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La leyenda de la Sangre del Moro

Suspiro del moro

Leyendas manchegas sobre castillos, fortalezas defensivas, alcazabas y palacios. Todos ellos testigos mudos a lo largo de los siglos de una gran cantidad de historias impregnadas por un halo de misterios y secretos. Nobles, reyes y señores tanto cristianos como musulmanes son los principales protagonistas de estos relatos.
Aquí os dejamos una de estas leyendas que bien pudiera escucharse todavía en los muros de cualquier castillo de las órdenes militares de Calatrava, de San Juan o de Santiago.

Castillo de ConsuegraCastillo de Consuegra. Autor, Fernando de Castro

Castillo de MontizónCastillo de Montizón

Calatrava la NuevaCalatrava la Nueva

Cuentan que hace muchos años, cuando la población vivía al amparo del castillo, ocurrió un hecho extraordinario del que aún se pueden ver hoy las consecuencias.
Era el protagonista el moro Xanu, sastre de oficio, y personaje conocido por todo habitante cristiano, judío o musulmán, de dentro o fuera del castillo. Xanu era también famoso por su avaricia y por su capacidad para adiestrar animales a los que mantenía en un corral que era visitado con admiración por clientes y curiosos venidos de todas las alquerías. Perros, gatos, gallinas, ocas y pavos obedecían sus órdenes sin recibir a cambio más que lo justo para comer, de lo que se jactaba el sarraceno ante sus visitantes.
– Comen lo justo, medran sanos, acatan mi voluntad y encima no me sacan ni una golosina –solía explicarles a los visitantes, boquiabiertos mientras admiraban las mañas de los bichos.
– ¡Qué prodigio!
– Eres un mago Xanu… les falta hablar.
El sastre, henchido de vanidad y tras las numerosas alabanzas del personal ante las habilidades de los animales, desvelaba entonces la sorpresa final, su mejor ejemplar, un pollo de altiva cresta y sedoso plumaje y andares mayestáticos que acudía presto a la llamada de su amo: ¡Ki-Ket, ven aquí, Ki-Ket!
– ¡Qué espléndido ejemplar! –exclamaba la gente.
– Es el orgullo de mi casa. Porque no sólo habla, piensa también.
Orgulloso ante el asombro e incredulidad de los presentes, Xanu le mandaba caminar a la pata coja, hacer piruetas o quedarse inmóvil para terminar mostrando el increíble hecho: preguntado Ki-Ket ¿a quién quieres más? el pollo respondía, ¡a ti Xanu! Interrogado sobre el tiempo que haría, Ki-Ket escrutaba el cielo y las nubes, y pronosticaba la posibilidad de lluvia.
Pero su estima por el animal se transformó en odio por su feroz avaricia. Una tarde, mientras Xanu cosía en su taller, vio a través de la ventana que el pico de Ki-Ket relucía como el oro. Acercándose al pollo comprobó que efectivamente llevaba una moneda de oro atrapada en el pico. Intentó quitársela y pidió al animal que la soltará.
– Anda, Ki-Ket, suelta esa baratija.
Pero el sabio animal, sordo a sus ruegos, se subió de un salto a un árbol diciéndole:
– Eres un tacaño que además de matarnos de hambre nos zurras para que te obedezcamos. No te daré la moneda, esta baratija, como tú la llamas, hasta que no jures dejarme libre.
El sastre lo juró una y mil veces y el pollo, cuya sabiduría no le alcanzaba para calcular el volumen de las miserias humanas, inocente, saltó al suelo sin calcular lo que se le vendría encima. En cuanto lo tuvo a su alcance, Xanu lo ató con una cuerda y le obligó a conducirlo al lugar donde había encontrado la moneda, confiando en que habría muchas más, una mina…
Ki-Ket tirando del amo a la carrera, forzándole a correr como loco, lo llevó a las puertas del castillo. Tres veces arrastro Xanu el culo por las calles hasta que llegaron a un tramo de muralla elevado sobre unas peñas agrestes.
– Ahí la encontré, dijo Ki-Ket. Y el moro lo forzó a volar y a remover las piedras mientras estaba ya anocheciendo.
Tiró el pollo un par de monedas a sus pies y enloquecido por lo que ya parecía ser un tesoro, apremiaba a Ki-Ket hasta que un brusco tirón dejó inconsciente al animal.
– Toma tu premio Ki-Ket, que yo subiré a por el mío y a nadie podrás contarle que soy rico al fin.
Sin sentir la más mínima compasión, Xanu emprendió él mismo la búsqueda trepando por las rocas ya a tientas por la oscuridad, escarbando en la muralla y llevándose trastazos y arañazos varios. Casi había conseguido su objetivo, casi podía tocar un cofre cuando se desprendieron varias losas de la muralla, precipitándolo al vacío.
A la mañana siguiente unos niños encontraron al pobre Ki-Ket que afónico y malherido les contó la tragedia antes de morir pero nadie encontró el cuerpo del avaro Xanu entre las rocas, sólo grandes manchas de sangre en abundancia que, ennegrecidas por el paso de los siglos, aún tiñen los escarpados peñascos del lugar.
Posiblemente de este hecho surgiera la célebre copla castellana: el sastre, corte y cosa, y no se meta en otra cosa.

Castillo de la Estrella, MontielCastillo de la Estrella, Montiel

Torreón del Gran Prior, Alcázar de San JuanTorreón del Gran Prior, Alcázar de San Juan

Calatrava la ViejaCalatrava la Vieja


Fotografía de portada: El Suspiro del Moro. Obra de Marcelino de Unceta. 1885


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Una de gigantes… molinos de viento de La Mancha

Campo de Criptana

Una escapada para rememorar la leyenda cervantina del famoso lance entre Don Quijote y sus “gigantes”


Llanuras de La Mancha… los molinos eran y son ornato, gala y alegría de la llanura. Poesía y encanto de los viñedos y tierras de pan llevar. Ellos aliviaban las fatigas del caminante, infundiéndole ánimo con el gracioso girar de sus aspas y la promesa de la harina blanca, esa harina que en la mesa es pan que sustenta el cuerpo y en el altar es alimento del alma.

Giraban las aspas de los molinos manchegos, y, al hacerlo, traían y traen a la imaginación del viajero, el recuerdo a un tiempo doloroso e inefable “del buen suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento”.

Por obra y gracia de tan singular aventura, el molino de viento, ha sido y sigue siendo símbolo glorioso y universal del libro cumbre que contiene la peregrina historia y estupendas hazañas del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha y aun de los propios personajes Don Quijote, Sancho, Aldonza Lorenzo y Dulcinea.

Molinos de La ManchaMolinos Molinos de viento de Puerto Lápice

Molinos de viento de Consuegra

Molinos de viento de Mota del Cuervo

Simbolizan las aspas, el idealismo maravilloso de Don Alonso Quijano, desfacedor de entuertos, amparador de viudas, defensor esforzado de doncellas desvalidas y huérfanos desamparados.
Como las aspas del molino giran con todos los vientos, así el corazón del buen caballero está atento a todos los dolores y a todas las necesidades para compartir los unos y remediar las otras.

Las piedras del molino que en trabajo incansable, monótono, rudo y fecundo, trituran el trigo, simbolizan el espíritu de Sancho, pegado a lo material, perseverante en la ambición, paciente y confiado en la espera, poco emprendedor y carente de iniciativas. Nada hace por si para el logro de sus deseos. Todo lo guarda de las desventuradas aventuras de su amo y señor, que algún día ¡plegue al cielo que así sea!, se tornarán venturosas y le llevarán al codiciado gobierno de la ínsula deseada.

La silueta del molino, fornida y poco airosa cuando de cerca se contempla, es el símbolo de Aldonza Lorenzo, la buena labradora de El Toboso.
Contemplada a lo lejos, la silueta del molino gana en esbeltez, se torna ingrávida y entonces se transforma en la sin par y gran señora Dulcinea.

Todo esto significan, todo esto simbolizan y todo esto representan y recuerdan, los molinos de viento, alzándose en los campos manchegos, “una inmensa llanura vinícola en donde el ojo alcanza su pleno mediodía” como dijo Antonio Machado.

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré, 1863Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré, 1863

Molinos de viento de Alcázar de San Juan

Molinos de viento de Campo de Criptana

Molinos de viento de Consuegra

A un lado y otro de la ruta que de Andalucía conduce a Castilla, aparecen los molinos de viento. El paisaje mantiene su alma, aquel encanto delicioso del girar de las aspas y las blancas siluetas que son recreo de la vista y dulce caricia para el corazón del caminante. No hay que esperar que los molinos de viento vuelvan a su tarea de triturar el trigo.

El mundo avanza, la vida sigue, y el progreso, implacable, no permite retroceder a la “dichosa edad y los siglos dichosos”, que tan maravillosamente describió Don Quijote a los cabreros.

Pero ya que los molinos no volverán a trabajar como hormigas, al menos hagamos que canten como cigarras. Que se salve ese espíritu, aunque la materia perezca.

Os invito pues, a una nueva aventura de los molinos de viento, de unos molinos con aspas que giren y sin piedras que muelan, una aventura –como aquella jamás imaginada- que quedará siempre como “suceso digno de felice recordación” y testigo fiel, de que los nobles pueblos manchegos, conservan en su corazón, el recuerdo imperecedero del ingenioso hidalgo Don Quijote, de Sancho, el buen escudero, de la sencilla labradora Aldonza y de la clarísima y sin par Dulcinea del Toboso.


CAPITULO VIII DE LA 1ª PARTE DE “EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA”


En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquéllos que allí ves -respondió su amo- de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquéllos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquéllos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

Y diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

-Calla, amigo Sancho -respondió don Quijote-; que las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más, que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo, han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.

-Dios lo haga como puede -respondió Sancho Panza.

Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba. Y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero, sino que iba muy pesaroso, por haberle faltado la lanza…

Molinos de viento de Campo de Criptana


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Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Molineros de La Mancha, el arte de remar el viento

Molineros de La Mancha, el arte de remar el viento

En la balsa de Ramón hace tiempo que los grillos comenzaron a cantar. Son apenas las 8 de la tarde, pero el sol se esconde tras el cerro de los molinos y un aire de espigas, que llega del este, viene a refrescar el pueblo más que otros días. Quizás haya tormenta esa noche. Pablo “el de los Cantos” lo intuye mientras guía al borriquillo cargado de sacos vereda “alante” para atajar los últimos metros antes de la subida. En lo alto, donde el molino, se oye a ratos un coro de risas juveniles y femeninas. Van y vienen como vencejos en el viento solano, ahora se oyen, ahora callan por un tiempo. Vuelven de nuevo. Seguramente estará allí también su sobrina dándole a la sin hueso junto a las mozas del barrio. Dicen que van a bordar, sí. Siempre dicen lo mismo. Pero el tío Pablo sabe que, en la explanada del molino que da al norte, las vistas son mejores que en ningún sitio y el pueblo parece que se adorna de luceros al caer la noche, y que la brisa corre allí más fresca y juvenil, invitando a paliar junto a sus muros los ardores de una tarde de julio. Allí más que en ningún sitio su sobrina y las amigas de su sobrina pueden enterarse de los últimos chascarrillos de Genara, la esposa del molinero. Allí ríen mientras bordan tapetes bajo el vuelo de las polillas, (o palomitas, como él las llama) justo bajo la luz de la única bombilla que cuelga sobre la puerta. Con un guiño, la sobrina ha susurrado algo a las demás. Y de inmediato todas ellas recitan con guasa una antigua adivinanza castellana más vieja que las piedras:

“Vino no bebo,
porque agua no tengo,
que si agua tuviera,
vino bebiera”.

Por supuesto, como ya habrán adivinado, la respuesta es el molinero.

Campo de trigo a punto para la siega. Autor, Sybarite48

Campo de trigo a punto para la siega. Autor: Sybarite48

En las tierras del interior peninsular, de gran tradición cerealista, la aridez del clima y los escasos cursos de agua obligaron a buscar alternativas al molino hidráulico para la fabricación de harina. Éste, mucho más antiguo, se extendió con la cultura andalusí a lo largo de toda la Edad Media desde sus orígenes griegos y romanos. Pero su presencia en La Mancha siempre se vio limitada por las frecuentes sequías que secaban el cauce de los ríos, sobre todo en verano, precisamente cuando se produce la siega y la trilla del cereal. Por ello hubo que encontrar nuevos modos de obtener energía, y esta solución, por supuesto, vino del viento.

Los primeros molinos de viento ya fueron utilizados en China al menos desde el siglo V d.C, y desde el siglo IX d.C. también en el Medio Oriente. Estas primeras máquinas eran muy rudimentarias al estar las aspas dispuestas horizontalmente, pero se cree que España conoció gracias a los árabes el mecanismo (mucho más eficiente) del eje horizontal, lo que dio origen a los molinos mediterráneos con grandes velas latinas tal como pueden admirarse hoy en tierras murcianas. Algunos molinos andalusíes de esta época llegaron a tener hasta 16 velas, aunque por lo común variaban entre 8 y 10 según se usasen para molienda o bombeo de agua, respectivamente.

Molino del tipo mediterráneo en Cartagena. Autor, Nanosanchez

Molino del tipo mediterráneo en Cartagena. Autor: Nanosanchez

El molino de la Mancha puede considerarse un híbrido entre los molinos de Al-Ándalus y los procedentes del norte de Europa, estos últimos de origen incierto. Se dice que los primeros molinos de viento manchegos, y en general todos los europeos, surgieron con el regreso de los ejércitos que lucharon en los siglos XII y XIII por el Reino de Jerusalén. Las Órdenes de Santiago y de San Juan administraron con la Reconquista grandes propiedades en el centro-sur de la Península, y es probable que con ellos vinieran también las técnicas francesa e inglesa de molinería, que combinaron con la autóctona para desarrollar un modelo único. Una de las referencias más antiguas en Castilla-La Mancha se encuentra curiosamente en El Libro del Buen Amor, escrito en 1330 por Juan Ruíz, Arcipreste de Hita. Pero el tipo de torre cilíndrica y encalada con techumbre cónica que hoy admiramos en Alcázar de San Juan, Consuegra, Campo de Criptana o Mota del Cuervo, no se introdujo en la Mancha sino hasta mediados del siglo XV, difundiéndose después ampliamente por todo el territorio durante los siglos XVI y XVII.

Paisaje con molino. Aert van der Neer. Óleo sobre tabla, 1646

Paisaje con molino. Aert van der Neer. Óleo sobre tabla, 1646

Por fin el borrico de Pablo corona la pendiente. El hombre saluda al llegar con gesto hosco, descarga los sacos de trigo frente a la puerta y ayuda a «Fernandito», el molinero, a meterlos en su interior. El diminutivo de este último no es sino chanza local: ocho y pico palmos a ojo y espaldas como dos yunques de herrero. Fernando no es nacido aquí: es de Antequera, pero conoce su oficio como nadie. Sabe por ejemplo que los cereales más usados en la zona son el trigo, la cebada y “los titos” utilizados para la fabricación de harina de almortas, base de las tradicionales gachas. Dentro, la luz se escapa rápidamente. En la cuadra el molinero almacena los sacos frente a frente con los que contienen harina, y a continuación se los carga a la espalda para subirlos por la escalera de caracol hacia los pisos superiores. Además de la cuadra hay otros dos: el primero, o camareta, donde se cierne la harina ya molida, y el último o moledero, que aloja toda la maquinaria y donde se realiza el trabajo de la molienda.

Lienzo de muralla del castillo medieval de Consuegra. Autor, Jebulon

Lienzo de muralla del castillo medieval de Consuegra. Autor: Jebulon

Como todos los años al comienzo de temporada fue el tío Pablo quien ayudó a Fernando a “armar las velas”, es decir, colocar en las aspas los lienzos que cubren el esqueleto de madera. La amistad viene de lejos. También sube a veces para echar una mano cuando cambian los aires y es necesario orientar la caperuza del molino a favor del viento dominante. En éste, como en el resto de molinos manchegos, la caperuza y la maquinaria forman una estructura móvil que puede girarse mediante un torno portátil o borriquillo dispuesto en el exterior. El trabajo para mover todo el equipo era duro puesto que sólo el conjunto de ejes, ruedas y piedras de moliz pesaba casi 5000 kg. Una vez que el molinero se cercioraba del viento (existían hasta 12 de ellos en distintas direcciones), hacía girar la caperuza mediante un palo de gobierno atado al borriquillo, todo ello muy lentamente y con gran pericia hasta lograr la orientación correcta, tras lo cual daba comienzo la molienda. Los molinos se construían normalmente en colinas altas y despejadas cerca de los pueblos, y por supuesto todos tenían sus aspas colocadas en el mismo sentido. No era raro que el molinero dispusiese para este fin de un catalejo en la moledera, y así, espiando por el ventanuco, podía verificar con los molinos cercanos que las aspas remaban en la misma dirección.

Molinos de Consuegra. Autor, Punxsutawneyphil

Molinos de Consuegra. Autor: Punxsutawneyphil

El molino tiene sus tercios, como solía decir Fernando, ya que no solo se trataba de moler y almacenar la harina sino estar avisado del trabajo de las piedras, estudiar los vientos, remendar los lienzos, reponer las piezas rotas e incluso cumplir con el parroquiano tanto de día como de noche, si para ello era menester. Durante la posguerra los molineros estuvieron sometidos a una estrecha vigilancia con el fin de evitar el estraperlo. Inspectores vestidos de paisano se presentaban a cualquier hora para revisar los sacos y requisaban con frecuencia harina y grano si las cuentas no eran correctas. Por eso se molía de madrugada. Sin embargo eran todavía peores los cambios imprevistos de tiempo. Cuando había tormenta, la altura y el aislamiento del edificio lo hacían muy atractivo para los rayos, y no estaba muy atrás aquel día en que el molino de “Zoque” ardió por los cuatro costados al caer una “chispa” sobre el techado de carrizo. La maquinaria y las vigas, todo de madera, prendió en un santiamén y no hubo quien apagase el incendio hasta dos horas después por lo lejos que quedaba del pueblo. En las tormentas era también frecuente que el viento girase bruscamente, lo que obligaba a parar la molienda durante las “nubes” por el peligro de que unas rachas cambiadas destrozasen las aspas o el engranaje. El molino tiene sus tercios, sí. Y Genara cerraba la discusión diciendo que cada nube tiene su aire, refiriéndose seguramente a que según cambiaba la nube, así cambiaría el viento.

Siega en los campos de cereal. Autor, Büschgens

Siega en los campos de cereal. Autor: Büschgens

Con el molino a pleno rendimiento, el giro de las aspas se transmitía mediante ruedas y engranajes a un eje vertical que movía la piedra superior, o “volandera”, sobre la piedra fija inferior o “solera”. Pablo y «Fernandito» abren uno de los sacos para que el último se cobre su sueldo en especie, un procedimiento llamado maquila usado en el pueblo desde tiempo inmemorial. Por cada fanega de candeal (unos 55,5 litros) el molinero se toma un celemín o doceava parte de la fanega (unos 4,5 litros). Después del reparto la maquila se guarda en pequeños depósitos del molino llamados trojes, uno para el trigo y otro para la cebada situado más abajo. Aunque los molineros tienen fama de pillos, no es el caso de Fernando. Él es hijo, nieto y biznieto de molineros y lo lleva en la sangre desde que lo parió su madre. No sabe ni de espabiles ni de truhanerías. Con el «casamiento» recién cumplido llegó allí junto a su mujer hacía 30 años, y ambos saben que en la comarca se oyen muchos dichos de molineros. Pero ellos no hacen caso, y ríen: “Ni horno ni molino tengas por vecino”, sentencia uno de ellos; o ese otro, tan castellano:

“Tin, tin, tin
de cada fanega un celemín,
y si es de rico otro para el borrico,
y si la molinera no lleva jubón,
¡un celeminón!”

Más todavía ríen y se echan los ojos cuando, con proverbial lascivia castellana, el romance mete la directa y achaca al molinero todo tipo de líos de faldas. En uno de ellos, fechado a finales del siglo XVI, aparecen de nuevo juntas las dudosas proezas de molinero y hornero. Dice así:

“Un fraile y dos sacristanes
concertaron de moler
más trigo que dos gañanes,
y sobar muy bien los
y hacer el horno arder”.

Molino manchego en Campo de Criptana. Autor, M. Peinado

Molino manchego en Campo de Criptana. Autor: M. Peinado

El tío Pablo y Fernando vierten poco a poco el trigo en la tolva con la única luz de un candil. Un ingenioso aparato sonoro avisa al molinero cuando el grano está a punto de acabarse, lo que podría provocar un recalentamiento de las piedras, y al oírlo vuelve a echar más grano al recipiente. Así, con paciencia y buen hacer, el grano cae a golpes por un canal hacia la hendidura que hay en el centro de las dos piedras, la “volandera” y la “solera”. El movimiento giratorio de la piedra superior tritura el grano contra la base y poco a poco va desplazándose hacia fuera gracias a unas pequeñas hendiduras labradas a mano. En la parte exterior el espacio entre las piedras es más estrecho que en el centro, por lo que el proceso de molido ejerce cada vez más presión. De esta forma, al salir, la cáscara está totalmente separada de la harina (aunque mezcladas) y todo cae finalmente por un canalón hacia la camareta, donde Genara tendrá que colocar sacos para recogerlo y así cerner la mezcla con el cedazo.

Pero no sin antes hacer un alto en la molienda para cenar. Frente a la puerta, al amparo de la noche y de la única bombilla que alumbra el cerro, ya hay puesta una mesa baja. Al lado cuatro serijos de esparto y dos sillas, el porrón en el poyo, junto al muro, y sobre el mantel una fuente de tocino, un plato de queso en aceite, pan, navaja de ocho duros y muchas hambres por distraer. Tras unos minutos de espera que se hacen eternos, Genara y la sobrina de Pablo aparecen trayendo a cuatro manos la reina de la velada: una sartén repleta de gachas. Y viendo a su mujer en la puerta del molino, enharinada hasta el moño pero feliz, he aquí que a la memoria de Fernando llega el recuerdo de sus años jóvenes: los tiempos en que alguien le contó la historia de cierta molinera que vino a armar caballero al héroe con más donaire y arrojo que ha parido jamás tierra manchega. Por fortuna, malagueño como era, nunca pudo olvidar la cita:

“Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé venturas en lides”. (…) Preguntóle su nombre, y dijo que se llamaba la molinera, y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó Don Quijote que se pusiese don, y se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes”.

“(…) Y, ensillando luego a Rocinante, subió en él, y abrazando a su huésped, le dijo cosas tan extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no es posible acertar a referirlas”.

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré, 1863

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré, 1863

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Si queréis conocer La Mancha, os proponemos vivir esta experiencia: Entre Viñas, Teatros, Molinos y Lagunas
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