaron de tifus, escorbuto, disentería y otros males que hacían muy elevado el riesgo de contagio. La noticia se extendió como la pólvora a su llegada a aguas mallorquinas, el 20 de abril de 1809, y la Junta de Mallorca prohibió el desembarco ante el temor de que la epidemia pudiese extenderse entre la población local (lo mismo ocurrió en Menorca). De esta forma, tras permitir tomar tierra a los oficiales de mayor rango, los soldados rasos continuaron su fatídico viaje hasta la isla de Cabrera adonde llegaron finalmente dos semanas después para ser abandonados a su suerte.

Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor, Ingo Meironke

                                                 Puesta de sol en la isla de Cabrera. Autor: Ingo Meironke

Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor, Cayetano

                                       Es Port Cabrera, con el castillo de Cabrera al fondo. Autor: Cayetano

Con una superficie de 1.836 Has. y un perímetro costero de apenas 14 km, la isla terminó siendo el hogar obligado de los soldados franceses supervivientes, un hogar que con el paso de las semanas y los meses no tardo en transformarse en su peor pesadilla. En un terreno que apenas ofrecía lo necesario para la vida de unas cuantas familias se hacinaron miles de hombres hambrientos, enfermos y semidesnudos, viviendo en cuevas y oquedades entre las rocas, o en cobertizos fabricados con piedras apiladas y ramas de arbustos, al igual que robinsones olvidados del mundo y sin esperanza alguna de salvación. A medida que transcurría la guerra, Cabrera se convirtió en el presidio ideal para las autoridades españolas. Cada cierto tiempo llegaban nuevos contingentes de desgraciados que tras su desembarco venían a ocupar una zona ya atestada de compatriotas, por lo que las escenas de luchas y salvajismo por acceder a los contados recursos de la isla debieron ser constantes. Se calcula que a lo largo de la guerra fueron trasladadas desde la Península y confinadas allí más de 12.000 personas.

El estado higiénico era espantoso, lo que propició la aparición de enfermedades y epidemias que elevaron la mortandad hasta límites insospechados. Puesto que la isla no disponía de corrientes de agua o pozos permanentes, el suplicio de la sed era una amenaza constante entre los cautivos, y en cuanto a la comida, el hambre se aliviaba escasamente por la caza de conejos, lagartos o insectos en un terreno empobrecido que no daba para mucho más. La recolección ocasional de huevos de aves y sobre todo la pesca fueron el principal sustento para unas gentes que, en su desesperación, no dudaron en devorar la carne de compañeros fallecidos y de cometer actos de canibalismo y coprofagia. Al principio los más enfermos eran trasladados a Mallorca para ser tratados allí, pero estas atenciones terminaron pronto. Se sabe que los enfermos que regresaban a Cabrera tras su cura no dudaban en automutilarse para salir nuevamente de la isla, lo que prueba hasta qué punto se trataba de un lugar maldito y ajeno a la humanidad y al trato más elementales.

Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

                                                     Batalla de Trafalgar. Obra de Auguste Mayer. 1836

Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor, Cayetano

                                                   Acantilados de Cabrera desde el mar. Autor: Cayetano

Fue el gran periodista mallorquín Don Miguel de los Santos Oliver el que, en 1896, aportó los primeros datos sobre el calvario de los “náufragos de Cabrera”. Estas informaciones se ampliaron después con diversas excavaciones arqueológicas in situ, única forma real de conocer las condiciones de vida casi prehistóricas a que estuvieron sometidos los soldados. Así, a través de los restos de huesos, madera y otros materiales pudo constatarse que los franceses trabajaron la piedra para fabricar armas de caza, y que tallaron madera y fabricaron recipientes de mimbre y otros enseres necesarios para la vida cotidiana. De los testimonios recogidos por los supervivientes se sabe también que las pocas mujeres que llegaron con ellos no tuvieron más remedio que prostituirse para conseguir comida, y que la lucha contra el hambre hizo que hasta las habas constituyesen entre ellos una moneda de cambio. Tras más de 5 años de calvario, las enfermedades, la desnutrición y la misma desesperación que conducía muchas veces a la locura o al suicidio, terminaron diezmando las filas de presidiarios en una sangría constante solo en fechas recientes desvelada en sus verdaderas dimensiones.

Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor, Cayetano

                              Acantilados de Illa des Conills, otra del archipiélago de Cabrera. Autor: Cayetano

Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor, Jose Luis Cernadas

                                Oficial francés a caballo, del ejército de Napoleón. Autor: Jose Luis Cernadas

Cuando en mayo de 1814 fueron liberados y embarcados hacia Francia el número de supervivientes ascendió apenas a 3.500 almas, es decir, casi la cuarta parte del total de presidiarios que albergó la isla. Antes de subir a bordo los cautivos prendieron fuego a los cobertizos y utensilios que durante ese tiempo les habían servido de sustento, en un intento de borrar del mapa (y también de su mente) la barbarie colectiva que supuso el presidio de Cabrera. Un antiguo monolito erigido en la isla recuerda a los miles de prisioneros franceses muertos allí, y fue precisamente en ese lugar donde tuvo lugar el acto de homenaje que en mayo de 2009 rindieron los ejércitos de España y Francia a la memoria de los caídos. El delegado del Gobierno en las islas ensalzó el recuerdo de estos soldados que “lucharon por su patria”, calificando el homenaje como “un acto de justicia histórica para pasar página a una de las etapas más oscuras de la historia reciente de las Baleares”. Y por supuesto, añadimos, también de nuestro país.

Vista desde el castillo de cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor, Ingo, Meironke

                         Vista desde el castillo de Cabrera. A lo lejos, la isla de Mallorca. Autor: Ingo, Meironke