Publicado el 3 comentarios

Días y noches en el camino de Santiago. La vida cotidiana de un peregrino medieval (2ª Parte)

Días y noches en el camino de Santiago. La vida cotidiana de un peregrino medieval (2ª Parte)

Los viajes se planeaban para la primavera, coincidiendo con la terminación de las fiestas de Pascua de Resurrección. Era el mejor tiempo y, sobre todo, quedaban muchos meses por delante hasta que se pudiera pensar en los días cortos y desapacibles de un otoño anticipado. Chaucer ilustraba este hecho con una bella poesía en sus famosos cuentos de peregrinación, Los cuentos de Canterbury:

“Cuando en abril caen los dulces chubascos (…), cuando el céfiro, con su alentar suave, envía a los aires el perfume de cada arboleda y de cada matorral sobre sus tiernos retoños, el sol joven señala el equinoccio (…) y los ruiseñores cantan sus melodías (…), los que han de ir en peregrinación, los romeros, buscan las playas extranjeras de los santos lejanos, reverenciados en países llenos de sol”.

2. La estampa clásica del peregrino. Cebreiro, Lugo. Autor, Moisés Gallego

La estampa clásica del peregrino. Cerca de Cebreiro, Lugo. Autor, Moisés Gallego

3. Puente de la Rabia. Zubiri, en Navarra. Autor, Miguel Ángel García

Puente de la Rabia. Zubiri, en Navarra. Autor, Miguel Ángel García

Antes de abandonar su pueblo o su ciudad, el peregrino debía cumplir con unos ritos. No era él quien vestía la túnica y tomaba el bordón, sino que estas insignias le eran entregadas por las autoridades eclesiásticas en conformidad con un meticuloso ceremonial. Vestir el hábito del peregrino significaba una cierta consagración temporal a Dios, y al Apóstol Santiago. Por eso el peregrino era respetado, tenido en estima y eximido de los impuestos que había de pagar al paso por los puertos de montaña o al entrar en las ciudades, y de otros tributos con que las autoridades civiles hacían frente a los gastos públicos. Tras la despedida y la ceremonia religiosa obligada, el buen romero, el santiaguero de ley, ponía la mirada hacia poniente para no abandonarla en lo sucesivo. La mirada por donde desaparecía el sol todas las tardes. Y al llegar la noche, antes de acostarse, miraba al cielo también: pues si estaba despejado le permitiría ver su Vía Láctea clavada en el cielo como un tenue sendero de estrellas, marcándole el camino a seguir durante los días venideros

 

4. Monasterio de Irache, Navarra, antiguo hospital de peregrinos. Autor, Canduela

Monasterio de Irache, Navarra, antiguo hospital de peregrinos. Autor, Canduela

1. Puente cerca de Sahagún. León. Autor, Calafellvalo

Puente cerca de Sahagún. León. Autor, Calafellvalo

Un apunte: los literatos de todas las épocas han imaginado al peregrino caminando a toda prisa, casi corriendo, tropezando con los guijarros y levantando grandes polvaredas con los pies en la rapidez de su marcha. Sin embargo, esta prisa era más imaginaria que real. Aparte de los descansos exigidos por el duro caminar, por las inclemencias del tiempo o la búsqueda de provisiones y recambios, el reposo se imponía también cuando en la seca Castilla aparecía una alameda placentera. También se permitía lo que hoy llamaríamos excursiones cortas. Romerías a los santuarios célebres que habían surgido, ya en el camino, ya en lugares un poco apartados de él, en poblados, ciudades o descampados. Las visitas a estos centros de piedad cristiana y litúrgica están recogidas en multitud de trabajos históricos y documentos de la época. Era frecuente que una desviación a un lugar de peregrinación secundaria durara los tres días de hospedaje gratuito que se solía conceder a los visitantes, más los dos días de viaje contando el de ida y el de vuelta.

 

5. Peregrinos por los páramos de Palencia. Autor, Ruhei

Peregrinos por los páramos de Palencia. Autor, Ruhei

6. Verde sobre verde en el camino. Autor, Guu

Verde sobre verde en el camino. Autor, Guu

La alegría de los peregrinos, tanto en esas “cortas excursiones” como en el camino propiamente dicho, no es fácil de describir. Siguiendo la pauta que nos marca León Felipe en sus versos, podría decirse que esta dicha nace de una profunda convicción de la ruta como ideal de vida:

“Ser en la vida romero,
Romero solo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero
Sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero… sólo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
Pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,
Ligero, siempre ligero”.

7. Una buena noticia. Padrón, camino Portugués. Autor, Compostelavirtual

Una buena noticia. Padrón, camino Portugués. Autor, Compostelavirtual

Además de la túnica de paño grueso, o tabardo, que le servía para resguardarse de las inclemencias del tiempo y para envolverse con él por la noche, el peregrino llevaba asimismo un báculo o bordón cuya utilidad era entonces mucho más variada que hoy en día. Se le utilizaba para apoyo, defensa contra hombres y fieras, o para que sirviera de mástil a una tienda de campaña improvisada… Por otro lado, el equipaje era siempre escaso: un hatillo o mochila para los pobres, porque “hasta una paja estorba en el viaje”, y algo más si el peregrino venía a caballo, señal segura de distinción y riqueza. Los caballeros no hacían el viaje solos y era común que se hiciesen acompañar de sus escuderos o mochileros, por lo que la alforja, y aún el cofre o el arca voluminosa, venían sobre una segunda montura en la que también cabalgaba el servidor del romero rico.

 

8. Casona habilitada como albergue de peregrinos. Villafranca del Bierzo, León. Autor, Titoalfredo

Casona habilitada como albergue de peregrinos. Villafranca del Bierzo, León. Autor, Titoalfredo

9. La alegría del peregrino. Autor, Juanpol

La alegría del peregrino. Autor, Juanpol

La alforja solía estar bien nutrida de comida que se pudiera conservar algunos días. Cordillo, personaje creado por Lope de Vega, decía envidiando a los peregrinos y arrieros:

“Canalla inútil
Que no solo come y bebe
Lo que siempre le hace falta,
Sino que toda va siempre
Apercibida de alforjas
Donde permite que lleven
Las calabazas de vino,
Quesos, hogazas y nueces
Y otras zarandajas.”

10. Monasterio y albergue de peregrinos. Carrión de los Condes. Autor, Guu

Monasterio y albergue de peregrinos. Carrión de los Condes. Autor, Guu

11. Nubes de tormenta en Bercianos del Real Camino. Autor, Luis Echanove

Nubes de tormenta en Bercianos del Real Camino. Autor, Luis Echanove

Estas “zarandajas”, o cosas de poca importancia, no lo eran en realidad para cualquier caminante o peregrino. Ni tampoco el socorrido cuchillo de monte, que tanto valía para cortar rebanadas de pan, siempre a punto de endurecerse, como de arma para metérsela en el corazón a un jabalí, a un lobo o a un bandolero. Un proverbio antiguo dice: “cuchillo de Pamplona, zapato de Baldés y amigo Burgalés, líbreme Dios de los tres”. Tan común era llevar cuchillo de monte, que la iconografía pictórica y estatuaria de la edad media representa a menudo a los santos con un cuchillo pendiente del cíngulo, o cordón ceñido a la cintura. Finalmente, no podía faltar tampoco en el hatillo o alforja lo necesario para hacer fuego: eslabón, pedernal y yesca. Nadie podía aventurarse a olvidar éstas y otras menudencias, tan necesarias para una vida fuera de casa durante varios meses por campos, bosques y posadas, donde la incertidumbre acechaba por doquier y el peligro y las incomodidades tenían asiento diario junto al camino.

Continuará…

 

12. Camino en invierno. Autor, Lola Hierro

Camino en invierno. Autor, Lola Hierro

cats

“Porque el viaje no comienza cuando preparas tu mochila, el viaje despega solo con soñarlo. Disfruta del Camino de Santiago”

Publicado el Deja un comentario

La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de “La abuela de Europa” (2ª Parte)

La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de "La abuela de Europa" (2ª Parte)

1. Palacio de Buckingham. La ceremonia de coronación se realizó el 28 de junio de 1838 y Victoria se convirtió en la primera soberana en residir en el palacio de Buckingham. Su vida cambió radicalmente tras casarse con su primo Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha el 10 de febrero de 1840, aunque a pesar de su enamoramiento las ocupaciones en Buckingham le resultaban a menudo de lo más tediosas. Sus esfuerzos por encontrar temas de conversación con sus subordinados, por ejemplo, eran patéticos, como lo demuestra esta conversación con Lord Greville en el transcurso de una velada en palacio:

– ¿Ha montado hoy a caballo, señor Greville?
– No, Señora, no he montado a caballo.
– ¡Qué día más hermoso!
– Sí, Señora, un hermoso día.
– Aunque hacía un poco de frío.
– En efecto, Señora, hacía un poco de frío.
– ¿Su hermana, lady Frances Egerton, monta a caballo, no es cierto?
– Sí, Señora, monta de vez en cuando.
Hubo un silencio.
– ¿Vuestra Majestad ha hecho hoy un paseo a caballo?
– ¡Oh, sí! Un largo paseo – respondió la reina con animación.
– ¿Y tiene Su Majestad un buen caballo?
– ¡Oh, sí, excelente?

Alberto, sin embargo, pone todo su empeño en organizar Buckingham dado el descontrol absoluto en el que se ve inmerso. Las velas de los salones se cambian cada día aunque no hayan sido utilizadas, y los criados aprovechan la menor ocasión para revenderlas; los hurtos de comida se suceden de forma cotidiana y el plantel del servicio es exagerado: cuarenta doncellas solo en ese palacio, lo que no impide que los invitados se pierdan siempre por los pasillos en busca de sus habitaciones. Mención aparte es el increíble solapamiento de funciones: el intendente mayor es el encargado de abastecer de leña y de preparar el fuego, pero la función de encender las chimeneas corresponde al gran chambelán, de modo que durante el invierno reina un frío gélido en los salones que puede alcanzar incluso los 12ºC. Las ventanas están siempre sucias, y esto se debe a que la limpieza interior corresponde al referido gran chambelán, mientras que el exterior de los ventanales es competencia de Bosques y Jardines. Cuando se rompe un cristal en la cocina el procedimiento es el que sigue: se establece una petición formal, la firma del jefe de cocina refrendada por el interventor de cocinas, rúbrica del jefe de la casa real, autorización por parte del gabinete del gran chambelán y, por fin, ejecución de los trabajos a cargo del servicio de Bosques y Jardines…

2. El palacio de Buckingham en 1914. Autor, Leonard Bentley

El palacio de Buckingham en 1914. Autor: Leonard Bentley

3. Verja de entrada de palacio. Autor, Heidigoseek

Verja de entrada de palacio. Autor: Heidigoseek

4. El palacio de Buckingham a principios de siglo. Autor, Leonard Bentley

El palacio de Buckingham a principios de siglo. Autor: Leonard Bentley

2. Claremont House. En 1841 Victoria está embarazada de su segundo hijo y en septiembre la pareja real se retira a descansar unos días en Claremont, mansión del siglo XVIII ubicada en Surrey. Bajo las seculares encinas de Claremont, Victoria recuerda una de sus experiencias más emocionantes de ese año: su primer viaje en ferrocarril. Se trata de la gran aventura de la época, pues los accidentes son todavía demasiado frecuentes y hace falta ser un intrépido aventurero para decidirse a subir en un medio de transporte tan arriesgado. La próspera Great Western Railway Company ha construido un tren especial para Victoria, con vagones decorados interiormente con un lujo extraordinario y en los que no falta ni un solo detalle. Desgraciadamente, el responsable de los desplazamientos por tierra de Su Majestad es el caballerizo mayor, pero ni él ni ninguno de sus chóferes es capaz de conducir una máquina de vapor. El trayecto inaugural es de solo quince kilómetros, con el convoy avanzando a una velocidad de treinta y cinco kilómetros por hora, y según una firme leyenda Alberto habría considerado excesiva esta rapidez para el embarazo de la reina. Mientras descendía del tren al término del viaje le recriminaba con dientes apretados al maquinista: “La próxima vez más despacio, señor conductor”. Victoria, como era previsible, estaba encantada con la experiencia.

5. Jardines cerca de Claremont House. Autor, Tjandspallan

Jardines cerca de Claremont House. Autor: Tjandspallan

6. Claremont House en 1860

Claremont House en 1860

7. Claremont House y sus jardines, a finales del siglo XIX. Ilustración de Edward Wedlake Brayley. Autor, Ayacata7

Claremont House y sus jardines, a finales del siglo XIX. Ilustración de Edward Wedlake Brayley. Autor: Ayacata7

3. Edimburgo y Escocia. A finales de agosto de 1842 Victoria y Alberto parten hacia Escocia, ya que la reina desea descubrir este reino incorporado a la corona desde hacía ciento cincuenta años. Tras un viaje infame en un barco de vela llegan a Edimburgo, desde donde parten hacia el castillo de Dalkeith, donde Victoria y Alberto son los invitados del duque de Buccleuh. Por temor a los atentados se les hace cruzar Edimburgo a toda velocidad, pero después todas las incomodidades se olvidan frente a las colinas cubiertas de brumas, las apacibles aguas de los lagos y las gaitas de las Highlands. El riquísimo lord Breadalbane les ha reservado el alojamiento más romántico posible frente a su castillo de Taymouth, construido con granito gris. La vista es indescriptible. Los highlanders están alineados para recibirla con su tradicional tartán. Las salvas al aire, las aclamaciones de la multitud, las tan pintorescas vestimentas y la arrebatadora belleza de los paisajes que les rodean, con las boscosas montañas como telón de fondo, conforman un decorado sin parangón. Aquello parecía la recepción que un gran señor feudal dispensara a su soberana. Todo era majestuoso. Tras la cena se iluminaron los jardines con gran esplendor y en el suelo podía leerse, escrito con farolillos: “Bienvenidos Victoria y Alberto”. Por la mañana la reina remonta con una ligera embarcación a remos veinticinco kilómetros río arriba, al ritmo de los cantos celtas de los marineros. En el punto de llegada le espera una copiosa comida campestre, tras la cual retoma camino en coche de caballos y atraviesa los campos, ya entre pardos y rosáceos por la luz del ocaso.

Las muchachas sin cofia y con los cabellos sueltos la fascinan. El aire de Escocia la hace sentirse más libre, allí donde nadie la reconoce. Una mujer le ofrece leche y un mendrugo de pan, y otra le regala un ramo de flores. Nunca estuvo Victoria en tan estrecho contacto con la gente del pueblo, y puede decirse que está encantada por la sencillez de sus modales. En su cuaderno dibuja las chozas, “tan bajitas y envueltas en humaredas por el fuego de las turbas”, así como a una campesina “que limpia patatas en un riachuelo con su vestido recogido por encima de las rodillas”. Por supuesto, durante los desayunos descubre el porridge de copos de avena y el abadejo ahumado.

8. Vista de Edimburgo. Jordillar-fotos

Vista de Edimburgo. Jordillar-fotos

9. Rannoch Moor, típica landa de escocia. Autor, Pimhorvers

Rannoch Moor, típica landa de escocia. Autor: Pimhorvers

10. Castillo de Glamis, en Escocia. Autor, Neil Howard

Castillo de Glamis, en Escocia. Autor: Neil Howard

4. Chatsworth House. En diciembre de 1843 Victoria, Alberto y el ex primer ministro Melbourne viajan al feudo whig del duque de Devonshire, en Derbyshire. El duque se ha desplazado para recibirles en la estación y, de camino al castillo blanco, atraviesan la campiña en una carroza de seis caballos, seguida por otra de cuatro y escoltados por ocho caballeros. El espléndido castillo, con su monumental escalinata, dispone asimismo de un exuberante parque que hace las delicias del duque, un enamorado de las plantas tropicales que no duda en enviar expediciones para que le consigan exóticos especímenes. El jefe de sus jardineros, Joseph Paxton, ha levantado un inmenso invernadero, todo de cristal, de ochenta y cuatro metros de largo por cuarenta y siete de ancho. Un coche de caballos puede recorrer el carril central y una galería interior permite admirar las especies desde lo alto. El invernadero ha dejado sin palabras tanto a Alberto como al resto de invitados. Para la noche el duque ha preparado a Victoria una mágica velada de hadas con jardines y cascadas iluminados por velas que proyectan una luz de varios colores. Sorprendido por ese prodigio luminoso del que ha sido espectador, otro de los invitados, Wellington, se levanta al alba con la intención de investigar el material utilizado, pero Paxton y los jardineros han trabajado a destajo para retirar las lámparas y reemplazar, también, la hierba quemada. “Me hubiera gustado tenerle como general”, afirmó el héroe de Waterloo.

11. Chatsworth House, en Derbyshire. Autor, Vanessa (EY)

Chatsworth House, en Derbyshire. Autor: Vanessa (EY)

12. Parque desde el puente de la mansión. Autor, Andy Moore

Parque desde el puente de la mansión. Autor: Andy Moore

13. Uno de los comedores de Chatsworth House. Autor, Kmoliver

Uno de los comedores de Chatsworth House. Autor: Kmoliver

5. Isla de Wight y Osborne House. Gracias a los ahorros que han ido reuniendo para el tesoro real, están a la cabeza de una auténtica fortuna. La isla de Wight les seduce, con sus prados soleados y la belleza de la vista sobre el Solent, ese brazo de mar que separa la isla de Inglaterra. Victoria y Alberto se hacen en 1845 con la preciosa propiedad de lady Blachford justo al lado de Norris Castle, Osborne, y desde ese mismo instante compran también todas las hectáreas que rodean la mansión. Ésta es demasiado pequeña para albergar a una familia que está en pleno crecimiento, por lo que el príncipe se decide a construir un castillo cuyos planos diseña él mismo. Pasan la primera noche en el nuevo castillo el 15 de septiembre de 1846, y durante los siguientes días no tarda en instaurarse allí una rutina de lo más encantadora. El príncipe observa desde la terraza las maniobras de la flota real, mientras Victoria descansa tumbada sobre una hamaca y, a ratos, él imita con sus silbidos el canto de los ruiseñores. La reina diría años más tarde: “No puedo escuchar los gorjeos de un ruiseñor sin pensar automáticamente en mi querido amor”. Los niños corren por los bosques con total libertad, igual que hicieran antaño Alberto y su hermano en Rosenau con su preceptor; recogen moras y fresas silvestres y preparan ramos de jacintos y de juncos, que luego servirán para adornar las suntuosas salas del castillo. El príncipe les enseña a nadar y a volar una cometa, mientras el doctor Clark ha llegado para contrastar la pureza del aire y se ha mostrado satisfecho por el resultado; no cabe duda de que el clima soleado de Osborne será beneficioso para toda la familia.

14. Puesta de sol sobre el mar, en la isla de Wight. David Coombes

Puesta de sol sobre el mar, en la isla de Wight. David Coombes

15. Osborne House. Autor, Puritani35

Osborne House. Autor: Puritani35

16. Gaviotas sobre la isla de Wight. Autor, Me`nthedogs

Gaviotas sobre la isla de Wight. Autor: Me`nthedogs

Publicado el Deja un comentario

La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de “La abuela de Europa” (1ª Parte)

La ruta Victoriana. Un paseo por los palacios británicos de "La abuela de Europa" (1ª Parte)

La reina Victoria de Inglaterra subió al trono apenas cumplidos los 18 años, el 20 de junio de 1837, casándose con su primo el príncipe Alberto de Sajonia 3 años después. La que merecidamente llevó el título de abuela de Europa reinó en Gran Bretaña e Irlanda durante casi 64 años, y fue asimismo Emperatriz de la India desde 1877 hasta su fallecimiento, en los albores del siglo XX. Para muchos constituye el estereotipo vivo de la férrea y mojigata cultura de aquella época (llamada en su honor sociedad victoriana), y que aplicada sin paliativos llegó a asfixiar tanto a las clases británicas como a los diferentes pueblos del Imperio (no en vano la imagen de la reina con un luto riguroso y perpetuo, impuesto a si misma en 1861 tras la muerte de su marido, estará para siempre grabada en el imaginario colectivo de su país).

1. Tower Bridge y río Támesis, en Londres. Aurtor, Slazgrc

                                                  Tower Bridge y río Támesis, en Londres. Autor: Slazgrc

A pesar de esta realidad no fue la soberana quien articuló esta contrarreforma cultural. Puede que la secundara o que la compartiera, pero no es menos cierto que su llegada al trono coincidió con un fulgurante despertar de los metodistas, una confesión que predicaba la respetabilidad con unos tintes dignos de la mismísima Inquisición. Era la revancha idónea contra una aristocracia libertina y que caló hondo sobre todo en las clases medias y bajas más desfavorecidas. Con su reinado se multiplicaron esas aborrecibles escuelas privadas que muchas novelas, desde Jane Eyre hasta David Copperfield, escogieron como telón de fondo. En ellas se inculcaba a los pequeños el desprecio a la carne perecedera, a cargo de reverendos encendidos de un fuego sagrado que condenaban la ligereza, la risa o las diversiones más inocentes: para ellos estas expresiones humanas no eran sino trampas que el maligno nos coloca en el camino para llevarnos a la perdición.

El temor a Dios se convierte en un principio de conocimiento y los pintores tienen como tema favorito la muerte. Se exige que las esposas solícitas sean sumisas a la voluntad divina y a su marido, y lleven en todo momento negros ropajes que escondan su feminidad. El domingo permanecen cerrados los comercios y las tabernas; toda forma de trabajo está estrictamente prohibida, y como no puede ser de otra manera el descanso debe dedicarse a la lectura de la Biblia, el mejor de los libros, forjador de almas de acero a las que nada abate ni desalienta en el duro camino hacia la santidad.

Sin embargo, el largo reinado de la reina Victoria (de hecho el más dilatado de la historia del Reino Unido) nos ha dejado también un rosario de castillos, de palacios y numerosos enclaves de carácter único asociados a su vida, y en definitiva a la trayectoria de la realeza en este país. Lugares de gran belleza muchos de ellos, monumentos antiquísimos otros y que hoy, lejos ya de las estrecheces mentales de sus antepasados, constituyen un legado imperecedero a su figura y a lo que significó su reinado en los años del milagro industrial británico del XIX. Lo hemos llamado “La Ruta Victoriana”, y ésta es la colección de fotografías cronológicamente ordenadas a lo largo de su vida que hemos seleccionado para la ocasión. Disfrútenlas, sin temor a caer en pecado… Y si es en vivo y en buena compañía, mejor que mejor.

 

1. Palacio de Kensington. La reina Victoria nació el 24 de mayo de 1819 en este palacio londinense. Tras la extinción de la línea sucesoria con la muerte de la hija única del príncipe regente, se produjo una verdadera carrera para conseguir heredero real por parte de los 12 hijos de Jorge III. Casi todos ellos estaban solteros o no tenían descendencia. Finalmente, el cuarto hijo de Jorge III, Eduardo, se casó con Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld y de este casamiento nació en 1819 una hija llamada Alejandrina Victoria. La sucesión extraordinaria de muertes que se produjo después, iniciada por la de su padre, siguiendo con sus primos (todos de mayores derechos sucesorios que ella) y acabando con el fallecimiento de tres reyes en apenas 18 años, la colocaron por una genial carambola del destino a las puertas del trono británico.

2. Fachada del palacio de Kensington. Autor, Heatheronhertravels

                                            Fachada del palacio de Kensington. Autor: Heatheronhertravels

3. Los jardines de Kensington. Autor, YY

                                                                Los jardines de Kensington. Autor: YY

4. Pasillo en el interior del palacio de Kensington. Auto, Heatheronhertravels

                                           Pasillo en el interior del palacio. Autor: Heatheronhertravels

Tras el matrimonio de sus padres celebrado en Coburgo (entonces perteneciente al ducado alemán de Sajonia-Coburgo), el duque de Kent insiste en que su hijo ha de nacer en suelo inglés. Así, el 28 de marzo de 1819 y con su mujer embarazada de siete meses, parten sin demora hacia Inglaterra en una calesa que conduce el mismo duque para ahorrarse los gastos del cochero. Tras ella sigue la carroza de la duquesa, la barouche del duque, la silla de posta para que la duquesa se estire en caso de lluvia, la carroza con los objetos de plata y un último coche con el médico personal, por si se presentaba una urgencia. En Calais deben esperar más de dos semanas hasta que amaine un temporal que les impide cruzar el estrecho, pero finalmente la caravana llega al palacio londinense de Kensington, y tras seis horas y media de esfuerzos, la duquesa trae al mundo en la madrugada del 24 de mayo a una pequeña y rolliza niña de cabellos rubios: es Victoria, la futura reina.

5. Vista lateral del palacio. Autor, Konqui

                                                              Muros laterales del palacio. Autor: Konqui

6. Vista del techo en una de las estancias. Autor, Heatheronhistravels

                           Lujosos techos en una de las estancias de Kensington. Autor: Heatheronhistravels

7. Otra vista de los jardines. Autor, Uli Harder

                                                            Otra vista de los jardines. Autor: Uli Harder

2. Sidmouth y Devon. Los duques eligen un hotelito romántico en la costa de Devon para que la niña pueda criarse lejos de los fastos de Londres, y bautizan a la casa con el nombre de Woolbrok Cottage. Sin embargo ese año el invierno es especialmente crudo y el duque coge un resfriado mientras visitaba la catedral de Salisbury. Resfriado que rápidamente se transforma en neumonía. Su vecino el doctor Wilson le prescribe sanguijuelas, sangrías y ventosas como tratamiento de choque, de modo que el 20 de enero de 1820 el duque de Kent comienza a delirar. Cuando el médico le toma el pulso en el balneario de Sidmouth confirma sus peores sospechas y le comunica con gran pesar que no pasará de esa noche, así que es obligado que firme testamento. Muere finalmente al día siguiente dejando a Victoria más cerca del trono, y a su madre tan ahogada por las deudas que apenas le llegaba el dinero para su regreso a Londres.

8. Puesta de sol en blanco y begro. Sidmouth. Autor, Ward

                                                  Puesta de sol en blanco y negro. Sidmouth. Autor: Ward

9. La campiña de Devon. Autor, Grahamjenks

                                                          La campiña de Devon. Autor: Grahamjenks

10. Paisaje rural en Devon. Autor, Teddeady

                                                           Paisaje rural en Devon. Autor: Teddeady

3. Gales. Tras la muerte de Jorge IV y la subida al trono de su hermano con el nombre de Guillermo IV, la ya adolescente Victoria inicia un estricto programa de educación que incluye grandes viajes por la isla, como el que realiza en verano de 1832 y que dura tres largos meses. Atravesaron el País de Gales y la feliz Inglaterra, con sus verdes prados y cottages de porches floreados, así como el mar de fábricas y chimeneas de la entonces naciente industria local. Por las noches, los lores de la región organizan fastuosas recepciones en sus castillos galeses, pero la campiña inglesa no está ocupada solo por riquísimos latifundistas: el hambre, la fiebre, la miseria y el analfabetismo reinan en los campos donde el populacho se rebela contra los terratenientes, que les esclavizan y les echan de sus chozas para evitar el pago de los impuestos sobre los pobres que tienen a su servicio.

11. Playa mágica en la costa de Gales. Autor, @Doug88888

                                               Playa mágica en la costa de Gales. Autor: @Doug88888

12. Gales. Castillo de Caerphilly. Autor, DanieVDM

                                                      Gales. Castillo de Caerphilly. Autor: DanieVDM

13. Otra vista de las costas de Gales. Autor, Víctor Bayon

                                                    Otra vista de las costas de Gales. Autor: Víctor Bayon

4. Palacio de St. James, en Londres. Un mes después de cumplir los 18 años, Guillermo IV murió y Victoria se convirtió en reina del Reino Unido. En su diario escribía: “Mamá me levantó a las seis de la mañana y me dijo que el arzobispo de Canterbury y Conyngham estaban aquí y querían verme. Salí de la cama y fui a mi sala de espera (vestida solo con mi camisón), sola, y los vi. Conyngham me avisó de que mi pobre tío, el rey, ya no existía y que había dado su último suspiro doce minutos después de las dos de la mañana y que, por consiguiente, soy reina”. Su aparición en la ventana del palacio de St. James desata el clamor de la multitud allí congregada. El Primer Ministro Lord Melbourne no se aparta de su lado, suenan las trompetas, la joven reina palidece y sus ojos se llenan de lágrimas. Los heraldos pronuncian por última vez su nombre compuesto, Alejandrina-Victoria. Su Majestad ordena que a partir de ese momento éste se suprima de todos los documentos oficiales.

14. Palacio de St. James en blanco y negro. Autor, Leonard Bentley

                                          Palacio de St. James en blanco y negro. Autor: Leonard Bentley

15. Guardias del palacio de St. James. Autor, Urbanshoregirl

                                                Guardias a las puertas del palacio. Autor: Urbanshoregirl

16. Palacio de St. Jaime. Autor, ChrisO

                                                      Otra vista del Palacio de St. James. Autor: ChrisO

5. Abadía de Westminster. Desde su carroza de gala, la reina saluda tímidamente a la multitud agolpada en las calles de Londres para presenciar el desfile. “Como un niño con zapatos nuevos” hace su entrada en la abadía de Westminster, donde resplandecen los diamantes de los pares y sus esposas. Ella escribe después: “No alcanzo a explicar lo orgullosa que estoy de ser la reina de esta nación”. Sin embargo, la ceremonia fue un sinfín de desastres. De entrada se tuvo la desafortunada ocurrencia de vestir a las doncellas de honor con traje de cola, que se iban pisando una y otra vez mientras caminaban al tiempo que impedían avanzar a la reina.

17. Impresionante vista de la Abadía de Westminster. Autor, Peter Broster

                                       Impresionante vista de la Abadía de Westminster. Autor: Peter Broster

18. Detalle en la fachada de la Abadía. Autor, James.Stringer

                                                 Detalle en la fachada de la Abadía. Autor: James.Stringer

19. Alrededores de la Abadía de Westminster. Autor, StOrmz

                                                Alrededores de la Abadía de Westminster. Autor: StOrmz

6. Palacio de Buckingham. Después, el arzobispo se equivocó de dedo a la hora de introducirle el anillo de oro engarzado con rubíes y acabó destrozándole la falange, que tuvo que bañar largo rato en agua fría para poder retirarse la joya una vez pasada la ceremonia. Para colmo la hicieron levantarse antes de que hubiesen acabado las plegarias, y como colofón, Lord Rolle, de más de ochenta años de edad, sufrió una caída mientras subía las escaleras en el besamanos provocando un gran revuelo dentro del templo. Pero nada impidió a Victoria su objetivo final de ser reina, y nada más regresar a palacio se deshizo del cetro y de su manto de gala para correr a estrechar entre sus brazos a su podenco favorito. La leyenda diría que llegó incluso a darle un baño…

Continuará…

20. Palacio de Buckingham. Autor, Bart Heird

                                                           Palacio de Buckingham. Autor: Bart Heird

21. Palacio de Buckingham, en una fotografía de finales del XIX. Autor, Leonard Bentley

                           Palacio de Buckingham, en una fotografía de finales del XIX. Autor: Leonard Bentley

22. Jardines junto al palacio de Buckingham. Autor, Leonard Bentley

                                          Jardines junto al palacio de Buckingham. Autor: Leonard Bentley