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De ecoturismo por las Tablas de Daimiel

Las Tablas de Daimiel fueron declaradas Parque Nacional en el año 1973 y Reserva de la Biosfera en 1981


Entre los nombres con mayor resonancia internacional hay que incluir a Daimiel, al Parque Nacional con la historia más azarosa tal vez de todos los que existen en países desarrollados. Ya su creación nace de un largo y duro conflicto entre las ansias de borrar del mapa todos los humedales manchegos y el escándalo que tal actitud despertó en los círculos científicos y proteccionistas de media Europa. Acarrean, además, las Tablas, una larga y documentada historia como uno de los mejores cazaderos del país. Por si este rescate hubiera sido poco, este humedal de importancia ilimitada ha debido ser regenerado artificialmente en parte ante el casi agotamiento de los aportes hídricos de los ríos Záncara y Cigüela y el abuso del acuífero 23. Se ha llegado, incluso, a desviar agua del trasvase Tajo-Segura para que las famosísimas Tablas no murieran por completo.
Los humedales, inmensos, se encuentran justo al norte de la localidad que les da nombre. Como además Daimiel queda en la carretera que une Puerto Lápice con Ciudad Real capital, nada más sencillo que dar con el acceso, perfectamente indicado, al Parque Nacional. Allí mismo encontraremos un centro de recepción y unas buenas instalaciones para recorrer sobre pasarelas de madera uno de los esquinazos del parque, que nos darán una idea aproximada de lo que se esconde más allá, en las restantes 3000 ha que suma este incomparable espacio protegido. La mencionada localidad de Daimiel ofrece las necesarias infraestructuras acordes con el Parque Nacional, y un alojamiento y restauración de calidad para los visitantes.
La denominación de tablas corresponde, en realidad, a decenas de lugares parecidos, aunque de menor extensión, que hasta hace 50 años eran frecuentes en la región manchega. Se trata de zonas aledañas a los ríos y susceptibles de anegarse en cuanto las lluvias se portaban bien con nuestros suelos. En consecuencia, estamos refiriéndonos a suelos aluviales, procedentes de los periodos geológicos más recientes, completamente llanos y con altos componentes de arcilla cerca la superficie que los hace impermeables y capaces para retener agua.
Las fuentes de las Tablas de Daimiel siempre fueron los cursos fluviales del Cigüela, del Riansares y del Záncara. Junto a éstos, un inmenso lago subterráneo, el tristemente famoso acuífero 23, hoy esquilmado por los excesos de un riego atípico y antinatural, pero que hace sólo dos decenios a menudo manaba por rebosamiento no lejos del actual Parque Nacional. Tales alumbramientos reciben el nombre, ya inapropiado, de ojos del Guadiana. Además de las láminas de agua, Daimiel guarda en su seno algunas islas que se convierten en importantes observatorios de las Tablas.

Vista de una de las pasarelas de las Tablas de DaimielVista de una de las pasarelas de las Tablas 

Flamencos en las Tablas de DaimielFlamencos en las Tablas 


El parque cuenta con un centro de visitantes, una laguna de aclimatación, observatorios y varios itinerarios de visita debidamente señalizados


En relación con las plantas que podemos observar en las Tablas de Daimiel, existen cuatro ambientes básicos diferenciados: el subacuático, el que supone la superficie de las aguas, las orillas y las vetas de tierra firme. Añadamos que las aguas del Cigüela son bastante salinas y nos haremos una idea de las posibilidades de elección para los organismos vivos de este rincón manchego. En los fondos de las zonas anegadas, y a pesar de que la profundidad media raramente supera el metro, se desarrollan algunas variedades vegetales, como la ova, alimento fundamental para los patos buceadores.
Sobre las aguas, y desde los primeros atisbos de la primavera, suele crecer la famosa lenteja de agua. Con las raíces sumergidas pero con los tallos fuera de ella, se pueden observar tres especies de gran porte y fácilmente reconocibles. Nos referimos a las espadañas, los carrizos y, como más característico de estos aguazales de La Mancha, la masiega. Ya más en seco, el vegetal más abundante es el taray, que en algunas de las islas alcanza porte arbóreo.

Taray del Parque Nacional de las Tablas de DaimielTaray del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel

Ecoturismo por las Tablas de DaimielPanorámica. Autor, Ángel M. Felicísimo


Félix Rodríguez de la Fuente y su equipo realizaron dos episodios dedicados a las Tablas (39 y 40) en su serie El Hombre y la Tierra entre 1975 y 1978


En cuanto a la fauna, famosísimo y rentable era el cangrejo de río ibérico de Daimiel. Tanto es así que decenas de familias vivían de la pesca de este crustáceo de agua dulce. Pero, prácticamente desaparecida la especie originaria, sólo nos queda el recuerdo de un acorazado que siempre maravilló por los detalles de su peculiar biología. Entre sus características destacan el omnivorismo, con claras tendencias a comer cualquier resto cárnico que se pusiera a su alcance; sus espectaculares peleas nupciales cuando en septiembre los machos entran en celo; el cuidado con que la hembra pone sus huevos, o el crecimiento y renovación sucesiva de su caparazón. Ya han desaparecido, como hemos comentado, por enfermedades importadas y han sido sustituidos por el mediocre y vano cangrejo americano, pastador de hierbas.
Como no podía ser menos, la verdadera importancia de las Tablas hay que relacionarla con las aves acuáticas, migratorias en su mayor parte, ya que constituye el criadero de numerosas especies, entre las que destacan el porrón pardo, el pato colorado y el ánade real. Durante el invierno las concentraciones de aves resultan espectaculares. Para los amantes de las aves (birding o birdwatching), las primeras horas de la mañana y las últimas de la tarde son las mejores para mirar al cielo surcado por las aves autóctonas o venidas de lugares remotos.
Sirva como ejemplo de la importancia de este enclave que de las ocho especies ibéricas de garzas, siete están presentes en las Tablas.

Garza Imperial en las Tablas de DaimielGarza Imperial

Cigüeñuela comúnCigüeñuela común


Ecosistema único y característico de La Mancha, las tablas fluviales se originan por el desbordamiento de los ríos en un paisaje extraordinariamente llano, lo que asegura una importante población avícola estacional durante la invernada o la nidificación



Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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La Mancha trashumante. Hacia las dehesas del sur (3ª Parte)

La Mancha trashumante. Hacia las dehesas del sur (3ª Parte)

El Valle de Alcudia constituye uno de los enclaves de mayor riqueza botánica y faunística de la región, y que contrasta enormemente con el resto de paisajes de La Mancha. Este era el destino más importante de la ganadería trashumante, aquella que procedía no sólo de las provincias de Cuenca y Soria, sino también de las montañas de León, atravesando España a través de Cañadas Reales de gran renombre como la Segoviana y la Leonesa. Durante siglos el Valle de Alcudia fue uno de los más importantes invernaderos mesteños, configurando así un tipo de sociedad estrictamente agropecuaria en la que el aprovechamiento ganadero constituía la base de su actividad económica.

Rebaño en una dehesa del Valle de Alcudia. Autor, Oviso

                                                 Rebaño en una dehesa del Valle de Alcudia. Autor: Oviso

Pero los pastores aún no han llegado hasta allí. Aunque faltan pocos días para dar término de su viaje, que empezó muchas semanas atrás en los Montes Universales y la Sierra de Albarracín, deben seguir con su dura rutina diaria, y esta pasa por preparar el “rancho” que ha de alimentarlos a todos. A mediodía el grupo detiene la marcha a fin de hacer el almuerzo, que siempre es en frío y a base de la conocida carraca (chorizo, queso y carne curada) acompañada del pan que va comprando el rabadán en los pueblos de la ruta. Los pastores se colocan alrededor del rebaño hasta que las ovejas quedan tranquilas y se acuestan, operación denominada “el rodeo”. La operación siempre se realiza cerca de los pueblos o de las ventas para poder acercarse hasta allí y comprar vino, que se almacena por lo común en botas de dos litros. Cada pastor lleva la suya, ya que es imprescindible para las jornadas en las que no se encuentra agua para beber, o ésta es de mala calidad. En primavera el “rodeo” duraba a lo sumo un par de horas, mientras que en otoño, de regreso al hogar, se acortaba hasta la mitad. A veces no hay ocasión ni de sentarse y el almuerzo debe realizarse de pie, dando vueltas y más vueltas alrededor del ganado para evitar que las ovejas se dirijan a los sembrados próximos.

Una parada en el trabajo para el almuerzo

                                                          Una parada en el trabajo para el almuerzo

Tradicionalmente, en las cañadas ganaderas y en general en todos los caminos, existían ventas, posadas o paradores que se situaban en lugares estratégicos. Éstas servían de alojamiento y tienda para los viajeros y pastores que atravesaban esos lares, siendo frecuente que se adquiriese allí la comida y el vino necesarios para continuar la marcha. También servían de refugio cuando las condiciones climatológicas eran muy adversas, pues la mayoría de ellas solían disponer de corrales para el ganado.

Ganado lanar a su paso por Ávila. 1930. Autor, Avilas.es

                                                Ganado lanar a su paso por Ávila. 1930. Autor: Avilas.es

Por la noche se busca algo de leña y agua para hacer unas sopas en el caldero. Los ingredientes son sencillos: pan, un poco de sebo, aceite, pimiento y sal para entonar el estómago. Las cocina siempre el zagal, aunque siempre le ayuda alguno a encender y avivar el fuego, o bien a “migar” el pan para que adquiera la textura adecuada. Mientras tanto, el resto cuida de que el ganado realice el “remache” de las últimas hierbas del día. Cuando las sopas están listas, se sitúan todos alrededor del caldero con la rodilla derecha en tierra, la otra doblada hacia adelante y el brazo izquierdo apoyado sobre esta última. Y así, después de que el rabadán eche la bendición, se va cogiendo del contenido por turnos hasta que no queda ni una sola cucharada. La operación es rápida, silenciosa y de escasa sobremesa. Al final el zagal rebaña los restos puesto que es el encargado de fregar el caldero.

Rebaño en camino. Autor, Bubilla2002

                                                            Rebaño en camino. Autor: Bubilla2002

A veces, cuando los días son fríos y lluviosos, o cuando no hay leña a mano, no se pueden hacer las sopas y entonces no hay más remedio que cenar de frío. Son jornadas muy duras con un sinfín de calamidades y fatigas. Días enteros sin poder tomar asiento, sin comer caliente, o sin dormir por las inclemencias del tiempo, con las manos entumecidas que, al decir de algunos pastores, “no pueden ni partir el pan”. Hay que tener en cuenta que hasta muy recientemente, no existían ropas adecuadas para la lluvia (a excepción de los recios paraguas de doble ballesta), puesto que los capotes y las mantas que se usaban por entonces, en cuanto se mojaban pesaban mucho y era necesario ponerlos a secar con la consiguiente pérdida de tiempo.

Pastor de La Mancha en los años 50. Autor, Isidro Alcázar

                                                Pastor de La Mancha en los años 50. Autor: Isidro Alcázar

A veces, la humedad calaba en los costales de la ropa y esta llegaba mohosa al Valle de Alcudia. Otros días, incluso, los pastores se encuentran tan cansados que incluso no preparan cena alguna, montando rápidamente el campamento para echarse a descansar. A todas las penurias del viaje hay que unir la tristeza de la separación del hogar, que acentúa aún más la dureza de estas jornadas.

Rebaño de ovejas en un prado. Autor, Rufino Lasaosa.

                                                   Rebaño de ovejas en un prado. Autor: Rufino Lasaosa

Pero al fin llega el día, tras muchas semanas de camino, en que ganado y pastores avistan los pastos reverdecidos y las dehesas de Campo de Montiel, Campo de Calatrava y sobre todo del Valle de Alcudia. Su característica fundamental, por supuesto, es la existencia de un arbolado disperso de encinas y alcornoques entre los pastos, terrenos que en el pasado se encontraban en manos de las órdenes militares (Santiago, Alcántara, Calatrava), la Iglesia, la nobleza y los grandes terratenientes, conformando una estructura que se ha mantenido intacta hasta bien entrado el siglo XX.

Pastor y rebaño despues del esquile. Años 50. Autor, Crispín Alcázar.

                                       Pastor y rebaño después del esquile. Años 50. Autor: Crispín Alcázar

Las dehesas poseen un clima suave en invierno, aunque no exento de fríos, primaveras tempranas y fuertes calores en verano que dejan agostados los campos. Las lluvias son escasas y variables, concentrándose sobre todo en otoño y en primavera. Los suelos son asimismo pobres, bajos en nutrientes y abundantes en pizarras que afloran a escasa profundidad y los hace muy difíciles para el arado. Por ello, tradicionalmente, las merinas trashumantes ocupaban los pastos de estas tierras marginales que no podían ser dedicados a cultivo, aprovechando la hierba invernal hasta la llegada de los primeros calores de mayo. Entonces, dado el poco espesor del mantillo de tierra, las hierbas se secaban con rapidez, los rebaños recién trasquilados empezaban a inquietarse y se anunciaba al fin para los pastores el esperado regreso a los puertos: la vuelta a casa y al calor de los amigos, la familia y el hogar. Pero eso es sin duda otra historia.

Paisaje adehesado, el final de la trashumancia hacia el sur. Autor, Miradas de Andalucía

                        Paisaje adehesado, el final de la trashumancia hacia el sur. Autor: Miradas de Andalucía

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La Mancha trashumante. Hacia las dehesas del sur (1ª parte)

La Mancha trashumante. Hacia las dehesas del sur (1ª parte)

El día de San Miguel era una jornada muy especial para los pastores trashumantes. En las montañas de Teruel, de amanecida, el frío pesaba sobre los valles altos y una delgada capa de hielo comenzaba a cubrir fuentes y abrevaderos. Ese día, arreglados los sueldos y las condiciones de trabajo, los pastores echaban mano a su cayado y salían cañada abajo con los rebaños de merinas para no volver sino al cabo de seis meses: empezaba así un duro viaje que, durante semanas y a razón de 20 kilómetros diarios, les llevaría a través de la serranía y la interminable estepa manchega hasta los pastos de invierno del Valle de Alcudia, en Ciudad Real, punto final de su andadura.

La cañada Conquense es una de las muchas vías pecuarias que atraviesan España de norte a sur, y que los ganaderos han utilizado tradicionalmente desde época medieval para llevar su ganado tras los mejores pastos de temporada. El viaje era de ida y vuelta: a partir de mayo y justo después del esquile de las ovejas, pastores y ganado regresaban hacia las tierras altas turolenses a fin de aprovechar el pasto joven de los agostaderos de montaña, libres ya del rigor invernal. Por el contrario, octubre y noviembre era tiempo de invernada y de bajar de nuevo a las dehesas del Valle de Alcudia en busca del clima más benigno de esas latitudes. Localidades de importancia como Socuéllamos, Tomelloso y Manzanares constituían hitos obligados en el camino y puntos de inicio de nuevas vías pecuarias, lo que multiplicaba destinos y hacía mucho más lucrativo el negocio tanto para ganaderos como para los propietarios de las tierras. 

Sierra de Gudar, zona de agostada para ganado vacuno. Autor, Po.psi.que

                                  Sierra de Gudar, zona de agostada para ganado vacuno. Autor: Po.psi.que

En los días previos a la partida, como cada otoño, la luz del día tardaba más en llegar que otras veces. Eran días frescos y mañanas en las que a menudo el sol se olvidaba hasta de asomar, arrebujado tras los jirones de niebla que arropaban laderas y collados. Entretanto se sucedían las despedidas en el pueblo. Salir a la invernada era motivo de alegría para algunos y de tristeza para la mayoría, puesto que las familias se separaban durante una larga temporada y la aldea, ya de por si con pocos recursos, quedaba más que nunca carente de brazos jóvenes y medio abandonada. Éste era un hecho crucial del que no nos hacemos cargo hoy día y que sin duda marcaba la vida en los pueblos de la sierra durante buena parte del año.

El folklore castellano está lleno de coplas tristes alusivas a la despedida de los pastores:

Ya se van los pastores,
Ya se van marchando.
Más de cuatro zagalas
quedan llorando.
Ya se van los pastores
Para la majada,
Ya se queda la sierra
Triste y callada.

O bien la siguiente, donde una muchacha lamenta la partida y queda recelosa al mismo tiempo de las promesas de su zagal:

Ya se van los pastores,
Ya marcha el día.
Ya se va aquel zagal
Que me quería.

Claro que, como era de esperar, todo troca en alegría al regreso…

Ya vienen los pastores,
Ya viene el rumbo.
Ya viene la alegría mejor del mundo.

Menos para algunas infelices:

Ya vienen los pastores,
No viene el mío.
Alguna picarona
Lo ha entretenido.

Rebaño trashumante atravesando una carretera. Autor, Mahatsorri

                                         Rebaño trashumante atravesando una carretera. Autor: Mahatsorri

Los rebaños variaban mucho en número, desde 500 o 600 ovejas a más de 1500 en el caso de grandes ganaderos. Aunque las merinas podían ser de un solo propietario, lo más frecuente era que varios se asociasen a finales de verano para unir su ganado en una sola cabaña y viajar así con mayores garantías de seguridad. A la cabeza de todo se encontraba el mayoral, cuya categoría y responsabilidad en la organización eran incuestionables. Claro que, como suele suceder con las grandes figuras, los quehaceres del mayoral eran de todo menos molestos: realizaba el trayecto a lomos de mula o directamente en ferrocarril y se desentendía por completo del ganado durante la mayor parte del recorrido. El verdadero peso del trabajo recaía en el rabadán, por debajo del cual estaban los pastores, zagales (muchos de ellos niños de apenas diez años) y un yegüero con su mula encargado del transporte de cacharros y la intendencia. Al trabajo de los hombres se sumaba también el inestimable de 3 o 4 mastines para solventar problemas diarios y otros de índole más peligrosa, como el extravío de merinas o el ataque de lobos en los pasos de montaña.

Chozo utilizado como refugio para pastores. Autor, Dvillafruela

                                            Chozo utilizado como refugio para pastores. Autor: Dvillafruela

La mañana de la partida, rabadán, pastores y zagales salían de sus casas bien temprano con el “avío” guardado en zurrones y alforjas, y partían en silencio de la aldea camino a los puertos. Arriba, sobre los collados, no era raro ver relumbrar los primeros manchones de nieve de la temporada. Este era uno de los puntos más conflictivos en todo el trayecto, pues lo avanzado de la estación daba pie a súbitos empeoramientos del tiempo o al asalto repentino de los lobos, que entonces dominaban las sierras y eran motivo de preocupación tanto para trashumantes como para el resto de montañeses. Otros problemas comunes lo constituían las nieblas propias de la estación y que obligaban a concentrar el ganado o, en caso de ser persistentes, a extremar la atención de hombres y mastines durante casi todo el día. No era raro tampoco que los pastores se desorientasen, aunque en estos casos resultaba impagable la ayuda prestada por las yeguas de la intendencia, que o bien por instinto o por haber hecho el mismo trayecto en otras ocasiones sacaban del atolladero al rebaño cuando todo lo demás estaba perdido. De hecho, al atravesar las poblaciones grandes era más fácil dejar que la mula fuese delante dirigiendo toda  la comitiva: el animal hacía uso de su memoria para elegir las calles mientras los pastores se relajaban y podían dedicarse a otros menesteres (no necesariamente asociados al trabajo).

Paisaje de La Mancha en mayo, junto a una vía pecuaria

                                                Paisaje de La Mancha en mayo, junto a una vía pecuaria

El camino de ida hacia las dehesas del sur era tranquilo y se acomodaba como un guante a la personalidad del pastor: sosegada, austera y de pocas palabras. Muchas ovejas iban preñadas, lo que obligaba a una mayor lentitud. Además la siega ya había acontecido en los campos por donde transitaban y todavía no era tiempo de siembra, de modo que la cabaña podía entretenerse en cualquier finca sin temor a destrozar los cultivos. Otra cosa era el regreso, en mayo, cuando las huertas verdeaban de hortalizas y el trigo joven ya apuntaba en espigas por la extensa llanura ciudadrealeña y conquense. En estos casos era forzoso acelerar el paso y azuzar al ganado con el fin de evitar problemas con los propietarios. Durante el día los pastores hablaban poco y eran más amigos de aislarse y buscar la soledad. Parcos en palabras o gestos gratuitos, escudriñaban sin embargo todo lo que encontraban en su camino con el instinto práctico del que ha vivido en estrecho contacto con el monte: las nubes, el viento o el vuelo de los pájaros les indicaban claramente qué tiempo había de venir; revisando las hierbas en los linderos podían encontrar muchas de gran utilidad, y que servían como remedio de males diversos tanto al hombre como a los animales; hasta un tocón informe y requemado por el sol podía ser motivo de interés, por cuanto semanas más tarde era transformado gracias a una navaja en una cazuela de madera o un cucharón, que luego se vendía en los pueblos y cortijos a lo largo del trayecto.

Rebaño en un descansadero, camino de los pastos de verano. Autor, Jaciluch

                                Rebaño en un descansadero, camino de los pastos de verano. Autor: Jaciluch

Conforme quedaban atrás las agrestes sierras, el trayecto se hacía más sencillo. En tierras manchegas la velocidad de marcha crecía considerablemente llegando incluso hasta los 30 kilómetros en una sola jornada. Terrenos llanos, es cierto, pero también repletos de conflictos por otras razones. Era de rigor, por ejemplo, extremar las precauciones durante el cruce de carreteras al suponer un peligro para los rebaños y en especial para las ovejas preñadas, mucho más lentas y torpes en su avance. Para atravesar los pueblos el rabadán elegía siempre las primeras horas de la mañana (mucho más tranquilas) circulando además con la menor demora posible a fin de evitar incidentes. Pero el riesgo estaba ahí y ni siquiera las poblaciones eran sinónimo de seguridad: algunas ovejas “se esfumaban” tras una puerta durante el tiempo que tardaban en volver la esquina (uno de los municipios más “sospechosos” en este sentido fue Malagón, en Ciudad real), y los jardines públicos o privados constituían auténticas pesadillas, ya que es sabido que las cabras podan a su gusto todo seto o arriate de flores que encuentran. Hoy, sin embargo, estos apuros han quedado prácticamente relegados al olvido y el paso de la cabaña por pueblos y ciudades constituye todo un acontecimiento, vivido y esperado por los vecinos con emoción mal disimulada. Es lo que ocurrió en Manzanares en mayo de 2012, cuando un rebaño de 1500 ovejas entró por la Avenida de Andalucía y durante hora y media atravesó las principales calles de la población manchega en su camino de regreso hacia la serranía de Cuenca.

Rebaño, pastor y burro en una cañada. Autor, Jaciluch

                                                  Rebaño, pastor y burro en una cañada. Autor: Jaciluch

Todo era mucho más tranquilo al salir de las poblaciones y atravesar los grandes llanos del Campo de San Juan o la Mancha de Criptana. Atrás quedaban apuros y gentío, el pasto abundaba y no era raro que al llegar a los despoblados la cabaña se detuviese hasta un día completo (sobre todo si había abrevaderos cerca) mientras los pastores disfrutaban de una merecida jornada de asueto. El grupo podía esperar entonces al regreso del yegüero con las viandas compradas en el pueblo más cercano. Claro que, de apretar las hambres, siempre había recursos de última hora a los que echar mano: sartén y aceite al fuego, junto a la “majada”; pan de unos días, pimiento y ajo; chorizos y panceta bien fritos, uvas cogidas sobre la marcha… y en un momento ya estaban listas las migas de pastor tan socorridas (y elogiadas también) a lo largo de nuestra historia:

“Se comía, allá arriba, lo que salía al paso, lo que daban los pasmados venteros: chorizos tostados, chorreando sangre, unas migas, huevos fritos, cualquier cosa; el pan era duro, ¡mejor! el vino malo, sabía a la pez, ¡mejor! esto le gustaba a Quintanar; y en tal gusto coincidía con su esposa, amiga también de estas meriendas aventuradas, en las que encontraba un condimento picante que despertaba el hambre y la alegría infantil.”

La Celestina. Fernando de Rojas. 1499.

Aspecto de una Cañada Real para paso de ganado. Autor,

                                                      Aspecto de una Cañada Real para paso de ganado.