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El castillo de Montizón. Por tierras de Jorge Manrique

castillo de Montizon Campo de Montiel Villamanrique

Hacía mucho tiempo que alentábamos el deseo de visitar el castillo de Montizón, Mons Mentesanus, cuando romano, y Montixon, cuando árabe. Algo así como una extraña admiración romántica, por aquella grande y recia fortaleza, en la que acaso Jorge Manrique, señor de Villamanrique, escribiera sus famosas Coplas, ya que es probado que moró en ella algún tiempo.
Sirvan estas líneas para alentar en lo posible vuestra visita.

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Campo de La Mancha, campo de Montiel. Autora, Alba Casals

Ha mediado el otoño, verdadera primavera de La Mancha. Es un día tan azul y tan diáfano que asemeja el cielo una fiesta de añil y de luz. La gran patena del sol expande sobre los campos sus hostias de oro. Y el campo se esponja bajo la caridad tibia y placentera.
Allá en la distancia, un sembrador arroja la dorada bendición del trigo, en espera de que el agua obre el milagro germinador.
Una mano invisible y despiadada va pelando implacable la fronda de las vides.
Por entre el verde plata de los olivos asoman a centenares las perlas negras de las aceitunas.

Timpano iglesia de Villamanrique. Autor, César del Pozo

Tímpano de la iglesia de Villamanrique. Autor, César del Pozo

Clavadas el horizonte aparecen las casas de Cózar. Sobre el pardo de la tierra, el pardo de los tapiales. Y sobre éstos, la parda montera de los tejados y las negras pipas de las chimeneas. Cózar, como tantos otros lugares españoles, está esperando de Dios lo que los hombres le niegan. Adormecido al sol, sobre una loma, le dejamos atrás.
Un poco más allá, Torre de Juan Abad nos sale al paso. La sombra del insigne don Francisco de Quevedo llena el pueblo. Aún resuenan por las calles las pisadas patizambas y el golpear del toledano estoque del formidable escritor, que gran señor fuera de la villa.
Hemos llegado hasta Villamanrique, cruce estratégico de caminos y escenario auténtico del Quijote de Cervantes. Desde el pueblo al castillo hay un camino estrecho y bacheado, de difícil tránsito para nuestro coche.

Por fin en el castillo

Entrada al castillo de Montizón

Desde el camino no se divisa el castillo, oculto tras altas lomas. Es sólo estando encima cuando nos muestra la fortaleza los recios dientes de sus almenas, que fingen un bostezo interminable. Ni foso, ni rastrillo, ni poterna, ni puente levadizo, ni gente de armas nos vedan el acceso, cual seguro sucediera allá en los tiempos de que fuera su señor.
Ni ha sonado tampoco en la alta torre la trompa del atalaya, anunciando la llegada de gentes extrañas al alcaide de la fortaleza.
Sólo guardan la entrada, en estos tiempos, dos tremendos mastines, que al divisarnos, ladran furiosamente, con canina y tozuda obstinación.

En el interior del Castillo

En el interior del castillo

Penetramos al fin en la mansión guerrera irrumpiendo en su amplia plaza de armas; espaciosas salas castellanas, antaño adornadas de ricos tapices y muebles severos; la vieja capilla de la fortaleza, en que los caballeros de Santiago elevaron sus preces al cielo pidiendo la victoria; la gallarda torre del homenaje; el salón de honor, lugar de fiestas en un ayer remoto; las lóbregas mazmorras, en las que gimieran cautivos; la espaciosa cocina, en que hubiese cabido holgadamente el entero novillo de las Bodas de Camacho
Desde una alta ventana, en que la castellana llorara ausencias en otro tiempo, contemplamos, brillante bajo la llama del sol, el curso del Guadalén. El brazo de acero del río defiende las rocas, en que asienta el castillo su imponente mole.
El paisaje se cierra hacia el norte por cerros y onduladas lomas, que forman el escalón de la meseta manchega. Y hacia el sur se abre, siguiendo el camino que marca la estela de cristal del río, en su marcha hacia el Guadalimar, del que es tributario. Siguiendo este estrecho valle subirían, desde Andalucía, las tropas moras. Y por él bajarían, sin duda alguna, las nobles cabalgadas santiaguesas, en los duros tiempos de la Reconquista.

Paisaje en el Guadalén. Autor, Pedro Castellanos Triviño

Paisaje en el Guadalén. Autor, Pedro Castellanos Triviño

Montizón es el hito gigante que marca la linde de los campos de Castilla y las tierras andaluzas.
Ya ni pajes, ni escuderos, ni ballesteros, ni heraldos, ni hombres a caballo, ni gentes de la mesnada del castellano señor – Jorge Manrique, que luchando por su reina halló la muerte en Garci-Muñoz -, animan con sus voces y su marcial estruendo la plaza de armas.
Ni se escucha el sonar de tambores y trompas de guerra.
Ni fulguran al sol los aceros de las armaduras.
Ni pretenden clavarse en el cielo las lanzas.
Ni relinchan los nobles corceles presagiando la dura pelea.
Ni entre las almenas asoman las damas despidiendo al guerrero que marcha al combate.
Ni se escuchan las dulces canciones de los trovadores al pie de la torres.
La época gloriosa de los caballeros y las castellanas “pasó como pasa, bajo el puente, el río”.
Sobre su peñón cimero, negra verruga de piedra, el castillo duerme su sueño eterno.

Aquel de buenos abrigos,
Amado por virtuoso de la gente,
el maestre don Rodrigo Manrique,
tan famoso y tan valiente

Al atardecer

Al atardecer


Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Toledo, las cuevas de Hércules y la Leyenda de la Mesa del rey Salomón

Toledo, las cuevas de Hércules y la Leyenda de la Mesa del rey Salomón

Según narra una antiquísima historia, Hércules construyó un palacio hechizado de jade y mármol cerca de Toledo y ocultó allí, bajo la forma de abundantes riquezas, todas las desgracias que amenazaban a España. Durante los últimos años varios investigadores han dado por sentado que el verdadero tesoro de los reyes hispanos nunca se halló, ni tampoco abandonó la capital visigoda con la invasión islámica en 711, e investigan el Toledo más oculto en busca de pruebas que puedan sustentar su tesis. Hoy se sabe que las cuevas de Hércules, donde si hemos de dar fe a la leyenda reposó por un tiempo la sublime mesa del rey Salomón, son unos subterráneos abovedados de época romana que se encuentran bajo lo que fue la iglesia de San Ginés, desaparecida en 1841. Ésta es, en boca de algunos, la crónica exacta de los hechos, acaecidos cuando la ciudad cayó en poder de los ejércitos de Alá conducidos por Tariq, llamado también el Pegador:

Puente de Alcántara sobre el río Tajo, en Toledo. Autor, Francisco Javier Martín

Puente de Alcántara sobre el río Tajo, en Toledo. Autor: Francisco Javier Martín

“La fuente de tu sabiduría es grande, ¡oh, gran Hakim! Tú que has recorrido las tierras entre cinco mares, y buscaste la compasión de Dios en la soledad del desierto, en la templanza de tu voz o el valor de tu alfanje, ¡Cuéntanos, si te place, la historia de la Mesa del sabio Salomón y de cómo llevó consigo la perdición a los hombres!”.

“Alá es cien veces bendito, pues habéis de saber que en los días en que el gran Tariq sitió con sus tropas la ciudad de Toledo, le llegaron noticias a su campamento sobre los tesoros que se guardaban en las profundidades de la ciudad. Había allí ánforas repletas de esmeraldas, rubíes y maderas preciosas acumuladas durante siglos, junto a las veinticuatro diademas de oro de los veinticuatro reyes godos que reinaron en la ciudad. Pero más valiosa que todas esas alhajas juntas era la mesa del rey Salomón, hijo de David, de la que se decía que estaba tallada en una sola y enorme esmeralda, y que otorgaba al que la poseyese poderes maravillosos.

Escena callejera. Obra de Fabio Fabbi (1861-1946)

Escena callejera. Obra de Fabio Fabbi (1861-1946)

Las ruinas de la ciudad tras la conquista. Gustave Doré (1832-1883). Litografía

Las ruinas de la ciudad tras la conquista. Gustave Doré (1832-1883). Litografía

Aquella noche Tariq recibió en su campamento la visita de un renegado judío, oculto en densos ropajes, y que para llegar hasta allí había traspuesto las murallas al amparo de la oscuridad. Tariq lo hizo pasar a su tienda, y supo por él que sus hermanos judíos habían sido humillados y maltratados durante siglos por sus vecinos cristianos, y que debido a ello estaban dispuestos a entregar Toledo a su libertador, enviado del Califa de Oriente. Tariq se sintió halagado por ello, pero antes de cerrar trato alguno preguntó al judío por la mesa de la sabiduría, y si era cierto que se encontraba allí, que estaba tallada en una sola esmeralda y que el que la tuviese alcanzaría la comprensión de todas las cosas habidas y por haber.

Catedral de Toledo. Autor, Sincretic

Catedral de Toledo. Autor: Sincretic

El renegado afirmó que, en efecto, aquel raro prodigio se encontraba enterrado en las llamadas cuevas de Hércules, tras cuatro salas repletas de riquezas y custodiadas por dos gigantescos guardianes de bronce ¡Que Alá los destruya! Y el judío añadió: “Esta mesa es un espejo donde pueden contemplarse todos los grandes sucesos pasados o por venir, y todas las acciones dignas de renombre, tal y como el mismo Salomón hacía y por lo cual fue el más sabio entre los sabios. Pero has de saber, ¡oh, noble soldado! que la mesa fue depositada allí bajo las cadenas de un hechizo sagrado, que el rey Rodrigo violó este decreto y que por ello, según cuentan, fue castigado a perder su trono en favor tuyo y de tu pueblo. No cometas pues el mismo error y acata como buen creyente los designios del Profeta, quien dijo una vez: “No mezcléis la verdad con lo falso, ni ocultéis la verdad que conocéis”.

Detalle de la catedral de Toledo. Autor, Tiago Matías

Detalle de la catedral de Toledo. Autor: Tiago Matías

Danza en la terraza de palacio. Obra de Fabio Fabbi (1861-1946)

Danza en la terraza de palacio. Obra de Fabio Fabbi (1861-1946)

Pero Tariq, olvidando toda prudencia, no hizo caso de los consejos del judío. Aquella misma noche, una escogida banda de musulmanes se acercó a la muralla y los judíos les abrieron la poterna, y los escondieron en secreto en una torre poco vigilada y al amparo de las sombras. Al mismo tiempo, tres mil árabes se emboscaron en el lado opuesto del río, y al llegar la mañana saquearon con gran algarada los jardines y huertas de los arrabales, prendiendo fuego a las alquerías y retirándose finalmente hasta perderse de vista, como si Tariq hubiera renunciado a continuar el asedio. Al ver que el ejército invasor se marchaba, los cristianos abrieron las puertas de la ciudad y marcharon en procesión con gran gozo hasta una ermita cercana para dar gracias a su Dios, pues era Domingo de Ramos. No bien acabaron de ver esto, cuando los árabes apostados en la torre se abalanzaron fuera y cerraron las puertas de la ciudad, encendiendo una gran fogata en las murallas que fue vista por las tropas en retirada. A esta señal acordada, Tariq y los suyos volvieron grupas y atacaron la procesión en los aledaños de la ermita produciendo gran confusión y muerte, al tiempo que los apostados dentro de las murallas hacían lo suyo con cuanto hombre, mujer o niño encontraron. Yo estuve allí, ¡que Alá guarde mi salud por muchos años! Y os digo que la sangre y el humo cubrieron el sol al igual que la arena sobre los valles secos del Magreb, cuando llega en ráfagas furiosas desde el desierto, y a su paso hace que el día se transforme en noche.

Detalle de una calle de Toledo. Autor, FernandO

Detalle de una calle de Toledo. Autor: FernandO

La maldición de Rodrigo se cumplió y Tariq encontró un inmenso botín en el alcázar, situado en la parte más alta de la ciudad. Y al entrar en las cuevas de las entrañas de Toledo halló una mesa de valor inestimable, tal como le había contado el renegado judío, y fue tal su codicia que, habida cuenta de su gran peso, le arrancó una de sus patas talladas en verde esmeralda para conservarla en su poder. Según la tradición, el origen de esta reliquia es incierto. Fue tomada por los romanos después que destruyeron el templo sagrado de Jerusalén, y tras múltiples avatares arribó a Toledo, gobernada entonces por los godos, donde descansó hasta la llegada de Tariq y pasó a convertirse en la mesa bendecida de Dios”.

“Hemos comprendido, poderoso Hakim. Pero ¿Qué ocurrió con los negros designios que el judío había anunciado a Tariq la noche previa de la victoria? ¿Fue ésta la causa que llevó a su perdición?”.

Conversación privada en el harén. Frederick Lewis. Óleo sobre tabla, 1873

Conversación privada en el harén. Frederick Lewis. Óleo sobre tabla, 1873

Misteriosas cuevas y subterráneos. Autor, Samuel Santos

Misteriosas cuevas y subterráneos. Autor: Samuel Santos

“Alá dispone los destinos de cada cual, y todos los que ambicionaron la mesa del rey sabio tuvieron un merecido castigo. Pues esta maravillosa reliquia, conservada por Tariq como el más precioso de sus hallazgos, fue tomada a su vez por el gobernador Muza, quien la destinó como presente al Califa de todos los creyentes. Tras muchos meses de viaje ambos llegaron hasta la ciudad de las ciudades, Damasco, donde florecen los dátiles y la miel como agua cristalina entre las dunas, y allí se presentaron al Califa Al-Walid rindiéndole cuenta de las victorias realizadas en Al-Ándalus. Pero Muza, envidioso de las hazañas de su general, otorgose en exclusiva el mérito de la conquista de España y el hallazgo de la mesa, para desgracia de su general, que por entonces se hallaba ausente inspeccionando unas murallas. Éste, al saberlo, regresó precipitadamente y apeló a la gracia del soberano, pidiéndole que preguntase a Muza la causa de que la sublime mesa careciese de una de sus patas, puesto que debía saberlo al ser su responsable y custodio. Efectivamente, al inspeccionar la reliquia descubrieron que una de las patas originales de esmeralda había sido reemplazada por otra de oro, y preguntado Muza, éste no supo explicar la razón de tal cambio. Entonces Tariq, paladeando su triunfo, sacó de un pliegue de sus ropajes la pata perdida, y así quedó demostrado que Muza mentía y que Tariq era el verdadero conquistador de Al-Ándalus.

Un paseo por las calles de Toledo. Autor, Sinsistema

Un paseo por las calles de Toledo. Autor: Sinsistema

El Califa Al-Walid se enojó y dijo a Muza: “Te has jactado de tus propios méritos, olvidando los merecimientos de los demás. ¡Caiga pues sobre tu cabeza la consecuencia de tus actos!”, y seguidamente le confiscó sus propiedades y lo hizo azotar, terminando sus días en la cárcel, denigrado de todos y en la más absoluta pobreza. Así pues, Tariq alcanzó una gran victoria sobre su antiguo gobernador. Pero ésta le resultó efímera. Los caminos de Alá son inescrutables, y estaba escrito que también él acabaría aborreciendo el día en que atravesó las puertas de Toledo para hacer suyos sus tesoros, atrayendo hacia si la maldición que pesaba sobre la mesa. Con la muerte del Califa Al-Walid y la subida al trono de su hijo Sulayman, la envidia de este soberano, que había visto como el viejo general acaparaba riquezas y alabanzas en vida de su padre, lo condujeron a planear su caída y destierro. Tariq murió finalmente olvidado de todos, y algunos piensan que la mesa regresó después por caminos ignotos hasta las tierras de Poniente, donde se encuentra Al-Ándalus, aunque nadie sabe en realidad cuál es su paradero exacto.

La cueva del tesoro. Obra de Maxfield Parrish (1870–1966)

La cueva del tesoro. Obra de Maxfield Parrish (1870–1966)

13. Panorámica de Toledo. Autor, Diliff

Panorámica de Toledo. Autor: Diliff

Pero, ¡oídme! Está escrito que la maldición de Tariq y Muza pesa también sobre sus hijos, humildes creyentes del verdadero Dios. Y que  ha de llegar el día en que las recordadas huertas cordobesas, el aire delicado y fragante, los surtidores de la Alhambra, o la belleza de las vegas floridas junto al río Genil, todas esas cosas se perderán para siempre a nuestros ojos por causa de aquel pecado. No tengo más recuerdos ni más palabras que deciros, y mis viejos ojos están ya secos para llorar. Pero habéis de saber, queridos huéspedes y oyentes, que el destino se cumplirá tal y como yo os lo he contado”.

Escena galante en el desierto. Emile Vernet. Óleo sobre lienzo, 1840

Escena galante en el desierto. Emile Vernet. Óleo sobre lienzo, 1840