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La azarosa vida de furtivos y percheros en el Campo de Montiel

La azarosa vida de furtivos y percheros en el Campo de Montiel

En los años posteriores a la guerra civil, el hambre y la precariedad obligaron a muchas familias del Campo de Montiel a buscarse la vida para subsistir. La mayor parte de la gente humilde en los pueblos de campiña vivía de las labores del campo, enganchando algunas peonadas en épocas favorables, y poco más. Sin embargo la abundancia de monte arbolado y de caza en el Campo de Montiel, sobre todo en las zonas más montañosas del sur, propició el desarrollo de otras actividades de subsistencia: fue el caso del carboneo (la fabricación de carbón de encina para el picón de los braseros y los hornos de pan) y, como no podía ser de otra forma, la caza furtiva.

Montiel y S Morena 4. Autor, Pablo.Sanchez

Típicas fincas de caza en el Campo de Montiel. Villahermosa. Autor, Pablo.Sanchez

La caza furtiva constituyó el pan de cada día para muchas familias rurales, a menudo como un complemento a otros ingresos pero tambien como la única manera de sobrevivir. El producto de este furtiveo se vendía luego en los bares del pueblo, así como a algunos particulares que no sufrían o no tenían problemas económicos. Era frecuente asimismo la actividad del estraperlo asociada a la caza ilegal. En pueblos como Villamanrique o Castellar de Santiago, en las vertientes de Sierra Morena, resultaba normal la visita de mujeres especializadas en este tipo de contrabando, y que hacían de enlace entre muchos cazadores furtivos y los puntos de venta en éstos y otros municipios de los alrededores. Así, no era extraño hallar zorzales, perdices, conejos, liebres y ocasionalmente alguna pieza de caza mayor entre las mercancías que habitualmente pasaban los puertos a altas horas de la noche, y que luego servían para preparar la rica variedad culinaria de que hoy hace gala toda la comarca.

Plato de perdiz en escabeche. Autor, Javier Lastras

Plato de perdiz en escabeche. Autor: Javier Lastras

Perdiz estofada. Autor, Javier Lastras

Perdiz estofada. Autor: Javier Lastras

Las artes de caza furtiva eran abundantísimas, haciendo cierto aquel dicho de “cada pillo tiene su truquillo”. En Villahermosa y Ossa de Montiel abundaba la caza con lazo; otros utilizaban más bien cepos; los más se dedicaban a las perdices con trampas o perchas, y también los había que preferían aguardar a la estación fría para arremeter con los zorzales, a los que cazaban con trampas de alambre que ellos mismos fabricaban, o con perchas hechas con el pelo de las colas y las crines de las caballerías.

Una de las formas más complicadas de furtiveo era la caza nocturna de la perdiz con red, ya que debía de hacerse en noches de suma oscuridad, y si eran nubladas o con lluvia, tanto mejor. El problema de atrapar las perdices durante la noche era que había que conocer el monte y la sierra palmo a palmo, de ahí que no todo el mundo fuese capaz de llevarla a cabo. Los cazadores salían a altas horas de la madrugada y a menudo también durante el día, escondiéndose entonces en las escabrosidades del monte para esperar la llegada de la oscuridad. La única luz que se utilizaba era la de un carburo, débil y amarillenta, por lo que perderse en la sierra era lo más fácil del mundo.

Perdiz roja. Autor, El coleccionista de instantes

Perdiz roja. Autor: El coleccionista de instantes

En algunas zonas de la comarca la actividad de los “percheros” era tradición familiar y se transmitía de padres a hijos, llegando a constituirse verdaderos clanes familiares especializados en esta modalidad cinegética. Los padres llevaban a los chavales al monte para aprender el oficio, y una de sus primeras habilidades consistía en asegurar que no faltara la materia prima para la fabricación de perchas (las crines de caballo). Así, con las tijeras en los bolsillos, tanto en el campo como en las cuadras donde estaban las caballerías, los niños abordaban a los confiados animales y de la parte interior de la cola cortaban buenos haces de cerdas, que luego escondían en los morrales para transportarlos a casa. Este material se prefería a cualquier otro debido a su ligereza, y a la facilidad con que se deslizaba el nudo corredizo en el momento de atrapar una presa.

Lazo con nudo corredizo, para caza furtiva. Autor, Jose Juan Taboada

Lazo con nudo corredizo, para caza furtiva. Autor: Jose Juan Taboada

Las crines eran trenzadas por las mujeres del hogar para formar el cordoncillo del lazo, que se oscurecía después con hollín de la chimenea para hacerlo menos visible. Este cordoncillo se ataba por un extremo a un cordel de esparto, que a su vez era amarrado a una pequeña rama clavada en el suelo, a un matojo de romero o de jara e incluso a un haz de hierbas. Tras darle al lazo la altura y la amplitud adecuadas, la percha quedaba terminada y el cazador podía así marcharse para colocar otras trampas en los alrededores. Se sabe que cada persona, incluidos los niños, podían llevar en su zurrón hasta 600 perchas listas para su uso, y que tardaban aproximadamente diez segundos en poner cada una ellas. Mientras una parte del equipo iba creando espacios y caminos en el monte para facilitar el paso de las perdices, los demás se dedicaban a colocar las trampas. Una vez colocadas se esperaba un total de tres a cuatro días, tras los cuales la familia entera volvía a echarse al monte a recoger el resultado.

Cazadores en la nieve. Obra de Pieter Bruegel el Viejo (1525-1569)

Cazadores en la nieve. Obra de Pieter Bruegel el Viejo (1525-1569)

A menudo los furtivos se llevaban más de una sorpresa con lo encontrado en el lazo. En una ocasión, unos “percheros” de Villamanrique hallaron atrapado en una de sus trampas a un gran lagarto, uno de esos reptiles tan abundantes en los encinares y monte bajo de La Mancha. Claro que por aquella época no se hacía ascos a nada, así que encendieron rápidamente una lumbre, y una vez pelado y arreglado lo echaron al fuego para preparar el almuerzo…

Comenzaban a poner las perchas para San Miguel (finales de Septiembre) y se dejaba la actividad en enero a fin de evitar la época de cría de las perdices. Una peculiaridad de la percha es que la mayor parte de los ejemplares se cazaban con vida, por lo que su destino no era la despensa familiar sino la venta a las gentes adineradas del pueblo, que las soltaban después en sus fincas o las utilizaban como reclamo. En los años cincuenta comenzaron a proliferar personajes que compraban a los “percheros” el producto de su caza a tres veces su precio anterior, con lo que la cosa comenzó a ser muy rentable. Venían buscando sobre todo perdices, zorzales y otros pequeños pájaros, que luego vendían en los bares y restaurantes de Madrid donde se cotizaban extraordinariamente. Los “percheros”, entretanto, habían sacado un dinerillo extra para poder guardarlo y tener excedente de recursos cuando se acabase la temporada.

Perdices para reclamo. Autor, Jose Antonio Cotallo López

Perdices para reclamo. Autor: Jose Antonio Cotallo López

El asunto fue tan rentable y proliferó tanto el furtivismo, que algunos dueños de fincas grandes no tuvieron más remedio que aliarse con los “percheros”. De esta forma, les dejaban cazar en sus fincas libremente a cambio de la mitad de la caza que capturaban. Aún así seguía siendo un buen negocio, ya que en aquellos tiempos se vendían las perdices a cinco pesetas la pieza. Con esta convivencia entre unos y otros se llega hasta los años sesenta, cuando aparecen las primeras órdenes para acabar con los furtivos y dar entrada a la legalidad (la de los cazadores que venían a matar perdices por placer, sentados cómodamente en sus puestos). Cuando las familias dedicadas a la percha comenzaron a ser acosadas y multadas por la Guardia Civil, los “percheros” llegaron a una especie de entendimiento con las autoridades para que les dejaran hacer los “ojeos” o batidas de caza durante la temporada, y ganarse así unos jornales que les permitiesen subsistir. Y aunque se tiene constancia que la actividad continuó realizándose como mínimo hasta finales de los años ochenta, este fue sin duda el fin de los “percheros” como oficio floreciente, y el principio de la empresa cinegética tal como se conoce actualmente en el Campo de Montiel.

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Una buena partida de caza en los años setenta, Villahermosa. Autor: Juan Antonio Resa

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Noviembre de 1938. Madrid y la lucha por la supervivencia durante la Guerra Civil (2ª Parte)

Noviembre de 1938. Madrid y la lucha por la supervivencia durante la Guerra Civil (2ª Parte)

El éxodo obligado por la guerra era el otro azote que no había cesado desde que, en los primeros días de agosto de 1936, unos campesinos andaluces y extremeños iniciaron iniciado una alucinada huida. Pero con el fin de la contienda éste se intensificó, convirtiendo a Madrid en una estación con viaje a ninguna parte. La presencia de todos estos hombres, mujeres y niños planteaba nuevos y numerosos problemas de acomodo, de adaptación, mientras las estaciones se llenaban de una muchedumbre que en muchos casos llevaba consigo todas sus pertenencias dentro de un hatillo, o de la maleta desvencijada: unos con la esperanza de encontrar una tierra donde poner punto final a su perenigraje; otros en disfrute de un permiso y muchos más de regreso a la unidad después de una licencia. El tren, a punto de partir de Madrid, era un hervidero de pasajeros de toda condición y clase. Los evacuados se abrazaban a sus posesiones, aferraban la mano a sus pequeños, no fueran a perderse en el tumulto. Las madres apretaban contra su pecho a los más pequeños. Y mientras el tren iniciaba su lenta marcha, se alargaban las despedidas, los últimos consejos para alguien que quedaba en el andén y a quien probablemente no se volvería a ver.

 

1. Zona de Atocha y caballos muertos después de un bombardeo. Autor, Druidabruxux

Zona de Atocha. Caballos muertos después de un bombardeo. Autor, Druidabruxux

2. Madrid y la calle Toledo durante la guerra. Autor, Recuerdos de Pandora

Madrid y la calle Toledo durante la guerra. Autor, Recuerdos de Pandora

El final de la guerra trajo sus propios estragos, evidenciados por una carestía casi total de recursos y el control férreo que las autoridades aplicaban tanto a la producción como al comercio. Como resultado, en las calles y plazas de Madrid el estraperlo hacía de las suyas. Para los comerciantes y productores la implantación del mercado negro a todos los niveles fue algo providencial, y con ellos entraron también en el negocio una extraordinaria tropa de aventureros, intermediarios que crearon el eslabón preciso entre los que no querían dar la cara y el inevitable consumidor. Las variantes no tenían fin: adulteraciones, ventas ilícitas, compra de influencias, mercado de cupos… Y el nivel variaba desde la operación de altos vuelos hasta el estraperlo folklórico de las clases más bajas, el ferroviario del aceite o del arroz, o el callejero de la barra de pan oculta en el refajo, todo lo cual no era sino un medio de subsistir cuando la vida ofrecía para los de abajo su más tétrica faz. Cualquier producto de mercado se ocultaba al fisco y su venta se montaba sobre bases falseadas, documentos amañados y facturas camufladas. Los recibos iban sin membrete, los albaranes igual. En estas circunstancias la contabilidad era una completa superchería y el “¡usted no sabe con quién está hablando!”, la frase que abría puertas a la más completa impunidad.

 

3. Parque del Capricho, en Madrid, horadado de túneles de defensa republicanos. Autor, Druidabruxux

Parque del Capricho, en Madrid, horadado de túneles de defensa republicanos. Autor, Druidabruxux

Ni que decir tiene que la pillería infantil madrileña rozaba el esperpento de las mejores novelas de Dickens. Muchos de ellos, sin padre y con la madre trabajando o sin ninguno de los dos, hacían de la calle su hábitat predilecto, y tras tomar su potaje en el comedor infantil se echaban al mundo urbano cual bandadas de gorriones para cometer pillerías. La recogida de niños pedigüeños era cosa de todos los días, llevándose después a albergues donde a algunos nadie los reclamaba. Allí los más pequeños se codeaban con los mayorcitos, más maleados, que enseñaban así al ignorante los trucos, las estratagemas y los hurtos más eficaces para ir tirando. Muchos vivían como carteristas típicos; otros simulando incapacidades y locuras mientras mendigaban, o haciendo de lazarillos de falsos invidentes. Estaba la hornada de los estraperlistas de tres al cuarto, aquellos que ofrecían tabaco rubio; y también los que hacían de avisacoches o abrían puertas. Las noches daban trabajo a la salida de los cabarets donde, a altas horas de la madrugada, se utilizaban sus servicios para ir hasta un piso donde comer un par de huevos fritos con jamón y pan blanco. Eso, o cosas peores, como aquellos infantes que alcahueteaban descaradamente la compañía de una hermana suya que decían virgen, o bien conducían a un prostíbulo a tanto el cliente.

 

4. Refugio familiar improvisado bajo una carretera

Refugio familiar improvisado bajo una carretera

Eran también las noches el escenario ideal para las escenas más esperpénticas. Gentes que buscaban en las basuras restos comestibles o trozos de carboncillo susceptible de arder y dar calor. Gentes sin hogar, acurrucadas en las bocas del metro. Todo un escaparate de pillos, de chulos y de noctámbulos impenitentes poblaba la Gran Vía madrileña y sus calles adyacentes, mientras la fila de estraperlistas ofrecía bocadillos o pan, siempre prestos a correr al oír el grito de “¡la bofia!” y desapareciendo como por ensalmo de la vista de los transeúntes. Y de la estafa se pasaba con facilidad al hurto, sobre todo de metales: el hierro, el plomo, el aluminio o el cobre eran objeto de un tráfico ilícito intensísimo. Los robos de cañerías de plomo utilizadas en la conducción del gas estaban a la orden del día, a veces con mortales consecuencias por los escapes y explosiones consiguientes, y las conducciones de cobre eran asimismo muy solicitadas, aunque algunos pagaron con la vida electrocutándose al cortar cables de alta tensión. El robo de automóviles revestía características curiosas puesto que el vehículo en si no era muy apetecible (dada la escasez de carburante), de modo que los ladrones se limitaban a vaciar el depósito y a desmontar los neumáticos y todo lo que supusiese un beneficio inmediato. En algún caso, del coche no quedaba más que el chasis.

 

5. Madrid, 1938. Efectos de los bombardeos. Autor, Druidabruxux

Madrid, 1938. Efectos de los bombardeos. Autor, Druidabruxux

Uno de los robos más macabros consistía en llevarse las lápidas mortuorias de los cementerios, convirtiéndolas después en mesitas para los cafés. Más de un cliente quedo estupefacto al pasar la mano distraídamente por el reverso de la mesa, palpando de seguido la leyenda del “tus hijos no te olvidan”. Y clamoroso fue también el caso de locales donde se vendían apetitosas liebres sabrosamente preparadas, y al parecer con disponibilidad inmediata. Tras levantar las sospechas de los agentes, la inspección concluía que lo que en realidad se vendía eran gatos… haciendo bueno el conocido refrán.

 

6. Evacuando los cuadros del Museo del Prado. Autor, M. Martín Vicente

Evacuando los cuadros del Museo del Prado. Autor, M. Martín Vicente

Anécdotas que no ocultaban, en realidad, lo durísimo de una situación laboral trágica, aquella en la que cada cual, y según sus posibilidades, no tenía más remedio que recurrir al mercado negro para subsistir. El trabajador, a menudo sin convenios ni fijación de salarios mínimos, tenía que superar la insuficiencia de sus ingresos trabajando horas extraordinarias, o bien practicando un frenético pluriempleo. La angustiosa situación provocaba que la familia entera tuviese que colaborar en su conjunto: la madre buscando algún jornal como asistenta; los más pequeños practicando el estraperlo en las estaciones, o comenzando a trabajar en unos comercios o industrias totalmente dispuestos a aprovecharse de la mano de obra infantil; y el padre apurando una jornada laboral hasta llegar al agotamiento absoluto, y en la que ni siquiera el tiempo para la comida era un alivio: ésta se despachaba en el patio de la factoría o en un descampado cercano a base de gachas, algún arenque y un boniato de postre. Y todo para abordar después la larga jornada vespertina hasta el momento del pitido final, hora para salir disparado y sin lavarse apenas (tampoco abundaba el jabón) en busca del tranvía que le llevaría al trabajo nocturno. De madrugada se producía el retorno cansino a un hogar en el que aguardaba, si acaso, otro plato de gachas o de lentejas, algún trozo de tocino rancio y otro boniato.

 

7. La Gran Vía madrileña, en la actualidad. Autor, MisterTe

La Gran Vía madrileña, en la actualidad. Autor, MisterTe

Claro que, lo que son las cosas, todavía podía estar esperándole una buena noticia en forma de botella de vino o un plato bien guisado. Esto solo ocurría si las tretas del mercado negro habían funcionado ese día para la madre o la hermana, principales agentes del merodeo clandestino. Y es que hubo que aguzar el ingenio, el admirable ingenio popular puesto a imaginar picardías que fueron la inspiración de uno de nuestros más brillantes géneros literarios: así surgieron las falsas embarazadas y los falsos jorobados que ocultaban el género en sus protuberancias. Así surgieron los chalecos con doble fondo, los petos con cámara llena de aceite que se acoplaba al torso. Las mujeres aparecían vestidas con miriñaques en cuyas oquedades (y hasta en la entrepierna) se colgaban lonchas de lomo y ristras de chorizos y longanizas. Y todo esto sin hablar de los trucos rozando lo sublime, como aquel cortejo fúnebre con un ataúd lleno hasta los bordes de pasta para sopa, o el más tierno del niño de pecho, y que en realidad se trataba de un odre lleno de aceite y envuelto en una toquilla…

 

8. Niños tomando su desayuno en el comedor social

Niños tomando su desayuno en el comedor social

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Noviembre de 1938. Madrid y la lucha por la supervivencia durante la Guerra Civil (1ª Parte)

Noviembre de 1938. Madrid y la lucha por la supervivencia durante la Guerra Civil (1ª Parte)

En noviembre de 1938, mientras la batalla del Ebro llegaba a su fin, y se seguía luchando y se llegaba al cuerpo a cuerpo, a la bayoneta, los republicanos resistían con la desesperación de quien ha visto alejarse su última esperanza. Era el destino de aquellos que saben que la única probabilidad de salvación depende exclusivamente de uno mismo. Tras dos años de guerra, Madrid se había convertido en un espacio atormentado donde el hambre y la miseria campaban por sus fueros. Las mujeres se levantaban con la amanecida y recorrían quince o veinte kilómetros diarios, en demanda de algo que poder conseguir para los suyos y para ellas mismas. La mujer se rebeló como la gran heroína de guerra en la retaguardia, pues sobre ella recaía la pesada responsabilidad de una lucha cotidiana e incansable por los víveres.

 

2. Refugiados recibiendo el reparto de comida

Refugiados recibiendo el reparto de comida

Los viajes a los pueblos eran esperanza de hallar lo que en las ciudades se tornaba ya imposible. Por eso las gentes del campo se habían vuelto de un egoísmo feroz, sabedores de tener en la mano las llaves de la despensa. La necesidad avivaba el ingenio y creaba escondites y farsas para eludir la curiosidad, o aún los robos de alimento, como aquella familia campesina que, en trance de la matanza del cerdo, reuníase toda y se ponía a entonar cantos revolucionarios a pleno pulmón, buscando ahogar así entre voces los estridentes gritos del cochino. Mientras, a las gentes de la ciudad se les despertaba la vocación de horticultores. Patios, jardincillos y solares aparecían sembrados de hortalizas o de legumbres. Otros criaban gallinas y conejos en jaulas instaladas en galerías o en los huecos de la escalera.

 

3. Costureras en el Madrid de la guerra civil. Autor, Druidabruxux

Costureras en el Madrid de la guerra civil. Autor, Druidabruxux

4. Frente en la guerra civil. Autor, Xornalcerto

Frente en la guerra civil. Autor, Xornalcerto

Las palomas de plazas y jardines por todo Madrid hacía tiempo que habían desaparecido estofadas o a la vinagreta, víctimas de hambrientos cazadores furtivos. Los gatos, antes abundantes en cualquier tejado, se habían vuelto raros, no se sabe si víctimas de las privaciones o dados por liebre ante la necesidad. Y mientras, las familias hacían malabares para aprovechar cualquier resto orgánico que antes era destinado a basura: las mondas de naranja, limpias de la parte amarilla, se convertían en la sartén en un sucedáneo de las patatas fritas. Las hojas duras de las lechugas sustituían a las espinacas en los potajes de legumbres. Los cacahuetes se guisaban como garbanzos o se doraban en la sartén, mientras que la cáscara servía para hacer café, que caliente y edulcorado con miel consolaba a duras penas los estómagos vacíos. Tampoco las peladuras de patatas se desperdiciaban, y se buscaban con fruición para asarlas en un fuego que, a falta de carbón, se alimentaba con bolas de papel, ramas húmedas y hasta suelas de alpargata.

 

5. Día de mercado. Autor, Ávilas.es

Día de mercado. Autor, Ávilas.es

La creatividad se disparó en Madrid hasta el punto de hacer tortillas sin huevos, croquetas sin leche y chuletas sin carne. Las tortillas, por ejemplo, se cocinaban con una pasta compuesta de harina y cáscaras de naranja trituradas. Y las chuletas, mediante un puré espeso de algarrobas, rebozado con pan rallado y frito. Y mientras tanto hacíanse las trampas más inimaginables para exprimir las cartillas de racionamiento. Una estrategia típica era retener las de los difuntos o desaparecidos, lo que permitía tener un suplemento alimenticio mientras duraba el engaño. En Madrid se crearon comedores especiales para embarazadas, lo que provocaba los fraudes correspondientes, aunque muchas prefirieron la preñez a la inanición. También estaban los pillos, quienes por influencias disponían de innumerables cartillas de racionamiento que les permitían comer y además vender las latas de carne congelada, a precios que llegaron a las seiscientas pesetas. La persecución de los desalmados que se lucraban en el mercado negro era incesante, con imposición de multas o envíos a campos de trabajo. Pero todo resultaba inútil.

 

6. Barbero trabajando en plena calle. Autor, Druidabruxux

Barbero trabajando en plena calle. Autor, Druidabruxux

7. Pelando patatas. Autor, Druidabruxux

Pelando patatas. Autor, Druidabruxux

Las dificultades no solo abarcaban a las vituallas. El jabón era inencontrable; el cuero y los textiles comenzaron a escasear, y los zapatos, con rigor matemático, subieron a precios de escándalo y constituyeron en poco tiempo un lujo inalcanzable para el ciudadano de a pie. Truco cotidiano de los zapateros era exhibir en los escaparates modelos a precios asequibles que tentaban al comprador. Al ir a hacer efectiva la compra, sin embargo, resultaban ser de un número enano. Y, casualidades de la vida, el adecuado al cliente se disparaba a costes que nada tenían que ver con el ofertado en el escaparate. La Junta Reguladora del Comercio de Uso y Vestido decretó en Madrid, en junio de 1938, un control y distribución exhaustiva de los más necesarios artículos. Así, para una señora se admitía un máximo por semestre de seis pañuelos, cuatro pares de medias, dos bragas, dos camisas, dos camisetas y un par de zapatos (o tres pares de alpargatas, a elegir).

 

8. La pesadilla de los desplazados. 1938

La pesadilla de los desplazados. 1938

La normalidad no tenía más interrupciones que los cañoneos, los cuales solían producirse a la hora de salida de los espectáculos. El tráfico se suspendía, las gentes buscaban cobijo y cuando cesaba la caída de proyectiles se reemprendía la marcha con absoluta indiferencia. Después, ambulancias y furgones hacían la recogida de las víctimas. Y la vida seguía su curso. Frente a riesgos epidémicos se impuso obligatoriamente la vacunación contra el tifus; y contra la proliferación de parásitos fueron muchos los varones que se cortaron el pelo al rape, sobre todo niños. La llamaron la moda de “los pelaos” y hasta se organizó un concurso para premiar al más agraciado. Por cierto que las calles de Madrid se vieron ocupadas por puestos ambulantes atendidos muchas veces por niños de corta edad, chiquillos a quienes los avatares de la guerra había colocado en la premura de ayudar a sus padres, e incluso de ayudarse a ellos mismos. Se les veía vender juguetes de confección casera y aviones de papel, gritando con el desparpajo de los que los que han madurado en cuestión de meses: “¿Qué desea usted, camarada? ¿Una muñeca, un avión, un tanque…?

 

9. De vuelta del mercado. Autor, Ávilas.es

De vuelta del mercado, en Ávila. Autor, Ávilas.es

10. Juegos infantiles. Ávila, 1936. Autor, Ávilas.es

Juegos infantiles. Ávila, 1936. Autor, Ávilas.es

Pero, en el mercadillo de las oportunidades, el lugar preferente era el ocupado por las mujeres dedicadas a la venta de sucedáneos del tabaco. La falta de tabaco hizo que los farmacéuticos liquidaran todas sus existencias de cigarrillos balsámicos, mientras las vendedoras de cigarrillos y puros recurrían a las más extraordinarias presentaciones para su consumo: unos estaban liados con hojas de lechuga secas, otros hechos con cascarilla de cacao, y muchos más con tomillo u hojas secas de roble. Extrañas mezclas vegetales eran vendidas como remedios infalibles para calmar el deseo de fumar, a menudo a base de anís, malvavisco y manzanilla, lo que contribuía a que en los locales cerrados se impregnase todo de un hedor insoportable. Afortunadamente, algunas canciones de guerra venían a paliar las ansias de éste y otros bienes perdidos. Canciones que en Madrid sonaban a gloria, y levantaban valientemente la moral en medio del duro trance de recibir una y otra vez las malas noticias del frente. Pero las letras lo desmentían todo, como puede apreciarse en la siguiente estrofa:

“Si me quieres escribir,
Ya sabes mi paradero.
En el frente de Madrid,
Primera línea de fuego”

O en esta otra:

“Los de Madrid somos la hostia,
Somos la madre que nos parió,
Los de Madrid somos más grandes,
Somos más grandes que el mismo Dios”.

 

Continuará…

 

11. Niños durmiendo en un refugio improvisado

Niños durmiendo en un refugio improvisado