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Badajoz, 23 de octubre de 1086. El día en que peligró la Reconquista

Badajoz, 23 de octubre de 1086. El día en que peligró la Reconquista

Al otro lado del desierto del Sáhara, el río Níger avanza como una gigantesca serpiente entre las acacias y colinas agostadas del trópico africano. Allí, en los monasterios-fortaleza llamados rabita, los al-murabitum consolidaron al inicio del pasado milenio un movimiento islamista fanático e intransigente que impusieron por la fuerza a las tribus colindantes. En 1042 Abd Allah ben Yasin se convierte en su líder y no tarda en dirigir sus armas contra el Magreb, decidido a imponer a sangre y fuego el rigor almorávide en todo el occidente musulmán. Un pariente suyo, Yusuf ben Tasufin, heredó la empresa norteafricana y fue elegido caudillo indiscutible del movimiento, lo que le llevó a fundar la ciudad de Marrakesh para que sirviera de capital y de centro estratégico a sus avances. Tomó Tánger y Melilla en 1077, y Ceuta en 1084, y con él los almorávides no tardaron en dominar las rutas camelleras que transportaban el oro, el marfil o los esclavos del interior del continente negro, lo que les dio acceso a una fuente casi ilimitada de riquezas. Fue de tal calibre la influencia que ejerció sobre los pueblos camelleros magrebíes, que el eco de sus hazañas no tardó en cruzar el estrecho y llegar a oídos de los reyes Taifas, así como del propio rey de León y Castilla, Alfonso VI, en aquellos momentos exultante por la reciente conquista de la ciudad de Toledo.

2. Aspecto de una fortaleza-monasterio, o ribat. Autor, Alkainel

Aspecto de una fortaleza-monasterio, o ribat. Autor, Alkainel

3. Murallas defensivas de Marrakesh, al sur de Marruecos. Autor, Jerzy Strzelecki

Murallas defensivas de Marrakesh, al sur de Marruecos. Autor, Jerzy Strzelecki

La esperanza de los reyes andalusíes era, sin duda, ver enfrentados a Yusuf y a Alfonso VI, y hacer que se estrellaran el uno contra el otro. La presión del “emperador de las dos religiones” era cada vez más asfixiante: en 1086 Zaragoza estaba sitiada, Córdoba seriamente amenazada y otro ejército actuaba en la frontera de Badajoz. En tales circunstancias se sucedieron insistentemente los mensajes a Yusuf, que en realidad no habían dejado de producirse desde 1075, para que cruzara a la península y salvara la verdadera religión del avance de los cristianos. En realidad la situación era más complicada para los reyezuelos Taifas, puesto que su libertinaje y relajación en los preceptos del Islam les habían atraído también la furia de los estrictos almorávides, deseosos de imponer una vuelta al Corán y a la Suna rígidamente interpretados. Pero, atrapados entre dos frentes, los reyes andalusíes consultaron a sus allegados y terminaron pidiendo ayuda a Yusuf: “Mejor ser camellero que porquero”, escribirían los autores islámicos de la época. En consecuencia, la petición de ayuda se hizo firme y el paso del estrecho por las tropas almorávides no se demoró en demasía bajo la atenta vigilancia tanto de musulmanes como de castellanos.

4. Alfonso VI y el Cid Campeador en La Jura de Santa Gadea. Marcos Giráldez de Acosta (1830_1896). Óleo sobre lienzo

Alfonso VI y el Cid Campeador en La Jura de Santa Gadea. Marcos Giráldez de Acosta (1830_1896). Óleo sobre lienzo

5. Dehesas en la provincia de Badajoz. Autor, Juaninda

Dehesas en la provincia de Badajoz. Autor, Juaninda

Alfonso VI se hallaba en una posición difícil y era consciente de ello. Sabía de los éxitos y de la eficacia de Yusuf ben Tasufin, de modo que pidió ayuda a todas las regiones españolas, desde Galicia a Cataluña, y especialmente a Sancho Ramírez, rey de Aragón. Se cree que vinieron también refuerzos allende el Pirineo, lo cual permitió aumentar la confianza del caudillo castellano ante el avance imparable de los almorávides por la península. Después del desembarco Yusuf había marchado hacia Badajoz, donde se instaló a la espera de que se incorporasen las tropas andalusíes convocadas a la lucha. Entretanto Alfonso hubo de improvisar un ejército en poco más de dos meses con el que se fue a instalar en la ciudad cacereña de Coria, situada sobre la fértil llanura regada por el Alagón. La literatura islámica posterior habla del cruce de mensajes de desafío, a cual más altanero, entre los dos caudillos. En cualquier caso nada se solucionó con ello y al final prevalecieron las palabras que se atribuyen a Yusuf: “No hay más cartas que las espadas y las lanzas”.

6. Puerta de Palmas, en Badajoz. Autor, Jose Antonio Kesada

Puerta de Palmas, en Badajoz. Autor, Jose Antonio Kesada

7. Plaza de España. Autor, Madogdidit

Plaza de España. Autor, Madogdidit

En la batalla que se avecinaba iban a combatir dos jefes heridos en su orgullo, caudillos de dos civilizaciones nada dispuestas a doblegarse la una ante la otra. Alfonso VI tuvo la precaución de concentrar su ejército al sur del Sistema Central y penetrar luego en tierras musulmanas para, de este modo, llevar el choque a territorio enemigo. De esta forma, si salía derrotado podría hallar refugio fácilmente en la montaña y evitar que su país fuera asolado por el invasor. El encuentro decisivo tuvo lugar el viernes 23 de octubre de 1086, en un lugar que las fuentes cristianas sitúan en las llanuras del Guadiana inmediatas a Badajoz, y junto a las cuales se extiende la dehesa de Sagrajas.

 

8. Miniatura medieval que representa una batalla. Biblia de Maciejowski

Miniatura medieval que representa una batalla de la época. Biblia de Maciejowski

9. Aspecto del río Guadiana. Autor, Darkummy

Aspecto del río Guadiana. Autor, Darkummy

La batalla comenzó al amanecer con el ataque de la vanguardia cristiana, formada por Alvar Fáñez y por combatientes aragoneses. Éste atacó y logró poner en fuga a los contingentes andalusíes dirigidos por Mu’tamid de Sevilla. Sin embargo, al entrar en acción las tropas almorávides la situación cambió por completo. Más que el estruendoso son de los tambores de piel de hipopótamo, o la dudosa presencia de cuerpos de arqueros turcos, el factor decisivo fue el número y disciplina de los ejércitos de Yusuf. En lo más encarnizado de la batalla el caudillo almorávide lanzó su caballería ligera, que envolvió rápidamente a las tropas leonesas y castellanas hasta hacerles entrar en pánico y provocar su repliegue progresivo. Ya avanzada la tarde y con las fuerzas al límite, la balanza se inclinó del lado de los musulmanes con la entrada en acción de los 4000 guerreros negros africanos de la retaguardia, armados con largas jabalinas y espadas indias, y que hasta entonces se habían mantenido frescos y a la espera de acontecimientos. La aparición de los africanos provocó una total carnicería y la desbandada absoluta de las fuerzas cristianas. Se estima que al término del choque las bajas entre las tropas de Alfonso llegaron a sesenta mil, y que solo cien caballeros lograron ponerse a salvo y huir del campo de batalla. Yusuf quedó muy afectado al percatarse de la magnitud de la matanza, y hasta el propio Alfonso VI sufrió una lanzada que le atravesó la loriga y fue a clavarse en su muslo, aunque pudo escapar tomando con grandes dificultades el camino de Coria.

10. Callejuela en el casco antiguo de Badajoz. Autor, David Pedrero

Callejuela en el casco antiguo de Badajoz. Autor, David Pedrero

11. Badajoz y el río Guadiana desde el fuerte de San Cristóbal. Autor, Lord Wellington1815

Badajoz y el río Guadiana desde el fuerte de San Cristóbal. Autor, Lord Wellington1815

Una helada sensación de peligro corrió por los reinos cristianos al conocerse la noticia del terrible desastre de Sagrajas. Se perdieron todos los territorios conquistados al sur del río Tajo, y las fortalezas cristianas de Toledo y Talavera se aprestaron a defenderse contra un ataque inminente de las fuerzas musulmanas. Los más pesimistas temían incluso la invasión y pérdida del viejo reino leonés. Con semejante amenaza ante si, Alfonso VI no dudó en lanzar una petición de auxilio a la Cristiandad del otro lado de los Pirineos, la primera dirigida a los reinos europeos desde el territorio astur-leonés en cuatro siglos, y que afortunadamente encontró amplio eco entre los nobles y caballeros de todos los estados ultrapirenaicos.

 

12. En lo más árduo de la lucha. Obra de Mariano Barbasán. Óleo sobre madera. 1882

En lo más árduo de la lucha. Obra de Mariano Barbasán. Óleo sobre madera. 1882

13. Otro aspecto de las dehesas en Badajoz. Autor, Frank Black Noir

Otro aspecto de las dehesas en Badajoz. Autor, Frank Black Noir

Por fortuna, un extraordinario golpe de suerte vino a socorrer a las atemorizadas fuerzas cristianas. En el mismo campo de batalla, Yusuf, el caudillo almorávide, recibió la noticia de la muerte de su hijo y príncipe heredero, al cual había dejado enfermo en Ceuta. De este modo hubo de regresar precipitadamente junto a sus hombres a Marruecos, perdiendo así la ventaja adquirida para emprender acciones inmediatas contra Alfonso VI y arrasar el territorio leonés. Se trataba de una oportunidad inesperada, y ciertamente única, que se prolongó por espacio de cinco largos años. Y fue la ausencia casi permanente de los almorávides lo que permitió al rey castellano reconstruir su poder económico y militar, ayudado además por los buenos oficios de vasallos como Alvar Fáñez, y por supuesto, del legendario Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. La batalla de Sagrajas pudo ser así el final de la Reconquista, pero la fortuna quiso que este revés significase el principio de una nueva etapa de éxitos para las fuerzas cristianas: el sometimiento del Levante español y la conquista, de manos del Cid, de una de las ciudades islámicas más florecientes a orillas del Mediterráneo: Valencia. Así fue como la derrota en las dehesas del Guadiana fue definitivamente olvidada.

14. El río Guadiana a su paso por la ciudad. Autor, ÁlvaroBá

El río Guadiana a su paso por la ciudad. Autor, ÁlvaroBá

15. La vanguardia del ejército, antes de la batalla. Obra de J. Robert-Fleury, 1840

La vanguardia del ejército, antes de la batalla. Obra de J. Robert-Fleury, 1840

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (3ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (3ª Parte)

El hábito del Temple formado por un manto blanco con una cruz en el lado izquierdo, algo por encima del corazón, fue imitado por las demás órdenes nacidas en Tierra Santa. La cruz era el signo que adoptaban los cruzados, y por ello al hecho de alistarse en las cruzadas se le llamaba también “tomar la cruz”. La Orden de Calatrava, de tradición cisterciense al igual que el Temple, imitará también este hábito, aunque su primera vestimenta carecía de la cruz que luego sería característica de los miembros de esta institución: primero de color negro y después, con permiso del papa Benedicto XIII en 1397, cruz roja sobre hábito blanco, tal y como se conoce en la actualidad. En la ceremonia de toma de hábito eran cuatro las prendas que se entregaban a los novicios: la túnica, el escapulario, la capa y el manto. De hecho, vestir el manto era obligatorio para entrar en el coro durante el oficio, para confesar, para comulgar y para cualquier otro acto solemne como la participación en el Capítulo de la Orden. Los clérigos calatravos, en cambio, debían vestir larga sotana negra, y fuera del monasterio el manteo ordinario de los sacerdotes. Solo en el caso de predicar o administrar los sacramentos fuera del convento, los clérigos usaban el manto blanco de la Orden, que era obligatorio por otra parte para el rezo del Oficio Divino.

1. Miniatura medieval representando una batalla. De las Cantigas de Santa María.

                               Miniatura medieval representando una batalla. De las Cantigas de Santa María

2. Un nido de águila. Calatrava la Nueva. Autor, Mayoral

                                                    Un nido de águila. Calatrava la Nueva. Autor: Mayoral

El género de vida de los caballeros y sargentos de la Orden de Calatrava, y en general del resto de estas instituciones, venía marcado por su doble vocación de monjes y soldados; como monjes afiliados a la gran familia cisterciense (Templarios, Calatravos y Alcantarinos), todos ellos emitían los tres votos fundamentales de la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia, a la par que se obligaban a la recitación diaria del Oficio Divino y a vestir el hábito impuesto por su regla. Al igual que los monjes, los caballeros calatravos y el resto de los freires debían guardar silencio tanto en el templo como el dormitorio, la cocina o el refectorio (comedor). Por otro lado, cuando no se encontraban en campaña debían observar los ayunos prescritos por la Regla varios días en la semana.

3. El ejército cristiano toma las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                      El ejército cristiano toma las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

4. Calatrava la Vieja desde la orilla norte del río Guadiana. Autor, Mareve

                                      Calatrava la Vieja desde la orilla norte del río Guadiana. Autor: Mareve

Aceptar el voto de pobreza tenía un significado muy preciso: los caballeros renunciaban a tener bienes propios de cualquier tipo. Todo el equipamiento, bienes o propiedades eran de la Orden y debía ser aplicado a los fines militares que le eran propios. Sus miembros solo podían utilizarlos con arreglo a las disposiciones de los superiores. En cuanto al voto de castidad, éste llevaba implícita la renuncia a cualquier actividad sexual en aras de una consagración más perfecta a las obligaciones de su vocación (los vecinos Santiaguistas, sin embargo, tenían una Regla muy tolerante en este sentido y aceptaban la presencia tanto de caballeros célibes como casados). Finalmente, el voto de obediencia se consideraba de gran mérito dado el carácter militar de esta organización, y ya era interpretado desde los orígenes del Temple con el máximo rigor. El maestre era el que disponía de las personas de la Orden, determinando el destino, la residencia y la ocupación de cada uno de sus miembros para un mejor servicio de la institución.

5. Retablo de Las Navas de Tolosa, del siglo XV. Catedral de Pamplona. Autor, Tetegil

                            Retablo de Las Navas de Tolosa, del siglo XV. Catedral de Pamplona. Autor: Tetegil

6. Otra escena de la lucha de cruzados e infieles. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

              Otra escena de la lucha de cruzados e infieles. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Entre las obligaciones religiosas de los caballeros, sargentos y clérigos en Calatrava la Nueva ocupaba el primer lugar el rezo diario del Oficio Divino. Los maitines se celebraban antes del amanecer, lo que suponía levantarse en plena noche; solo estaban dispensados los enfermos y los que habían tenido algún trabajo especial, y aún en estos casos siempre con permiso del maestre o comendador. Acabados los maitines, los freires solían inspeccionar los caballos y el equipo, y solo después de esta inspección podían acostarse de nuevo hasta la hora en que volvieran a ser llamados por la campana de la comunidad para el rezo de prima, una vez amanecido. Tras la hora de prima seguía la misa, y finalizada ésta se rezaban las horas de tercia y sexta. Todavía en la tarde la campana volvería a sonar otras tres veces llamando a todos: la primera vez al rezo de nona; la segunda a la recitación de vísperas y al final del día, antes de acostarse, para el rezo de completas. Acabado el rezo de esta última hora comenzaba el gran silencio que todos debían guardar hasta el día siguiente después de prima, salvo que ocurriese una emergencia.

7. Restos de Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden. Autor, Van

                                         Restos de Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden. Autor: Van

Además de estos rezos del Oficio Divino y de la Santa Misa en común, en los que coincidían todas las órdenes tanto monásticas como militares, los calatravos y afines imponían a sus miembros la recitación de otras oraciones en privado y con fines diversos. Así, era común rezar un número variable de padrenuestros, que podía llegar a superar la veintena, por asuntos tales como el alma de los hermanos y benefactores difuntos; para que Dios apartase del pecado a los vivos y otros aspectos de similar traza. La ausencia al rezo común por cualquier impedimento se suplía asimismo con rezos privados, estipulándose un número fijo de padrenuestros según la hora canónica correspondiente.

8. Paseo de ronda de Calatrava la Nueva tras las murallas exteriores. Autor, Carlos de Vega

                       Paseo de ronda de Calatrava la Nueva tras las murallas exteriores. Autor: Carlos de Vega

La vida conventual en común en Calatrava la Nueva y otras casas de la Orden era similar a la de cualquier monasterio al uso. La comida y la cena en el refectorio de la comunidad se realizaban en silencio mientras un clérigo leía la sagrada lección, esto es, las Sagradas Escrituras y otras lecturas piadosas. Los ayunos, una sola comida al día, eran muy numerosos a lo largo del año; además de los viernes y de dos largos periodos (desde San Martín, 30 de noviembre, hasta Navidad, y los cuarenta días de Cuaresma), había unas quince festividades más en cuyas vísperas también se ayunaba. Sin embargo el rigor del ayuno no era tan excesivo como en las casas monásticas habituales, dado el carácter militar de la Orden y la necesidad de conservar un excelente estado de forma para defender al prójimo.

9. Máquinas de asalto frente a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                  Máquinas de asalto frente a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

10. Espectacular rosetón en la iglesia de Calatrava la Nueva. Autor, Van

                                        Espectacular rosetón en la iglesia de Calatrava la Nueva. Autor: Van

Los caballeros y los sargentos de Calatrava la Nueva eran militares además de monjes, pues habían profesado en la Orden para el ejercicio de la guerra. Así, la mayor parte del tiempo que les dejaba el Oficio Divino y otras obligaciones religiosas lo dedicaban al cuidado de los caballos y el mantenimiento del equipo militar, y a los ejercicios físicos y entrenamiento que los adiestraban en el manejo de las armas. En las visitas periódicas a las caballerizas o a la sala donde se guardaban los equipos, y que podían ser varias a lo largo del día, efectuaban ocupaciones tales como cepillar, dar de comer o de beber a las monturas; reparar el equipo; fabricar postes y clavijas de tiendas, y en general cualquier otra actividad adecuada a su preparación militar. Todavía, después de completas y antes de retirarse a descansar, la Regla prescribía una última inspección a los caballos y al equipo de combate del mismo tipo que las anteriores.

11. Enfrentamiento con las tropas musulmanas. Autor, Ian Pitchford

                                            Enfrentamiento con las tropas musulmanas. Autor: Ian Pitchford

Además de las campañas militares, desarrolladas anualmente al llegar el buen tiempo, los calatravos tenían también una intensa actividad civil al otro lado de los muros de sus conventos. Su expansión bajo el favor real favorecía la creación de encomiendas locales, los feudos de las órdenes militares, al tiempo que se fundaban pueblos y mercados; se construían caminos, puentes y molinos; se establecían tribunales (existía un único código legal en los dominios de la Orden, con derecho de apelación ante el maestre) y se levantaban iglesias y monasterios, cuyos monjes tenían en la conversión de mudéjares uno de sus objetivos principales. Los freires no solo cultivaban sus tierras con esclavos mudéjares. También explotaban las áridas mesetas donde criaban ganado, caballos, chivos, cerdos y, en particular, ovejas, todos ellos en estado semisalvaje y sujetos a los movimientos trashumantes al llegar los fríos invernales o el agostamiento de los pastos durante el estío.

12. El terrible poder de las catapultas. Obra de Alphonse Marie Adolphe de Neuville (1835_1885)

                   El terrible poder de las catapultas. Obra de Alphonse Marie Adolphe de Neuville (1835_1885)

13. El enemigo infiel, bien pertrechado. Autor, Jose María Moreno García

                                       El enemigo infiel, bien pertrechado. Autor: Jose María Moreno García

Administrando desde las encomiendas, los hermanos calatravos se convirtieron en buenos criadores, y la lana, carne y pieles alcanzaron elevados precios con su gestión. El negocio se volvió aún más rentable cuando se introdujeron las ovejas merinas desde Marruecos. Además de la ganadería los hermanos cultivaban a escala masiva trigo y cebada en las áreas más fértiles, y también plantaron muchos viñedos y olivos, al igual que huertos y jardines comerciales donde producían verduras, lino, cáñamo, rosas y plantas medicinales. Para regar el suelo construyeron molinos de agua y, toda vez que los campesinos dependían de ellos para su cosecha, éstos se convirtieron en una buena fuente de ingresos. Llegaban gran número de colonos, el peligro de las aceifas musulmanas disminuía con el paso de los años y la tierra florecía hacia el sur, de una forma que no se había visto desde la época de los romanos.

14. Intento de asalto por sorpresa a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                Intento de asalto por sorpresa a las murallas. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Éste era el mundo de los calatravos, la vida y la obra de aquellos que forjaron celosamente en su antigua fortaleza árabe de Qal’at Rabah el secreto de la dignidad, el heroísmo y el servicio al prójimo que los hizo célebres. Los muros solitarios y carentes de vida que hoy se elevan frente a Salvatierra volverán a animarse este fin de semana con una memorable conmemoración histórica, el VIII centenario de su construcción, pero ¿qué ocurrirá después? ¿Seremos capaces, en los tiempos que corren, de volver a tomar con paso firme la estela que nos dejaron marcada? De todo se aprende, de lo bueno y de lo malo, mientras alguien sea capaz de recordar.

15. Un descanso durante la recreación histórica. Autor, Jose María Moreno García

                               Un descanso durante la recreación histórica. Autor: Jose María Moreno García

16. La entrada de los caballeros en la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                La entrada de los caballeros en la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (2ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (2ª Parte)

Ningún relato resulta más indicado para ilustrar la vida militar de los monjes calatravos que el de su propio origen, en los años que precedieron a las Navas de Tolosa y a la construcción de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Aprovechando la ausencia del califa almohade, que se hallaba en África sofocando una rebelión, el rey Alfonso VIII envió una expedición en septiembre de 1194 para saquear la campiña andaluza. Formaron parte destacada del ejército los caballeros de Calatrava, a los que correspondió como parte en el botín 300 cautivos y muchos ganados y bienes. La respuesta musulmana no se hizo esperar, y el 1 de junio del siguiente año el califa pasaba el estrecho acompañado de un inmenso ejército de soldados almohades, árabes, zenetes, gomaras, negros sudaneses y hasta arqueros turcos. Todo hacía presagiar lo peor y el día 19 de julio se cumplió el peor pronóstico: la batalla de Alarcos, al sur de Ciudad Real, supuso una auténtica masacre para el lado cristiano. El campamento cayó íntegramente en poder de los almohades, y el propio rey Alfonso VIII solo pudo salvar la vida tras una ignominiosa y rápida huida hasta Toledo, junto al propio propio maestre de Calatrava y otros contados supervivientes de alto rango.

2. Miniatura medieval representando una batalla en plena Cruzada. de la Histoire d'Outremer, por William de Tiro

      Miniatura medieval representando una batalla en plena Cruzada. De la Histoire d’Outremer, por William de Tiro

3. Espectacular entrada al castillo. Autor, Bambo

                                                        Espectacular entrada al castillo. Autor: Bambo

Tanto la Orden de Calatrava como la de Santiago estuvieron presentes junto a sus tropas en la refriega, pero fueron los primeros quienes más sufrieron las consecuencias de la derrota. Además de numerosas bajas entre muertos y cautivos perdieron la fortaleza de Calatrava la Vieja, la sede principal de la Orden (hoy todavía visible en el término de Carrión de Calatrava), y con ella las extensas posesiones que constituían su dominio desde Sierra Morena hasta los Montes de Toledo. Casi todos los defensores de Calatrava fueron pasados a cuchillo mientras los supervivientes se refugiaban en Ciruelos, unos 10 km al sur de Aranjuez, y sus superiores se esforzaban por cubrir el vacío de hombres y bienes tras el desastre convocando una llamada general de la Orden, a la que por suerte acudieron numerosos voluntarios. Parecía que los calatravos podrían contarlo. Pero lo más urgente a partir de entonces sería encontrar una sede nueva, una sede ubicada donde fuese más necesaria su presencia y desde donde se pudiese controlar más activamente los movimientos del infiel.

4. El choque de los dos ejércitos. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                           El choque de los dos ejércitos. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Este fue el inicio de la avanzada que terminó con los monjes en la entrada del desfiladero del río Jándula, 55 km al sur de su antigua capital y donde hoy se sitúa su fortaleza más espectacular. Con este fin, en plena tregua firmada con los almohades, los monjes-soldado de Calatrava enarbolaron las armas y partieron con un contingente de 400 caballeros y 700 peones, adentrándose profundamente en territorio enemigo para dar un auténtico golpe de mano a los musulmanes de Sierra Morena: el asedio y la toma de Salvatierra. La aventura tuvo éxito y allí se instalaron finalmente, convirtiendo esta fortaleza aislada dentro de territorio islámico en casa madre de la Orden y permaneciendo allí durante todo el periodo que durarían las treguas. Hoy sus ruinas son todavía visibles desde la fortificación de Calatrava la Nueva, y en honor a su nombre los calatravos cambiaron el suyo para denominarse a partir de entonces caballeros de la Orden de Salvatierra, término que estuvo vigente al menos en la documentación de esos años.

5. Castillo de la Orden de Calatrava en Alcañiz, hoy parador de Turismo. Autor, Druidabruxux

                     Castillo de la Orden de Calatrava en Alcañiz, hoy parador de Turismo. Autor: Druidabruxux

6. Caballeros e infieles en la Primera Cruzada. Obra de J.J. Dassy, 1850

                                      Caballeros e infieles en la Primera Cruzada. Obra de J.J. Dassy, 1850

Acabada la tregua en 1210, en mayo del año siguiente pasaba el estrecho de Gibraltar un nuevo ejército islámico, que avanzaba hasta concentrarse en Sevilla. Y de aquí partía el 15 de junio hacia Salvatierra, guarnecida aún tenazmente por los caballeros de Calatrava. Éstos, muy inferiores en número, esperaron allí a pie firme la llegada del descomunal ejército. Primero resistieron en la explanada frente al castillo, y luego se hicieron fuertes en la misma villa hasta que, inútiles todos sus esfuerzos, no tuvieron más remedio que encerrarse en la fortaleza y prepararse para un largo asedio. Los almohades atacaron las murallas infructuosamente durante 51 días, efectuando frecuentes acometidas y batiendo los gruesos muros con catapultas y demás máquinas de guerra, mientras los sitiados solicitaban un socorro a Alfonso VIII que el rey no estuvo en condiciones de prestarles. Solo tras autorización real los de Calatrava accedieron a capitular, firmando un acuerdo con el califa almohade que les autorizaba a salir y partir con su vida a salvo y llevando consigo cuantos bienes pudiesen transportar. Todo terminó nuevamente para los calatravos, pero lo que no sabían es que la resistencia de Salvatierra (hoy en el término municipal de Calzada de Calatrava) había permitido a los castellanos ganar un tiempo precioso y ultimar sus preparativos para la gran batalla que tendría lugar el año siguiente, sin duda una de las grandes victorias cristianas en los ocho siglos de Reconquista hispánica: las Navas de Tolosa.

7. Restos de la fortaleza de Salvatierra, frente a Calatrava la Nueva. Autor, Zubitarra

                            Restos de la fortaleza de Salvatierra, frente a Calatrava la Nueva. Autor: Zubitarra

Aunque se conoció también en su tiempo como batalla de Baeza, hoy se sabe que el choque de las Navas de Tolosa se libró en lo que hoy es término jienense de Santa Elena, el 16 de julio de 1212. El ejército cristiano se componía de una alianza de huestes de Castilla, de Aragón y de Navarra bajo el mando absoluto del mismo Alfonso que había caído en Alarcos, además de cruzados extranjeros y las milicias de cuatro órdenes militares: el Temple con su maestre Gómez Ramírez; San Juan con su prior Gutierre Hermenegildo; Calatrava y su maestre Rodrigo Díaz de Yanguas, y finalmente Santiago con el maestre Pedro Arias. Estos personajes no eran solo figurantes, y además de su valor en ataque hacían las veces de asesores tácticos del rey en cada batalla. Por su parte los caballeros freires constituían el núcleo más fuerte del ejército, ya que se destacaban tanto por la completa protección de sus jinetes y caballos como por el adiestramiento de ambos; la táctica en aquella época consistía en lanzar una única y decisiva carga, aunque ya por entonces existía una cierta tendencia a utilizar equipamiento más ligero y caballos árabes, más pequeños y ágiles que el europeo. Debido a ello se utilizaba normalmente a los freires como caballería pesada y punta de ataque para romper las filas contrarias, y así fue también en esta ocasión, formando el centro de la hueste durante aquella jornada bajo el mando del conde don Gonzalo Núñez de Lara.

8. Carga de la caballería pesada medieval. Obra de Paolo Ucello (1397-1475)

                                 Carga de la caballería pesada medieval. Obra de Paolo Ucello (1397-1475)

9. Caballero del siglo XV durante una carga. Recreación histórica. Autor, David Ball

                             Caballero del siglo XV durante una carga. Recreación histórica. Autor: David Ball

Las armas y armaduras que utilizaban eran similares a las usadas en toda Europa: espadas, lanzas, cascos de acero y escudo. El hábito de los caballeros calatravos era una túnica de color blanco con capucha, inicialmente sin cruz y siempre más corta que la de los clérigos para facilitar la cabalgada. Por encima utilizaban un largo manto carente de mangas casi idéntico al de los templarios, aunque sin cruz, como la túnica, y a veces una capa forrada de piel. La armadura era siempre negra. Pero las tropas movilizadas por las órdenes militares no se basaban solo en caballeros freires; en ellas se integraban también exploradores y servicios de espías, normalmente siervos residentes en la zona, y cuyos conocimientos del terreno aportaban al ejército noticias valiosísimas acerca de las fortalezas o los movimientos del enemigo. A ellos se sumaban los sargentos, que actuaban como escuderos o sirvientes de los caballeros, y también los vasallos laicos de la Orden en las diferentes encomiendas. Éstos últimos venían acompañados por sus respectivas mesnadas a pie compuestas tanto de mercenarios profesionales como de labriegos incultos, y armados por lo general con lanzas, arcos, hondas y hachas.

10. El asalto a las murallas de la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                    El asalto a las murallas de la fortaleza. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

La batalla fue dura. Los templarios perdieron a su maestre, y el de Santiago, don Pedro Arias, quedó tan malherido que murió a los cinco meses como consecuencia de sus heridas. Por su parte los freires de Calatrava fueron diezmados y su maestre Rodrigo Díaz perdió un brazo, lo que le hizo dimitir de su cargo al verse imposibilitado para luchar en el futuro junto a sus hombres. Pero a pesar de estos reveses el ejército musulmán fue detenido, derrotado y puesto en fuga. Y con la desaparición de la amenaza almohade las tierras que se habían perdido con el revés de Alarcos volvieron a recuperarse, y los calatravos fijaron los ojos en un castillo frente a Salvatierra, en la cima de un cerro cónico y admirablemente situado para resistir cualquier ataque. El castillo tenía por nombre Dueñas, y junto a sus tierras fue donado algunos años antes a la Orden por la familia de Don Rodrigo Gutierrez Girón. En 1201 el rey confirmaba a los calatravos la propiedad íntegra, de modo que tras la exitosa campaña de Las Navas comenzaron los preparativos para la ampliación y mejora de sus fortificaciones, verdadero nido de águila que aún hoy impone al visitante por el grosor de sus muros y su inaccesibilidad.

11. Patio interior de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Autor, Valdoria

                                          Patio interior de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Autor: Valdoria

12. Recreación de un caballero de Calatrava. Autor, Kalatravo

                                              Recreación de un caballero de Calatrava. Autor: Kalatravo

Las obras llegaron a término en poco más de cuatro años (1213-1217) gracias al uso de infinidad de cautivos del malparado ejército almohade. Y aunque la vecina Salvatierra siguió en poder musulmán hasta 1226, una vez levantada la fortaleza los de Calatrava la convirtieron en la nueva y flamante sede de la Orden. Se la llamó Calatrava la Nueva, todo un símbolo y un logro al tesón demostrado durante casi veinte años desde la pérdida de su antigua capital junto al Guadiana. Y logro además por doble partida: pues la presencia de los calatravos se demostraría no solo eficaz para la repoblación de las tierras recién reconquistadas, sino también de gran valor estratégico en la tarea de controlar los pasos de Sierra Morena y el importante camino que unía Toledo y Andalucía, todavía en poder musulmán.

Continuará…

13. La Batalla de las Navas de Tolosa. Pintura al óleo de Francisco de Paula Van Halen, (1814-1887)

                La Batalla de las Navas de Tolosa. Pintura al óleo de Francisco de Paula Van Halen, (1814-1887)

14. Recreación histórica de los caballeros calatravos en plena batalla. Autor, Jose María Moreno García

             Recreación histórica de los caballeros calatravos en plena batalla. Autor: Jose María Moreno García

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Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (1ª Parte)

Calatrava la Nueva y los calatravos. La vida cotidiana de los monjes-soldado (1ª Parte)

Qal’at Rabah, la fortaleza de Rabah. En un principio se llamó así a la Vieja Calatrava, el castillo árabe levantado en el siglo VIII a orillas del Guadiana para controlar la importante y estratégica ruta que iba de Toledo a Córdoba. Pero después, con la Reconquista, los cristianos castellanizaron el término y le dieron su forma actual. Y su nombre pasó a denominar también a la Orden militar que el abad cisterciense de Fitero, Don Raimundo, estableció en aquel enclave casi despoblado y próximo a la frontera, así como a la nueva fortaleza de los catatravos más al sur, el castillo de Dueñas, que desde entonces fue conocido a uno y otro lado como Calatrava la Nueva. Este año se cumple el VIII centenario de la construcción de esta maravilla militar a partir del antiguo castillo, y en conmemoración de aquel hecho podremos disfrutar los próximos 20-22 de septiembre de la I Recreación Histórica en el Sacro convento y castillo de Calatrava la Nueva, hoy término municipal ciudadrealeño de Aldea del Rey. Será la ocasión ideal para encontrarnos con escenas sacadas de la vida cotidiana de aquella época: las encomiendas, la severa Regla de la Orden, los ejercicios espirituales, las aceifas musulmanas y los contraataques cristianos… Pero, ¿cómo era el día a día de estos monjes-soldado dentro de su famosa fortaleza, y cuál fue su significado e importancia real en los convulsos años de la Cruzada peninsular contra Al-Ándalus?

2. Vista sur del castillo de Calatrava la Nueva. Autor, Spacelives

                                             Vista sur del castillo de Calatrava la Nueva. Autor: Spacelives

3. La lucha contra el infiel. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                                La lucha contra el infiel. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Don Raimundo siempre fue el abad de estos frates un tanto especiales, que habían tomado el hábito cisterciense pero para prestar en Calatrava el servicio de las armas. No todos los monjes estuvieron de acuerdo con esta decisión, y tras la muerte de don Raimundo cada grupo nombró a su propio jefe y se separaron tomando desde entonces rumbos distintos: los freires caballeros se quedaron solos en el castillo de Calatrava la Vieja con su recién nombrado maestre don García, mientras los clérigos cistercienses puros abandonaron el lugar. Acababa de nacer la Orden de Calatrava, o de los calatravos, la primera de estas características íntegramente hispana.

4. Recreación de un caballero de la Orden de Calatrava. Autor, Contando Estrelas

                              Recreación de un caballero de la Orden de Calatrava. Autor: Contando Estrelas

En apenas medio siglo, y sobre todo con la ocupación y construcción de la fortaleza de Calatrava la Nueva en 1213-17, la Orden de Calatrava había adquirido un prestigio notable y en ciertos aspectos similar a la decana del Temple. Pero la observancia de la Regla y la base de su código de valores continuaron siendo los mismos del primer año. En realidad, todas las Órdenes militares surgidas por aquella época tenían una organización muy semejante. Según la Regla formaban parte de la Orden 3 clases de freires: caballeros; sargentos o sirvientes; y finalmente clérigos, los encargados de celebrar la misa y administrar los sacramentos a los miembros de su organización. Los freires clérigos de Calatrava, igual que ocurría con los de Santiago o los hospitalarios de San Juan, vivían en el interior de conventos específicos bajo la dirección de un prior. Este fue el caso de Calatrava la Nueva durante las etapas iniciales, y de la casa de Almagro con la ampliación y afianzamiento posterior.

5. Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden, junto al Guadiana. Autor, Van

                                   Calatrava la Vieja, primera sede de la Orden, junto al Guadiana. Autor: Van

6. Arenga a los caballeros antes de la batalla. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                Arenga a los caballeros antes de la batalla. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Pero sin ninguna duda eran los caballeros los freires de mayor prestigio, dado el fin militar de estas organizaciones y su posición preponderante en la caballería de los ejércitos cristianos. Durante el combate se encontraban siempre asistidos por escuderos a pie y de origen no noble, los cuales derivaron más tarde en los freires sargentos o sirvientes (aunque a menudo eran simples seglares pagados y que nunca profesaron los votos). Los sirvientes desempeñaban dentro del convento oficios diversos además de escuderos: podían ser albañiles, artesanos, pastores, agricultores y, en realidad, cualquier profesional al que fuese necesario acudir dentro de la fortaleza.

7. Interior de la iglesia del castillo. Autor, Spacelives

                                                      Interior de la iglesia del castillo. Autor: Spacelives

8. Murallas y entrada al castillo. Autor, Carlos de Vega

                                                   Murallas y entrada al castillo. Autor: Carlos de Vega

El órgano supremo de gobierno de los calatravos era el Capítulo general, de celebración anual y al que acudían regularmente todas las dignidades de la Orden. El Capítulo general podía ocuparse de cualquier asunto, pero en la práctica trataba sobre todo aspectos de disciplina, obediencia, vestido, alimentación o viajes de los miembros constituyentes. Asimismo dirigieron la repoblación de los inmensos territorios vacíos al sur del Guadiana y que fueron poseyendo y administrando conforme avanzaba la Reconquista. De hecho, una parte de ellos sigue ostentando su antigua denominación y hoy se conoce conjuntamente como Campo de Calatrava.

9. Caballeros y su maquinaria de guerra. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                    Caballeros y su maquinaria de guerra. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

Las principales dignidades de los calatravos, y en general de cualquier otra Orden hispánica, fueron los maestres y comendadores mayores, los claveros y los priores. El maestre era el superior general, elegido por todos los miembros de la Orden y confirmado por el abad cisterciense de la abadía madre, es decir, Morimond, hoy ubicada en el departamento francés del Alto Marne. Jurídicamente el maestre tenía una autoridad absoluta dentro de los límites y fines de la Regla. Todos los miembros de la Orden estaban obligados a acatar sus mandatos, y las desobediencias estaban gravemente castigadas con ayunos y disciplinas de muy diverso tipo. Asimismo, entre sus tareas estaba el elegir a los comendadores de cada una de las casas, y asignar a los freires y clérigos sus destinos conventuales definitivos. En la guerra era también el capitán general al mando de las huestes de su Orden. Durante los años iniciales el maestre de los calatravos tuvo su sede en Calatrava la Nueva, pero muy pronto, ya en el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1284), habían hecho de Almagro la capital de sus dominios convirtiéndola en su residencia habitual. Allí se construyó el palacio Maestral de los de Calatrava, mientras que la iglesia parroquial de San Bartolomé, enfrente de palacio, pasaba a ser parroquia de los maestres.

10. Vistas desde Calatrava la Nueva. Enfrente, el castillo de Salvatierra. Autor, Mayoral

                            Vistas desde Calatrava la Nueva. Enfrente, el castillo de Salvatierra. Autor: Mayoral

11. En lo más cruento de la lucha. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

                           En lo más cruento de la lucha. De la obra Las Cruzadas. Gustavo Doré (1832-1883)

El comendador mayor, en cambio, ocupaba el lugar del maestre en ausencia de éste. La Orden de Calatrava tenía tan solo dos comendadores mayores: uno en la Corona de Castilla y otro en Aragón, en Alcañiz. El primero dirigía toda la organización militar de los de su Orden, mientras que el de Aragón limitaba sus competencias solo a este Reino. La función principal de los comendadores era la del gobierno de las casas y fortalezas bajo su jurisdicción, además de la visita a sus distintas encomiendas, sin duda el principal sostén de ésta y otras órdenes militares. Las encomiendas eran de hecho verdaderos centros administrativos y económicos para el cobro de las rentas que sostenían la vida en conventos y fortalezas, así como las acciones militares que el comendador quisiese emprender en la guerra declarada contra el dominio musulmán.

12. Caballeros calatravos en orden de defensa. Autor, Jose María Moreno García

                                Caballeros calatravos en orden de defensa. Autor: Jose María Moreno García

13. Caballeros calatravos en una recreación histórica. Autor, Jose María Moreno García

                          Caballeros calatravos en una recreación histórica. Autor: Jose María Moreno García

Los claveros tenían como misión la custodia de las llaves y mantenimiento del principal castillo y casa de la Orden, y al igual que los comendadores y los maestres eran siempre caballeros. En los calatravos la clavería quedó adscrita al comendador de la fortaleza de Calatrava la Nueva. Finalmente, los priores eran religiosos (no caballeros) que gobernaban el convento principal y que en Calatrava estuvo situado en Almagro. El prior siempre fue el superior de los clérigos y a él correspondía recibir la admisión de candidatos al hábito y a la profesión, además de dirigirlos en los diferentes conventos donde residiesen. Función del prior era asimismo proveer de párrocos a las parroquias donde los calatravos ejercían jurisdicción, y que al igual que las tierras, molinos, puentes, casas y ciudades, suponían también una fuente considerable de ingresos y un centro de espiritualidad en aquellas tierras de frontera secularmente castigadas por la guerra.

Continuará …

14. Damas y caballeros calatravos, para la foto. Autor, Jose María Moreno García

                                Damas y caballeros calatravos, para la foto. Autor: Jose María Moreno García

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Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (1ª Parte)

Entre silos y molinos de viento. Por tierras toledanas del Campo de San Juan (1ª Parte)

En el reseco y ligeramente ondulado altiplano de La Mancha, el viajero echa a caminar recien despuntado el día. Lo sabe por experiencia: durante el mes de agosto y en mitad de un mundo dorado de rastrojos extendidos hasta el horizonte, el sol del mediodía es como un horno llameante que chupa la humedad de hombres y bestias, y a veces no deja ni respirar. Afortunadamente, con el fresco de la madrugada la luz se difumina y con ella todos los detalles del paisaje, a veces vacío, a veces pleno de detalles sugerentes, del Campo de San Juan. Comarca histórica donde las haya, motivo de pleitos y de disputas entre poderosas Órdenes religiosas desde el lejano Medievo. El motivo era evidente: Con el reparto de las tierras recientemente conquistadas a los musulmanes tras la batalla de las Navas, en 1212, las Órdenes de Calatrava, los Hospitalarios de San Juan y la de Santiago se aprestaron a arrimarse al rey para recibir las donaciones acordadas, lo que significaba el traspaso de inmensos territorios a manos de un puñado de poderosos.

2. Caballeros de la Orden de San Juan defendiendo San Juan de Acre, en 1291. Obra de Dominique Papety. Hacia 1840

Caballeros de la Orden de San Juan defendiendo San Juan de Acre, en 1291. Obra de Dominique Papety. Hacia 1840

3. La Mancha de Toledo en blanco y negro. Autor, Julián Lozano

                                           La Mancha de Toledo en blanco y negro. Autor: Julián Lozano

Y así, mientras los caballeros calatravos se reservaban las tierras más occidentales de Ciudad Real, los maestres de Santiago y San Juan hacían de La Mancha su feudo particular y participaban del botín como buenos perros de presa: el primero tomaba bajo su protección toda la Mancha Alta y el Campo de Montiel; el de los Hospitalarios el llamado Campo de San Juan, con sede en Consuegra, que hoy se extiende casi sin solución de continuidad entre las provincias de Ciudad Real y Toledo. Curiosamente las tierras por las que ahora transita nuestro viajero imaginario siguieron perteneciendo a los monjes-soldado de San Juan hasta 1802, cuando la Orden pasó definitivamente a control real… Qué distinto era todo hace apenas unas pocas generaciones.

4. Torre de la iglesia de Villacañas

                                                 Torre de la iglesia Ntra. Sra. de la Asunción, Villacañas

Solo un día antes el viajero se encontraba en la famosa Villa de don Fadrique (por cierto, perteneciente antaño a la Orden vecina y rival de Santiago), donde en julio de 1932 se produjo durante la época de siega una revuelta campesina que acabó con diversos incendios y tiroteos con la Guardia Civil, de los que resultaron muertos un miembro de la Benemérita y varios campesinos. Tiempo habrá para visitar este precioso pueblo con más felices recuerdos, pero los pasos le llevan ahora hacia Villacañas, adonde quiere llegar antes que el calor apriete y haga difícil el recorrido. Villacañas se encuentra en plena llanura manchega y en una zona donde solo destacan contra el horizonte las pequeñas colinas de la sierra del Coscojo. Se trata de un pueblo de mediano tamaño pero no carente de belleza y personalidad, pues el lugar es visitado hoy por sus curiosas viviendas llamadas silos, antaño pertenecientes a las gentes más pobres y humildes de la localidad. Sin duda, aquellos “años del hambre” de la posguerra fueron la edad de oro de estas construcciones, que en 1950 alcanzaron la friolera de 1700 dentro del casco urbano y que hoy se han convertido en punto de referencia obligado para entender la idiosincrasia de esta tierra (los silos son también comunes en otras localidades, como la cercana Madridejos).

5. Exterior de un silo-vivienda. Autor, Jose María Moreno García

                                            Exterior de un silo-vivienda. Autor: Jose María Moreno García

6. Vida cotidiana en el interior de un silo. Autor, Jose María Moreno García

                                    Vida cotidiana en el interior de un silo. Autor: Jose María Moreno García

Los villacañeros han convertido una de ellas en museo municipal, donde puede descubrirse no solo el aspecto general de estas viviendas, sencillas y sin pretensiones, sino también la curiosa manera que tenían los locales para construirlas: excavando un solar de apenas 500 m², el propietario iba perfilando las habitaciones necesarias para la vida de su familia (comedor, cocina, dormitorios) y de sus animales (gallinero, cuadras y pajar). La vivienda quedaba bajo tierra y se accedía a ella por medio de una rampa y un zaguán, al tiempo que las dependencias disponían de unas ventanas verticales o lumbreras como único contacto con el exterior. En contra de lo que pudiera pensarse, estas viviendas estaban perfectamente adaptadas al entorno extremo que las rodeaba, y mientras que en invierno disponían de una espaciosa chimenea para paliar los fríos y las heladas, en verano el revestimiento de cal y su naturaleza subterránea permitían un ambiente fresco y agradable, ideal como refugio a las largas y abrasadoras jornadas del estío.

7. Plaza Mayor de Tembleque. Autor, Vulcano

                                                           Plaza Mayor de Tembleque. Autor: Vulcano

Pero el tiempo apremia y los pasos del viajero ya se encaminan hacia Tembleque, a apenas 16 km de Villacañas. Tembleque fue la cuna de Fray Francisco Sánchez Grande, el que fuera confesor de nuestro rey Felipe IV durante los ya lejanos tiempos del Siglo de Oro. Entrar en esta villa tranquila y silenciosa es encaminarse imperiosamente a su plaza Mayor, una de las más hermosas de Castilla La Mancha. Al igual que otras en la región sigue los trazados artísticos establecidos durante el XVII para este tipo de espacios urbanos: planta cuadrada y muy amplia; pórticos de columnas de granito; y finalmente corredores en la primera planta, donde se acomodaban las familias pudientes para contemplar los espectáculos taurinos que solían organizarse en Tembleque durante las fiestas y otras fechas señaladas. En Madridejos, sin embargo, unos 26 km más al sur, lo que sorprende al viajero no es la arquitectura de la plaza o sus casonas señoriales (como la antigua Casa Grande, hoy convertida en Casa de la Cultura), sino las innumerables capas de cal que rebozan todavía las paredes en las casas y corrales más antiguos. El proceso de encalar los muros de tapial se denominaba enjalbegado, y su función respondía no solo a la necesidad de proteger a sus moradores contra un clima extremo, sino también a una cuestión sanitaria: la cal es un material desinfectante y por tanto preservaba admirablemente de contagios y enfermedades diversas.

8. Detalles del enjalbegado de las paredes. Autor, José Flores Sánchez

                                    Detalles del enjalbegado de las paredes. Autor: José Flores Sánchez

El producto base se conseguía mediante los llamados hornos de cal, donde se introducía la piedra caliza para hornearla y convertirla en cal viva. Después los terrones calcinados eran vendidos en éste y otros pueblos de La Mancha al grito de: “¡Se vende cal! ¡Cal para encalar, señora!”. El viajero se sienta en un poyete para tomar un escueto almuerzo. En silencio observa como de unas “portás” aledañas sale una mujer armada de cubo y brocha, y empieza a arreglar con rápidos pases unos desconchones de feo aspecto en el dintel. “Disculpe. Yo pensaba que lo de encalar paredes ya había pasado a mejor vida…” le comenta en un descanso de la faena “¡Quía! Eso será en su pueblo. Mi suegra “tié toavía” unos barreños en la bodega con cal muerta y la usamos “ca instante” en apaños como éste”. La señora comienza de nuevo con la brocha, se para y observa crítica el resultado “Mi marido le pone cal “a to”, ¿sabe “usté”? A las “paeres” de la cuadra “pa” los bichos, y en el huerto a los almendros, “pa que no pillen ná”, ¿entiende?”. “Entiendo, entiendo” le contesta con una sonrisa el viajero, que se levanta para continuar camino hacia el famoso molino de viento de Madridejos.

9. La Mancha interminable, el reto del viajero. Autor, Julian Lozano

                                          La Mancha interminable, el reto del viajero. Autor: Julian Lozano

Tiempo después tuvo ocasión de averiguar qué era eso de cal viva y cal muerta. Los terrones de cal viva debían convertirse en lechadas de cal (cal muerta o apagada), y para ello se introducían en barreños de metal llenos de agua a fin de dejarlos reposar un tiempo variable. El proceso por el que la cal viva, u óxido de calcio, pasaba a ser cal muerta, o hidróxido de calcio, despedía tal cantidad de calor que el agua del barreño hervía a borbotones. Sin duda era realmente peligrosa su manipulación (cuántos niños y mozos han sufrido quemaduras por esta causa). Cuando llegaba el momento de encalar las paredes, al menos una vez al año, el blanqueador llegaba a la casa con sus grandes escaleras, sus escobas de fibras apretadas y aquellos largos palos con un cazo atado al extremo, con el que lanzaba la lechada a las partes más altas del muro. Esos días las mujeres trabajaban sin parar repasando los bajos de la pared y arreglando con brocha las esquinas y otros puntos difíciles, hasta que el resultado deslumbraba a la vista por su blancura y buen hacer. Sin duda, tener la casa recién encalada era el orgullo de toda familia en el pueblo de Madridejos y en cualquier otro municipio de la vasta tierra manchega.

10. Detalle del molino del tío Genaro, en Madridejos. Autor, JMMG

                                            Detalle del molino del tío Genaro, en Madridejos. Autor: JMMG

El molino de viento de Madridejos (solo uno, aunque en 1949 había contabilizados hasta 3) es llamado en el lugar “El molino del Tío Genaro” y estuvo en funcionamiento hasta entrado el siglo XX. Alguien comenta en el patio contiguo, hoy escenario de exposiciones, obras de teatro y otras muestras culturales, que el edificio se construyó allá por los tiempos de Felipe III, cuando España estaba en mil berenjenales de guerras y disputas por medio mundo y se nos negaba hasta un mísero mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Pero cae la tarde y el viajero debe continuar camino hasta la vecina Consuegra, la antigua sede de los de San Juan, pues desea ver antes de que anochezca sus archiconocidos 12 molinos de viento en el alto del cerro Calderico, dominando con su silueta quijotesca el casco urbano de esta tranquila villa toledana. Y allí están. Los vislumbra recortados en el cielo sonrosado del anochecer, un anochecer por lo demás digno de mediados de agosto: con el sempiterno sonido de los grillos endulzando el aire; las copas de los chopos recortadas por los últimos vencejos, volando cada vez más altos, y el olor a menta procedente de una balsa de agua cercana e invisible en la oscuridad. En una era próxima un burro atado a un poste en el suelo deja oír sus quejidos lastimeros. Parece que le llama incitándole a una fuga clandestina, pero no es tiempo de entretenerse. El viajero quiere llegar y subir rápido la cuesta para contemplar en silencio cada uno de los gigantes de su imaginación, y que conoce hasta por sus nombres de pila: Cardeño; Vista Alegre; El Caballero del Verde Gabán; Chispas, Alcancía y Clavileño; Bolero, Sancho, Mambrino y Mochilas; Espartero, y finalmente Rucio, que cuenta en su interior hasta con una exposición de vinos… No, no. No hay razón para entretenerse.

11. Un refugio en la llanura manchega. Autor, Julián Lozano

                                                  Un refugio en la llanura manchega. Autor: Julián Lozano

12. El cerro Calderico y sus molinos. Autor, Fjdrevorio

                                                      El cerro Calderico y sus molinos. Autor: Fjdrevorio

Pero antes de llegar a las primeras casas del pueblo de Consuegra el viajero es sorprendido por un sonido poco habitual. Llega haste él un metálico retumbar de clarines, como llamando a la batalla, y más cerca el tañido de un laúd hiende el aire calmo de la noche y hace revivir viejas añoranzas medievales. En su camino se cruza con gentes ataviadas con extraños ropajes: las mujeres con camisas de seda, túnicas sin manga y mantos forrados de piel, que sujetan al cuello por medio de una fíbula de plata; los hombres, igual que aquellos galantes caballeros medievales de “La Celestina”, llevan polainas largas, medias, camisolas y también capa; y por supuesto deambulan por la calle armados todos con espada larga al cinto, protegida con su vaina… Suenan más clarines y a la vuelta de una esquina el viajero se encuentra con una fragua portátil y dos puestos destartalados de herrador y de alfarero. Un cetrero da de comer a un gigantesco azor mientras su compañera exhibe el vuelo de un gerifalte ante la mirada asombrada de decenas de niños, que no pueden creer lo que están viendo… Él, tampoco. Y entonces, temiendo ya uno de esos extraños trasvases en el tiempo que solo ocurren en los programas televisivos, decide preguntar al viejo más a mano que encuentra. “¿Qué si está “usté” tarumba? ¡Quía! ¡Pero es que no “s’acuerda” de qué día es hoy?” responde jocoso el anciano “¿El día de hoy? Sí, claro. 15 de agosto. Pero que tiene que ver…” “¿Que qué “tié” que ver? Pues no es “usté” de por aquí, a lo que parece. Hoy se celebra la batalla de Consuegra, cuando el buen rey Alfonso le dio “candela” a los moros y les dijo de lo que se tenían que morir. ¡”Na menos”! La batalla de Consuegra y el día en que murió el hijo del Cid…”

Ahora comprende. Y aunque si mal no recuerda fueron los almorávides quienes nos dieron “candela” a nosotros, no estará de más hacer un alto en Consuegra y vivir por unos días la magia de una época cuajada de héroes, princesas, alcahuetas y leyendas sin fin. Los molinos pueden esperar, sin duda. Pero eso lo contaremos en otro momento…

13. Detalle de las fiestas de Consuegra medieval, edición de 2012. Autor, Jose María Moreno García

                Detalle de las fiestas de Consuegra medieval, edición de 2012. Autor: Jose María Moreno García

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Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (2ª Parte)

Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (2ª Parte)

1. El transporte de los galeotes desde las cárceles hasta las naves estaba organizado minuciosamente. Como responsable de la conducción iba un aguacil que recibía cierta cantidad de dinero por cada galeote encomendado. Este oficial debía buscar y pagar igualmente a algunos guardias oficiales, lo que derivaba invariablemente en comitivas poco vigiladas. Además, acompañando al aguacil iba un escribano encargado de repartir a cada forzado un real diario para su manutención. Todas las justicias de las poblaciones por donde pasaban los galeotes tenían obligación de recibirlos en sus cárceles, y los propietarios de bestias y carretas debían proporcionar por un precio justo los útiles necesarios para su conducción. Existían itinerarios fijos en los desplazamientos. Aunque al principio se enviaban a las cárceles reales de Valladolid, Soria, Toledo o Sevilla, con el tiempo la mayor parte de los presos terminaban en Toledo para desde allí distribuirse a los diferentes puertos de embarque. Los galeotes de provincias limítrofes con el Tajo dejaron de llevarse a Sevilla para dirigirse a Lisboa, puesto que el transporte por río era más rápido y barato. Así, desde Toledo salían nutridas cadenas compuestas a veces de hasta 100 galeotes y no más, por riesgo evidente de fuga. A partir de 1630 y después de algunas evasiones, comenzaron a raparse la cabeza y las barbas de los forzados con el fin de ser fácilmente identificados, ofreciéndose además la importante cantidad de 50 ducados a quien devolviese a la justicia a un galeote fugado. Claro que era tal la peligrosidad de estos delincuentes, ansiosos por defender su libertad a cualquier precio, que los “caza-recompensas” profesionales u oportunistas brillaban por su ausencia. En caso de que no apareciese el fugado, se responsabilizaba a los vigilantes y éstos debían indemnizar a la Corona por la pérdida.

Enfrentamiento entre un galeón holandes y una galera española, en 1602. Autor desconocido (1617)

             Enfrentamiento entre un galeón holandés y una galera española, en 1602. Autor desconocido (1617)

2. Ya hemos hablado en otro lugar sobre la pésima alimentación de los remeros. Los soldados y tripulantes, sin embargo, comían un poco mejor. Se les servían los mismos artículos que a los reos, pero las raciones eran más generosas y disfrutaban además de otros artículos: atún, sardinas, queso, carne fresca, sal, tocino, garbanzos y arroz. En cualquier caso, el pan entregado a todos los embarcados estaba invariablemente podrido y el agua descompuesta, lo que derivaba frecuentemente en trastornos gastrointestinales de variado espectro. Por otra parte, la acostumbrada parquedad de la comida se extremaba con múltiples pretextos, justificados con castigos individuales y colectivos. Estos, muchas veces, no eran sino el manto encubridor de la falta de alimentos a bordo, o de la irrefrenable codicia de los administradores que se quedaban con los alimentos antes que repartirlos entre la soldadesca.

Modelo a escala de una galera francesa. Autor, Rama

                                                Modelo a escala de una galera francesa. Autor: Rama

3. Aparte de las enfermedades, los combates y otros accidentes causaban grandes estragos entre los remeros. La táctica del abordaje, consistente en acometer con la proa de la nave propia el costado de la embarcación enemiga, causaba más muertos entre la gente del remo que entre los mismos soldados. En este mismo orden de cosas, debemos hacer referencia a las pocas posibilidades de supervivencia de los remeros en caso de naufragio. Así por ejemplo, en 1593 se incendió la galera capitana, y según una narración contemporánea a los hechos: “la gente que murió entre quemados y ahogados será hasta ciento y sesenta, casi toda ella de remo, que por estar herrada en ramales y clavados a los bancos no se pudieron salvar”. A estas penurias hay que añadir el riesgo que suponía caer prisionero de alguna galera enemiga, ya que al hecho de seguir remando, esta vez en la embarcación contraria, se unía el escarnio y maltrato añadidos por ser enemigo y preso.

Calle estrecha en el casco antiguo de Málaga. Autor, HollywoodPimp

                                      Calle estrecha en el casco antiguo de Málaga. Autor: HollywoodPimp

4. No obstante, se ha podido comprobar que los mayores enemigos de los galeotes no eran los accidentes de guerra y navegación, sino el frío y las malas condiciones de vida, como lo demuestran los partes de baja de aquellos años: la mayoría de los remeros morían en los meses de otoño e invierno, es decir, cuando la armada permanecía amarrada en puerto por ser época de temporales. Entre las enfermedades más frecuentes de los galeotes cabe citar los trastornos digestivos y las infecciones, producidas en la mayoría de los casos por las espantosas condiciones higiénicas a bordo. Y es que los remeros, permanentemente aherrojados, no disponían de un medio para evacuar y aislar las inmundicias. Entre las enfermedades graves se encontraba la tuberculosis (de la que indudablemente morían muchos) y el escorbuto. Con frecuencia los médicos de la época aludían también a un mal conocido como “pasmo”, y que no era sino el temido tétanos, producido por infecciones procedentes de heridas mal curadas. El tétanos, como puede suponerse, era por entonces una enfermedad mortal de necesidad.

Galera española de tiempos de Carlos II. Obra de Manuel de Castro (antes de 1712)

                          Galera española de tiempos de Carlos II. Obra de Manuel de Castro (antes de 1712)

5. Para los remeros el único hospital existente en tierra era una vieja galera fondeada en el gaditano Puerto de Santa María, y que posteriormente se trasladó a Cartagena. Sin embargo, a bordo y en alta mar no había más personal sanitario que el de los cirujanos y barberos, los cuales se distinguían principalmente por el origen de sus estudios: los primeros habían ido a la universidad y alcanzado el título de medicina, mientras que los barberos, simplemente, aprendían su oficio de la “escuela de la vida”. La función principal de unos y otros era aplicar cataplasmas y ungüentos, realizar sangrías y sacar muelas, además de amputaciones de diversa consideración y que conducían generalmente al fallecimiento del enfermo. Pero si algún alivio encontraban los enfermos para sus males, éstos eran sobre todo el descanso, la mejora de la dieta y el calor ofrecido por los ladrillos aplicados al fuego. En la Galera Real iba un cirujano, y en los demás barcos un barbero por nave. Las razones obedecían no tanto a la desidia de las autoridades como al poco atractivo que tenía este cargo entre los profesionales de la medicina. En 1591 se buscó algún médico dispuesto a embarcarse, pero no pudo encontrarse a ninguno.

Pintura que representa la batalla de lepanto. Autor desconocido (Después de 1571)

                           Pintura que representa la Batalla de Lepanto. Autor desconocido (Después de 1571)

Las murallas de la alcazaba de Málaga. Autor, Clive Hicks

                                              Las murallas de la Alcazaba de Málaga. Autor: Clive Hicks

6. En concepto de indumentaria, la Corona entregaba cada invierno a la chusma una almilla de paño, un capote, dos camisas de tela, dos calzones, un bonete rojo y un par de zapatos. Con este equipo los remeros intentaban defenderse de una vida desarrollada prácticamente al aire libre, cubiertos únicamente por telas burdas. El capote servía entre otras cosas para pasar la noche, y los remeros se envolvían con él al tiempo que se disputaban la mejor postura bajo el banco, puesto que bajo ningún concepto eran desencadenados de su sitio.

7. Aparte de los penados, hacían fuerza en las galeras reales los esclavos de Su Majestad y los remeros denominados “buenas boyas”. Los esclavos solían ser musulmanes capturados en presas y cabalgadas, aunque a veces llegaban a ellas algunos individuos procedentes de compras y donaciones. El Padre Pedro de León informa que el correctivo más penoso de cuantos solían inflingirse a los esclavos consistía en venderlos al rey como fuerza para sus galeras. Por lo que respecta a los “buenas boyas”, en teoría eran remeros voluntarios que aceptaban servir a cambio de un sueldo. Pero la práctica dictaba otra cosa: al tratarse de un trabajo tan duro y arriesgado, apenas se encontraba quien quisiese ejercitarse en él de buena gana, por lo que en realidad se trataba de reos retenidos bajo diversos medios tras cumplir su condena judicial. Lo más usual era prestar algún dinero al galeote en vías de recuperar su libertad, y así éste permanecía vinculado a la Armada por un tiempo indefinido.

Modelo de galera veneciana. Autor, Thyes

                                                           Modelo de galera veneciana. Autor: Thyes

8. La necesidad de la Corona para conseguir remeros hacía, en cualquier caso, extraordinariamente difícil escapar de la pena de galeras. Era muy rara la conmutación de la pena por otra similar, y solo se hacía en casos de invalidez o incapacidad manifiesta para realizar el trabajo. El castigo alternativo en estos casos era el destierro, pero resultaba más habitual que algunos forzados inútiles consiguiesen su libertad tras abonar el precio de un esclavo sustituto (que lo maldecía por el resto de su vida). Una vez a bordo la cosa se complicaba y solo los galeotes impedidos, que no podían prestar servicio y comían a costa del rey, conseguían poner fin a sus penalidades con menor dificultad. Conocedores los forzados de esta costumbre administrativa, muchos de ellos buscaban la mutilación voluntaria, aunque al ser descubiertas las autolesiones éstas se castigaban sin piedad con la pena de horca.

Galera llegando a puerto. Obra de Charles-François Grenier de Lacroix (1765)

                               Galera llegando a puerto. Obra de Charles-François Grenier de Lacroix (1765)

Catedral de Málaga. Autor, Karen V Bryan

                                                           Catedral de Málaga. Autor: Karen V Bryan

9. Dentro de los barcos, el comitré (o capataz) distribuía a los hombres según su fuerza y destreza. Si era robusto podía resultar un buen “boga adelante”, que así se denominaba al galeote que empuñaba el extremo del remo, al cual se le pedía el mayor esfuerzo y era quien dirigía a sus compañeros de banco. Si por el contrario era de una complexión mediana, se denominaba “apostis” y su sitio estaba justo al lado del anterior. El puesto de “tercerol” resultaba más cómodo que los dos anteriores, y los últimos se denominaban respectivamente “cuarterol” y “quinterol”, que se escogían entre los forzados más enclenques. Cuando llegaban novatos era común un griterío general por todos los bancos pidiendo que se colocase allí a los recién llegados, todavía robustos. La razón no era precisamente la de hacer amigos, sino evitar los castigos ocasionados por algún compañero enfermo, que entorpecía el esfuerzo de todos provocando los golpes de látigo del capataz.

Modelo de una galera de la Orden de los Caballeros de San Juan. Autor, Thyes

                               Modelo de una galera de la Orden de los Caballeros de San Juan. Autor: Thyes

10. La explotación de esta mano de obra se basaba en la coacción. De tal modo, los comitrés y sotacomitrés golpeaban a sus hombres a voluntad hasta conseguir una velocidad de crucero de 4 o 5 nudos, y una velocidad punta de 6 a 7 nudos. La primera se podía mantener durante dos horas seguidas; la segunda, unos quince minutos y solo a costa de un esfuerzo enorme. Habitualmente no bogaban todos los remeros a la vez, sino que se prefería bajar algo la velocidad de crucero para que remaran alternativamente el equipo de proa y el de popa. Este sistema permitía combinar una hora y media de trabajo con otra hora y media de descanso, a lo que se sumaba el alivio supuesto por los días de viento, en los cuales se prefería siempre la vela. Cualquier gesto de rebeldía por parte de los forzados era castigado con una dureza extrema. Las tandas de azotes y el ahorcamiento en casos graves resultaban castigos cotidianos, aunque para situaciones difíciles se prefería hacer uso de la creatividad más morbosa: es lo que se relata en la novela Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, donde un reo es descuartizado tras atar sus miembros con cuerdas a cuatro galeras puestas en cruz… Todo un paliativo para evitar nuevos intentos de rebeldía.

Vista de Málaga desde la distancia. Autor, Figuelo

                                                        Vista de Málaga desde la distancia. Autor: Figuelo

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Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (1ª Parte)

Málaga y los galeotes de Felipe II. La vida de los condenados a galeras (1ª Parte)

En los tiempos lejanos de la España de los Austrias, cuando el oro y la plata fluían a sacas llenas desde los galeones procedentes de América y medio mundo temblaba bajo el poder del Imperio, Málaga y su puerto abierto al Mediterráneo tuvo el dudoso honor de servir de embarque a la peor ralea de la Península: nos referimos a los galeotes, los forzados a remar en galeras. La pena de remo era considerada como la más infame condena en vida, verdadero suplicio que se alargaba a veces a perpetuidad y que a efectos prácticos desahuciaba a estos infelices para el resto de su existencia. León, Oviedo, Salamanca, Zamora, Ávila, zona Centro y buena parte de Andalucía, enviaban los penados hasta la ciudad de Málaga para su embarque en las empresas bélicas y de vigilancia por todo el Mediterráneo. ¿Eran realmente tan despreciables ante la Justicia y la sociedad? Aquí van algunos apuntes sobre la realidad más humana de estos “olvidados de Dios”:

El puerto de Málaga. Autor, Dcapillae

                                                                 El puerto de Málaga. Autor: Dcapillae

1. Desde el asentamiento turco en Argel en 1516, y aún antes, toda la costa del Mediterráneo español se encontraba amenazada por ataques de piratas berberiscos. Éstos desembarcaban en cualquier punto del litoral y asolaban asentamientos rurales en busca de botín o esclavos, que luego eran transportados hasta los numerosos mercados musulmanes de Berbería. Málaga sufrió largamente estos ataques debido a su importancia como puerto de primer orden y a su cercanía a las costas magrebíes y argelinas. Para evitar esta plaga, el Emperador Carlos I ideó un sistema defensivo basado en la construcción de torres vigía por toda la costa (muchas de las cuales se conservan todavía en localidades como Nerja, Marbella o Benalmádena) y en aumentar el número de galeras de la flota del Mediterráneo. Gracias a ello el puerto de Málaga creció extraordinariamente en importancia por aquella época, puesto que de allí partían entre otras cosas las escuadrillas de castigo hacia los puertos africanos. Una escuadra de galeras necesitaba de remeros, ¿y dónde mejor y más barato para conseguirlos que entre la masa humana que colmaba los presidios? Así nació la pena de galeras en España.

3. El pirata Berberisco Barbarroja, terror del Mediterráneo en el siglo XVI. Charles Motte (1785–1836) . Litografía

 El pirata Otomano Barbarroja, terror del Mediterráneo en el siglo XVI. Charles Motte (1785–1836). Litografía

2. La condena a galeras se consideraba un escarnio público, y por tanto no podía generalizarse a todas las clases sociales. Existía, por ejemplo, un indudable trato de favor para dignatarios, nobles o hidalgos venidos a menos, quienes estaban exentos de sufrir vergüenza pública y por tanto no podían ser sometidos a azotes, amputaciones u otras atenciones del estilo. Exhibir credenciales de alcurnia era éxito seguro, y aún en casos de delitos acreedores de pena capital, ésta no podía ser en ningún modo el ahorcamiento, considerado vejatorio, sino la decapitación. En definitiva, un hidalgo miserable y reo de asesinato daba por bueno perder la cabeza, si fuese de merecer, pero nunca la honra ni el respeto debido a su apellido.

Torre vigía en Vélez Málaga. Autor, Carlos Castro

                                                     Torre vigía en Vélez Málaga. Autor: Carlos Castro

3. Por el contrario, para aquel ciudadano raso que fuese descubierto en hurto o robo, y aún más si éste era de carácter violento, la condena a galeras era un hecho consumado: en 1566, el primer hurto cometido por un ladrón supuso una pena de 6 años de remo forzado. No es de extrañar, por tanto, que casi la mitad de los galeotes de la flota real fuesen en realidad simples timadores, rateros y otros cacos de tres al cuarto. Las diferencias de trato estaban aún más claras cuando se trataba del juego: por esas mismas fechas se dio el caso de un hidalgo reincidente en los dados para el que la justicia solicitó 5 años de destierro y una multa de 200 ducados; en cambio, un simple plebeyo recibía 200 azotes y 5 años de galeras por el mismo delito. Ser hijodalgo, aunque uno se muriese de hambre, constituía sin duda un gran alivio en la España del Quinientos.

Torre vigía en Maro, Nerja (Málaga). Autor, Trix

                                                        Torres vigía en Maro, Nerja (Málaga). Autor: Trix

4. Con el tiempo Málaga se hizo cosmopolita, la necesidad de remeros más acuciante y, en consecuencia, la carne de galeote hubo de ampliarse también a blasfemos, desertores, huidos de prisión, vagabundos, gitanos y hasta bígamos. En tiempos de Felipe II los fornicadores se cuidaban bien de airear sus aventuras y el vagabundo fue considerado ladrón con este curioso razonamiento: “ladrón es propiamente del pan de los pobres, el holgazán que está sano y mendiga de puerta en puerta”. Estos vagabundos, sin recursos y errantes por los caminos en busca de trabajo, cumplían por lo común penas mínimas de 4 años en los barcos de Su Majestad. Mucho más graves eran sin embargo los delitos contra la honra o la moralidad. En la España ultra católica del XVI, por ejemplo, ser chulo de prostíbulo era una profesión muy arriesgada, y aquel rufián que fuese atrapado negociando los amores de su pupila podía verse en galeras por 10 y más años. Lo mismo cabe decir de adúlteros, alcahuetes y homosexuales, aunque en estos casos, puesto que por gracia divina se salvaban de la hoguera, acababan recibiendo la condena a remos casi como una bendición.

Condenados camino del presidio. Antonio Parreiras. Óleo sobre lienzo, 1800

                                 Condenados camino del presidio. Antonio Parreiras. Óleo sobre lienzo, 1800

7. Alcazaba de Málaga. Autor, Cayetano

                                                     Vista desde la Alcazaba de Málaga. Autor: Cayetano

5. Las cadenas de galeotes llegaban a Málaga después de semanas de viaje a pie, y eran conducidos directamente hasta la cárcel de la ciudad. El presidio fue construido en 1489 en la Plaza de las Cuatro Calles sobre unos antiguos baños árabes, y tras su ampliación permaneció en uso hasta entrado el siglo XIX. Durante el reinado de los Austrias la cárcel malagueña estaba regulada por el Cabildo Municipal, y al igual que en el resto de cárceles españolas cobraba a los presos por sus “servicios” (el agua y la lumbre eran gratuitos). Los inquilinos, en consecuencia, debían abonar todos sus costes de manutención si querían permanecer en presidio, cosa que de todas formas estaban obligados a hacer a punta de arcabuz. La situación llegaba en algunos casos a ser grotesca cuando los galeotes, que solo llevaban lo puesto, se enfrentaban a alcaides deseosos de lucrarse con ellos a costa de subir los precios, o bien al acoso de presos más veteranos y aviesos, que les “solicitaban” sin reparos una tasa de protección. En estas condiciones, el único amparo que les quedaba mientras esperaban embarque era la ayuda de instituciones religiosas especializadas en lo carcelario, como la Cofradía de los Pobres de la cárcel de Antequera, o la Hermandad de San Juan Degollado, esta última fundada en Málaga a finales del XVI.

Interrogatorio en la cárcel. Alessandro Magnasco. Óleo sobre lienzo (1710-1720)          Interrogatorio en la cárcel. Alessandro Magnasco. Óleo sobre lienzo (1710-1720)

6. Aunque eran los menos, no era raro encontrarse con galeotes de edades comprendidas entre los 60 y 70 años, y se tiene constancia de condenados que alcanzaban casi el centenar. En el extremo opuesto aparecen niños de apenas 14, lo que demuestra que la necesidad de conseguir remeros para la flota hacía buscar candidatos con el mínimo criterio objetivo. Nada mejor para ilustrarlo que la curiosa disposición tomada por Carlos V en 1530 cuando la armada de su aliado genovés, Andrea Doria, liberó a cientos de cristianos tras un ataque a las cárceles argelinas. En la batalla pudo capturar 2 galeras sarracenas de gran porte, amén de varias embarcaciones más pequeñas… Pero no disponía de remeros. ¿Qué hacer? Nada más fácil: echó mano de los infelices cristianos para convertirlos en forzados, y éstos terminaron maldiciendo su liberación y ansiosos de verse atrapados nuevamente por la piratería.

Réplica de la galera D. Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. Autor, Fritz Geller-Grimm

                    Réplica de la galera de D. Juan de Austria en la Batalla de Lepanto. Autor: Fritz Geller-Grimm

7. Cualquiera que fuese la edad del forzado, las galeras de esa época precisaban de un número de remeros que oscilaba entre los 150 y los 300, los cuales vivían en la embarcación hacinados dentro de habitáculos inmundos, mal ventilados, con una penumbra permanente y expuestos de continuo al frío y a las enfermedades. La humedad también causaba grandes molestias, ya que las galeras sobresalían poco de la superficie del mar y durante las fuertes marejadas los bajos se anegaban por completo. Un indicio del terror que suscitaban las miserias del remo entre los condenados lo tenemos en el apelativo que daban algunos a estos barcos, infiernos flotantes, llegando además a afirmar que una condena superior a 6 años era equivalente a la sentencia de muerte.

galera Aspecto de una galera del siglo XVII. Gaspard Van Eyck (1613-1673). Óleo sobre lienzo

8. En los primeros meses el galeote recién iniciado debía adaptarse a un mundo lleno de estrecheces. La alimentación ordinaria, por ejemplo, no era para tirar cohetes. La base estaba constituida por una tortita pequeña de harina integral medio fermentada llamada bizcocho, y todos los testimonios recogidos de la época confirman su extremada dureza, hasta el punto que para poderla ingerir era necesario remojarla previamente en agua. Afortunadamente una vez al día el bizcocho se acompañaba de un cazo de habas con cuatro gotas de aceite, aunque había que esperar a la noche para el plato fuerte: sopa aguada y preparada con el bizcocho sobrante a mediodía. La víspera de las batallas, y en general cuando se pretendía obtener de los remeros un mayor esfuerzo, aumentaban las raciones, mientras que la carne solo aparecía en días señaladísimos como la Pascua de Navidad, Carnavales, Pascua de Resurrección y Pentecostés… Todo un lujo para guardar la línea.

Costa malagueña en la Costa del Sol. Autor, Bogdan Migulski

                                              Costa malagueña en la Costa del Sol. Autor: Bogdan Migulski