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Galernas del Cantábrico. La tragedia del Sábado de Gloria

Galernas del Cantábrico. La tragedia del Sábado de Gloria

En estos días de furibundos temporales de mar, tan propios de las costas cantábricas, sorprende la extrema incredulidad en los rostros de los turistas al observar desde malecones y paseos marítimos la fuerza inconmensurable del oleaje. Algunos pagan con un simple susto el acercarse demasiado a la orilla, mientras que otros, desgraciadamente, terminan desapareciendo sin remedio tragados por la embestida. Es lo que en el día de Reyes les ocurrió a tres miembros de una misma familia en la costa de Meirás, perteneciente al municipio coruñés de Valdoviño. Sin embargo, las fuerzas de la naturaleza han sido siempre compañeras de juego de estas costas desde que se tiene noticia, causando de no pocos naufragios a lo largo de los siglos. Lo alto y escarpado de la costa cantábrica tampoco ayuda mucho, y se ha comprobado que la mayor concentración de hundimientos se sitúa, precisamente, en el entorno de ensenadas, rías, bahías y puertos, adonde los infortunados tripulantes del pasado trataban de llegar en mitad de los primeros embates del temporal.

 

2. San Juan de Gaztelugache, en la costa de Bermeo. Autor, J.Ignaciolacucebe

San Juan de Gaztelugache, en la costa de Bermeo. Autor, J.Ignaciolacucebe

3. Trainera desafiando las olas. Autor, David Argindar

Trainera desafiando las olas. Autor, David Argindar

Se tiene noticia de la navegación en Cantabria desde hace más de tres mil años, siendo especialmente conocidos los puertos romanos de Vereasueca (San Vicente), Bledium (Suances), de la Victoria (Santander) y Flavióbriga (Castro). Y aunque con los siglos las embarcaciones crecieron en tamaño y resistencia, lo cierto es que hasta fechas recientes no han sido más que diminutas barquichuelas frente a la desproporcionada magnitud de una galerna del Cantábrico. Todos sin excepción temían en siglos pasados la llegada del frente: desde los grandes buques que trajeron a Carlos V a España en 1517 y a Felipe II en 1559, y que desaparecieron respectivamente en Santander y Laredo poco después de los reales desembarcos, hasta los incontables y humildes barcos de pesca locales y sin cubierta. Un dicho marinero rezaba que “barco sin cubierta, sepultura abierta”, y no les faltaba razón, ya que si en el curso de una galerna afrontaban una ola especialmente grande podían anegarse e irse a pique con suma facilidad.

 

4. Vista de San Vicente de la Barquera. Cantabria. Autor, José María Moreno García

Vista de San Vicente de la Barquera. Cantabria. Autor, José María Moreno García

Pero, ¿en qué consisten los temporales y galernas del Cantábrico? En invierno son especialmente temibles los del norte y el oeste, aunque tampoco están a salvo de riesgo los serenos y bonancibles meses veraniegos. Durante la estación estival, aquella que tradicionalmente se ha aprovechado para faenas de pesca y travesías comerciales, el temporal adopta con frecuencia en este mar una forma temible y fulminante que los locales denominan galerna. Los marinos de Francia y el norte de España han pagado secularmente con infinidad de vidas la llegada de este fenómeno meteorológico de extraordinaria violencia, y que sorprende a barcos de cualquier envergadura durante los meses de primavera y otoño. A su carácter imprevisto se une su aparente inocencia inicial, ya que se presentan generalmente con vientos del sur que rolan después a fuertes ráfagas del oeste y noroeste.

 

5. Galerna. Obra de Evaristo Valle, autor asturiano (1873-1951)

Galerna. Obra de Evaristo Valle, autor asturiano (1873-1951)

6. Escarpada costa en Santander. Autor, Simonetta di Zanutto

Escarpada costa en Santander. Autor, Simonetta di Zanutto

El historial de galernas del Cantábrico es interminable, pero los habitantes de estas costas guardan un especial recuerdo para la que probablemente es la más famosa de todas y que tristemente ha pasado a la historia como “La Galerna del Sábado de Gloria”. A las cinco de la mañana del sábado 20 de abril de 1878 zarparon de la vieja dársena de Santander veintitrés lanchas mayores, siete barcas y una trainera, a la vez que se hacía lo propio en los demás puertos de la costa. El día prometía y soplaba una brisa suave del nordeste, lo que hacía presagiar los mejores augurios para unos hombres habituados a mares más agitados que el que ahora se presentaba. Sin embargo a mediodía el viento ya había rolado al sur, y repuntaban rachas fuertes hacia el oeste. Algunos patrones sospecharon lo peor y arriaron las velas mayores emprendiendo de seguido la vuelta a puerto, aunque la mayoría siguió con el trabajo para no regresar de vacío. La mayor parte de las lanchas, abiertas y sin cubierta, faenaban a unas quince millas de la costa, de modo que cuando se desató la galerna no tuvieron ni la más mínima oportunidad de tocar puerto en busca de refugio. Todas fueron dispersadas con los primeros embates del temporal mientras las tripulaciones, izando la pequeña vela que llamaban “la unción”, en popa, procuraban alcanzar tierra en una desesperada carrera contra el desastre. Otras, sin embargo, decidieron dejarse llevar por el temporal sin vela alguna, paralelas al litoral y hasta donde la fuerza del viento tuviese a bien arrastrarlos.

 

7. Playa de los Locos, en Suances. Cantabria. Autor, Juanjominor

Playa de los Locos, en Suances. Cantabria. Autor, Juanjominor

Con el empeoramiento del tiempo familias y vecinos empezaron a congregarse en los muelles, o a subir a los altos acantilados con el miedo agarrado al pecho, pues ni los más viejos recordaban un mar tan embravecido como el que aparecía ahora a su vista. Agua y cielo confundíanse en un único mundo líquido, plomizo y salpicado de espuma, mientras el oleaje bramaba y saltaba hecho pedazos en las rocas del litoral pulverizándose hasta barrer las cimas más altas de la línea de costa. A las cuatro de la tarde comenzaron a llegar a Santander algunas lanchas desarboladas y una goleta mercante que, más afortunada que el resto, había conseguido rescatar a los primeros náufragos. Llegó la noche y nada se sabía aún de la mayoría de embarcaciones. Durante aquella larga madrugada nadie pegó ojo, mientras que a cuentagotas arribaban noticias apenas comprobadas de barcos perdidos en otros puertos, así como de destrozos ocasionados en las localidades del interior por el viento y las inundaciones.

 

8. Mar embravecido. Autor, Yoyin

Mar embravecido. Autor, Yoyin

9. Galerna sobre Tapias de Casariego. Asturias. Autor, JC Hupo

Galerna sobre Tapias de Casariego. Asturias. Autor, JC Hupo

Con la llegada del Domingo de Resurrección se confirmaron las peores sospechas y empezó el fatídico recuento de bajas. En Cantabria habían perecido ahogados ciento treinta y dos pescadores, mientras que entre Vizcaya y Guipúzcoa la cifra de desaparecidos sumaba otros ciento noventa. En total fueron más de trescientas las personas que sucumbieron en aquella tarde tragados por la galerna junto a sus embarcaciones. La impresión causada por aquella tragedia en el litoral cantábrico y en toda la nación fue desmedida, desencadenándose multitud de gestos de solidaridad con las familias de los fallecidos y, por supuesto, promoviendo cambios en las embarcaciones de pesca, que desde entonces empezaron a incorporar cubiertas corridas. También vinieron por entonces a mejorarse los servicios de predicción meteorológica al tiempo que se consolidaba el servicio de Salvamento de Náufragos… Pero la naturaleza no entiende de dramas ni de mejoras técnicas: justo al año siguiente otra galerna hizo naufragar más de veinte barcos de pesca, pereciendo un total de doce pescadores en las aguas embravecidas y díscolas del mar Cantábrico.

 

10. Puesta de sol en Suances. Autor, Druidabruxux

Puesta de sol en Suances. Autor, Druidabruxux

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En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (2ª parte)

En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (2ª parte)

La moda de bañarse en el mar supuso una evolución lógica a la costumbre cotidiana del baño en agua dulce (ríos y lagunas), practicado con profusión por todos los estratos sociales. En Francia y antes del periodo revolucionario resultaba muy tentador para los nudistas darse un baño en un río, por lo que las repetidas órdenes y prohibiciones policiales llevaron a más de uno a ser incluso azotado al ser detenido en pleno chapuzón. Al final se optó por crear unos baños públicos controlados mediante el uso de una especie de barreños de tela agujereada que se introducían en los ríos a cubierto de mirones. Con la llegada de los baños de mar las costumbres no variaron de manera sustancial. Por cierto que lo de zambullirse en las olas tampoco estaba muy claro en aquellos años. Se preferían zonas que cumpliesen las suficientes medidas de seguridad, y eso significaba a menudo playas con charcos, abrigos rocosos con poco fondo o bancos de arena que permitiesen “hacer pie” sin riesgos innecesarios. Lo común era no saber mantenerse a flote, y todavía menos nadar, ya que la natación solo empezó prodigarse con la llegada de los primeros clubs especializados (fueron famosos el Club Natación Barcelona de 1907, o el Atlétic, fundado 6 años después en la misma ciudad). Sin duda existían bañistas atrevidos que se introducían en mar abierto en determinadas ocasiones, en especial durante la noche de San Juan para tomar la «buenaventura», pero éstos eran casos muy contados, y llegados al extremo no era raro que las damas de alcurnia se limitasen a sentarse en la arena a pocos metros de la rompiente, esperando así que una ola mayor que el resto las sorprendiese mojándoles impunemente los tobillos.

Paseo a orillas del mar. Joaquin Sorolla. 1909

                                                         Paseo a orillas del mar. Joaquin Sorolla. 1909

Caricatura de la época

                                                                           Caricatura de la época

La sociedad de entonces imponía una separación drástica de sexos en la playa, y así existía una zona para las damas (a ser posible casadas o en grupo familiar), y a una distancia prudencial otra para los caballeros. En la playa gaditana de San Lúcar de Barrameda existía todavía una más reservada a las caballerías (contigua a la masculina), que entonces se utilizaban con profusión para trasladar el pescado desde el litoral hasta los puntos de venta en el casco urbano. Por regla general, estos baños estaban vigilados por algún agente de la autoridad municipal con el fin de reprimir las intentonas de los “mirones”, verdadera plaga que solía acomodarse en las inmediaciones para observar el trasiego de féminas a orillas del agua. En este sentido, no está de más leer detenidamente algunas de las reglamentaciones que se prodigaban por aquella época en la mayoría de las playas españolas:

Art. 131. No se permitirá que las personas embriagadas ni los dementes se bañen por ningún punto de las playas.

Art. 132. Tampoco podrán bañarse juntas personas de diferente sexo.

Art. 133. Se prohíbe a los hombres bañarse por las playas de San Telmo (reservada a las mujeres) desde el toque de oraciones hasta las diez de la noche. Tampoco podrán acercarse a las mismas playas durante las indicadas horas.

Art. 134. Los que se bañaren faltando, en cualquier forma que sea, a lo que exigen la decencia, la honestidad y la moral pública, serán severamente castigados.

Baño de Venus. Coloreado a mano grabado de 1790. Thomas Rowlandson

                                  Baño de Venus. Coloreado a mano grabado de 1790. Thomas Rowlandson

Máquina de baño

                                                                      Máquina de baño. Ostende, 1915.

Claro que para evitar cualquier tipo de indiscreción, nada fue tan eficaz como las famosas “máquinas de baño”, las cuales permitían un cómodo desembarco en la orilla del mar protegidos en todo momento de la curiosidad ajena. Estas máquinas fueron populares en España y en media Europa (en el Reino Unido se utilizaban ya desde el siglo XVIII) y eran solicitadas indistintamente tanto por hombres como por mujeres. Se trataba de simples carros con cuatro paredes de madera y dos puertas: por una se accedía en traje de calle, y por la otra se salía ya ataviado para remojarse los pies en el mar. La tracción de estos carros era sobre todo animal, aunque existe constancia de psicodélicas “máquinas de baño” con raíles y propulsadas a vapor, como la que usaba el rey Alfonso XIII durante sus veraneos en San Sebastián. El palacete móvil del monarca fue construido en 1894 y permaneció en uso hasta 1911, cuando se levantó para las mismas funciones un edificio de piedra a pie de playa.

Máquinas de baño

                                                         Máquinas de baño. Bognor Regis, West Sussex

La altura de las ruedas permitía que la “máquina de baño” penetrase unos metros en el mar manteniendo secas las prendas en su interior, de modo que a menudo se hacía necesaria una escalinata para que los usuarios descendiesen hasta el nivel del mar sin chapuzones malsanos. Algunas de estas máquinas, incluso, disponían de toldos desplegables para hacer todavía más íntimo el momento del baño, y en los casos más selectos llevaba aparejada su propia asistencia de baño, los famosos “dippers”, quienes se encargaban de tareas tan útiles como tirar de los carros hasta el agua (cuando no se disponía de caballerías) o ayudar a los usuarios a entrar y salir de ella sin riesgo para su salud. Por supuesto, los “dippers” eran siempre personas del mismo sexo que los clientes a los que servían.

Bañista posando para fotografía

                                                         Bañista posando para fotografía. Ostende, 1913

Con los años la fama de los “baños de mar” aumentó. Llegó a constituirse un verdadero turismo de élite, lo que favoreció asimismo la inversión privada y la transformación de algunas ciudades en destinos veraniegos de gran atractivo. Fue el caso de San Sebastián y Santander, cuyos ayuntamientos respectivos se volcaron para ofrecer una imagen de ciudad-balneario al gusto de la moda entonces imperante en Europa. Así, en distintos puntos del litoral atlántico (también del Mediterráneo) resultó cada vez más común ver levantarse grandes balnearios y hoteles propiedad de sociedades anónimas por acciones, verdaderos complejos de varias plantas y construidos por lo general con un estilo modernista y monumental. Contaban con elegantes y ostentosas decoraciones interiores, lujosos mobiliarios, servicios de mesa, así como una gran diversidad de instalaciones y funciones lúdicas para el cliente: servicios y equipamientos de baño; piscinas al aire libre con trampolines; espacios de restauración y grandes salones de baile. Cuando la normativa lo permitió se incorporaron también los casinos de juego, sin olvidar los conciertos de las modernas y famosas orquestas y (ya entrado el siglo XX) los primeros concursos de misses que desfilaban en bañador. Pero esa es ya otra historia…

Un día de playa. Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora, Amalia González

                                    Un día de playa. Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora: Amalia González

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En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (1ª parte)

En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (1ª parte)

Hubo un tiempo en que ir a la playa no era sinónimo de conseguir un bonito bronceado o darse un chapuzón para combatir las altas temperaturas. Hace apenas cien años el turista ofrecía un perfil muy diferente del actual y los objetivos de una feliz estancia en la playa iban por otros derroteros. Curiosamente se trataba no tanto de enseñar palmito, sino de tapar hasta lo intapable. Además, los baños de mar eran sinónimo de curación. En la Francia del siglo XVII, madame de Sévigné alababa los méritos de los baños de mar con las siguientes palabras: “Hace ocho días que madame de Ludres, Coétlogon y la pequeña Romiroi fueron mordidos por una perrita que más tarde ha muerto de rabia. Suerte que Ludres, Coétlogon y Romiroi han partido esta mañana para Dieppe para darse tres baños de mar”. Las playas constituían también para la sociedad burguesa del XIX una prolongación de la vida de salón, y así, una buena parte de sus arenas se convertía durante la estación veraniega en el escenario ideal para pasear, charlar, jugar, divertirse, tomar el fresco, estar de copas, “dejarse ver”, etc. Las damas a la moda iban ataviadas con traje veraniego de falda larga, en tejido ligero y blanco, con una sombrilla o quitasol y sombrero a la francesa, mientras los caballeros galantes las acompañaban trajeados de punta en blanco, encorbatados y con su imprescindible bastón.

Dieppe. Autor, Vladimir Tkalcic

                                                                     Dieppe. Autor: Vladimir Tkalcic

En el siglo XIX era muy frecuente que lo más selecto de la clase burguesa viajase hasta las playas del Atlántico para tratarse sus males circulatorios y respiratorios, fracturas diversas o depresiones ocasionadas por el mal de amores o el stress (que ya entonces era conocido, aunque los médicos no se ponían de acuerdo acerca de sus causas). La reina Isabel II acudía gustosa a las playas de Barcelona para tratarse sus problemas dermatológicos, al tiempo que el agua marina se recomendaba muy especialmente a las mujeres de ciudad, que practicaban una vida sedentaria, y a los niños pálidos y de piel fina y apagada por los perjuicios de las ciudades industrializadas.

Banys de la Reina, Campello. Autor, Quique Andrade

                                                    Banys de la Reina, Campello. Autor: Quique Andrade

En los tratados médicos de la época se recomendaba, por ejemplo, no zambullirse en el agua sin una preparación previa, consistente ésta en mojarse primero la cabeza con uno o dos cubos de agua. Permanecer en el agua más de cinco a diez minutos se consideraba arriesgado, y en cualquier caso había que secarse enseguida tras salir de las olas y ponerse ropa seca: “El mar debe de ser usado con inteligencia y discreción”, rezaba un eslogan en uno de estos prospectos. Y hasta tal punto era el océano motivo de respeto que durante muchos años fue frecuente en las playas el llamado “baño a la cuerda”, recomendado para personas de edad, o muy susceptibles e inquietas. Esta práctica era todavía común hacia 1910 y consistía en bañarse en grupo y agarrado a un cordaje, que se sujetaba por medio de unos postes bien anclados en la arena de la playa. Desde luego, el oficio de socorrista no era de lo más solicitado por aquella época.

Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora, Pilar Azaña

                                                       Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora: Pilar Azaña

La sociedad decimonónica, absolutamente mojigata en cuestiones de pudor, obligaba a damas y caballeros a comportarse como tales incluso a orillas del mar, y así, los atuendos de baño podían considerarse como una segunda versión de la elegante moda imperante a pie de calle. La cosa ya venía de antes, y así descubrimos que en 1790 las leyes que protegían la decencia en las playas prohibían los baños femeninos, aunque afortunadamente el nuevo siglo llegó más permisivo y permitió, por ejemplo, que las mujeres mostraran en público sus pies y tobillos. Por entonces el traje de baño femenino cubría íntegramente el cuerpo desde el cuello hasta los pies, además de llevar encima (no hay ni qué dudarlo) toda la ropa interior. El tejido más utilizado para los bañadores era la lana y se confeccionaban siempre en dos piezas: una camisola de cuello alto, mangas hasta el codo y faldón hasta las rodillas; y la parte inferior consistente en un pantalón que llegaba casi a los tobillos. Por supuesto, el corsé era de uso obligado tanto dentro como fuera del agua. En la mayoría de playas los hombres tenían prohibido bañarse o pasearse por la playa vestidos en “caleçon” (calzoncillo) ya que se consideraba sumamente indecente. Por otro lado, el traje de baño iba acompañado siempre de una multitud de accesorios cuya finalidad era casi siempre la de guardar el pudor: gorros y bonetes para la cabeza; albornoz y sandalias de baño (que el bañista dejaba al borde del agua y los recogía después a la salida), e incluso tissus de baño (toallitas para secarse el indecoroso sudor corporal producido por los rayos solares).

Playa de Santander, años 20. Autora, Teresa Avellanosa

                                                 Playa de Santander, años 20. Autora: Teresa Avellanosa

Los apuros para cambiarse de ropa se solucionaban con unas casetas de madera desmontables que, a modo de vestuarios de alquiler, se colocaban en el acceso a la playa a fin de permitir un mínimo de intimidad antes de zambullirse en las olas. Otra indecencia a eliminar era la molesta situación de un traje de baño mojado y pegado al cuerpo, lo que insinuaba de manera insultante todas las formas corporales. La cosa podía disimularse, afortunadamente, mediante el uso de colores oscuros y poco favorecedores. Para los contemporáneos era frecuente por tanto disfrutar de una playa en blanco y negro, donde la alegría de los colores vivos brillaba por su ausencia y prevalecían en cambio los tonos gris oscuro, marrón o incluso chocolate de los bañadores (el color negro se reservaba invariablemente a las viudas).

Vendedor de trajes de baño, Ipanema, Río de Janeiro. Autor, Patricio Irisarri

                                  Vendedor de trajes de baño, Ipanema, Río de Janeiro. Autor: Patricio Irisarri

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Cuando la playa era salud. San Sebastián y la élite de sus Baños de mar

Cuando la playa era salud. San Sebastián y la élite de sus Baños de mar

Todos estamos acostumbrados a considerar el verano, la playa y las costas mediterráneas como la combinación perfecta para unas vacaciones de órdago… Pero cuesta imaginar que, en el pasado, esta imagen hoy tan familiar resultaba totalmente desconocida. El turismo de playa no comenzó en nuestro país sino hasta 1830 y difería enormemente del actual, tanto en lo que se refiere a volumen de turistas como a destinos, usos y costumbres establecidos. Podemos decir que sus peculiaridades partían de dos puntos básicos: en primer lugar se trataba de una actividad reservada exclusivamente a las clases pudientes. El turismo de masas solo se generalizó a lo largo del siglo XX cuando los sueldos y las jornadas laborales permitieron disponer de dinero y tiempo en grandes cantidades. Por otro lado, en sus comienzos la playa era considerada atractiva solo por sus supuestas propiedades medicinales, de modo que fueron las frías aguas del Atlántico y no el Mediterráneo (cálido y al parecer insalubre) donde se concentraron inicialmente los más elitistas focos del turismo nacional e internacional. Lanneau Rolland, en su guía editada en 1864 sobre nuestro país, cuenta que: “Ante Alicante, la mar tiene poco fondo. Las aguas del Mediterráneo en este punto son viscosas, fétidas y de baños imposibles”. No sabemos si ésta era también la idea de los españoles, pero si se sabe que aunque existían por aquel tiempo baños en Arenys de mar, Barcelona, Valencia o Málaga, muchos entendidos (como fue el caso de Richard Ford, autor del famoso manual de viajeros por España de 1844) descartaban el Mediterráneo y el verano para los baños “por las altas temperaturas que se daban en aquellas costas, que hacían insalubre dicha actividad”.

Isla de Santa Clara y Monte Urgull. Autor, Sfgamchick

                                                    Isla de Santa Clara y Monte Urgull. Autor: Sfgamchick

Aunque ya hubo referentes en la Inglaterra del siglo XVIII, fue en el XIX cuando se consolidó la idea de que el mar podía ser un antídoto a las agresiones de la civilización. La medicina entonces en boga argumentaba que el mar fortalecía los cuerpos y era bueno contra la melancolía y las ansiedades de las clases dominantes. En la francesa Dieppe se construyó una estación balnearia abierta al mar durante la primera mitad del siglo XIX, y dentro de la ciudad un hotel de baños de mar calientes, todo ello muy lujoso y asiduamente visitado por personajes tan sonados como la mismísima esposa del Delfín de Francia (se sabe que esta buena mujer tenía la costumbre de zambullirse en las olas acompañada de dos bañeros uniformados y de un médico inspector de baños). Fue también por aquella época cuando San Sebastián comenzó a darse cuenta de las posibilidades de su emplazamiento: desde el 26 de julio hasta el 15 de agosto de 1830 fueron a pasar allí parte de su temporada estival el Infante Francisco de Paula Antonio, hermano de Fernando VII, su esposa (hermana de la Reina María Cristina), sus 6 hijos y un séquito regio de 24 personas.

Gran Casino de San Sebastián, en 1905. Autor, Biblioteca Nacional de España

                              Gran Casino de San Sebastián, en 1905. Autor: Biblioteca Nacional de España

Plaza de toros de San Sebastián, a principios del siglo XX. Autor, Biblioteca Nacional de España

                 Plaza de toros de San Sebastián, a principios del siglo XX. Autor: Biblioteca Nacional de España

Sin ninguna duda, los “baños de mar” decimonónicos tuvieron en Santander, y sobre todo en San Sebastián, sus principales hitos de categoría “cinco estrellas”. En la capital donostiarra el éxito de los baños fue nacional e internacional. Ya existía cerca de “La Bella Easo” un turismo de termalismo antes del “Boom”, y Francisco de Paula Madrazo, quien en 1849 publicó su conocida obra “Una expedición a Guipúzcoa en el verano de 1848”, nos refiere algunos lugares guipuzcoanos que por entonces empezaban a ser frecuentados, como Baños Viejos de Arechavaleta, Santa Águeda de Mondragón o Cestona. También cita en su trabajo a las villas costeras de Deva y San Sebastián, relativamente próximas a dichos centros termales. Posteriormente y tras la destrucción de las murallas que cercaban el casco antiguo en 1863, la ciudad comenzó a crecer por todas partes surgiendo barrios residenciales e industrias más o menos relacionadas con la actividad balnearia: vidrio, chocolate, cerveza o sombreros. Este hecho, unido a las nuevas infraestructuras de avenidas; los alcantarillados; parques o jardines; el encauzamiento del Urumea o la ampliación del tendido eléctrico evidenciaban la repercusión que esta ciudad del Cantábrico comenzaba a tener entre las clases pudientes de medio mundo. También fue decisiva la inauguración de la línea del ferrocarril del Norte, en 1864, lo que permitió la llegada de una importante masa de visitantes de Madrid y otras zonas del interior peninsular.

Hotel María Cristina de San Sebastián, al anochecer. Autor, Krista

                                         Hotel María Cristina de San Sebastián, al anochecer. Autor: Krista

La ciudad de San Sebastián tuvo en la vecina Biarritz un modelo a seguir. Biarritz cuadruplica su población de 1826 a 1872, y la presencia allí de personalidades de alcurnia (como Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia de Montijo, que veranearon ininterrumpidamente en Villa Eugénie desde 1864 hasta 1878), daban cuenta del alto standing alcanzado en pocos años por la población vecina. En 1869 aparece “la Perla del Océano”, el primer establecimiento donostiarra de baños con una concesión del Estado, al cual sucede “La Nueva Perla” en 1908. Finalizando el siglo XIX se acometieron colosales obras en el monte Urgull y el Igueldo, que se convirtieron en deliciosos lugares de paseo y recreo para la colonia turística. Por otro lado, y con el fin de dar más brillo a la actividad veraniega, se proyectó también la construcción de un casino (obviamente, ya existía uno en Biarritz). En 1880 es lanzado el proyecto y solo dos años más tarde, en 1882, se inaugura el edificio de lujo con gran éxito desde el primer día de apertura.

San Sebastián y su Balneario de La Perla, junto a la playa. Autor, Biblioteca Nacional de España

                 San Sebastián y su Balneario de La Perla, junto a la playa. Autor: Biblioteca Nacional de España

San Sebastián y bahía de La Concha desde el Monte Igueldo. Autor, Aerismaud

                              San Sebastián y bahía de La Concha desde el Monte Igueldo. Autor: Aerismaud

Claro que, al contrario de lo que ocurría con el resto de ciudades-balneario europeas, faltaba todavía en San Sebastián una importante oferta hotelera. Se echaban especialmente de menos las llamadas fincas de especulación, es decir, casas en barrios de lujo alquiladas a familias de acaudalados y a precios exorbitantes, que se alojaban allí aislados de trato y roce con el resto de la población. El sistema de alojamiento fue en sus comienzos muy dispar e iba desde el socorrido alquiler de habitaciones y las casas de pupilaje (domicilios donde se recibían huéspedes que hacían vida en común con la familia propietaria) hasta fondas, paradores y algún que otro hotel de dudosa catadura. Más tarde se crean barrios residenciales de alto standing y el número y categoría de los hoteles crece sin parar: 3 en 1884; 15 en 1916; 31 en 1936… El más espectacular de todos ellos fue sin duda el María Cristina, aunque no abrió sus puertas hasta 1912.

Quiosco para conciertos en el Boulevard. Autor, Carmen A. Suarez

                                        Quiosco para conciertos en el Boulevard. Autor: Carmen A. Suarez

Aparte de las actividades balnearias, no pasa mucho tiempo sin que se imponga en San Sebastián la idea de que hay que divertir a la colonia extranjera. Y se hace en torno a 3 ejes: el baño; el casino y el programa de fiestas. Se alarga la temporada de verano del 24 de julio al 27 de septiembre, intentando fomentar la de invierno “porque es inverosímil que Biarritz la tenga y San Sebastián no”. Sin embargo, nunca se consiguió este último objetivo. En cambio, durante los dos meses veraniegos se prodigan actos y atracciones a todas horas, entre los que destacan por su vistosidad y éxito multitudinario los conciertos de calle. La Banda Municipal toca cada noche a las 21h en el quiosco de la Alameda del Boulevard, construido por el famoso ingeniero Eiffel; los jueves, domingos y festivos se organizan más en el mismo sitio y a las 12 del mediodía; y en el Gran Casino, esta vez a las 5 de la tarde, la Sociedad de Conciertos ameniza igualmente al respetable con su propio repertorio. Luego estaban los fuegos artificiales, los cotillones, las consabidas corridas de toros (en San Sebastián se presumía de tener la mejor plaza de toros del mundo con vistas al mar) y la iluminación nocturna de los montes Igueldo y Urgull, que en el escenario natural de La Concha producía unos efectos espectaculares. Para el turista de a pie habían cucañas acuáticas, batallas de flores, batallas navales y otros concursos de variada tipología; para los acaudalados, cacerías de patos y 5 o 6 días de regatas; y para todos ellos, festivales, ferias y romerías populares a cual más atractiva. Cada balneario intenta innovar antes que los demás y copiar las actividades que resultaban de más éxito entre los visitantes. Por otro lado, en 1916 se abre el hipódromo; en los años 20 el circuito de automóviles de Lasarte, y en los 30 varios campos de golf y de tenis, fomentando de esta forma un turismo de élite por encima del de masas, cada vez más en boga en otros puntos del litoral.

Banda de música tocando en el quiosco del Boulevard. Autor, Gipuzkoakultura

                                Banda de música tocando en el quiosco del Boulevard. Autor: Gipuzkoakultura

Palacio de Miramar, residencia de la Familia Real de Alfonso XIII. Autor, Julio Codesal

                          Palacio de Miramar, residencia de la Familia Real de Alfonso XIII. Autor: Julio Codesal

Evidentemente, el papel de la realeza fue primordial para el éxito de San Sebastián. Tras la visita del Infante Don Francisco de Paula Antonio, primero en 1830 y luego en 1833, la misma Isabel II visitó la ciudad en 1845 afectada por un problema de piel. A partir de ese momento diferentes miembros de la realeza se acercarían a esta localidad a tomar los baños. Incluso la reina María Cristina, asidua veraneante desde 1887, decidió construir su propio palacio en la bahía de La Concha. No fue raro por tanto que desde 1887 la ciudad pasara a ser lugar habitual de veraneo de la Familia de Alfonso XIII y su corte. Y con ella, por supuesto, de la aristocracia, de los políticos, la prensa y el mundillo social más elitista de nuestro país (aunque solo lo pretendiesen)… Pero de eso, y de cómo eran las costumbres playeras en la encorchetada sociedad de entonces, comentaremos largo y tendido en un próximo capítulo veraniego.

Día de regatas en la bahía de La Concha. 1905. Autor, Biblioteca Nacional de España

                         Día de regatas en la bahía de La Concha. 1905. Autor: Biblioteca Nacional de España