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Cuando la playa era salud. San Sebastián y la élite de sus Baños de mar

Cuando la playa era salud. San Sebastián y la élite de sus Baños de mar

Todos estamos acostumbrados a considerar el verano, la playa y las costas mediterráneas como la combinación perfecta para unas vacaciones de órdago… Pero cuesta imaginar que, en el pasado, esta imagen hoy tan familiar resultaba totalmente desconocida. El turismo de playa no comenzó en nuestro país sino hasta 1830 y difería enormemente del actual, tanto en lo que se refiere a volumen de turistas como a destinos, usos y costumbres establecidos. Podemos decir que sus peculiaridades partían de dos puntos básicos: en primer lugar se trataba de una actividad reservada exclusivamente a las clases pudientes. El turismo de masas solo se generalizó a lo largo del siglo XX cuando los sueldos y las jornadas laborales permitieron disponer de dinero y tiempo en grandes cantidades. Por otro lado, en sus comienzos la playa era considerada atractiva solo por sus supuestas propiedades medicinales, de modo que fueron las frías aguas del Atlántico y no el Mediterráneo (cálido y al parecer insalubre) donde se concentraron inicialmente los más elitistas focos del turismo nacional e internacional. Lanneau Rolland, en su guía editada en 1864 sobre nuestro país, cuenta que: “Ante Alicante, la mar tiene poco fondo. Las aguas del Mediterráneo en este punto son viscosas, fétidas y de baños imposibles”. No sabemos si ésta era también la idea de los españoles, pero si se sabe que aunque existían por aquel tiempo baños en Arenys de mar, Barcelona, Valencia o Málaga, muchos entendidos (como fue el caso de Richard Ford, autor del famoso manual de viajeros por España de 1844) descartaban el Mediterráneo y el verano para los baños “por las altas temperaturas que se daban en aquellas costas, que hacían insalubre dicha actividad”.

Isla de Santa Clara y Monte Urgull. Autor, Sfgamchick

                                                    Isla de Santa Clara y Monte Urgull. Autor: Sfgamchick

Aunque ya hubo referentes en la Inglaterra del siglo XVIII, fue en el XIX cuando se consolidó la idea de que el mar podía ser un antídoto a las agresiones de la civilización. La medicina entonces en boga argumentaba que el mar fortalecía los cuerpos y era bueno contra la melancolía y las ansiedades de las clases dominantes. En la francesa Dieppe se construyó una estación balnearia abierta al mar durante la primera mitad del siglo XIX, y dentro de la ciudad un hotel de baños de mar calientes, todo ello muy lujoso y asiduamente visitado por personajes tan sonados como la mismísima esposa del Delfín de Francia (se sabe que esta buena mujer tenía la costumbre de zambullirse en las olas acompañada de dos bañeros uniformados y de un médico inspector de baños). Fue también por aquella época cuando San Sebastián comenzó a darse cuenta de las posibilidades de su emplazamiento: desde el 26 de julio hasta el 15 de agosto de 1830 fueron a pasar allí parte de su temporada estival el Infante Francisco de Paula Antonio, hermano de Fernando VII, su esposa (hermana de la Reina María Cristina), sus 6 hijos y un séquito regio de 24 personas.

Gran Casino de San Sebastián, en 1905. Autor, Biblioteca Nacional de España

                              Gran Casino de San Sebastián, en 1905. Autor: Biblioteca Nacional de España

Plaza de toros de San Sebastián, a principios del siglo XX. Autor, Biblioteca Nacional de España

                 Plaza de toros de San Sebastián, a principios del siglo XX. Autor: Biblioteca Nacional de España

Sin ninguna duda, los “baños de mar” decimonónicos tuvieron en Santander, y sobre todo en San Sebastián, sus principales hitos de categoría “cinco estrellas”. En la capital donostiarra el éxito de los baños fue nacional e internacional. Ya existía cerca de “La Bella Easo” un turismo de termalismo antes del “Boom”, y Francisco de Paula Madrazo, quien en 1849 publicó su conocida obra “Una expedición a Guipúzcoa en el verano de 1848”, nos refiere algunos lugares guipuzcoanos que por entonces empezaban a ser frecuentados, como Baños Viejos de Arechavaleta, Santa Águeda de Mondragón o Cestona. También cita en su trabajo a las villas costeras de Deva y San Sebastián, relativamente próximas a dichos centros termales. Posteriormente y tras la destrucción de las murallas que cercaban el casco antiguo en 1863, la ciudad comenzó a crecer por todas partes surgiendo barrios residenciales e industrias más o menos relacionadas con la actividad balnearia: vidrio, chocolate, cerveza o sombreros. Este hecho, unido a las nuevas infraestructuras de avenidas; los alcantarillados; parques o jardines; el encauzamiento del Urumea o la ampliación del tendido eléctrico evidenciaban la repercusión que esta ciudad del Cantábrico comenzaba a tener entre las clases pudientes de medio mundo. También fue decisiva la inauguración de la línea del ferrocarril del Norte, en 1864, lo que permitió la llegada de una importante masa de visitantes de Madrid y otras zonas del interior peninsular.

Hotel María Cristina de San Sebastián, al anochecer. Autor, Krista

                                         Hotel María Cristina de San Sebastián, al anochecer. Autor: Krista

La ciudad de San Sebastián tuvo en la vecina Biarritz un modelo a seguir. Biarritz cuadruplica su población de 1826 a 1872, y la presencia allí de personalidades de alcurnia (como Napoleón III y la Emperatriz Victoria Eugenia de Montijo, que veranearon ininterrumpidamente en Villa Eugénie desde 1864 hasta 1878), daban cuenta del alto standing alcanzado en pocos años por la población vecina. En 1869 aparece “la Perla del Océano”, el primer establecimiento donostiarra de baños con una concesión del Estado, al cual sucede “La Nueva Perla” en 1908. Finalizando el siglo XIX se acometieron colosales obras en el monte Urgull y el Igueldo, que se convirtieron en deliciosos lugares de paseo y recreo para la colonia turística. Por otro lado, y con el fin de dar más brillo a la actividad veraniega, se proyectó también la construcción de un casino (obviamente, ya existía uno en Biarritz). En 1880 es lanzado el proyecto y solo dos años más tarde, en 1882, se inaugura el edificio de lujo con gran éxito desde el primer día de apertura.

San Sebastián y su Balneario de La Perla, junto a la playa. Autor, Biblioteca Nacional de España

                 San Sebastián y su Balneario de La Perla, junto a la playa. Autor: Biblioteca Nacional de España

San Sebastián y bahía de La Concha desde el Monte Igueldo. Autor, Aerismaud

                              San Sebastián y bahía de La Concha desde el Monte Igueldo. Autor: Aerismaud

Claro que, al contrario de lo que ocurría con el resto de ciudades-balneario europeas, faltaba todavía en San Sebastián una importante oferta hotelera. Se echaban especialmente de menos las llamadas fincas de especulación, es decir, casas en barrios de lujo alquiladas a familias de acaudalados y a precios exorbitantes, que se alojaban allí aislados de trato y roce con el resto de la población. El sistema de alojamiento fue en sus comienzos muy dispar e iba desde el socorrido alquiler de habitaciones y las casas de pupilaje (domicilios donde se recibían huéspedes que hacían vida en común con la familia propietaria) hasta fondas, paradores y algún que otro hotel de dudosa catadura. Más tarde se crean barrios residenciales de alto standing y el número y categoría de los hoteles crece sin parar: 3 en 1884; 15 en 1916; 31 en 1936… El más espectacular de todos ellos fue sin duda el María Cristina, aunque no abrió sus puertas hasta 1912.

Quiosco para conciertos en el Boulevard. Autor, Carmen A. Suarez

                                        Quiosco para conciertos en el Boulevard. Autor: Carmen A. Suarez

Aparte de las actividades balnearias, no pasa mucho tiempo sin que se imponga en San Sebastián la idea de que hay que divertir a la colonia extranjera. Y se hace en torno a 3 ejes: el baño; el casino y el programa de fiestas. Se alarga la temporada de verano del 24 de julio al 27 de septiembre, intentando fomentar la de invierno “porque es inverosímil que Biarritz la tenga y San Sebastián no”. Sin embargo, nunca se consiguió este último objetivo. En cambio, durante los dos meses veraniegos se prodigan actos y atracciones a todas horas, entre los que destacan por su vistosidad y éxito multitudinario los conciertos de calle. La Banda Municipal toca cada noche a las 21h en el quiosco de la Alameda del Boulevard, construido por el famoso ingeniero Eiffel; los jueves, domingos y festivos se organizan más en el mismo sitio y a las 12 del mediodía; y en el Gran Casino, esta vez a las 5 de la tarde, la Sociedad de Conciertos ameniza igualmente al respetable con su propio repertorio. Luego estaban los fuegos artificiales, los cotillones, las consabidas corridas de toros (en San Sebastián se presumía de tener la mejor plaza de toros del mundo con vistas al mar) y la iluminación nocturna de los montes Igueldo y Urgull, que en el escenario natural de La Concha producía unos efectos espectaculares. Para el turista de a pie habían cucañas acuáticas, batallas de flores, batallas navales y otros concursos de variada tipología; para los acaudalados, cacerías de patos y 5 o 6 días de regatas; y para todos ellos, festivales, ferias y romerías populares a cual más atractiva. Cada balneario intenta innovar antes que los demás y copiar las actividades que resultaban de más éxito entre los visitantes. Por otro lado, en 1916 se abre el hipódromo; en los años 20 el circuito de automóviles de Lasarte, y en los 30 varios campos de golf y de tenis, fomentando de esta forma un turismo de élite por encima del de masas, cada vez más en boga en otros puntos del litoral.

Banda de música tocando en el quiosco del Boulevard. Autor, Gipuzkoakultura

                                Banda de música tocando en el quiosco del Boulevard. Autor: Gipuzkoakultura

Palacio de Miramar, residencia de la Familia Real de Alfonso XIII. Autor, Julio Codesal

                          Palacio de Miramar, residencia de la Familia Real de Alfonso XIII. Autor: Julio Codesal

Evidentemente, el papel de la realeza fue primordial para el éxito de San Sebastián. Tras la visita del Infante Don Francisco de Paula Antonio, primero en 1830 y luego en 1833, la misma Isabel II visitó la ciudad en 1845 afectada por un problema de piel. A partir de ese momento diferentes miembros de la realeza se acercarían a esta localidad a tomar los baños. Incluso la reina María Cristina, asidua veraneante desde 1887, decidió construir su propio palacio en la bahía de La Concha. No fue raro por tanto que desde 1887 la ciudad pasara a ser lugar habitual de veraneo de la Familia de Alfonso XIII y su corte. Y con ella, por supuesto, de la aristocracia, de los políticos, la prensa y el mundillo social más elitista de nuestro país (aunque solo lo pretendiesen)… Pero de eso, y de cómo eran las costumbres playeras en la encorchetada sociedad de entonces, comentaremos largo y tendido en un próximo capítulo veraniego.

Día de regatas en la bahía de La Concha. 1905. Autor, Biblioteca Nacional de España

                         Día de regatas en la bahía de La Concha. 1905. Autor: Biblioteca Nacional de España

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Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (2ª Parte)

Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (2ª Parte)

1. El transporte de los galeotes desde las cárceles hasta las naves estaba organizado minuciosamente. Como responsable de la conducción iba un aguacil que recibía cierta cantidad de dinero por cada galeote encomendado. Este oficial debía buscar y pagar igualmente a algunos guardias oficiales, lo que derivaba invariablemente en comitivas poco vigiladas. Además, acompañando al aguacil iba un escribano encargado de repartir a cada forzado un real diario para su manutención. Todas las justicias de las poblaciones por donde pasaban los galeotes tenían obligación de recibirlos en sus cárceles, y los propietarios de bestias y carretas debían proporcionar por un precio justo los útiles necesarios para su conducción. Existían itinerarios fijos en los desplazamientos. Aunque al principio se enviaban a las cárceles reales de Valladolid, Soria, Toledo o Sevilla, con el tiempo la mayor parte de los presos terminaban en Toledo para desde allí distribuirse a los diferentes puertos de embarque. Los galeotes de provincias limítrofes con el Tajo dejaron de llevarse a Sevilla para dirigirse a Lisboa, puesto que el transporte por río era más rápido y barato. Así, desde Toledo salían nutridas cadenas compuestas a veces de hasta 100 galeotes y no más, por riesgo evidente de fuga. A partir de 1630 y después de algunas evasiones, comenzaron a raparse la cabeza y las barbas de los forzados con el fin de ser fácilmente identificados, ofreciéndose además la importante cantidad de 50 ducados a quien devolviese a la justicia a un galeote fugado. Claro que era tal la peligrosidad de estos delincuentes, ansiosos por defender su libertad a cualquier precio, que los “caza-recompensas” profesionales u oportunistas brillaban por su ausencia. En caso de que no apareciese el fugado, se responsabilizaba a los vigilantes y éstos debían indemnizar a la Corona por la pérdida.

Enfrentamiento entre un galeón holandes y una galera española, en 1602. Autor desconocido (1617)

             Enfrentamiento entre un galeón holandés y una galera española, en 1602. Autor desconocido (1617)

2. Ya hemos hablado en otro lugar sobre la pésima alimentación de los remeros. Los soldados y tripulantes, sin embargo, comían un poco mejor. Se les servían los mismos artículos que a los reos, pero las raciones eran más generosas y disfrutaban además de otros artículos: atún, sardinas, queso, carne fresca, sal, tocino, garbanzos y arroz. En cualquier caso, el pan entregado a todos los embarcados estaba invariablemente podrido y el agua descompuesta, lo que derivaba frecuentemente en trastornos gastrointestinales de variado espectro. Por otra parte, la acostumbrada parquedad de la comida se extremaba con múltiples pretextos, justificados con castigos individuales y colectivos. Estos, muchas veces, no eran sino el manto encubridor de la falta de alimentos a bordo, o de la irrefrenable codicia de los administradores que se quedaban con los alimentos antes que repartirlos entre la soldadesca.

Modelo a escala de una galera francesa. Autor, Rama

                                                Modelo a escala de una galera francesa. Autor: Rama

3. Aparte de las enfermedades, los combates y otros accidentes causaban grandes estragos entre los remeros. La táctica del abordaje, consistente en acometer con la proa de la nave propia el costado de la embarcación enemiga, causaba más muertos entre la gente del remo que entre los mismos soldados. En este mismo orden de cosas, debemos hacer referencia a las pocas posibilidades de supervivencia de los remeros en caso de naufragio. Así por ejemplo, en 1593 se incendió la galera capitana, y según una narración contemporánea a los hechos: “la gente que murió entre quemados y ahogados será hasta ciento y sesenta, casi toda ella de remo, que por estar herrada en ramales y clavados a los bancos no se pudieron salvar”. A estas penurias hay que añadir el riesgo que suponía caer prisionero de alguna galera enemiga, ya que al hecho de seguir remando, esta vez en la embarcación contraria, se unía el escarnio y maltrato añadidos por ser enemigo y preso.

Calle estrecha en el casco antiguo de Málaga. Autor, HollywoodPimp

                                      Calle estrecha en el casco antiguo de Málaga. Autor: HollywoodPimp

4. No obstante, se ha podido comprobar que los mayores enemigos de los galeotes no eran los accidentes de guerra y navegación, sino el frío y las malas condiciones de vida, como lo demuestran los partes de baja de aquellos años: la mayoría de los remeros morían en los meses de otoño e invierno, es decir, cuando la armada permanecía amarrada en puerto por ser época de temporales. Entre las enfermedades más frecuentes de los galeotes cabe citar los trastornos digestivos y las infecciones, producidas en la mayoría de los casos por las espantosas condiciones higiénicas a bordo. Y es que los remeros, permanentemente aherrojados, no disponían de un medio para evacuar y aislar las inmundicias. Entre las enfermedades graves se encontraba la tuberculosis (de la que indudablemente morían muchos) y el escorbuto. Con frecuencia los médicos de la época aludían también a un mal conocido como “pasmo”, y que no era sino el temido tétanos, producido por infecciones procedentes de heridas mal curadas. El tétanos, como puede suponerse, era por entonces una enfermedad mortal de necesidad.

Galera española de tiempos de Carlos II. Obra de Manuel de Castro (antes de 1712)

                          Galera española de tiempos de Carlos II. Obra de Manuel de Castro (antes de 1712)

5. Para los remeros el único hospital existente en tierra era una vieja galera fondeada en el gaditano Puerto de Santa María, y que posteriormente se trasladó a Cartagena. Sin embargo, a bordo y en alta mar no había más personal sanitario que el de los cirujanos y barberos, los cuales se distinguían principalmente por el origen de sus estudios: los primeros habían ido a la universidad y alcanzado el título de medicina, mientras que los barberos, simplemente, aprendían su oficio de la “escuela de la vida”. La función principal de unos y otros era aplicar cataplasmas y ungüentos, realizar sangrías y sacar muelas, además de amputaciones de diversa consideración y que conducían generalmente al fallecimiento del enfermo. Pero si algún alivio encontraban los enfermos para sus males, éstos eran sobre todo el descanso, la mejora de la dieta y el calor ofrecido por los ladrillos aplicados al fuego. En la Galera Real iba un cirujano, y en los demás barcos un barbero por nave. Las razones obedecían no tanto a la desidia de las autoridades como al poco atractivo que tenía este cargo entre los profesionales de la medicina. En 1591 se buscó algún médico dispuesto a embarcarse, pero no pudo encontrarse a ninguno.

Pintura que representa la batalla de lepanto. Autor desconocido (Después de 1571)

                           Pintura que representa la Batalla de Lepanto. Autor desconocido (Después de 1571)

Las murallas de la alcazaba de Málaga. Autor, Clive Hicks

                                              Las murallas de la Alcazaba de Málaga. Autor: Clive Hicks

6. En concepto de indumentaria, la Corona entregaba cada invierno a la chusma una almilla de paño, un capote, dos camisas de tela, dos calzones, un bonete rojo y un par de zapatos. Con este equipo los remeros intentaban defenderse de una vida desarrollada prácticamente al aire libre, cubiertos únicamente por telas burdas. El capote servía entre otras cosas para pasar la noche, y los remeros se envolvían con él al tiempo que se disputaban la mejor postura bajo el banco, puesto que bajo ningún concepto eran desencadenados de su sitio.

7. Aparte de los penados, hacían fuerza en las galeras reales los esclavos de Su Majestad y los remeros denominados “buenas boyas”. Los esclavos solían ser musulmanes capturados en presas y cabalgadas, aunque a veces llegaban a ellas algunos individuos procedentes de compras y donaciones. El Padre Pedro de León informa que el correctivo más penoso de cuantos solían inflingirse a los esclavos consistía en venderlos al rey como fuerza para sus galeras. Por lo que respecta a los “buenas boyas”, en teoría eran remeros voluntarios que aceptaban servir a cambio de un sueldo. Pero la práctica dictaba otra cosa: al tratarse de un trabajo tan duro y arriesgado, apenas se encontraba quien quisiese ejercitarse en él de buena gana, por lo que en realidad se trataba de reos retenidos bajo diversos medios tras cumplir su condena judicial. Lo más usual era prestar algún dinero al galeote en vías de recuperar su libertad, y así éste permanecía vinculado a la Armada por un tiempo indefinido.

Modelo de galera veneciana. Autor, Thyes

                                                           Modelo de galera veneciana. Autor: Thyes

8. La necesidad de la Corona para conseguir remeros hacía, en cualquier caso, extraordinariamente difícil escapar de la pena de galeras. Era muy rara la conmutación de la pena por otra similar, y solo se hacía en casos de invalidez o incapacidad manifiesta para realizar el trabajo. El castigo alternativo en estos casos era el destierro, pero resultaba más habitual que algunos forzados inútiles consiguiesen su libertad tras abonar el precio de un esclavo sustituto (que lo maldecía por el resto de su vida). Una vez a bordo la cosa se complicaba y solo los galeotes impedidos, que no podían prestar servicio y comían a costa del rey, conseguían poner fin a sus penalidades con menor dificultad. Conocedores los forzados de esta costumbre administrativa, muchos de ellos buscaban la mutilación voluntaria, aunque al ser descubiertas las autolesiones éstas se castigaban sin piedad con la pena de horca.

Galera llegando a puerto. Obra de Charles-François Grenier de Lacroix (1765)

                               Galera llegando a puerto. Obra de Charles-François Grenier de Lacroix (1765)

Catedral de Málaga. Autor, Karen V Bryan

                                                           Catedral de Málaga. Autor: Karen V Bryan

9. Dentro de los barcos, el comitré (o capataz) distribuía a los hombres según su fuerza y destreza. Si era robusto podía resultar un buen “boga adelante”, que así se denominaba al galeote que empuñaba el extremo del remo, al cual se le pedía el mayor esfuerzo y era quien dirigía a sus compañeros de banco. Si por el contrario era de una complexión mediana, se denominaba “apostis” y su sitio estaba justo al lado del anterior. El puesto de “tercerol” resultaba más cómodo que los dos anteriores, y los últimos se denominaban respectivamente “cuarterol” y “quinterol”, que se escogían entre los forzados más enclenques. Cuando llegaban novatos era común un griterío general por todos los bancos pidiendo que se colocase allí a los recién llegados, todavía robustos. La razón no era precisamente la de hacer amigos, sino evitar los castigos ocasionados por algún compañero enfermo, que entorpecía el esfuerzo de todos provocando los golpes de látigo del capataz.

Modelo de una galera de la Orden de los Caballeros de San Juan. Autor, Thyes

                               Modelo de una galera de la Orden de los Caballeros de San Juan. Autor: Thyes

10. La explotación de esta mano de obra se basaba en la coacción. De tal modo, los comitrés y sotacomitrés golpeaban a sus hombres a voluntad hasta conseguir una velocidad de crucero de 4 o 5 nudos, y una velocidad punta de 6 a 7 nudos. La primera se podía mantener durante dos horas seguidas; la segunda, unos quince minutos y solo a costa de un esfuerzo enorme. Habitualmente no bogaban todos los remeros a la vez, sino que se prefería bajar algo la velocidad de crucero para que remaran alternativamente el equipo de proa y el de popa. Este sistema permitía combinar una hora y media de trabajo con otra hora y media de descanso, a lo que se sumaba el alivio supuesto por los días de viento, en los cuales se prefería siempre la vela. Cualquier gesto de rebeldía por parte de los forzados era castigado con una dureza extrema. Las tandas de azotes y el ahorcamiento en casos graves resultaban castigos cotidianos, aunque para situaciones difíciles se prefería hacer uso de la creatividad más morbosa: es lo que se relata en la novela Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, donde un reo es descuartizado tras atar sus miembros con cuerdas a cuatro galeras puestas en cruz… Todo un paliativo para evitar nuevos intentos de rebeldía.

Vista de Málaga desde la distancia. Autor, Figuelo

                                                        Vista de Málaga desde la distancia. Autor: Figuelo

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A las ricas delicias de Cádiz, o ¡una de pescaíto frito!

A las ricas delicias de Cádiz, o ¡una de pescaíto frito!

Es difícil encontrar a alguien que haya estado en Cádiz y no hable maravillas del “pescaíto frito”. Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que donde mejor se fríe el pescado es en Andalucía, pero dentro de ella, la Bahía de Cádiz se lleva la palma. En Cádiz, San Fernando y el Puerto de Sta. María se pueden encontrar establecimientos, los freidores, en los que es posible comprar el pescado frito y llevarlo a casa o consumirlo en algún bar cercano. Los freidores gaditanos son una tradición que se remonta al s XIX, pero la tradición del “pescaíto frito” viene de mucho más atrás. El plato se describe en varios textos de la cocina sefardita, donde era tradición servirse acompañado de una vinagreta de diversas hierbas. Existen también descripciones de viajeros del siglo XVIII que alaban este plato en distintas regiones de Andalucía, y es sabido que tras la llegada a Cádiz de las tropas napoleónicas, el ejército francés se hizo francamente devoto de la fritura de pescado para desgracia de los lugareños, a los cuales “se lo quitaban de las manos” nada más llegar a puerto.

Con el tiempo la receta alcanzó celebridad y viajó atravesando Europa hasta los Países Bajos e Inglaterra, donde se menciona incluso en novelas de afamados escritores como Charles Dickens (en su obra “Oliver Twist”, el autor cita un popular establecimiento de Londres para freír pescado). Así nació lo que hoy es el plato gastronómico más popular del Reino Unido, su famoso “Fish and Chips”, y que habitualmente se compone de bacalao rebozado con patatas fritas.

Vista de Cádiz. Autor, Michal Osmenda

                                                               Vista de Cádiz. Autor: Michal Osmenda

Pescaíto frito de Sanlúcar de Barrameda. Autor, Elfo Tófrafo

                                             Pescaíto frito de Sanlúcar de Barrameda. Autor: Elfo Tófrafo

El “pescaíto frito“ es el plato típico por excelencia tanto en la ciudad de Cádiz como en toda la Costa de la Luz. El denominado “frito gaditano” se compone de varias especies pequeñas de pescados como boquerones, salmonetes, pijotas, acedías, puntillitas o trozos de pescadilla o cazón, entre otros, todo ello rebozado en harina gruesa y frito al punto de sal. En algunos lugares es frecuente acompañarlo también con un trozo de limón fresco, y rociar por encima un poco de su jugo. Pero el secreto para disfrutarlo no está solo en su preparación. Pedir el pescado tiene su arte, y es habitual por ejemplo para cualquier gaditano llegarse a la freiduría y utilizar frases como: “Quillo, porme un quilo choco”; o bien “cuarto y mitá de pico, niño”. Conviene no alzar la voz más de la cuenta, sobre todo en momentos de mucha afluencia de público, pues de todos es sabido la facilidad que tienen los camareros para el “cabreo” monumental: “¡Ea, viene o no viene ya esa croqueta, pisha!” (se dice más bien cocleta) y el otro: “¿Pero usted de dónde ha salido? ¿Es esa la manera de dirigirse a una persona, pedazo de animal? ¿Con quién se cree que está hablando?”. El primero duda: ” ¿Y tú? ¿Sabes tú con quién estás hablando?”. “Pues no”. “Pues menos mal”, responde aliviado.

Playa de La Caleta, en Cádiz. Autor, Manuel Esquivo

                                             Playa de La Caleta, junto a la ciudad. Autor: Manuel Esquivo

Catedral de Cádiz. Autor, Gonzalo Iza

                                           Espectacular vista de la Catedral de Cádiz. Autor: Gonzalo Iza

Curiosamente, las primeras freidurías de Cádiz se regentaron por pescadores gallegos llegados principalmente desde Pontevedra, aprovechando al parecer establecimientos anteriores propiedad de genoveses. Estos primitivos locales consistían en un portal donde los gallegos exponían el pescado frito en barreños. Las autoridades les exigieron ciertas medidas de sanidad y calidad, por lo que tuvieron que modernizarse y convertirse en lo que conocemos hoy en día. Allí era común no solo el “pescaíto frito”, sino también comprar una peseta (se dice “pejeta”) de “mijitas”, es decir, un cartucho con los trocitos que iban quedando del pescado y que el gallego iba echando hasta que lo llenaba hasta arriba. En los años 50 llegaron a existir una veintena de freidurías en la ciudad, pero estos negocios exclusivos han desaparecido por completo. Todos se han reconvertido en bares y los pescados fritos son un complemento más de estos negocios aunque tengan un despacho de venta directa para la calle. Hoy son muy populares freidurías como Las Flores I y II, Veedor, Conoliva y El Stop, e invariablemente se disponen en la parte exterior del correspondiente bar.

Cádiz tras la tormenta. Autor, Felix Bernet

                                                           Cádiz tras la tormenta. Autor: Felix Bernet

Cartucho de pescaíto frito

                                                                          Cartucho de pescaíto frito

Lo que sigue conservándose en Cádiz y en toda Andalucía es la tradicional forma de comer “pescaíto frito”, y que en ningún modo se parece a un restaurante convencional o cualquier otro sitio de tapas. Las freidurías son más bien un lugar de comida rápida para llevar, puesto que se sirve empaquetado en un cartucho de papel y te lo puedes llevar tal cual para comértelo por la calle. Muchos clientes se lo llevan a casa, pero lo ideal es tomarlo en el propio local, en un banco de la calle o plaza, en la playa o incluso en el bar de al lado (si se encuentra mesa, claro). En un principio suena raro consumir comida ajena en un bar, pero basta con pedir la bebida para que la cosa se normalice. Lo que no hay que pedir nunca, so pena de ser tratado como un “guiri”, es tenedor o cuchillo, puesto que el culmen del arte del “pescaíto frito” consiste en comerlo con los dedos y directamente desde el cartucho. En la freiduría de las Flores II es habitual (sobre todo en Carnavales) ver a los turistas sentados en los bancos del paseo marítimo con el cartucho de pescado en la mano, y tras unos breves momentos de apuro utilizar los dedos y ponerse ciegos a chocos, puntillitas y boquerones, para después limpiarse las manos en el borde de la camiseta. Es sin duda un frenesí de gula desatada, y parece que se disfruta doblemente al devorarlos así.

Plaza del Ayuntamiento de Cádiz. Autor, Agu V.

                               Plaza del Ayuntamiento iluminada para las fiestas de Carnaval. Autor: Agu V.

Calle de Cádiz durante los Carnavales. Autor, Mait Jüriado

                                              Calle de Cádiz durante los Carnavales. Autor: Mait Jüriado

En Cádiz, el “pescaíto frito” es popular sobre todo en época de Carnavales. Este año tuvo lugar la 37 edición del Frito Popular Gaditano, en la que se reparte entre los miles de asistentes al evento más de 600 kilos de chocos, acedías, pescadilla y cazón, junto al tradicional vaso de cerveza. Pero, claro está, es necesario decir que este plato no es exclusivo de Cádiz. En Málaga, por ejemplo, son famosas las “Jornadas Gastronómicas del Pescaíto Frito” en Torremolinos, en el barrio de La Carihuela y a lo largo del paseo marítimo. Durante esta festividad los chiringuitos y restaurantes reparten gratuitamente bebidas y raciones de pescado a todo el mundo, turistas y autóctonos, quienes se van después tan contentos a comérselas a la playa. En Ayamonte (Huelva) el rito se hace religioso, y la Hermandad de Jesús Resucitado y María Santísima de la Victoria organiza para todos los asistentes la Feria del Pescaíto Frito “Ciudad de Ayamonte”.

Y todo por no hablar de la Feria de Abril sevillana, que arranca sus festejos con un atracón de “pescao” frito en las casetas. Hablando de Sevilla, cualquiera puede ver la devoción del sevillano por tan suculento manjar cuando lo asocia sin tapujos a lo más grande de la ciudad, en opinión de algunos: la Maestranza. En pleno Paseo de Colón y frente a la plaza de toros, se encuentra una estatua de bronce que representa a uno de los más insignes toreros de la historia de la tauromaquia, el gran matador de toros Pepe Luis Vázquez Garcés (1922). Y es que el escultor modeló en bronce a Pepe Luis con su cartucho de “pescaíto frito” bajo el brazo, como así se le conocía cuando el diestro recogía su muleta y se disponía a lidiar al toro que le tocaba en suerte.

Vista del mar en la bahía de Cádiz. Autor, Lolo

                                                        Vista del mar en la bahía de Cádiz. Autor: Lolo

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Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (1ª Parte)

Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (1ª Parte)

En los tiempos lejanos de la España de los Austrias, cuando el oro y la plata fluían a sacas llenas desde los galeones procedentes de América y medio mundo temblaba bajo el poder del Imperio, Málaga y su puerto abierto al Mediterráneo tuvo el dudoso honor de servir de embarque a la peor ralea de la Península: nos referimos a los galeotes, los forzados a remar en galeras. La pena de remo era considerada como la más infame condena en vida, verdadero suplicio que se alargaba a veces a perpetuidad y que a efectos prácticos desahuciaba a estos infelices para el resto de su existencia. León, Oviedo, Salamanca, Zamora, Ávila, zona Centro y buena parte de Andalucía, enviaban los penados hasta la ciudad de Málaga para su embarque en las empresas bélicas y de vigilancia por todo el Mediterráneo. ¿Eran realmente tan despreciables ante la Justicia y la sociedad? Aquí van algunos apuntes sobre la realidad más humana de estos “olvidados de Dios”:

El puerto de Málaga. Autor, Dcapillae

                                                                 El puerto de Málaga. Autor: Dcapillae

1. Desde el asentamiento turco en Argel en 1516, y aún antes, toda la costa del Mediterráneo español se encontraba amenazada por ataques de piratas berberiscos. Éstos desembarcaban en cualquier punto del litoral y asolaban asentamientos rurales en busca de botín o esclavos, que luego eran transportados hasta los numerosos mercados musulmanes de Berbería. Málaga sufrió largamente estos ataques debido a su importancia como puerto de primer orden y a su cercanía a las costas magrebíes y argelinas. Para evitar esta plaga, el Emperador Carlos I ideó un sistema defensivo basado en la construcción de torres vigía por toda la costa (muchas de las cuales se conservan todavía en localidades como Nerja, Marbella o Benalmádena) y en aumentar el número de galeras de la flota del Mediterráneo. Gracias a ello el puerto de Málaga creció extraordinariamente en importancia por aquella época, puesto que de allí partían entre otras cosas las escuadrillas de castigo hacia los puertos africanos. Una escuadra de galeras necesitaba de remeros, ¿y dónde mejor y más barato para conseguirlos que entre la masa humana que colmaba los presidios? Así nació la pena de galeras en España.

3. El pirata Berberisco Barbarroja, terror del Mediterráneo en el siglo XVI. Charles Motte (1785–1836) . Litografía

 El pirata Otomano Barbarroja, terror del Mediterráneo en el siglo XVI. Charles Motte (1785–1836). Litografía

2. La condena a galeras se consideraba un escarnio público, y por tanto no podía generalizarse a todas las clases sociales. Existía, por ejemplo, un indudable trato de favor para dignatarios, nobles o hidalgos venidos a menos, quienes estaban exentos de sufrir vergüenza pública y por tanto no podían ser sometidos a azotes, amputaciones u otras atenciones del estilo. Exhibir credenciales de alcurnia era éxito seguro, y aún en casos de delitos acreedores de pena capital, ésta no podía ser en ningún modo el ahorcamiento, considerado vejatorio, sino la decapitación. En definitiva, un hidalgo miserable y reo de asesinato daba por bueno perder la cabeza, si fuese de merecer, pero nunca la honra ni el respeto debido a su apellido.

Torre vigía en Vélez Málaga. Autor, Carlos Castro

                                                     Torre vigía en Vélez Málaga. Autor: Carlos Castro

3. Por el contrario, para aquel ciudadano raso que fuese descubierto en hurto o robo, y aún más si éste era de carácter violento, la condena a galeras era un hecho consumado: en 1566, el primer hurto cometido por un ladrón supuso una pena de 6 años de remo forzado. No es de extrañar, por tanto, que casi la mitad de los galeotes de la flota real fuesen en realidad simples timadores, rateros y otros cacos de tres al cuarto. Las diferencias de trato estaban aún más claras cuando se trataba del juego: por esas mismas fechas se dio el caso de un hidalgo reincidente en los dados para el que la justicia solicitó 5 años de destierro y una multa de 200 ducados; en cambio, un simple plebeyo recibía 200 azotes y 5 años de galeras por el mismo delito. Ser hijodalgo, aunque uno se muriese de hambre, constituía sin duda un gran alivio en la España del Quinientos.

Torre vigía en Maro, Nerja (Málaga). Autor, Trix

                                                        Torres vigía en Maro, Nerja (Málaga). Autor: Trix

4. Con el tiempo Málaga se hizo cosmopolita, la necesidad de remeros más acuciante y, en consecuencia, la carne de galeote hubo de ampliarse también a blasfemos, desertores, huidos de prisión, vagabundos, gitanos y hasta bígamos. En tiempos de Felipe II los fornicadores se cuidaban bien de airear sus aventuras y el vagabundo fue considerado ladrón con este curioso razonamiento: “ladrón es propiamente del pan de los pobres, el holgazán que está sano y mendiga de puerta en puerta”. Estos vagabundos, sin recursos y errantes por los caminos en busca de trabajo, cumplían por lo común penas mínimas de 4 años en los barcos de Su Majestad. Mucho más graves eran sin embargo los delitos contra la honra o la moralidad. En la España ultra católica del XVI, por ejemplo, ser chulo de prostíbulo era una profesión muy arriesgada, y aquel rufián que fuese atrapado negociando los amores de su pupila podía verse en galeras por 10 y más años. Lo mismo cabe decir de adúlteros, alcahuetes y homosexuales, aunque en estos casos, puesto que por gracia divina se salvaban de la hoguera, acababan recibiendo la condena a remos casi como una bendición.

Condenados camino del presidio. Antonio Parreiras. Óleo sobre lienzo, 1800

                                 Condenados camino del presidio. Antonio Parreiras. Óleo sobre lienzo, 1800

7. Alcazaba de Málaga. Autor, Cayetano

                                                     Vista desde la Alcazaba de Málaga. Autor: Cayetano

5. Las cadenas de galeotes llegaban a Málaga después de semanas de viaje a pie, y eran conducidos directamente hasta la cárcel de la ciudad. El presidio fue construido en 1489 en la Plaza de las Cuatro Calles sobre unos antiguos baños árabes, y tras su ampliación permaneció en uso hasta entrado el siglo XIX. Durante el reinado de los Austrias la cárcel malagueña estaba regulada por el Cabildo Municipal, y al igual que en el resto de cárceles españolas cobraba a los presos por sus “servicios” (el agua y la lumbre eran gratuitos). Los inquilinos, en consecuencia, debían abonar todos sus costes de manutención si querían permanecer en presidio, cosa que de todas formas estaban obligados a hacer a punta de arcabuz. La situación llegaba en algunos casos a ser grotesca cuando los galeotes, que solo llevaban lo puesto, se enfrentaban a alcaides deseosos de lucrarse con ellos a costa de subir los precios, o bien al acoso de presos más veteranos y aviesos, que les “solicitaban” sin reparos una tasa de protección. En estas condiciones, el único amparo que les quedaba mientras esperaban embarque era la ayuda de instituciones religiosas especializadas en lo carcelario, como la Cofradía de los Pobres de la cárcel de Antequera, o la Hermandad de San Juan Degollado, esta última fundada en Málaga a finales del XVI.

Interrogatorio en la cárcel. Alessandro Magnasco. Óleo sobre lienzo (1710-1720)          Interrogatorio en la cárcel. Alessandro Magnasco. Óleo sobre lienzo (1710-1720)

6. Aunque eran los menos, no era raro encontrarse con galeotes de edades comprendidas entre los 60 y 70 años, y se tiene constancia de condenados que alcanzaban casi el centenar. En el extremo opuesto aparecen niños de apenas 14, lo que demuestra que la necesidad de conseguir remeros para la flota hacía buscar candidatos con el mínimo criterio objetivo. Nada mejor para ilustrarlo que la curiosa disposición tomada por Carlos V en 1530 cuando la armada de su aliado genovés, Andrea Doria, liberó a cientos de cristianos tras un ataque a las cárceles argelinas. En la batalla pudo capturar 2 galeras sarracenas de gran porte, amén de varias embarcaciones más pequeñas… Pero no disponía de remeros. ¿Qué hacer? Nada más fácil: echó mano de los infelices cristianos para convertirlos en forzados, y éstos terminaron maldiciendo su liberación y ansiosos de verse atrapados nuevamente por la piratería.

Réplica de la galera D. Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. Autor, Fritz Geller-Grimm

                    Réplica de la galera de D. Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. Autor: Fritz Geller-Grimm

7. Cualquiera que fuese la edad del forzado, las galeras de esa época precisaban de un número de remeros que oscilaba entre los 150 y los 300, los cuales vivían en la embarcación hacinados dentro de habitáculos inmundos, mal ventilados, con una penumbra permanente y expuestos de continuo al frío y a las enfermedades. La humedad también causaba grandes molestias, ya que las galeras sobresalían poco de la superficie del mar y durante las fuertes marejadas los bajos se anegaban por completo. Un indicio del terror que suscitaban las miserias del remo entre los condenados lo tenemos en el apelativo que daban algunos a estos barcos, infiernos flotantes, llegando además a afirmar que una condena superior a 6 años era equivalente a la sentencia de muerte.

galera Aspecto de una galera del siglo XVII. Gaspard Van Eyck (1613-1673). Óleo sobre lienzo

8. En los primeros meses el galeote recién iniciado debía adaptarse a un mundo lleno de estrecheces. La alimentación ordinaria, por ejemplo, no era para tirar cohetes. La base estaba constituida por una tortita pequeña de harina integral medio fermentada llamada bizcocho, y todos los testimonios recogidos de la época confirman su extremada dureza, hasta el punto que para poderla ingerir era necesario remojarla previamente en agua. Afortunadamente una vez al día el bizcocho se acompañaba de un cazo de habas con cuatro gotas de aceite, aunque había que esperar a la noche para el plato fuerte: sopa aguada y preparada con el bizcocho sobrante a mediodía. La víspera de las batallas, y en general cuando se pretendía obtener de los remeros un mayor esfuerzo, aumentaban las raciones, mientras que la carne solo aparecía en días señaladísimos como la Pascua de Navidad, Carnavales, Pascua de Resurrección y Pentecostés… Todo un lujo para guardar la línea.

Costa malagueña en la Costa del Sol. Autor, Bogdan Migulski

                                              Costa malagueña en la Costa del Sol. Autor: Bogdan Migulski