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El espíritu de Sancho

Quixote

“Una venta.
Un villano gordo y sucio
de miserias galeote.
Soñoliena
la andadura de su rucio
No aparece en la llanada Don Quijote…
Terruñero
de la faz noblota y ancha,
descendiente del labriego castellano.
Escudero,
ya no tienes caballero;
ya no templas con prudencia de villano
las locuras del hidalgo de la Mancha.” (Enrique de Mesa)

A lo lejos, un molino mueve sus enormes aspas, triste, reposado. La venta, con sus paredes blancas, es una atalaya en medio de las ásperas tierras de La Mancha. La llanura, con su rojo capuz, aparece solitaria. Un camino surge a nuestros pies, que, cual larga culebra, desaparece serpenteando en el horizonte. Sancho, melancónlico, triste, está aquí, junto a su rucio. Mira hacia allá, hacia el camino, cuyo fin alcanza a divisar su vista de águila. “¡No aparece en la llanura Don Quijote!”. De allí marchó el hidalgo manchego; pero Sancho le espera en vano. ¡Cuatro siglos de espera!
El idealismo, los sueños, todo voló con él; aquí aún les espera el escudero. No vuelven, no; no vuelven… Pero, Sancho, el fiel servidor, ¿es sólo el vulgar, el refranesco escudero del loco hidalgo de La Mancha?

Bodas de Camacho. Casamiento de Basilio y Quiteria. Manuel García, Hispaleto. Óleo sobre lienzo (1836-1898)

Bodas de Camacho. Casamiento de Basilio y Quiteria. Manuel García, Hispaleto. Óleo sobre lienzo (1836-1898)

No. Tras Sancho hallamos algo más profundo que está grabado en el fondo de su alma. Cadalso decía en sus “Cartas Marruecas”, después de comentar la trama de la gran obra de Cervantes: “Lo que hay debajo de esta apariencia es… un conjunto de materias profundas e importantes”.
En Sancho se ha querido ver la figura del materialismo, y éste ha sido el fondo en que modernamente se ha enmarcado al genial servidor de Don Quijote. Sus refranes han sido, sin duda, la básica piedra de la tesis señalada. Sin embargo, Sancho no es propiamente el prototipo del materialismo, como lo fuese Celestina; Sancho encierra exteriormente su espíritu y su razón con la vulgar filosofía de sus refranes. Hay pues, cierto materialismo en su figura, pero sólo superficial que remata y caracteriza externamente su propio ser, pero que no lo oscurece, porque no le es natural ni único.
Tras sus refranes, que exteriormente representan al realismo y la materialidad, se halla una espiritualidad más grande si cabe que la propia existencia de Don Quijote. Esa misma espiritualidad es el alma del refrán; ella misma es la nota más real de la figura de Sancho.
Sancho todo lo da por el ideal, aunque no se haya visto aún esto con la claridad debida; sólo por la ideal promesa de un loco, se ve envuelto en las aventuras de éste. Cuando Sancho habla, no lo hace por obtener esos fines materiales que ambicionase Celestina; habla para convencer de su locura a un loco; habla por conseguir un fin más noble, un fin espiritual, sin alucinación, sin desvarío… hasta el último momento; hasta el triste momento de la muerte de Alonso Quijano, cuando en las puertas de ésta, dice: “Es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi locura hice mi escudero, tiene, quiero que no se le haga cargo de ellos, ni se le pida cuenta alguna. Y si como estando yo loco fué parte para darle el gobierno de la Insula, pudiera agora estando cuerdo darle el de un reino, se lo diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece…”.

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré. 1863

Don Quijote y los molinos de viento. Grabado de Gustave Doré. 1863

Entonces es cuando flota en el ambiente el espiritualismo de Sancho, en su respuesta: “Ay –respondió-, no se me muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que pueda hacer un hombre en esta vida es dejarse morir…; si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante, le derribaron”.
Hasta tal extremo llega Sancho; hasta cargar sobre sí la melancolía de su señor. Bondad y sublimidad.

“Por Dios, señor nuestro amo —replicó Sancho—, que vuesa merced se queja de bien pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque; pero no los diré, porque al buen callar llaman Sancho”.

Don Quijote y Sancho Panza. Gustave Doré. 1863

Don Quijote y Sancho Panza. Gustave Doré. 1863

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Bibliografía:
– Don Quijote de La Mancha. Centro Virtual Cervantes. Instituto Cervantes.
– Refranes de Sancho Panza: aventuras y desventuras, malicias y agudezas del escudero de Don Quijote. Reproducción digital de la edición de Madrid, [Antonio marzo] de 1904. Biblioteca Nacional (España)

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El castillo de Montizón. Por tierras de Jorge Manrique

castillo de Montizon Campo de Montiel Villamanrique

Hacía mucho tiempo que alentábamos el deseo de visitar el castillo de Montizón, Mons Mentesanus, cuando romano, y Montixon, cuando árabe. Algo así como una extraña admiración romántica, por aquella grande y recia fortaleza, en la que acaso Jorge Manrique, señor de Villamanrique, escribiera sus famosas Coplas, ya que es probado que moró en ella algún tiempo.
Sirvan estas líneas para alentar en lo posible vuestra visita.

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Campo de La Mancha, campo de Montiel. Autora, Alba Casals

Ha mediado el otoño, verdadera primavera de La Mancha. Es un día tan azul y tan diáfano que asemeja el cielo una fiesta de añil y de luz. La gran patena del sol expande sobre los campos sus hostias de oro. Y el campo se esponja bajo la caridad tibia y placentera.
Allá en la distancia, un sembrador arroja la dorada bendición del trigo, en espera de que el agua obre el milagro germinador.
Una mano invisible y despiadada va pelando implacable la fronda de las vides.
Por entre el verde plata de los olivos asoman a centenares las perlas negras de las aceitunas.

Timpano iglesia de Villamanrique. Autor, César del Pozo

Tímpano de la iglesia de Villamanrique. Autor, César del Pozo

Clavadas el horizonte aparecen las casas de Cózar. Sobre el pardo de la tierra, el pardo de los tapiales. Y sobre éstos, la parda montera de los tejados y las negras pipas de las chimeneas. Cózar, como tantos otros lugares españoles, está esperando de Dios lo que los hombres le niegan. Adormecido al sol, sobre una loma, le dejamos atrás.
Un poco más allá, Torre de Juan Abad nos sale al paso. La sombra del insigne don Francisco de Quevedo llena el pueblo. Aún resuenan por las calles las pisadas patizambas y el golpear del toledano estoque del formidable escritor, que gran señor fuera de la villa.
Hemos llegado hasta Villamanrique, cruce estratégico de caminos y escenario auténtico del Quijote de Cervantes. Desde el pueblo al castillo hay un camino estrecho y bacheado, de difícil tránsito para nuestro coche.

Por fin en el castillo

Entrada al castillo de Montizón

Desde el camino no se divisa el castillo, oculto tras altas lomas. Es sólo estando encima cuando nos muestra la fortaleza los recios dientes de sus almenas, que fingen un bostezo interminable. Ni foso, ni rastrillo, ni poterna, ni puente levadizo, ni gente de armas nos vedan el acceso, cual seguro sucediera allá en los tiempos de que fuera su señor.
Ni ha sonado tampoco en la alta torre la trompa del atalaya, anunciando la llegada de gentes extrañas al alcaide de la fortaleza.
Sólo guardan la entrada, en estos tiempos, dos tremendos mastines, que al divisarnos, ladran furiosamente, con canina y tozuda obstinación.

En el interior del Castillo

En el interior del castillo

Penetramos al fin en la mansión guerrera irrumpiendo en su amplia plaza de armas; espaciosas salas castellanas, antaño adornadas de ricos tapices y muebles severos; la vieja capilla de la fortaleza, en que los caballeros de Santiago elevaron sus preces al cielo pidiendo la victoria; la gallarda torre del homenaje; el salón de honor, lugar de fiestas en un ayer remoto; las lóbregas mazmorras, en las que gimieran cautivos; la espaciosa cocina, en que hubiese cabido holgadamente el entero novillo de las Bodas de Camacho
Desde una alta ventana, en que la castellana llorara ausencias en otro tiempo, contemplamos, brillante bajo la llama del sol, el curso del Guadalén. El brazo de acero del río defiende las rocas, en que asienta el castillo su imponente mole.
El paisaje se cierra hacia el norte por cerros y onduladas lomas, que forman el escalón de la meseta manchega. Y hacia el sur se abre, siguiendo el camino que marca la estela de cristal del río, en su marcha hacia el Guadalimar, del que es tributario. Siguiendo este estrecho valle subirían, desde Andalucía, las tropas moras. Y por él bajarían, sin duda alguna, las nobles cabalgadas santiaguesas, en los duros tiempos de la Reconquista.

Paisaje en el Guadalén. Autor, Pedro Castellanos Triviño

Paisaje en el Guadalén. Autor, Pedro Castellanos Triviño

Montizón es el hito gigante que marca la linde de los campos de Castilla y las tierras andaluzas.
Ya ni pajes, ni escuderos, ni ballesteros, ni heraldos, ni hombres a caballo, ni gentes de la mesnada del castellano señor – Jorge Manrique, que luchando por su reina halló la muerte en Garci-Muñoz -, animan con sus voces y su marcial estruendo la plaza de armas.
Ni se escucha el sonar de tambores y trompas de guerra.
Ni fulguran al sol los aceros de las armaduras.
Ni pretenden clavarse en el cielo las lanzas.
Ni relinchan los nobles corceles presagiando la dura pelea.
Ni entre las almenas asoman las damas despidiendo al guerrero que marcha al combate.
Ni se escuchan las dulces canciones de los trovadores al pie de la torres.
La época gloriosa de los caballeros y las castellanas “pasó como pasa, bajo el puente, el río”.
Sobre su peñón cimero, negra verruga de piedra, el castillo duerme su sueño eterno.

Aquel de buenos abrigos,
Amado por virtuoso de la gente,
el maestre don Rodrigo Manrique,
tan famoso y tan valiente

Al atardecer

Al atardecer


Un artículo de Antonio Bellón Márquez para sabersabor.es ©

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Vidas paralelas: Tomás y Martín

Vidas paralelas: Tomás y Martín

Con el final de la edad media surgen dos hombre muy distintos, casi opuestos, pero que van a tener algunas cosas en común. Se trata del manchego Santo Tomás de Villanueva y del alemán Martín Lutero. No podían tener orígenes más diferentes, geográficos y humanos. Ambos van a ser frailes y sacerdotes, agustinos también los dos, compartiendo además una gran autoexigencia moral y preocupación por lo eterno. Dichas semejanzas les llevarán a contemplar, primero con sorpresa, y luego con escándalo y aún horror, lo distanciado que estaba la iglesia de entonces, o más bien, su más alta jerarquía del modelo de vida que ellos creían que el cristianismo debía proponer. Pero las similitudes llegan hasta aquí, la forma de enfrentarse a estas contradicciones y su propia trayectoria vital difiere profundamente.

Vida doméstica de Lutero. Illustrations of the life of Martin Luther. 1862, Pierre Antoine Labouchère

Vida doméstica de Lutero. Illustrations of the life of Martin Luther. 1862, Pierre Antoine Labouchère

Ambos inauguran la edad moderna con los hábitos agustinos, pero mientras nuestro manchego se inclina hacia el estudio y la reflexión personal, Martín Lutero pasará a convertirse en una primerísima figura de la historia universal, dando origen a la Reforma Protestante. Las paradojas humanas, que conceden más valor a quien logra colocarse en el lugar adecuado y en el momento preciso, más que al laborioso que huye de toda publicidad. Martín Lutero, profundamente preocupado por su salvación eterna y escandalizado por los desmanes y excesos de la curia romana, el 31 de octubre de 1517, víspera del día de Todos los Santos, clavó sus 95 tesis contra las indulgencias en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg. La imprenta hizo el resto.

Imagen de Santo Tomás de Villanueva. Autor, desconocido

Imagen de Santo Tomás de Villanueva. Autor, desconocido

Tomás, apenas tomados los hábitos, no debió conocer esta noticia hasta mucho después. Más en la línea de Erasmo, y con mucha menos ira y rencor, también criticaba esos excesos y vida de lujos y pecado, pero lo hacía con el ejemplo personal. Nos ha llegado la imagen difundida por Murillo de un Santo Tomás dadivoso y desprendido, sin duda esto es fruto de la propaganda contrarreformista que hizo del arte barroco una extraordinaria e impagable urdidora de conciencias, así como una de las páginas más gloriosas del arte. Sin embargo la vida de nuestro manchego ilustre tuvo que ser ejemplar, pues hay numerosos testimonios no solo de su inteligencia y labor como maestro, teólogo, hombre de leyes y gran sermoneador (en el mejor sentido de la palabra), sino también de su abnegación y vida austera y preocupación hasta el extremo por los más necesitados. Es nuestro protagonista uno de los tres obispos españoles en Trento, aunque fuera por delegación. Sin duda fue él uno de los más influyentes teólogos del concilio, incidiendo especialmente en la creación de seminarios y, por ende, haciendo hincapié en lo fundamental de la formación personal y espiritual, de la que carecían la mayoría de sacerdotes y prelados. En días como los actuales se hace muy necesario reivindicar figuras como él que, a contracorriente, y sin dejarse llevar por modas reformistas y revolucionarias que pretendían acabar con todo lo establecido para sustituir una tiranía por otra, reclaman una mejor y mayor dedicación a los estudios, así como una ética personal intachable, como camino hacia la verdadera depuración de la corrupción de los poderosos.
No es de extrañar que otros heterodoxos, como Quevedo, años después, vean en este personaje ejemplo de independencia y cuestionamiento de todo desde una rebeldía no destructiva, sino que es capaz de ruborizar al poder desde una intachable moral y corrección absoluta en cuanto al comportamiento personal. Tampoco es casualidad que el propio emperador Carlos, o su hijo Felipe, hombres y reyes poderosos que, equivocados o no, mantuvieron una alta exigencia moral personal, respetaran, protegieran y ensalzaran a Santo Tomás, aunque éste no tuviera empacho en afearles muchas veces la conducta y, desde luego, no aceptar ningún vasallaje.

Si recordamos a Max Weber, y aceptamos su interpretación del protestantismo como la ética del capitalismo, es decir, que es esta variante del cristianismo iniciada por Lutero, sería la explicación de la gran prosperidad de los países del norte de Europa y América, en su mayoría, o en esencia, protestantes, dado que fomenta la austeridad y la valoración del trabajo como recompensa en sí misma. Esta interpretación deja a los países católicos, en su mayoría del sur de Europa, como arquetipos de la vagancia y la picaresca, a remolque de los motores económicos del norte. Nuestro Santo, creo, desmiente o desmitifica esta simplificación (no carente por completo de verdad), y otorga un ejemplo más de la laboriosidad y amor desprendido, no al dinero y a la acumulación de capital, sino hacia los demás. Los dos insignes manchegos, Santo Tomás y don Quijote, nos resultan de este modo más simpáticos y, sin duda, más humanos que el luteranismo.

La Mancha. Autor, Gregorio Pérez Saavedra

La Mancha. Autor, Gregorio Pérez Saavedra

Por último vamos a aludir al problema, para algunos, sobre el origen de Santo Tomás. Si bien es cierto que él siempre se dijo natural del pueblo donde se crió, Villanueva de los Infantes, también es verdad que está fuera de toda duda que nació en Fuenllana, a escasos siete kilómetros. La polémica sobre si era de un sitio u otro nos recuerda otra semejante: la de la paternidad geográfica de don Quijote, perseguidor a su vez de quimeras. Si Cervantes situó en la Mancha al personaje de ficción más universal, y si Santo Tomás es uno de los manchegos más ilustres, ¿para qué nos vamos a pelear?. Quien conozca La Mancha, y en concreto el Campo de Montiel, y si posee un mínimo de sensibilidad y ha leído las aventuras del gran hidalgo y ha oído hablar de nuestro santo: ¿puede tener alguna duda que ese pobre y aislado terruño, de gentes laboriosas y sacrificadas, abnegadas y resignadas, es el hogar y cuna ideal de ejemplos de virtud y desfacedores de entuertos? El que suscribe estas líneas, natural de la zona, no alberga ninguna.

Por la Alemania de Martín

Por la Alemania de Martín

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Un artículo de Juan Angel Castellanos Gallego
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Campo de Montiel. Patrimonio de la Humanidad

Torre de Juan Abad

Pocos conocen el primer espacio por donde comenzó a caminar la imaginación de Cervantes, describiendo a Don Quijote a lomos de Rocinante, acompañado por Sancho en el rucio, aventurándose en la incertidumbre y el deseo por adquirir fama, desde su salida en un amanecer de julio.

El aura atemporal que todavía envuelve a esta comarca la mantiene como lo más cercano a la imagen que pudo encontrar el recaudador de impuestos trajinando entre la Corte y Andalucía, deteniéndose en nuestras ventas o tratando con acaudalados propietarios de mayorazgos.

La situación y trama urbana de los pueblos permanece básicamente igual a la de hace cuatro siglos. Variada en cuanto al crecimiento de la misma. La adaptación de las viviendas a la época actual y las infraestructuras viarias. Pero aunque encontremos un cierto desorden urbanístico que altera la armonía y la imagen de conjunto de un pueblo atractivo acorde con su identidad y trayectoria cultural; si que es posible advertir como fueron siempre. Pues los núcleos originarios permanecen fieles a la génesis que iba trazando sus calles. La volumetría de las casas se mantiene a dos o tres alturas, preservando la horizontalidad propia de estas latitudes. Entre cuyo caserío blanco sobresalía la poderosa torre del castillo o de la iglesia.

Paseando por Villanueva de los Infantes. Autor, Enaire Fotografía

Paseando por Villanueva de los Infantes. Autor, Enaire Fotografía

No perdemos la esperanza por preservar y potenciar la identidad de nuestros pueblos para poder compartirlos como agradable destino turístico. Trabajamos para transmitir los múltiples beneficios que nos reporta a todos habitar y compartir entornos equilibrados con la comodidad actual y la identidad cultural tradicional.

Por suerte el Campo de Montiel conserva un conjunto de veintitrés pueblos descritos en las Relaciones Topográficas de Felipe II, que todavía permanece tal cual en su esencia, aunque maquillado por falta de atención a su auténtico valor. Pudiendo atisbar en todos sus pueblos, ese mundo que sirvió de inspiración a la genial novela.

Destaca Villanueva de los Infantes como Conjunto Histórico Artístico Nacional. Su riqueza patrimonial poblada de iglesias, ermitas, palacios y casas populares, la convierten en una ciudad para ser visitada con calma. Donde además te sorprenderás encontrando la Casa de Estudios donde estuvo Jiménez Patón, Lope de Vega, Quevedo y más literatura de primera línea.
Atraen sus calles principales repletas de portadas blasonadas, pero no hay que dejar de recorrer muchas otras de estilo popular que muestran el encanto que conoció Cervantes, y hoy dan imagen material de lo que pudo ser el mundo que vieron sus inspirados ojos, pensando en Don Quijote.

Interior de la iglesia Nuestra Señora de la Asunción, Villahermosa. Autor, Miguel Andújar

Interior de la iglesia Nuestra Señora de la Asunción, Villahermosa. Autor, Miguel Andújar

El conjunto de iglesias-fortaleza de la comarca, erigidas por la Orden de Santiago merece una visita exclusiva. Empezando por La Solana y finalizando en Alhambra podremos descubrir templos majestuosos como los de Membrilla, Torrenueva, Villahermosa, Villanueva de los Infantes, Cózar, Alcubillas, Terrinches, Puebla del Príncipe, Almedina, Torre de Juan Abad, Ossa de Montiel, Villamanrique, Albaladejo, o ruinas de Fuenllana.

Castillo de Santa Catalina. Autora, Mª Angeles Jiménez García

Castillo de Santa Catalina, Fuenllana. Autora, Mª Angeles Jiménez García

La oferta monumental de la comarca es variada y completa. Abarcando todos los periodos de la historia. En Terrinches se encuentra un conjunto megalítico de carácter funerario. Santuario para los pobladores de la Edad del Bronce, postrado ante el sol del invierno que amanece sobre la peña del Cambrón.
En Alhambra además de los vestigios romanos y la necrópolis visigoda, su castillo omeya reconstruido por los cristianos.
Villanueva de la Fuente asentada sobre Mentesa. Todavía por excavar las entrañas del gran pasado histórico que yace bajo la actual población.
El nutrido grupo de yacimientos de diversas épocas que jalona la Vía Hercúlea desde Villanueva de la Fuente hasta el límite con Andalucía en Puebla del Príncipe y las inmediaciones de Villamanrique.
El cinturón fronterizo de edificaciones fortificadas en torno al castillo de la Estrella de Montiel. Terrinches, muy bien restaurado como centro de interpretación de la Orden de Santiago. El torreón de Puebla del Príncipe. El gran castillo de Montizón en Villamanrique, acompañado por el maravilloso paisaje tendido a sus pies, defendido por ganaderías de reses bravas.

Las plazas mayores de La Solana, Villahermosa, San Carlos del Valle y Villanueva de los Infantes. El conjunto arqueológico de la villa medieval de Montiel y su castillo de La Estrella.

Panorámica del Castillo de La Estrella, Montiel. Autor, Ramón Alamo

Panorámica del Castillo de La Estrella, Montiel. Autor, Ramón Alamo

Los singulares santuarios, ermitas y parajes que dan cobijo en los campos a quien busca sosiego y belleza, también son numerosos. Virgen de La Antigua, Virgen de la Carrasca, Virgen de los Olmos, Virgen de los Desamparados, Virgen de Luciana. Las ermitas rurales de Villahermosa. Las ermitas urbanas de Torrenueva.

La fuente Imperial de Almedina merece una visita por sí sola. Complementada con el puente de piedra, la ermita de Los Remedios y las metafísicas vistas de su paisaje semidesértico.

Es muy enriquecedor para los ojos que buscan la autenticidad rural, pasear estos caminos o recorrer estas carreteras habitadas por pueblos inmersos en paisajes agrícolas que siguen roturando la tierra con el mismo proceso que los originó hace siglos.

Vista de Villamanrique. Autor, desconocido

Vista de Villamanrique. Autor, Miguel Felguera

La histórica y literaria comarca del Campo de Montiel, posee en su centro geográfico la fortuna de albergar una ciudad del Siglo de Oro en Villanueva de los Infantes, y una auténtica villa rural manchega en Fuenllana.

Y toda la comarca disfruta de una orografía ideal para disfrutarla a pie, bicicleta, o caballo. Paisajes amables acunados entre suaves ondulaciones adornadas con machas de monte mediterráneo.

Parajes grandiosos en las estribaciones de Sierra Morena como La Herrumbrosa en Castellar de Santiago, que unido al conjunto de espacios que llegan hasta la sierra de Relumbrar en Villanueva de la Fuente componen un mosaico de fauna y flora de valor excepcional.
Aves esteparias campando por las grandes extensiones cerealistas. Rapaces sobrevolando los fantasiosos sueños del Quijote. Búhos reales internos en la lejanía del monte, sonando en las noches de invierno.
Y por supuesto el Parque Natural de las Lagunas de Ruidera. Espacio excepcional que debe ser tratado de forma más completa que la simple mención en este artículo informativo.

desde terrinches la zona de pinos es la ermita de San Isidro de terrinches. Autora, Mariangeles Minguez Gomez

Panorámica de Sierra Morena desde Terrinches. Autora, María Angeles Mínguez Gómez

El Campo de Montiel, sin duda, pronto estará en la exclusiva lista de lugares Patrimonio de la Humanidad, un mundo marcado por Don Quijote que sorprende al visitante por la cantidad de recursos propios que atesora.

Puesta de sol en el Campo de Montiel

Puesta de sol en el Campo de Montiel


Un artículo de Salvador Carlos Dueñas Serrano


Fotografía de portada: Trazado urbano de Torre de Juan Abad. Autor, Cogolludo

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Tras la huella de los caballeros de la Orden de Santiago

Tras la huella de los caballeros de la Orden de Santiago

Recorrer la distancia que media entre Villanueva de los Infantes y Castellar de Santiago bajando hasta la linde de Sierra Morena es transitar por un territorio preñado de historia e historias, entre las que no podían faltar las aventuras y desventuras de nuestro buen Don Quijote. Y aunque nunca se sabe si estuvo o dejó de estar por algún lugar concreto de esta Mancha imaginada, no parece aventurado situar no lejos de estas tierras la aventura de los batanes, la conquista del yelmo de Mambrino, la liberación de los galeotes y el retiro penitencial a la Peña Pobre cual nuevo Beltenebros.
Hoy viajaremos desde Villanueva de los Infantes hasta los confines manchegos de Sierra Morena. Lo abrupto de las quebradas zonas montañosas meridionales se equilibrará con la dulce campiña dominada por el olivo.
Comenzamos.

Santuario de Ntra. Sra. de la Antigua. Villanueva de los Infantes. Autor, Pablo G. Sarompas

Santuario de Ntra. Sra. de la Antigua. Villanueva de los Infantes. Autor, Pablo G. Sarompas

Dejar a la espalda Villanueva de los Infantes es tarea costosa: tal es la acumulación de arquitecturas poderosas, la trabazón de historias, el eco de anécdotas, con aquel Caballero del Verde Gabán, cuya casa permanece y amablemente enseñan.
En nuestro camino hacia Torre de Juan Abad, divisamos Almedina (“la fortaleza”), patria del magnífico pintor renacentista Fernando Yáñez de la Almedina, y levantada por los musulmanes tras la destrucción de Mentesa, en la vecina Villanueva de la Fuente, con el fin de anclar un bastión defensivo frente al creciente empuje cristiano de los caballeros de Santiago. Nos cuentan que por esta villa alargada, pasó Enrique de Trastámara antes de la entrevista asesina en Montiel. Pero esta es otra historia.

Fuente de Almedina. Autora, Noemí León Albert

Fuente de Almedina. Autora, Noemí León Albert

Retomamos la senda, sinuosa, con suaves pero prolongadas cuestas y un paisaje muy árido, entre pequeños cerros de laderas pobladas de olivos, que nos ofrecen algún alivio para la vista al menos, hasta entrar en Torre de Juan Abad, en tiempos, señorío de don Francisco de Quevedo y Villegas, ácido y genial escritor, y caballero de la orden de Santiago. Aquí pasó sus buenos años por motivo de alguna de las muchas persecuciones y querellas que sufriera a lo largo de su azarosa vida. Aquí enfermó, y desde aquí fue llevado a Villanueva de los Infantes para morir.
El talento crítico de Quevedo aún ronda la Torre de Juan Abad.

A la sombra de Quevedo. Autor, José David Pérez Fernández

A la sombra de Quevedo. Autor, José David Pérez Fernández

Nuestro camino enfila en dirección a Castellar de Santiago. A pesar de las huertas que distinguimos en las proximidades, lo cierto es que el paisaje que nos envuelve mantiene esa misma aridez hasta el momento en que nos plantamos frente al magnífico castillo de Montizón, a orillas del Guadalén. El paraje, por contraste, es de una extraordinaria belleza y la presencia de la fortaleza no hace sino subrayarla. El castillo, levantado por los musulmanes allá por el siglo XI, aguantó las correrías de Alfonso VIII al sur de la frontera del Tajo y el triunfo definitivo de las Navas de Tolosa sobre los almohades. El mismo Jorge Manrique llegó a ser comendador de Montizón, dándose la paradoja de que esta tierra disfrutara de dos de los mejores, y tan distintos, poetas de la lengua castellana.

Castillon de Montizón. Autor, Antonio Bellón

Castillo de Montizón. Autor, Antonio Bellón

Superado el castillo, entramos ya en las estribaciones de Sierra Morena y nos rodea un paisaje abrupto tamizado por viejas y nudosas encinas. El agradable aroma de la retama, las perdices que asoman a cada instante y la certeza de la existencia de jabalíes, nos mantienen atentos hasta llegar a Castellar de Santiago, donde reposaremos por hoy los cinco sentidos.

Vista de Sierra Morena desde los Campos de Montiel. Autor, Rufino Jiménez

Vista de Sierra Morena desde el Campo de Montiel. Autor, Rufino Jiménez

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Fotografía de portada: Paisaje en el Guadalén. Autor, Pedro Castellanos Triviño
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Acompañando a Don Quijote por el Campo de Montiel

Don Quijote y el Campo de Montiel

Si es cierto que El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es el libro mas leído en el mundo, después de los libros religiosos, y traducido a todos los idiomas cultos, también lo es que es el más estudiado en todas sus múltiples y poliédricas facetas, por tanto lo que sigue no puede ser otra cosa que una opinión más.
Me preguntaría lo primero el por qué de esa universalidad, pero vamos por partes, pues sin entrar en su indudable corrección literaria (ha sido inspiración para un sinfín de escritores posteriores) creo que no es solo esto lo que lo hace tan grande; Einstein murió con un Quijote en la mesita de noche; Freud aprendió castellano para poderlo leer en versión original, y sería una larga lista enumerar a todos sus admiradores completos.
Creo que esta grandeza reside en que trata de forma magistral el sueño ancestral de los humanos: tener un mundo mejor. Sobre todo más justo, ya que la justicia es la madre de todas las virtudes, entre otras cosas porque no podría haber virtud injusta. Desde la Ilíada, la trasmisión oral, los libros de caballerías, las novelas y películas del Oeste, Superman, Spiderman, El Señor de los anillos… todo lo que sea el triunfo del bien sobre el mal, el héroe justiciero, todos han tenido éxito, y es normal que nos identifiquemos con ellos, al menos por un pequeño espacio de tiempo, y creamos ser también como ellos: justos y desfacedores de entuertos.

Alimento del alma y el intelecto. Autor, Eduardo Siquier Cortés

Alimento del alma y el intelecto. Autor, Eduardo Siquier Cortés

Desde el principio, en el prólogo de la novela, Cervantes nos advierte que se trata de una sátira de los libros de Caballerías. ¿Cómo entonces puede representar este sueño o afán?.
Veamos. En esta sátira contrapone a un Amadís joven, fuerte, invicto, hijo de reyes, y a un Don Quijote viejo, cenceño y amojamado, pobre y del último escalón de la nobleza; a una Oriana, princesa, joven, guapa y elegante; y a Dulcinea campesina, ruda y no sabemos si bella; y a los prados y florestas del norte, con la aridez de un Campo de Montiel como escenario de muchas de sus aventuras, algo que repite hasta cinco veces para que no haya dudas, y así nos lo describen todos los viajeros que por él han pasado, llamándolo alguno “mar petrificado”. En los lances o aventuras Amadís termina siempre triunfante y Don Quijote apaleado; es decir, siempre lo opuesto, por eso llegamos a preguntarnos como puede gustar un héroe que siempre termina así; Cervantes resuelve el problema haciéndolo loco, así estos apaleamientos los achacamos a su locura y sirven incluso mas como risibles que lastimosos, y de ahí que en distintas épocas se haya tomado como libro humorístico y las hazañas como bufonadas, mueven más a la risa que a la lástima, y seria incomprensible que si fuera cuerdo le ocurrieran estas cosas. No obstante podríamos decir que también es libro de caballería, pero con otra óptica mas pegada a la realidad y por tanto menos heroica, pues sigue manteniendo el ideal de un mundo mejor, “Que la vida es sueño… y los sueños, sueños son” que diría el gran Calderón.

Arrimado a su lanza ponía los ojos en las armas... Autor, Gustave Doré

Arrimado a su lanza ponía los ojos en las armas… Autor, Gustave Doré

Don Quijote busca caminos y encrucijadas porque en ellas no podían dejar de encontrarse muchas y buenas aventuras, como era la norma en todas las novelas de caballerías. En el transcurso de sus aventuras recorre, entre otros, los caminos del Campo de Montiel en busca de su sueño de justicia: el camino real de la plata, por donde Cartago sacaba la plata del valle de Alcudia a Cartagena; el camino real de carros de Andalucía, o carretera vieja de Andalucía como lo llama Madoz; el camino de Alandumbar de Cartagena a Toledo, nombre árabe del camino por donde Alá guía y protege; el camino de Mérida a Valencia, de Oeste a Este, y por último, de Sur a Norte, el camino de Hércules, de Aníbal o Vía Augusta, que así se ha ido llamando a lo largo de la historia.
Para conocer bien estas aventuras, enseñanzas entreveradas de humor, tenemos una sola opción: leer el texto y visitar el territorio donde se desarrollan sus aventuras. De lo primero solo diremos que son abundantes las ediciones y prácticamente todas son lo mismo, eso sí, leído con el detenimiento necesario porque dicen más entre líneas que en sus letras.

Campos de Montiel. Autor, Antonio Bellón

Campos de Montiel. Autor, Antonio Bellón

Visitar los lugares donde se describen dichas aventuras ya es otra cosa. “Don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del Campo de Montiel que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos” relata Cervantes en el prólogo de la novela. “Y comenzó a caminar por el antiguo y conocido Campo de Montiel. Y era la verdad que por él caminaba”, escribe y remacha lo dicho en el capítulo segundo.
Creo que sin poner las otras tres citas a este territorio, queda claro que era conocedor del mismo. Visitar o peregrinar a estas tierras y rememorar los sucesos relatados por Cervantes no cabe duda que nos ayudarían a entenderlo mejor.

Sendas de Don Quijote. Autor, Julián Lozano

Sendas de Don Quijote. Autor, Julián Lozano

Usa Cervantes en el Quijote palabras y modismos de castellano antiguo que todavía hoy es posible escuchar en boca de los más viejos de estos lugares, así como la abundancia de refranes y sentencias de Sancho. Todavía es posible probar la cocina de aquel tiempo, una cocina de supervivencia con viandas de la tierra, difíciles de encontrar hoy en otros destinos.
Esta andadura puede constituir una aventura en el tiempo, acompañando a Don Quijote. Si es necesario ayudándole a conseguir ese ideal de justicia, igualdad y libertad que tanto anhelaba y por el que tantos desengaños se llevo.

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Un artículo de Justiniano Rodríguez.
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Cabalgando con Don Quijote. El código y las reglas de Caballería (2ª Parte)

Reglas de Caballería

Afirmaba Alfonso X el Sabio que el caballero debía ser de carácter duro para sufrir trabajos y males de todo tipo. Y a este hombre, “el más amable, y más sabio, más leal, más fuerte, de más noble ánimo, de mejor instrucción y de mejores costumbres que los demás (…)” se le da el caballo, una bestia noble al servicio del bien, “y que por esta razón el elegido era llamado caballero”. Don Quijote tenía claros sus objetivos en la vida, que no eran otros que los de defender a la Iglesia católica y a su señor terrenal; ayudar a las viudas, huérfanos y pobres; cabalgar, romper lanzas, acudir a justas y torneos y cazar; tener castillo y caballo para guardar caminos y defender a los labradores; y por supuesto, practicar virtudes y destruir a los malvados.

Entrada a La Mancha. Autor, José Rodríguez

Entrada a La Mancha. Autor, José Rodríguez

Que el caballero debía estar siempre dispuesto a sufrir por honor, es algo que destila en cada página de la obra cervantina. Al caballero lo impulsaba el amor a la lucha: combatir a caballo o a pie cubierto de una armadura de 25 kg de peso; chocar contra un adversario al galope, mientras se enristraba una lanza de casi 6 metros de longitud; dar y recibir golpes con la espada o el hacha; vivir hoy con comida de sobra y mañana de pan mohoso o galletas, o de nada; poco o ningún vino; agua de un charco; pésimos cuarteles al abrigo de una tienda o de unas ramas; escaso sueño y con la armadura puesta, siempre a la espera de un ataque imprevisto o del olor infalible de la traición…

Ilustración del Quijote. Obra de Gustavo Doré (1832-1883)

Ilustración del Quijote. Obra de Gustavo Doré (1832-1883)

Para ser caballero era necesario armarse como tal, para lo que se necesitaba un igual, caballero de digno linaje y a ser posible veterano en probados hechos de armas. De ahí que nuestro hidalgo buscase para tal fin al castellano de la primera fortaleza que encontró (y que otros confundieron con una venta). Ni una mujer, por emperadora o reina que fuera, o un clérigo, podían armar caballero a un aspirante de forma lícita. Al día siguiente, y solo después de cerrar sus juramentos, nuestro caballero podría al fin ceñir la espada y cabalgar en su montura, símbolos que en definitiva han de adornar de virtudes su existencia hasta el último aliento de vida.

Venta de Don Quijote. Autor, Jibi44

Venta en La Mancha. Autor, Jibi44

Quizás el prototipo más conseguido de caballero medieval, ese que don Quijote habría admirado sin dudar un momento, se encuentre en la figura del rey ciego Juan de Bohemia, que vivió en pleno siglo XIV. Este monarca apenas se perdió una contienda militar en Europa, y cuando no había guerra que batallar descansaba concurriendo a los torneos, en uno de los cuales al parecer recibió la herida que le cegó. Aliado del francés Felipe VI y al frente de quinientos caballeros, Juan luchó contra los ingleses siempre en primera línea de batalla, ya totalmente ciego. En Crécy pidió a sus caballeros que le llevasen más adentro en la batalla para descargar más espadazos. Entonces doce de ellos anudaron sus bridas y, con el rey a la cabeza, avanzaron hasta lo más recio de la pelea, “tan lejos que jamás retornaron”. El cadáver de Juan de Bohemia se encontró al día siguiente entre los de sus fieles acompañantes, mientras sus corceles seguían atados y paciendo allí cerca…

Sancho Panza en la plaza Mayor de Villanueva de los Infantes. Autor, Stephen Haworth

Sancho Panza en la plaza Mayor de Villanueva de los Infantes. Autor, Stephen Haworth

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Fotografía de portada: Duelo de Caballeros de época romántica. Museo del Louvre. Delacroix, 1824.
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Cabalgando con Don Quijote. El código y las reglas de Caballería (1ª Parte)

Cabalgando con Don Quijote. El código y las reglas de Caballería

Cuéntase en el capítulo primero del Quijote que: “En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo”. Ciertamente, las andanzas de nuestro ingenioso hidalgo hubieran sido otras (y mucho menos divertidas) de no toparse éste con aquellos libros de caballeros andantes y damas enamoradas, añorantes en sus torres de cristal, y que tanto furor causaron en la sociedad del bajo Medioevo. ¿Qué buscaba ese Palmerín de Inglaterra, o bien ese Amadís de Gaula, cabalgando incansables en sus corceles por esos caminos de Dios? ¿A qué cuento venían tantas heridas, costaladas y quebrantos de brazos, como las que daba y recibía don Belianís, y para qué el arrojo mostrado por don Galaor, “que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga”?

De molinos. Autor, Mario Lapid

De molinos. Autor, Mario Lapid

En teoría, la finalidad de los caballeros medievales no era pelear por placer, sino en defensa de los oprimidos y para conservar el orden, la justicia y la virtud. Estos elevados propósitos les libraban por cierto del pago de impuestos, cosa que si debía hacer el vulgo, lo que al cabo de los tiempos derivó en una creciente animadversión hacia los privilegios de la nobleza… Pero éste es otro cantar. Don Quijote quiso vivir en pleno Quinientos inmerso en un mundo no ya desaparecido, sino ridiculizado hasta la saciedad, donde la persona de cuna aristocrática se pegaba a la espada como cédula de identidad y no solo para librarse de los impuestos, sino también por propia estimación. La lucha representaba su meta más excelsa. Uno de aquellos caballeros de las “Chansons de Geste” del siglo XIII insistía diciendo: “Ninguno de nuestros padres murió en casa; todos perecieron por el acero frío de la batalla”, mientras que otro de aquellos héroes, Garin li Loherains, afirmaba que “Si tuviera un pie en el Paraíso, lo retiraría para ir a pelear”.

Atardecer en La Mancha. Autor, Diego Sevilla Ruiz

Atardecer en La Mancha. Autor, Diego Sevilla Ruiz

Sin duda nuestro hidalgo de La Mancha debió de leer las palabras infames del trovador Bertrand de Born, de noble estirpe, antes de lanzarse a la aventura a través de las planicies manchegas. Mucho más explícito, aquel francés declamaba en una de sus poesías:

“Mi corazón se hincha de gozo cuando veo
fuertes castillos cercados, estacadas rotas y vencidas,
numerosos castillos derribados,
caballos de muertos y heridos vagando al azar.
Y cuando las huestes choquen, los hombres de buen linaje
piensen solo en hender cabezas y brazos,
pues mejor es morir que vivir derrotado…
Os digo que no conozco mayor alegría que cuando oigo gritar
“¡Sus! ¡Sus!” en ambos bandos, y el relincho de corceles sin jinete,
y quejidos de “¡Favor! ¡Favor!”,
¡y cuando veo a grandes y pequeños
caer en zanjas y sobre la hierba,
y veo a los muertos atravesados por las lanzas!
Señores, ¡hipotecad vuestros dominios, castillos y ciudades,
Pero jamás renunciéis a la guerra!

Continuará…

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Cabalgando con Don Quijote. Una de Duelos y Quebrantos (2ª Parte)

Cabalgando con Don Quijote. Una de Duelos y Quebrantos (2ª Parte)

A pesar de la explicación dada por el manchego al señor Starkie, lo cierto es que el origen de este plato está, todavía hoy, inmerso en la incógnita más absoluta. La teoría anteriormente citada es además poco probable, ya que la carne de las reses muertas solía servirse seca y adobada, constituyendo hasta hace poco un alimento «de campaña» para la dura labor del pastor. Poco se parece esta «suela de zapato» al plato servido en restaurantes y mesones de la tierra, del que solo comparte su confección sencilla y sin adornos, y para el cual se emplean los productos propios de una casa de agricultores. Además, si hemos de creer a las crónicas históricas, no nos imaginamos a toda una reina como Mariana de Austria, esposa del inefable Felipe IV y objeto, junto a su marido, de las burlas procaces de Quevedo, participando de ese plato campesino en 1669 cuando recaló en casa de unos labriegos de La Roda que le dieron hospedaje. De ser así, nuestro genial escritor hubiera hecho con esta escena los mejores versos de su magreada pluma.

Pórtico de la Casa de la Inquisición. Villanueva de los Infantes. Autor, Rafa

Pórtico de la Casa de la Inquisición. Villanueva de los Infantes. Autor, Rafa

Todavía hoy existen discrepancias acerca de la receta de los «Duelos y quebrantos», aunque todos coinciden en que el revuelto con huevo es una presentación básica. A partir de aquí, sin embargo, no existe unanimidad alguna en los ingredientes: chorizo, jamón, tocino de cerdo e incluso sesos de cordero, como lo afirma el Diccionario de Autoridades de 1732, donde se hace mención a este plato de La Mancha como una simple tortilla de sesos y huevos. Pero es precisamente este nombre tan peculiar de «Duelos y Quebrantos» el que nos sirve de guía para desentrañar su oscuro origen: algunos entendidos afirman con rotundidad que el nombre alude al «quebranto» del ayuno obligado por comer carne de cerdo (lo que hoy llamamos torreznos), por parte de practicantes judíos o musulmanes. La jugada le salía ni que pintada a la Inquisición, ya que ante cualquier sospecha de hallar judío o morisco tras la fachada de un cristiano viejo, a menudo se ofrecía al desdichado este plato para así comerlo a la vista de todos… Si no probaba bocado quedaba desenmascarado. Y si lo hacía, entonces violaba sus propias leyes y se condenaba él mismo ante la ley de Dios.

Duelos y quebrantos del siglo XXI

Duelos y quebrantos del siglo XXI

Otros sabios, sin embargo, no hilan tan fino. Y es que este alimento recibía también por entonces el nombre de «La merced de Dios», pues no debía de faltar en ninguna casa y menos aún en la de los más pobres. Por ello, se argumenta, las miserias ocasionadas entre la población por las frecuentes guerras feudales de los siglos XIV y XV dieron lugar a la preponderancia de platos guisados con despojos de animales, lo que hoy llamamos «menudo», esto es, manos y patas de aves, cabezas de carnero con sus sesos, pezuñas, vísceras y, por supuesto, revuelto de huevos fritos con torreznos… De ahí vino el primer nombre dado a este pobre manjar, «penas y miserias», y que derivó más tarde en nuestros «Duelos y quebrantos» de indudables connotaciones cervantinas.

Vieja friendo huevos. Diego Velázquez, Óleo sobre lienzo. 1618

Vieja friendo huevos. Diego Velázquez, Óleo sobre lienzo. 1618

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Cabalgando con Don Quijote. Una de Duelos y Quebrantos (1ª Parte)

Cabalgando con Don Quijote. Una de Duelos y Quebrantos (1ª Parte)

En una España empobrecida y famélica como aquella de Don Quijote, la cocina del hidalgo manchego se nos presenta siempre sobria, suficiente y sin alardes. Los “Duelos y quebrantos” constituyen un ejemplo típico de este yantar socorrido que pretende aprovechar lo que hay, y que ya en el primer párrafo de Don Miguel queda establecido junto al carácter rotativo y rutinario de la pitanza:
«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.»

Don Quijote outside Kennedy Center. Autor, mjlaflaca

Don Quijote outside Kennedy Center. Autor, mjlaflaca

Por cierto que este modelo repetitivo es fórmula habitual de la época. Así, en el “Entremés del Mayordomo” de Quiñones de Benavente se nos muestran los diferentes platos a consumir cada día de la semana, en un programa muy propio de casas de huéspedes o de colegio mayor:

“Jueves y domingo, manjar blanco
Torreznos, zigotico, alguna polla,
Plato de yerbas, reverenda olla,
Postres y bendición…
Los viernes, lantejillas con truchuela
Los sábados, que es día de cazuela
Habrá brava bazofia y mojatoria,
Y asadura de vaca en pepitoria
Y tal vez una panza con sus sesos
Y un diluvio de palos y de huesos”.

Olla podrida. Autor, desconocido

Olla podrida. Autor, desconocido

Sin duda el plato que ofrece mayor misterio en el menú de nuestro hidalgo es el de “Duelos y quebrantos”, sobre el cual ilustres cervantistas de todas las épocas han vertido ríos de tinta. Al parecer, en la época de Don Quijote se trataba originalmente de una comida de sábado asociada a lo que hoy llamaríamos casquería (despojos, asaduras, vísceras, patas, sesos). Esta costumbre horrorizaba a los extranjeros que visitaban Castilla, puesto que en aquellos años la cristiandad occidental tenía prohibido consumir cualquier tipo de carne en sábado.

La respuesta de los castellanos era feliz: “los despojos, vísceras, patas, cabezas y sesos no es carne aunque esté en ella”. Como el tocino (de ahí vendrá el torrezno) se incluía en el menudo de cerdo, su consumo estaba igualmente permitido durante ese día para escándalo de los rigoristas.

Racimo de uva en La Mancha. Autor, Cagiga

Racimo de uva en La Mancha. Autor, Cagiga

En realidad, pocas personas pueden dar una explicación convincente acerca del origen de este plato, aunque una de las más pintorescas es la que refiere el célebre viajero irlandés Walter Starkie, que visitó Campo de Criptana en la primera mitad del siglo XX:
“Criptana es el sitio más acogedor de toda la Mancha; una ciudad de gente gruesa, de gente pacífica. En dos días apenas logré ver ningún hombre alto y delgado o de mejillas enjutas. Mi ración, durante mi estancia allí, consistía en comentarios sobre el libro inmortal.
– ¿Qué cenaré esta noche? ¿Por qué no “Duelos y quebrantos” siendo sábado?
– ¿Usted sabe por qué lo llaman “duelos y quebrantos”? – me dijo una persona distinguida de la localidad.
– Supongo que se refiere a los desperdicios de la carne que son la comida del pobre.
– Ya se conoce que no es usted manchego, si no, no diría eso. “Duelos y quebrantos” son términos estrictamente manchegos. Los pastores de aquí desempeñan un puesto de confianza cerca de sus amos y son responsables de cada oveja que está a su cuidado. Si muere una por accidente el pastor la desuella y cura la carne con sal y ajo. Luego el sábado, día de entregar la cuenta va a ver a su amo y le enseña la piel como prueba de que el cordero ha muerto. Entonces él se lleva la carne para cocerla en su casa. La pérdida del cordero es una pena, “duelo”, y un “quebranto” para el amo. He aquí la explicación”.

Continuará…