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Valle de Gavarnie. En el país de la Brecha divina

Valle de Gavarnie. En el país de la Brecha divina

A 55 kilómetros de Lourdes y en pleno Parque Nacional de los Pirineos, en el departamento francés de Hautes-Pyrénées, se encuentra una de las maravillas naturales más impresionantes y conmovedoras de Europa. Hautes-Pyrénées incluye también enclaves de singular belleza como la reserva de Néouvielle, famosa por sus lagos de montaña engarzados entre bosques y picos nevados; las cascadas de Pont d’Espagne junto al Vignemale o el excelente mirador de Pic du Midi de Bigorre, sin duda el espacio museográfico más alto del continente… Pero a nuestro parecer, todo se queda corto frente a la grandiosidad del circo de Gavarnie, verdadero altar a lo sublime que en 1997 fue declarado con todo merecimiento Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

2. Prados y cascada en invierno. Autor, Mathieu Legros

                                                    Prados y cascada en invierno. Autor: Mathieu Legros

3. La entrada al pueblo de Gavarnie. Autor, Drumsara

                                                     La entrada al pueblo de Gavarnie. Autor: Drumsara

4. Pastos de verano junto al pueblo. Autor, Paulo Valdivieso

                                            Pastos de verano junto a la población. Autor: Paulo Valdivieso

5. Mar de nubes en Gavarnie. Autor, Petitonnerre

                                                         Mar de nubes en Gavarnie. Autor: Petitonnerre

Imaginen por un momento un boscoso valle enclavado entre alturas deslumbrantes, justo al otro lado de la frontera española. Prados, masas de hayas y de abetos de sabiduría centenaria, granjas desperdigadas en las alturas, subiendo más y más en escalones de un verdor imposible hasta los primeros lienzos de roca virgen, neblinosa, veteada por cientos de cortinas de agua de deshielo procedentes de los glaciares. Y de repente, tras volver un recodo del camino, aparece para grabarse en la retina de forma indeleble: es Gavarnie. El valle perfecto. La definición más acabada, más irreprochable y definitiva de lo que cualquiera en su sano juicio entendería por un paraíso de montaña.

6. Circo de Gavarnie. El rey del Mundo. Autor, David Domingo

                                               Circo de Gavarnie. El rey del Mundo. Autor: David Domingo

7. Otoño en el valle. Autor, TarValanion

                                                                 Otoño en el valle. Autor: TarValanion

8. Escaleras hacia el cielo. Autor, Cletus Awreetus

                                                          Escaleras hacia el cielo. Autor: Cletus Awreetus

9. Flores en las rocas. Autor, Francisco Antunes

                                                         Flores en las rocas. Autor: Francisco Antunes

La muralla de roca de Gavarnie se eleva 1500 metros desde el fondo del valle hasta las cimas que coronan este impresionante escenario natural. El Gran Astazu, el Pico Taillón o el Marboré, éste último con 3248 metros de altura, son sin duda los guardianes perfectos para custodiarla. Se trata de un circo de origen glaciar creado durante el Pleistoceno, cuando media Europa estaba cubierta de hielo, y los pliegues alpinos del Pirineo o los Alpes fueron cortados a cuchillo para formar estos desniveles de vértigo con forma de anfiteatro. Aquí existen pequeños lagos virginales escondidos entre las cumbres, espejos solo perturbados por el galope de las tormentas o la caricia imperceptible del silencio. Y las corrientes derretidas de los glaciares se trenzan para alimentar más abajo la que se considera como la cascada más alta de Europa, un salto prodigioso de agua pulverizada de más de 400 metros de altura.

10. Un descanso en plena ruta. Autor, Guillaume Baviere

                                                   Un descanso en plena ruta. Autor: Guillaume Baviere

11. Espectacular vista de la cascada de Gavarnie. Autor, Ekuinos

                                             Espectacular vista de la cascada de Gavarnie. Autor: Ekuinos

12. Río y cascada de Gavarnie. Autor, Nicolas Bayou

                                                 Río y cascada en el circo glaciar. Autor: Nicolas Bayou

13. Espectacular vista de la Brecha de Roland. Autor, Guillaume Baviere

                                        Espectacular vista de la Brecha de Roland. Autor: Guillaume Baviere

Para los más aventureros, las paredes teóricamente inaccesibles de Gavarnie pueden salvarse gracias a un paso al límite, verdadera creación tolkieniana que los lugareños denominan escaleras de Serradets y que ataja aprovechando las fracturas de la roca para dirigirse a la Brecha de Rolando. Un paisaje, el de la Brecha, que supera todo intento de la imaginación por concebirlo. A 2800 metros de altura, en mitad de la nada, los vientos de las cumbres arrecian con fuerza y se encajonan por este inmenso tajo en la roca amortajado de nieves perpetuas sobre su cara norte, y que con sus 40 metros de ancho y 100 metros de altura constituye el paso más elevado para dirigirse a España y al conocido valle de Ordesa.

14. Vistas sobre Gavarnie. Al fondo, el inicio de la cascada. Autor, Guillaume Pomente

                             Vistas sobre Gavarnie. Al fondo, el inicio de la cascada. Autor: Guillaume Pomente

15. El refugio de Serradets. Autor, Francisco Antunes

                                                      El refugio de Serradets. Autor: Francisco Antunes

16. Otra vista de la cabecera del valle. Autor, Cletus Awreetus

                                               Otra vista de la cabecera del valle. Autor: Cletus Awreetus

17. El típico paseo en burro por el valle de Gavarnie. Autor, Reuben Cleetus

                                     El típico paseo en burro por el valle de Gavarnie. Autor: Reuben Cleetus

La leyenda afirma que el héroe de las gestas de Carlomagno, Rolando, habiendo sido derrotado por las tribus vascas en la batalla de Roncesvalles y huyendo de la persecución a que se vio sometido, llegó hasta este paraje desolador, cubierto de rocas y hielo, por lo que le fue imposible proseguir su camino hasta Francia. Viéndose acorralado y para evitar que su espada Durandarte cayera en manos enemigas, la arrojó fuertemente contra la roca antes de morir provocando esta profunda hendidura, que hoy constituye un centro de peregrinación de numerosos montañeros y alpinistas llegados de toda Europa.

18. La brecha de Roland. Al pie, algunas personas. Autor, Cotitoo

                                            La brecha de Roland. Al pie, algunas personas. Autor: Cotitoo

19. Otra vista del mar de nubes sobre Gavarnie. Autor, Damien.be

                                           Otra vista del mar de nubes sobre Gavarnie. Autor: Damien.be

20. La soledad del montañero. Autor, Francisco Antunes

                                                   La soledad del montañero. Autor: Francisco Antunes

21. Niebla y misterio sobre la Brecha de Roland. Autor, Stevemonty

                                Niebla y misterio sobre la Brecha. Al pie, dos montañeros. Autor: Stevemonty

Les invitamos, pues, a realizar este recorrido fotográfico por el valle y sus enclaves geológicos más emblemáticos, sabedores de que la calidad de las imágenes no les defraudará. Destino ideal para el fotógrafo, el montañero o simplemente el amante de lo idílico, estamos además convencidos de que cualquiera que sea su caso no demorarán por mucho tiempo una visita obligada a este paraíso pirenaico. Gavarnie merece la pena, está enclavado en un valle con una importante oferta hostelera y por si fuera poco se encuentra muy cerca de España. Por otro lado, cualquier montañero sabe que nunca hay que desaprovechar una visita a estos valles durante la estación otoñal, cuando los días se hacen más cortos y la hoja muda de color, de modo que si no han planeado nada para este mes de octubre… quizás el país de la Brecha divina sea su destino más acertado.

22. El paso de la Brecha. Autor, Benoit Dandonneau

                                                       El paso de la Brecha. Autor: Benoit Dandonneau

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Córdoba y Medina Azahara. La vida en el Harén del Califa

Córdoba y Medina Azahara. La vida en el Harén del Califa

Según Ibn Idhari, escritor marroquí del siglo XIII, el primer Califa de Al-Ándalus disponía en su harén de más de 6300 esposas, concubinas y otras esclavas de variada raza o nacionalidad. Harén significa literalmente “Lo vedado”, y para nuestra mentalidad moderna evoca la imagen de un grupo de mujeres privadas de libertad tras los muros de palacio, bajo la vigilancia constante de los eunucos… ¿Cómo era y cómo se vivía realmente en el harem de Madinat al-Zahra, o Medina Azahara, la lujosa residencia que hizo construir Abderramán III en la ladera de una colina próxima a Córdoba?

Reunión de árabes. Horace Vernet. Óleo sobre lienzo, 1834

Reunión de árabes. Horace Vernet. Óleo sobre lienzo, 1834

Situada a unos 8 kilómetros al noroeste de la ciudad y frente al valle del Guadalquivir, en una zona denominada “la montaña de la Desposada”, el yacimiento arqueológico de Medina Azahara está declarado hoy Bien de Interés Cultural desde 1923. Madinat al-Zahra, “La Ciudad de la Flor”, alude al nombre de la concubina más preciada y caprichosa del Califa, quien le pidió la construcción de este palacio para huir del bullicio y ajetreo de la corte cordobesa. Pero por bella que nos resulte esta historia, Al-Zahrá no fue en realidad sino una de las muchas “propiedades” de Abderramán. Aunque el Corán, curiosamente, es el único libro sagrado donde se cita claramente la frase “Casaos con una sola», la práctica de tener varias esposas y concubinas se hizo muy común con la expansión del Islam y tuvo su máxima expresión durante la Edad Media, en los fastuosos harenes de los mandatarios Omeyas y Abbasíes.

Interior de la mezquita cordobesa. Autor, James Gordon

Interior de la mezquita cordobesa. Autor, James Gordon

Las mujeres del harén pertenecían a dos grupos bien distintos. Las de clase más baja eran las sirvientas, que tenían asignadas labores de limpieza y servidumbre dentro del recinto vedado. Aunque rara vez llamaban la atención de Abderramán, estas esclavas podían con suerte abrirse camino en la escala del serrallo y alcanzar altos puestos, lo que les permitía retirarse al final de su vida disfrutando de suculentas pagas. Por el contrario, Las privilegiadas o de clase alta disponían de grandes bienes y a menudo eran liberadas por el Califa de su condición de esclavitud. Estas mujeres se escogían por su belleza y talento para ejercer funciones de cantantes o bailarinas privadas de palacio, al tiempo que sus compañeras más experimentadas las instruían en sus cometidos, vistiéndolas convenientemente antes de ser presentadas al Califa. Si éste se fijaba en alguna de ellas, de inmediato era conducida a una estancia personal donde la guardiana del baño y la dama de los ropajes la preparaban para su primera noche. Solo después de la velada, y si el Califa seguía otorgándole su aprecio, la mujer pasaba a convertirse en concubina real.

El mercado de esclavos. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1866

El mercado de esclavos. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1866

La vida para las concubinas en el harén estaba inmersa en la más absoluta de las rutinas. Las esclavas no musulmanas, traídas a menudo del África Negra o de mercados europeos (como Lyon y Arlés, en Francia), eran convertidas rápidamente al Islam, tras lo cual debían ir a la escuela para aprender a leer y escribir, a coser y a tocar instrumentos diversos. También gozaban de varias horas al día dedicadas a su propio recreo, que consistía básicamente en pasear por los jardines y ejercitar cuerpo y espíritu para agrado de su Señor.

La gran suerte reservada a unas pocas era llegar a convertirse en Primera Dama del Harén, o Princesa Madre, lo que solo podía conseguirse si la concubina o favorita real daba un hijo al Califa, y éste era además primogénito y por tanto heredero al trono. De ahí las abundantes crónicas relativas a intrigas, acusaciones en falso o envenenamientos para hacerse con el favor del soberano a costa de las rivales… Y también debido a ello, a las mujeres del harén se las vigilaba siempre muy de cerca. Para delitos especialmente graves no era raro que la víctima fuera atada de pies y manos, metida en un saco y arrojada por la noche a las aguas del Guadalquivir.

Vista de Córdoba y sus jardines. Autor, Sharon Mollerus

Vista de Córdoba y sus jardines. Autor: Sharon Mollerus

El harén estaba guardado por varias decenas de eunucos, que al igual que las mujeres pertenecían a todas las razas conocidas. Los eunucos eran llevados a palacio muy jóvenes y por lo general ya llegaban castrados desde el mercado de esclavos. Durante el siglo IX, la localidad francesa de Verdún fue centro tradicional de castración y lugar de residencia de numerosos médicos judíos, especialistas en realizar este tipo de operaciones. La castración entrañaba graves riesgos y no era raro que muriese el paciente, razón por la cual los eunucos alcanzaban elevadísimos precios a su llegada a Córdoba. Una vez allí el eunuco, siempre un niño de corta edad y de inusual belleza, se integraba fácilmente en la vida palaciega donde era frecuente que su aspecto inmaduro al llegar a adulto lo convirtiese en amante predilecto de su amo.

El mercader de alfombras. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1887

El mercader de alfombras. Jean-Léon Gérôme. Óleo sobre lienzo, 1887

Se conoce una curiosa anécdota sobre el atractivo que ejercían los jóvenes en el que fue segundo Califa de Córdoba, Al-Hakam II. Este buen hombre poseía un harén bien surtido, pero a pesar de ello llegó a la edad de 46 años sin haber tenido ningún hijo, por lo que abundaban los rumores acerca de su manifiesta homosexualidad. Sea como fuere, una esclava cristiana de origen vasco consiguió finalmente hacerle padre siguiendo una moda entonces muy en boga en Bagdad: abandonó sus ropajes femeninos y se disfrazó de chico. Y hasta tal punto fue el cambio del agrado del Califa, que éste adoptó la costumbre de llamarla por el nombre masculino que había escogido: Yafar… Al poco tiempo, como era previsible, la inteligente concubina le dio un heredero y se convirtió en Princesa Madre del Califato.

Vista de las ruinas de Medina Azahara. Autor, Zarateman

Vista de las ruinas de Medina Azahara. Autor: Zarateman

Medina Azahara, una de las obras más notables y grandiosas que haya hecho el hombre, y prodigio entre los prodigios del Islam, desapareció cien años después de su construcción como consecuencia de la guerra civil que puso término al Califato de Córdoba. Sus tesoros fueron saqueados, sus jardines arrasados y desmantelados, y con el paso del tiempo la destrucción llegó a ser casi absoluta al utilizarse la residencia califal como cantera. El palacio quedó enterrado y olvidado hasta 1832, año en el que se identificaron los primeros vestigios que apuntaban al mítico enclave de Abderramán y su favorita, la bella Al-Zahrá. Gracias a los trabajos efectuados desde entonces en el yacimiento, Medina Azahara puede ser hoy visitada por el investigador y el turista, y aunque queda lejos aquel esplendor oriental que la caracterizó y la hizo famosa entre las cortes europeas, sin duda un recorrido por sus paseos, arcos y muros envejecidos por el tiempo nos permitirá hacer gala de nuestra imaginación, y retroceder hasta la época en que las pasiones humanas eran capaces de los más caprichosos designios… ¿Lo dudáis? Aquí tenéis otra muestra del poder de las mujeres del harén, aunque esta vez con el rey taifa Al-Mu‘tamid como protagonista:

Recepción en la sala del Estanque. Frederick Lewis. Óleo sobre lienzo, 1873

 Recepción en la sala del Estanque. Frederick Lewis. Óleo sobre lienzo, 1873

– Señor conde -dijo Patronio-, el rey Abenabet estaba casado con Romaiquía y la amaba más que a nadie en el mundo. Ella era muy buena y los moros aún la recuerdan por sus dichos y hechos ejemplares; pero tenía un defecto, y es que a veces era antojadiza y caprichosa.

»Sucedió que un día, estando Córdoba en el mes de febrero, cayó una nevada y, cuando Romaiquía vio la nieve, se puso a llorar. El rey le preguntó por qué lloraba, y ella le contestó que porque nunca la dejaba ir a sitios donde nevara. El rey, para complacerla, pues Córdoba es una tierra cálida y allí no suele nevar, mandó plantar almendros en toda la sierra para que, al florecer en febrero, pareciesen cubiertos de nieve y la reina viera cumplido su deseo».

De “El conde Lucanor”. Infante Don Juan Manuel

Danza oriental. Fabio Fabbi (1861-1946). . Autor, In Pastel

Danza oriental. Fabio Fabbi (1861-1946). . Autor: In Pastel


Si quiere realizar una visita guiada por Medina Azahara y la ciudad de Córdoba, le recomendamos hacerla con ArtenCórdoba , expertos en la interpretación del patrimonio histórico cordobés.

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San Ildefonso y el palacio real de La Granja. El Pequeño Versalles del rey (2ª Parte)

San Ildefonso y el palacio real de La Granja. El Pequeño Versalles del rey (2ª Parte)

La vida cotidiana de los reyes en el palacio de La Granja era de lo más aburrida. El embajador especial de Francia ante Felipe, mariscal duque de Tessé, pasó en febrero de 1724 por San Ildefonso en medio de un paisaje cubierto por la nieve y la primera impresión que tuvo queda bien reflejada en las siguientes palabras: “es tal vez el más bárbaro y más incómodo lugar del mundo”. Mientras el carruaje avanzaba por los invernales bosques a través de un paisaje desolador, donde no se atisbaba ni un alma en varias leguas a la redonda, el mariscal podía observar sin embargo cómo varios cientos de ciervos vagaban tranquilamente por las cercanías del palacio.

2. La Granja en el lienzo. Autor, Jesuscm

                                                               La Granja en el lienzo. Autor, Jesuscm

En La Granja la corte se limitaba a un grupo de personas de las cuales la más importante era José, marqués de Grimaldo, que se había retirado con el rey y continuaba ocupándose de los asuntos públicos. A causa del total aislamiento se ofrecían pocas oportunidades de variar la rutina diaria de la corte. Por la mañana Felipe e Isabel asistían a misa en la capilla, y por las tardes o bien iban de caza o se alejaban un poco para visitar las iglesias y conventos de Segovia. Si hacía mal tiempo se quedaban en el interior de palacio y jugaban al billar. Las noches, algo más animadas, las dedicaban Sus Majestades a consultar con los confesores y a los negocios que fuese necesario tratar con Grimaldo.

3. Nieve y montañas de la sierra de Guadarrama. Autor, Miguel303xm

                                        Nieve y montañas de la sierra de Guadarrama. Autor, Miguel303xm

El embajador francés contaba ya con la edad de setenta y tres años, y acostumbrado a las excelencias de la corte vecina no estaba para muchos elogios mientras convivió con su anfitrión. Tessé estaba además seguro de una cosa: aparte del rey nadie se sentía del todo feliz en aquel lugar. “Todo el mundo está desesperado de haber de vivir en este desierto” llegó a escribir en una ocasión. Cuando el mariscal habló con los monarcas pudo ver por la expresión de la reina que ésta quería volver a la civilización, aunque quizás la frase más elocuente en este sentido fue la que oyó en boca del propio marqués de Grimaldo: “El rey no está muerto ni yo tampoco, y no tengo ganas de morirme”, añadiendo después en voz baja: “Nada más puedo deciros”.

4. Detalle de una de las salas interiores. Autor, Jaime Pérez

                                                 Detalle de una de las salas interiores. Autor, Jaime Pérez

Después de pasar cinco días en San Ildefonso, Tessé fue a visitar la corte en Madrid. Los sentimientos que se manifestaban en La Granja están de sobra confirmados en las cartas de la propia reina, Isabel de Farnesio, que en su correspondencia de 1724 se refiere al lugar como un “desierto”, “un desierto con ciervos y aburrimiento”, o bien utilizaba expresiones lapidatorias para expresar su desánimo: “no olvidéis a aquellos que viven en el desierto”. El uso de la palabra “desierto” no era en modo alguno exclusivo de sus sentimientos, ya que en Madrid era común referirse al retiro del rey como “aquel desierto”.

5. Espectacular estatua en una de las fuentes. Autor, Luis Miguel García

                                      Espectacular estatua en una de las fuentes. Autor, Luis Miguel García

Felipe, por supuesto, adoraba el palacio que había creado. Era, literalmente, la única residencia en toda España donde se sentía como en casa, y tras su abdicación a favor de su hijo Luis pasó a vivir allí permanentemente. El príncipe de Asturias tenía diecisiete años cuando subió al trono con el nombre de Luis I de España, y fue proclamado rey el 9 de febrero de 1724. El hecho de que además estuviese casado desde los quince años con Luisa Isabel de Orleans, llevada al altar con doce y con un carácter totalmente aniñado y extravagante, da una idea real acerca de en qué manos quedaban las riendas de la nación. A finales de marzo el rey hizo su primera visita de un par de días a San Ildefonso, donde paseó con su padre por los jardines y comentaron algunos de sus problemas más inmediatos. Pero en realidad, a Luis I le interesaban poco los asuntos nacionales y estaba más atraído por las francachelas que organizaba con sus amigos en la corte de Madrid.

6. Aspecto invernal del palacio. Autor, Toni Castillo

                                                       Aspecto invernal del palacio. Autor, Toni Castillo

Luis y su esposa visitaron nuevamente La Granja en verano de ese mismo año, y Felipe aprovechó la estancia para hablar seriamente con su nuera. Ahora Luisa tenía catorce años y se hacía insoportable para todos con su comportamiento imprevisible e indecoroso, lo que en la España ultracatólica del XVIII resultaba imperdonable. La muchacha se hizo muy conocida en la corte por su lenguaje obsceno y su conducta poco menos que disoluta. A menudo no llevaba ropa interior y se movía por los pasillos de palacio cubierta solo con un salto de cama muy ligero, que no dejaba nada para la imaginación. Un noble de la corte, el marqués de Santa Cruz, escribía que “tenemos todo el día un continuado sinsabor, y si no es para perder nuestras saludes no es otra cosa. (…) Este pobre rey ha sido bien desgraciado si esta señora no muda en un todo”.

7. El entorno de La Granja. Sierra de Guadarrama. Autor, Alejandro Valero

                                     El entorno de La Granja. Sierra de Guadarrama. Autor, Alejandro Valero

Luisa aceptó la reprimenda de su suegro y le prometió que cambiaría su conducta, pero al regresar a Madrid se comportó como siempre. Luis, desesperado, escribió a su padre que “no veo otro remedio que el encerrarla, porque el mismo caso hace de lo que le dijo el rey como si se tratara de un cochero”. Finalmente, el 4 de julio, el rey ordenó que fuera puesta bajo arresto en el Alcázar viendo que la conducta de la reina era “muy perjudicial a su salud y daña a su augusto carácter”. Permaneció aislada durante siete días y solo fue liberada cuando prometió solemnemente que se portaría bien a partir de entonces.

8. Palacio del Real Sitio de La Granja. Autor, Miguel303xm

                                                  Palacio del Real Sitio de La Granja. Autor, Miguel303xm

Y desde luego parece que cumplió con las expectativas, puesto que el 14 de agosto el rey Luis I enfermó de viruela repentinamente y tuvo que guardar cama. La viruela era por entonces una enfermedad temida y con una alta tasa de mortalidad, pero a pesar de ello Luisa se mantuvo junto a su marido cuidándole solícitamente y exponiéndose con ello a su contagio. De nada sirvieron sus desvelos. A finales de mes el rey contrajo una fiebre muy alta que le hacía delirar, redactó a duras penas un testamento nombrando a su padre heredero universal, y falleció finalmente en las primeras horas del 31 de agosto después de un breve reinado de siete meses y medio.

9. Tupido bosque en los jardines. Autor, MarkioM

                                                       Tupido bosque en los Jardines. Autor, MarkioM

Ese fue el fin del sueño de San Ildefonso para Felipe. A pesar de que renegaba del trono y llegó a decir aquello de “no quiero ir al infierno”, refiriéndose con ello a la corte de Madrid, no tuvo más remedio que retomar las riendas del poder y regresar a la vida política, cosa que sucedió con su reinstauración en el trono el 5 de septiembre de 1724. Pero no olvidó nunca su querido palacio de La Granja. A él regresó frecuentemente cuando los problemas de la corte le daban un respiro, y allí descansó definitivamente como fue su deseo, al fallecer en julio de 1746 y terminar su largo reinado de cuarenta y cinco años y tres días (el más largo de la historia de este país). Fue enterrado pocos días después en el palacio real de San Ildefonso, donde descansa dentro del mausoleo emplazado en la Sala de las reliquias junto a los restos de la que fue su segunda esposa, Isabel de Farnesio… a la que nunca le gustó el palacio en vida.

10. Estatua clásica en La Granja. Autor, Sammy Pompon

                                                   Estatua clásica junto a palacio. Autor, Sammy Pompon

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San Ildefonso y el palacio real de La Granja, el Pequeño Versalles del Rey (1ª parte)

San Ildefonso y el palacio real de La Granja, el Pequeño Versalles del Rey (1ª parte)

En la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama, a 13 kilómetros de Segovia y a unos 80 de Madrid, se levanta en un marco de incomparable fastuosidad el que fuera símbolo central del reinado de Felipe V, el rey loco y primer Borbón que tuvo la nación española. Mañana se cumplen 290 años desde que los reyes de España estrenaran sus innumerables salas y habitaran por primera vez el complejo. Y todavía hoy, para los que visitan el Real Sitio de la Granja, su recorrido constituye toda una experiencia de lujo principesco pocas veces repetida en otros palacios de nuestra geografía, pues el estilo barroco, el enclave a los pies de la boscosa sierra de Guadarrama y el hecho de que el rey construyera sus jardines a semejanza de los de Versalles (hablaba a menudo de su “pequeño Versalles”) hicieron de esta residencia monárquica una de las más importantes de Europa por aquella época. El nombre de La Granja procede de la existencia real en el lugar de una humilde granja, propiedad de los monjes Jerónimos residentes en el cercano monasterio del Parral. Pero hoy su aspecto resulta de todo menos humilde y pueblerino, y de hecho, tras la construcción del edificio central y los espléndidos jardines a principios del siglo XVIII, pasaría a convertirse rápidamente en residencia veraniega oficial de los reyes de España hasta el desgraciado incendio del palacio, ocurrido en 1918, cuando se destruyeron las habitaciones ocupadas por Alfonso XIII y su familia.

2. Impresionante fachada principal del palacio. Autor, Katharsia

                                             Impresionante fachada principal del palacio. Autor, Katharsia

La historia de su construcción y primeros años está llena de avatares sorprendentes. Después de la guerra de Sucesión llegaron años pacíficos en los que Felipe V e Isabel pudieron dedicarse sin remilgos a su pasión favorita: la caza. Las visitas se repitieron varias veces, aunque parece que la primera de ellas fue en marzo de 1716. El suntuoso palacio de Felipe II en la cercana Valsaín se había incendiado en 1686 (todavía pueden verse sus memorables ruinas junto a las casas y corrales de la periferia), de modo que cuando Felipe V descubrió su emplazamiento dio instrucciones al principal arquitecto de Madrid, Teodoro Ardemáns, para que lo reconstruyera. Se llevó a cabo una mínima reconstrucción, aunque suficiente como para permitir que el rey y la reina pudiesen cazar por la zona cuando les viniese en gana.

3. Vista del palacio desde los jardines. Autor, Asteresp

                                                      Vista del palacio desde los jardines. Autor, Asteresp

Mientras tanto, en una de sus expediciones de caza el rey encontró casualmente un nuevo paraje, tan magnífico a sus ojos que le animó a pensar seriamente en una nueva residencia real. En marzo de 1720 compró dichas tierras al monasterio de Jerónimos, y poco después tomó las medidas oportunas para empezar a construirla. Para Felipe el futuro palacio real de La Granja sería su definitivo retiro espiritual, pues en aquella mente enferma ya se había concebido seriamente la idea de abdicar en favor de su hijo Luis, por entonces de apenas 13 años de edad. Así, durante los últimos meses de 1720 una numerosa cuadrilla de operarios comenzó a limpiar y preparar el espacio, mientras que la construcción del edificio se confiaba a Ardemáns, que dirigió y levantó la parte principal de la obra en un tiempo record (entre 1721 y 1723). Ardemáns edificó un palacio tradicional de cuatro torres modelado a imitación de un alcázar, y mientras duraron las obras Felipe e Isabel residieron a menudo en Valsaín, desde donde supervisaban todos los detalles de la construcción de La Granja mientras seguían cazando en los espléndidos bosques de la sierra circundante.

4. Espectáculo de agua en una de las fuentes del palacio. Autor, Druidabruxux

                                 Espectáculo de agua en una de las fuentes del palacio. Autor, Druidabruxux

En una de las visitas, Isabel comentaba la “beauté ravissante” del paisaje, “repleto de flores amarillas, violáceas, blancas y azules, y además de ésto muchos ciervos que nos aguardan”. Después de la muerte de Ardemáns, en 1726, los arquitectos romanos Procaccini y Subisati tomaron el relevo y modificaron sustancialmente el estilo del edificio, cambiando la distribución, dotándolo de nuevos patios y ampliando los jardines aledaños. La Granja acabó teniendo un estilo más europeo que español, y esto inevitablemente provocaba reacciones adversas por parte del pueblo, que preferían algo más familiar y acorde con el estado de las arcas públicas. Pero sea como fuere, el palacio se mantiene hoy en un admirable buen estado y es todo un ejemplo del barroco europeo más rampante y monumental. Se ha dicho de La Granja que “el núcleo era español, la composición francesa y las superficies italianas”. Y en contra de la opinión general no hubo intención alguna de imitar Versalles. Solo los jardines, cuidadosamente planificados por Felipe, eran una realización consciente de los recuerdos que guardaba Felipe sobre la que fue Joya arquitectónica de su abuelo, El Rey Sol, a unas pocas leguas al oeste de París.

5. Fuente de las Tres Gracias. Autor, Mackote_VK

                                                        Fuente de las Tres Gracias. Autor, Mackote_VK

El palacio y los edificios anexos, que dan al conjunto una forma de gran U, disponían de infinidad de salas lujosamente decoradas, dormitorios, salones de recepción, gabinetes, oratorios… Todo para mayor comodidad de los reyes y el resignado servicio que los acompañaba. Hoy las dependencias del Real Sitio de La Granja son visitadas asiduamente por el turista, que en su recorrido no se cansa de oír por los pasillos el sonoro repertorio de nombres con que se conocen cada una de las dependencias: Museo de los Tapices; Salón de Alabarderos; Pieza de Comer, Pieza de Vestir o Pieza de la Chimenea; Dormitorio de sus Majestades; Gabinete de la Reina; Tocador de la Reina; Antecámara de la Reina; Sala de Lacas; Gabinete de Espejos…

6. Jardines reales en invierno. Autor, Roberto Lazo

                                                       Jardines reales en invierno. Autor, Roberto Lazo

Pero la espléndida visión del Palacio real no sería completa sin sus 146 hectáreas de jardines, que en nada tienen que envidiar a su modelo parisino. Para su diseño se aprovecharon las pendientes naturales de las colinas que circundan el palacio, y no sólo para conseguir unos decorados insuperables, sino también como un inteligente medio para hacer brotar el agua de las 26 magníficas fuentes que lo componen. El procedimiento, en realidad muy sencillo, se basaba en la única ayuda de la gravedad y en un lago artificial llamado “El Mar”, construido en el emplazamiento más elevado del parque. Actualmente sólo algunas fuentes (la mayoría bellamente inspiradas en la mitología clásica) son puestas en funcionamiento cada día, aunque coincidiendo con jornadas señaladas se activa todo el conjunto en un auténtico espectáculo para los sentidos, que cada año atrae a miles de personas llegadas de todos los puntos del país.

7. Torres del palacio real de La Granja. Autor, Gabsiq

                                                      Torres del palacio real de La Granja. Autor, Gabsiq

Sin duda el palacio real de La Granja fue la primera gran contribución del monarca a la arquitectura real de la época, pero sin duda supuso una carga inoportuna para los tesoreros del gobierno, que en esta época estaban luchando para poder pagar las aplastantes deudas de guerra a que estaba sometida la nación. El rey y la reina comenzaron a vivir en La Granja a partir del 10 de septiembre de 1723, cuando el edificio aún no estaba finalizado, y varios meses antes de que Felipe V abdicara en favor de su hijo Luis, quien subió finalmente al trono con 16 años y adoptando el nombre de Luis I.

8. Detalle de la Fuente de La Fama. Autor, Druidabruxux

                                                   Detalle de la Fuente de La Fama. Autor, Druidabruxux

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En tierras del Pirineo y el Alto Cinca. La leyenda del Monte Perdido

En tierras del Pirineo y el Alto Cinca. La leyenda del Monte Perdido

En las tierras pirenaicas del Alto Cinca, en Aragón, se dice que el frío camina a voces y el invierno se entretiene junto a las cumbres tejiendo largos mantos de hielo. Pero más cierto que este dicho es la costumbre de los lugareños a la hora de arrimarse al fuego en noches oscuras, con el ganado bien a resguardo en bordas y corrales, para rememorar una y mil veces los hechos que dieron origen a la montaña más alta de todas: La reina del Sobrarbe, tal y como es conocida y nombrada con asombro en las cuatro esquinas de la región. A menudo el aire se arremolina allí creando grises velos y torbellinos de nieve, que envuelven en un denso manto los precipicios de roca como si quisieran con ello esconder el rostro de la montaña, hacerla invisible al viajero desprevenido. Pero vecinos, pastores y leñadores saben que sigue allí: sobre el Balcón de Pineta, en el lugar donde se sitúan las fuentes que dan origen al Cinca, el río de los Nabateros. Para ellos es, simplemente, el Monte Perdido. Y el lugar maldito donde una vez se extravió y desapareció para siempre cierto pastor de ovejas…

OLYMPUS DIGITAL CAMERA                                                             Lirio en el valle de Pineta. Autor: Jbenayas

El lugar donde hoy se levantan los imponentes riscos de Pineta no fue antaño más que una extensión de prados y aulagares donde en verano los pastores del Sobrarbe llevaban a pastar su ganado desde las aldeas vecinas. La cascada del Cinca no existía, y nadie había oído hablar nunca en el país de la esquiva flor del edelweiss, ni de neveros, aristas o fríos ibones de aguas verdeazuladas. En su origen el aire corría allí tibio, los lirios y las gencianas se arremolinaban en las laderas herbosas y el río Cinca, mucho más modesto que ahora, vagabundeaba por los ribazos en amplios meandros bordeados de cañizo y choperas dispersas, donde los pastores de ovejas se tumbaban a la sombra tras el trasiego con los rebaños esperando en grata compañía la hora del regreso. Uno de estos pastores, sin embargo, no era como los demás. Hosco y de pocos amigos, gustaba de apartarse discretamente hacia la parte más alta del río donde crecían grandes masas de boj y hayas de aspecto colosal. El pastor de ovejas era aficionado a tallar con su cuchillo figuras y utensilios de madera que luego vendía en la aldea a los nabateros y carboneros que por allí transitaban. Y así pasaba las tardes entre las ramas de aquellos arbustos, aislado de los demás, ensimismado con sus tallas y sus figuras de formas caprichosas, de faz tan descarnada y adusta como la suya.

3. Pastor del Pirineo. Autor, Javier Falcó

                                                                Pastor del Pirineo. Autor: Javier Falcó

4. Cabaña de pastores en los Llanos de La Larri, junto a Pineta. Autor, Joan Simon

                             Cabaña de pastores en los Llanos de La Larri, junto a Pineta. Autor: Joan Simon

Ocurrió pues que, cierta tarde en que había quedado solo tras el regreso de sus compañeros, un hombre encorvado y de aspecto miserable que venía caminando a orillas del río se le acercó y le dijo: “Llevo mucho tiempo sin probar bocado. Deme algo de comer, Dios se lo pagará”. El desconocido era ciertamente un pobre hombre que no tenía donde caerse muerto. Sus ropas eran andrajos, caminaba con la ayuda de un bastón y sus pies se encontraban descalzos, sucios y desollados por el constante deambular entre las aliagas y rocas del sendero. El rostro aparecía además demacrado, prueba de que no había tomado bocado al menos en varios días. “Deme algo de comer. Dios se lo pagará” repitió el mendigo, pero el pastor, tras mirarlo de arriba abajo, escondió su hato de comida y siguió tallando la madera ajeno a los sufrimientos del desconocido. La tarde fue cayendo sobre la campiña y el mendigo insistía. Le habló de largas jornadas sin un mendrugo de pan que llevarse a la boca, del frío que pasaba al caer la noche y de las veces en que, falto de un lugar donde cobijarse, se había visto obligado a dormir sobre la dura tierra con el viento por único compañero contra la soledad. Siguió insistiéndole con toda el alma, mas el pastor, duro de corazón, lo apartó de su lado y no quiso prestarle oídos a pesar de su necesidad.

5. Valle de Pineta desde La Larri. Autor, Juan Simon

                                                      Valle de Pineta desde La Larri. Autor: Juan Simon

Cuenta la leyenda que instantes después de negarle auxilio al mendigo, el valle quedó súbitamente envuelto en un denso y frío manto de niebla. Aquel extraño desconocido había desaparecido. Por momentos la bruma se hacía tan cerrada que el camino por donde había llegado se difuminó rápidamente en un gris uniforme, extraño, imposible de sondear más allá de unos pocos pasos. Nunca había conocido el pastor una niebla como aquella, de modo que, amedrentado, se levantó presuroso y junto a su perro fue a reunir al ganado que se encontraba disperso por los pastos. Hacía cada vez más frío. Llamó, gritó a pleno pulmón los nombres de cada animal, corrió de un lado a otro, pero el prado, el río y las colinas no le devolvieron ni tan siquiera el eco de sus voces. El hombre se encontraba solo y la nieve helada, que hasta entonces no había hecho acto de presencia, comenzó a caer entonces con una fuerza inusitada. En pocos minutos todo se congeló bajo un manto uniforme que crecía por momentos, más y más alto entre los cielos grises del Pirineo, mientras perro, pastor y ganado se perdían definitivamente tragados por la bruma. Nunca más se supo de ellos en el valle.

6. Detalle de la Ermita Nuestra Señora de Pineta. Autor, Titoalfredo

                                           Detalle de la Ermita Nuestra Señora de Pineta. Autor: Titoalfredo

Mucho tiempo después, en el lugar del Alto Cinca donde se extravió el pastor con su ganado, los vecinos de la aldea descubrieron al regresar a los pastos una nueva montaña. Ya no había allí prados, ni alamedas gráciles, ni colinas punteadas de gencianas y lirios entre las masas de aulagar. En su lugar, unos altos paredones de roca descarnada se elevaban inaccesibles como si quisieran asombrar al mundo con su faz altiva y cubierta de escarcha. El río ya no venía corriendo en lentos meandros sino que se precipitaba, sombrío y salvaje, para salvar las crestas peladas en un espectáculo que sobrecogía por su belleza, pero que también encogía el ánimo de los que hasta allí se aventuraban. Y alzándose sobre la roca y los bosques, subiendo siempre, más allá del fragor de las cascadas y del crepitar de los glaciares sin vida, dominando el corazón del Sobrarbe como una enorme bóveda construida de orgullo y soberbia, los pastores descubrieron en lo más alto un pico desconocido que brillaba incólume con los primeros rayos del día. Lo miraron y de seguido bajaron la vista, espantados. Porque en algún detalle de su perfil amortajado de nieblas reconocieron el rostro del pastor de ovejas que desapareció aquella noche, muchos meses atrás, tragado por la furia de la tormenta.

7. Espectacular vista de las paredes de Pineta. Autor, Sharnik

                                               Espectacular vista de las paredes de Pineta. Autor: Sharnik

8. Balcón de Pineta y Monte Perdido cubierto de nieblas. Autor, Xoxote

                                         Balcón de Pineta y Monte Perdido cubierto de nieblas. Autor: Xoxote

Los lugareños afirman que esta montaña, encaramada a los neveros que tapizan las alturas, la más formidable, impresionante y peligrosa del Pirineo, surgió como castigo divino para aquel pastor que negó su caridad al vagabundo. Pues este vagabundo no era otro que San Antonio, de quien se dice que al despedirse se acercó hasta él y le susurró al oído: “Te perderás por avaricioso, y allí donde te pierdas surgirá un gran monte, inmenso, tan grande como tu falta de caridad». Es por ello que el Monte Perdido está compuesto sólo de piedra y hielo, como el corazón del pastor, y que las rocas aisladas que tapizan su base no son sino lo que queda del rebaño que una vez fue suyo, y que pereció irremediablemente al igual que su cuidador durante aquella tormenta. Éste es sin duda el secreto mejor guardado de la región: el lugar, bajo la eterna mirada de las Tres Sorores, donde el frío camina a voces y el invierno, soñoliento, se entretiene junto a las cumbres tejiendo largos mantos de hielo.

9. Monte Perdido en la distancia. Autor, Juan del Pozo

                                                      Monte Perdido en la distancia. Autor: Juan del Pozo

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Villanueva de los Infantes o las divertidas andanzas de Quevedo, el burlador real.

Villanueva de los Infantes o las divertidas andanzas de Quevedo, el burlador real.

En apenas dos semanas se cumple el 368º aniversario de la muerte de D. Francisco de Quevedo y Villegas. El que fuera miembro insigne de la Orden de Santiago y Señor de la Torre de Juan Abad pasó sus últimos días de enfermedad postrado en el lecho de una celda del Convento de Santo Domingo, en la ciudadrrealeña Villanueva de los Infantes, donde falleció y fue enterrado finalmente el 8 de septiembre de 1645. Hoy, tanto el convento como la celda del ilustre escritor son visitables por el turista aunque las dependencias del edificio monástico fueron transformadas hace tiempo en una Hostería Real. Sin duda el trasiego y la presencia de tanto devoto por sus huesos serían del agrado de don Francisco, aunque es casi seguro que, de poder coger una pluma, nada evitaría que nos regalase uno de sus sonetos cargados de ironía y buen hacer… De Quevedo, cualquiera puede decir sin temor a equivocarse aquello de: “Genio y figura hasta la sepultura”.

2. Pintura de Don Francisco de Quevedo y Villegas

Pintura de Don Francisco de Quevedo y Villegas

A Quevedo, truhan, pendenciero y bebedor, lo temían en su época más que al mismísimo diablo. Sus agudezas y salidas de tono han sobrevivido con frescura inusual a través de los siglos, tremendamente actuales además debido a su manía de no dejar títere con cabeza en cualquier estrato de la sociedad. Borrachos, prostitutas, escritores, nobles y hasta la mismísima familia real fueron objeto de sus bromas pesadas, lo que en más de una ocasión le llevaron a tener problemas y serios disgustos con las autoridades. Conocida es, por ejemplo, la antipatía que profesaba a su contemporáneo y rival Luis de Góngora, un sentimiento que sin duda alguna era mutuo. He aquí las lindezas que le dedicaba éste último refiriéndose a la desmedida afición por la bebida que compartía Quevedo con el también célebre Lope de Vega:

Hoy hacen amistad nueva
Más por Baco que por Febo
Don Francisco de Que-Bebo
Y don Felix Lope de Beba.

A lo que don Francisco, que no era manco por cierto, respondía con una oda dedicada a su monumental nariz:

Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa (…)

Érase un espolón de una galera,
érase una pirámide de Egipto,
las doce tribus de narices era (…).

3. Celda del antiguo convento de Santo Domingo, donde murió Quevedo

Celda del antiguo convento de Santo Domingo en Infantes, donde murió Quevedo

Para las prostitutas tenía en cambio sus cariños y consuelos, nacidos desde luego de la predilección que sentía hacia las clases más humildes:

No te quejes, ¡oh Nise!, de tu estado
aunque te llamen puta a boca llena,
que puta ha sido mucha gente buena
y millones de putas han reinado.

De Quevedo se dice que fue maestro entre maestros y que los principiantes acudían presurosos a su lado para compartir con él sus sonetos y pedirle opinión. Y es que tenía fama de sincero. Eso debió de pensar cierto aprendiz de poeta, que tras recitarle su última composición le solicitó la gracia de una crítica constructiva. El maestro le dijo: «El siguiente será mejor». «¿Cómo podéis saberlo, si aún no lo he leído?» inquirió el novato, a lo que Quevedo le soltó impertérrito: «Sencillamente, amigo mío, porque es imposible que sea peor que el que acabáis de leerme«.

4. Plaza Mayor y balaustradas de madera. Autor, Zubitarra

Plaza Mayor de Infantes y balaustradas de madera. Autor: Zubitarra

Tampoco la Iglesia salía muy bien parada de la pluma del escritor, y en uno de sus famosos chascarrillos se dice que puso en entredicho hasta el propio símbolo de la Cruz. En aquella España sucia y decadente del siglo XVII era costumbre que los orinales se vaciasen en plena calle desde los balcones, al grito de “agua va”, y también que la gente orinara en cualquier sitio de la ciudad, a resguardo o no de miradas ajenas. Los vecinos solían poner cruces o santos en sus puertas y esquinas para evitar estos regalitos desinteresados, y Quevedo, que tenía por costumbre orinar siempre en el mismo portal de la calle, se encontró una noche con que el propietario había colocado la figura de una cruz en su rincón preferido. Por supuesto don Francisco hizo caso omiso y siguió siendo fiel a su costumbre, de modo que el vecino agudizó su ingenio y fue a poner un cartel bajo la cruz que rezaba: “Donde se ponen cruces no se mea”. Quevedo, muy consciente de su orden de preferencias, escribió justo debajo: “Donde se mea no se ponen cruces”.

5. Pozo en el patio de la Alhóndiga. Autor, Zubitarra

Pozo en el patio de la Alhóndiga. Autor: Zubitarra

Sin lugar a dudas las anécdotas más famosas de Quevedo tienen que ver con su desmedida afición a chotearse de la familia real. Felipe IV y su consorte fueron objeto de algunas de las burlas más desternillantes que se recuerdan en aquella España abocada al desamparo y la penuria, lo cual era de agradecer. Juzguen si no el efecto que debió de tener el siguiente episodio entre los mentideros y bajos fondos del reino: se cuenta que el rey, harto de los continuos desplantes de su amigo escritor, expulsó del país a Quevedo y le prohibió volver a pisar tierra española, por lo que éste sacudió sus sandalias y tomó camino de Portugal. Mas al llegar allí cargó un carro de tierra, se sentó encima y ni corto ni perezoso volvió a España. Al pasar por palacio se puso de pie en el carro, y al verlo el rey se disgustó muchísimo: “¿Cómo tienes valor de volver a mi presencia después de haberte prohibido que pisaras tierra española”. Don Francisco respondió sin despeinarse: “Perdone Su Majestad, pero yo vengo pisando tierra portuguesa”.

6. Calle típica de Villanueva de los Infantes. Autor, Ángel Aroca

Calle típica de Villanueva de los Infantes. Autor: Ángel Aroca

Y es que Felipe IV no era precisamente santo de la devoción de nuestro hombre. El Imperio español se deshacía a ojos vista, se perdían guerras y países, y el oro, en vez de servir para paliar la escasez del pueblo, marchaba por los puertos del Mediterráneo con destino a las arcas de los banqueros genoveses. Felipe IV era llamado “el Rey Planeta” o “el Grande” en alusión a sus dominios repartidos por las cuatro esquinas del mundo, pero Quevedo supo estar a la altura que se esperaba de él, y con una sola frase resumió a sus contemporáneos la verdadera y patética realidad que se escondía tras el Austria… ¿Cómo lo hizo? Pues comparándolo con un agujero: “Su Majestad es más grande cuanta más tierra le quitan”.

7. Yacimiento de Jamila. Autor, Pahuer

Yacimiento de Jamila en Vva. de los Infantes.  Autor: Pahuer

De esta forma no es extraño que don Francisco aprovechase cualquier ocasión para hacer del monarca objeto de sus burlas más crueles. Como aquella que alude a la famosa ventosidad del escritor junto a las mismísimas narices de Felipe IV: Subiendo estaban Quevedo y el rey por unas escaleras de palacio cuando a don Francisco se le desató un zapato, y dándose cuenta enseguida se agachó para anudarse los cordones. Las tripas le andaban un tanto revueltas aquella tarde, y al doblar el espinazo en tamaña postura no pudo evitar que se le escapase un monumental pedo, el cual por efecto expansivo fue a parar a los morros de Felipe, situado justo debajo. El monarca, dándole unos golpecitos en el trasero, va y le dice: ”¡Hombre, Quevedo!”, a lo que éste, no sabemos si temiendo o no por su vida, contestó: “Hombre, ¿a qué puerta llamará el rey que no le abran?”

8. El rey de España Felipe IV. Diego Velázquez. Óleo sobre tela, 1632

El rey de España Felipe IV. Diego Velázquez. Óleo sobre tela, 1632

La España de aquella época debió de regodearse impunemente ante estas salidas de tono, y de seguro elevó a Quevedo a los altares de la religión justo por debajo de Santa Eduvigis, patrona de los afligidos y deudores. En otro de sus chascarrillos más felices, el rey Felipe IV le pidió un día a su amigo que le dedicase unos versos espontáneos, sabedor de la gran creatividad y arrojo de que hacía gala el poeta en sus círculos más íntimos. Quevedo salió del paso pidiéndole al monarca que le diese pie, refiriéndose con ello a que le diese un comienzo. Pero bien por la baja acústica de palacio o por la soberana estupidez del Cuarto Felipe, éste lo interpretó de otro modo y no tuvo otra que plantar su pie en las manos de don Francisco. No se descompuso por ello el poeta. Sin retirar la insigne zarpa, y en alusión directa a la inteligencia caballuna del rey, le dedicó de seguido los siguientes versos:

“Paréceme, gran señor,
que estando en esta postura,
yo parezco el herrador
y vos la cabalgadura.”

9. Detalle de la Plaza Mayor de noche. Autor, Zubitarra

Detalle nocturno de la Plaza Mayor de Infantes. Autor: Zubitarra

La reina tampoco fue ajena a las ocurrencias de Quevedo. Y es que Doña Mariana de Austria y segunda esposa de Felipe IV sufría de una cojera más que aparente, cosa de la que andaba sin duda muy susceptible. Nadie podía hacer ni la más mínima alusión o mofa a su discapacidad si no quería verse sometido a las iras del rey… Pero no ocurrió así con nuestro poeta, quien se apostó con sus amigos lo que no tenía a que era capaz de decirle a la reina en su misma cara que era coja, y bien coja. “Veréis como yo se lo voy a decir. No os quepa la menor duda” decía Quevedo a sus compañeros “¡Pero tú estás loco! ¿Cómo le vas a decir…? Si le dices que está coja, te cortarán en pedacitos y los echarán al Manzanares como pasto de los peces…”. Haciendo caso omiso de los consejos de sus amigos, Quevedo se llegó hasta el palacio real no sin antes tomar de los jardines una hermosa rosa y un clavel. Después se presentó ante la reina, dobló el espinazo a la moda de la época y con exquisita galantería le dijo a Doña Mariana: “Entre el clavel blanco y la rosa roja, Su Majestad es-coja”.

10. La reina Mariana de Austria. Diego Velázquez. Óleo sobre tela. 1655-57

La reina Mariana de Austria. Diego Velázquez. Óleo sobre tela. 1655-57

Para quitarse el sombrero es la siguiente hazaña recogida en el anecdotario popular, que de ser cierta supuso un nivel de desparpajo difícilmente igualable en las monarquías absolutas y todopoderosas de aquel periodo. Se dice que estando un día Quevedo en palacio sentado a la mesa real, en compañía de numerosos miembros de la nobleza, ocurrió que en mitad del banquete fue a volcar accidentalmente un plato lleno de viandas sobre su compañero de mesa. La víctima, viéndose sus ropas cubiertas de salsa, no pudo contenerse y propinó un sonoro bofetón en el rostro al poeta, el cual no tuvo más ocurrencia que girarse a su vez y darle un guantazo al comensal del otro lado. Éste no era otro que el rey (como ya habrán imaginado). Los rostros palidecieron y la sala entera cayó en un silencio sepulcral mientras todos miraban al monarca, tieso como un mástil y con uno de sus mofletes hinchado peligrosamente. Pero de forma increíble Quevedo salió al paso con su habitual ingenio, y tras sobreponerse de la sorpresa dijo: “¡Que siga la rueda!”

11. Pisto manchego con huevo. Autor, Bocadorada

Pisto manchego con huevo. Autor: Bocadorada

Después de este anecdotario sublime, no nos queda sino esperar que la figura de don Francisco no vuelva a caer en el olvido, y que todo el mundo tenga presente a este genial escritor en el próximo aniversario de su fallecimiento. Escritor que supo servirse de su pluma para aliviar las penas de sus contemporáneos, y que con infinita maestría la utilizó como un fino estilete endiabladamente bien esgrimido. Un estilete con el que rebanó las presunciones y la pompa apolillada y rancia de una monarquía que por aquellos años, estaba claro, tenía signos de sumir a España en la más absoluta de las miserias… En cierto modo, si hacemos honor a la verdad, todavía no hemos salido de ella.

12. Retrato de Francisco de Quevedo. Obra atribuida a John Vanderham

Retrato de Francisco de Quevedo. Obra atribuida a John Vanderham

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En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (2ª parte)

En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (2ª parte)

La moda de bañarse en el mar supuso una evolución lógica a la costumbre cotidiana del baño en agua dulce (ríos y lagunas), practicado con profusión por todos los estratos sociales. En Francia y antes del periodo revolucionario resultaba muy tentador para los nudistas darse un baño en un río, por lo que las repetidas órdenes y prohibiciones policiales llevaron a más de uno a ser incluso azotado al ser detenido en pleno chapuzón. Al final se optó por crear unos baños públicos controlados mediante el uso de una especie de barreños de tela agujereada que se introducían en los ríos a cubierto de mirones. Con la llegada de los baños de mar las costumbres no variaron de manera sustancial. Por cierto que lo de zambullirse en las olas tampoco estaba muy claro en aquellos años. Se preferían zonas que cumpliesen las suficientes medidas de seguridad, y eso significaba a menudo playas con charcos, abrigos rocosos con poco fondo o bancos de arena que permitiesen “hacer pie” sin riesgos innecesarios. Lo común era no saber mantenerse a flote, y todavía menos nadar, ya que la natación solo empezó prodigarse con la llegada de los primeros clubs especializados (fueron famosos el Club Natación Barcelona de 1907, o el Atlétic, fundado 6 años después en la misma ciudad). Sin duda existían bañistas atrevidos que se introducían en mar abierto en determinadas ocasiones, en especial durante la noche de San Juan para tomar la «buenaventura», pero éstos eran casos muy contados, y llegados al extremo no era raro que las damas de alcurnia se limitasen a sentarse en la arena a pocos metros de la rompiente, esperando así que una ola mayor que el resto las sorprendiese mojándoles impunemente los tobillos.

Paseo a orillas del mar. Joaquin Sorolla. 1909

                                                         Paseo a orillas del mar. Joaquin Sorolla. 1909

Caricatura de la época

                                                                           Caricatura de la época

La sociedad de entonces imponía una separación drástica de sexos en la playa, y así existía una zona para las damas (a ser posible casadas o en grupo familiar), y a una distancia prudencial otra para los caballeros. En la playa gaditana de San Lúcar de Barrameda existía todavía una más reservada a las caballerías (contigua a la masculina), que entonces se utilizaban con profusión para trasladar el pescado desde el litoral hasta los puntos de venta en el casco urbano. Por regla general, estos baños estaban vigilados por algún agente de la autoridad municipal con el fin de reprimir las intentonas de los “mirones”, verdadera plaga que solía acomodarse en las inmediaciones para observar el trasiego de féminas a orillas del agua. En este sentido, no está de más leer detenidamente algunas de las reglamentaciones que se prodigaban por aquella época en la mayoría de las playas españolas:

Art. 131. No se permitirá que las personas embriagadas ni los dementes se bañen por ningún punto de las playas.

Art. 132. Tampoco podrán bañarse juntas personas de diferente sexo.

Art. 133. Se prohíbe a los hombres bañarse por las playas de San Telmo (reservada a las mujeres) desde el toque de oraciones hasta las diez de la noche. Tampoco podrán acercarse a las mismas playas durante las indicadas horas.

Art. 134. Los que se bañaren faltando, en cualquier forma que sea, a lo que exigen la decencia, la honestidad y la moral pública, serán severamente castigados.

Baño de Venus. Coloreado a mano grabado de 1790. Thomas Rowlandson

                                  Baño de Venus. Coloreado a mano grabado de 1790. Thomas Rowlandson

Máquina de baño

                                                                      Máquina de baño. Ostende, 1915.

Claro que para evitar cualquier tipo de indiscreción, nada fue tan eficaz como las famosas “máquinas de baño”, las cuales permitían un cómodo desembarco en la orilla del mar protegidos en todo momento de la curiosidad ajena. Estas máquinas fueron populares en España y en media Europa (en el Reino Unido se utilizaban ya desde el siglo XVIII) y eran solicitadas indistintamente tanto por hombres como por mujeres. Se trataba de simples carros con cuatro paredes de madera y dos puertas: por una se accedía en traje de calle, y por la otra se salía ya ataviado para remojarse los pies en el mar. La tracción de estos carros era sobre todo animal, aunque existe constancia de psicodélicas “máquinas de baño” con raíles y propulsadas a vapor, como la que usaba el rey Alfonso XIII durante sus veraneos en San Sebastián. El palacete móvil del monarca fue construido en 1894 y permaneció en uso hasta 1911, cuando se levantó para las mismas funciones un edificio de piedra a pie de playa.

Máquinas de baño

                                                         Máquinas de baño. Bognor Regis, West Sussex

La altura de las ruedas permitía que la “máquina de baño” penetrase unos metros en el mar manteniendo secas las prendas en su interior, de modo que a menudo se hacía necesaria una escalinata para que los usuarios descendiesen hasta el nivel del mar sin chapuzones malsanos. Algunas de estas máquinas, incluso, disponían de toldos desplegables para hacer todavía más íntimo el momento del baño, y en los casos más selectos llevaba aparejada su propia asistencia de baño, los famosos “dippers”, quienes se encargaban de tareas tan útiles como tirar de los carros hasta el agua (cuando no se disponía de caballerías) o ayudar a los usuarios a entrar y salir de ella sin riesgo para su salud. Por supuesto, los “dippers” eran siempre personas del mismo sexo que los clientes a los que servían.

Bañista posando para fotografía

                                                         Bañista posando para fotografía. Ostende, 1913

Con los años la fama de los “baños de mar” aumentó. Llegó a constituirse un verdadero turismo de élite, lo que favoreció asimismo la inversión privada y la transformación de algunas ciudades en destinos veraniegos de gran atractivo. Fue el caso de San Sebastián y Santander, cuyos ayuntamientos respectivos se volcaron para ofrecer una imagen de ciudad-balneario al gusto de la moda entonces imperante en Europa. Así, en distintos puntos del litoral atlántico (también del Mediterráneo) resultó cada vez más común ver levantarse grandes balnearios y hoteles propiedad de sociedades anónimas por acciones, verdaderos complejos de varias plantas y construidos por lo general con un estilo modernista y monumental. Contaban con elegantes y ostentosas decoraciones interiores, lujosos mobiliarios, servicios de mesa, así como una gran diversidad de instalaciones y funciones lúdicas para el cliente: servicios y equipamientos de baño; piscinas al aire libre con trampolines; espacios de restauración y grandes salones de baile. Cuando la normativa lo permitió se incorporaron también los casinos de juego, sin olvidar los conciertos de las modernas y famosas orquestas y (ya entrado el siglo XX) los primeros concursos de misses que desfilaban en bañador. Pero esa es ya otra historia…

Un día de playa. Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora, Amalia González

                                    Un día de playa. Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora: Amalia González

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En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (1ª parte)

En la época de los baños de mar. La aventura de ir a la playa con corsé (1ª parte)

Hubo un tiempo en que ir a la playa no era sinónimo de conseguir un bonito bronceado o darse un chapuzón para combatir las altas temperaturas. Hace apenas cien años el turista ofrecía un perfil muy diferente del actual y los objetivos de una feliz estancia en la playa iban por otros derroteros. Curiosamente se trataba no tanto de enseñar palmito, sino de tapar hasta lo intapable. Además, los baños de mar eran sinónimo de curación. En la Francia del siglo XVII, madame de Sévigné alababa los méritos de los baños de mar con las siguientes palabras: «Hace ocho días que madame de Ludres, Coétlogon y la pequeña Romiroi fueron mordidos por una perrita que más tarde ha muerto de rabia. Suerte que Ludres, Coétlogon y Romiroi han partido esta mañana para Dieppe para darse tres baños de mar». Las playas constituían también para la sociedad burguesa del XIX una prolongación de la vida de salón, y así, una buena parte de sus arenas se convertía durante la estación veraniega en el escenario ideal para pasear, charlar, jugar, divertirse, tomar el fresco, estar de copas, «dejarse ver», etc. Las damas a la moda iban ataviadas con traje veraniego de falda larga, en tejido ligero y blanco, con una sombrilla o quitasol y sombrero a la francesa, mientras los caballeros galantes las acompañaban trajeados de punta en blanco, encorbatados y con su imprescindible bastón.

Dieppe. Autor, Vladimir Tkalcic

                                                                     Dieppe. Autor: Vladimir Tkalcic

En el siglo XIX era muy frecuente que lo más selecto de la clase burguesa viajase hasta las playas del Atlántico para tratarse sus males circulatorios y respiratorios, fracturas diversas o depresiones ocasionadas por el mal de amores o el stress (que ya entonces era conocido, aunque los médicos no se ponían de acuerdo acerca de sus causas). La reina Isabel II acudía gustosa a las playas de Barcelona para tratarse sus problemas dermatológicos, al tiempo que el agua marina se recomendaba muy especialmente a las mujeres de ciudad, que practicaban una vida sedentaria, y a los niños pálidos y de piel fina y apagada por los perjuicios de las ciudades industrializadas.

Banys de la Reina, Campello. Autor, Quique Andrade

                                                    Banys de la Reina, Campello. Autor: Quique Andrade

En los tratados médicos de la época se recomendaba, por ejemplo, no zambullirse en el agua sin una preparación previa, consistente ésta en mojarse primero la cabeza con uno o dos cubos de agua. Permanecer en el agua más de cinco a diez minutos se consideraba arriesgado, y en cualquier caso había que secarse enseguida tras salir de las olas y ponerse ropa seca: “El mar debe de ser usado con inteligencia y discreción”, rezaba un eslogan en uno de estos prospectos. Y hasta tal punto era el océano motivo de respeto que durante muchos años fue frecuente en las playas el llamado “baño a la cuerda”, recomendado para personas de edad, o muy susceptibles e inquietas. Esta práctica era todavía común hacia 1910 y consistía en bañarse en grupo y agarrado a un cordaje, que se sujetaba por medio de unos postes bien anclados en la arena de la playa. Desde luego, el oficio de socorrista no era de lo más solicitado por aquella época.

Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora, Pilar Azaña

                                                       Playa de San Lorenzo, Gijón. Autora: Pilar Azaña

La sociedad decimonónica, absolutamente mojigata en cuestiones de pudor, obligaba a damas y caballeros a comportarse como tales incluso a orillas del mar, y así, los atuendos de baño podían considerarse como una segunda versión de la elegante moda imperante a pie de calle. La cosa ya venía de antes, y así descubrimos que en 1790 las leyes que protegían la decencia en las playas prohibían los baños femeninos, aunque afortunadamente el nuevo siglo llegó más permisivo y permitió, por ejemplo, que las mujeres mostraran en público sus pies y tobillos. Por entonces el traje de baño femenino cubría íntegramente el cuerpo desde el cuello hasta los pies, además de llevar encima (no hay ni qué dudarlo) toda la ropa interior. El tejido más utilizado para los bañadores era la lana y se confeccionaban siempre en dos piezas: una camisola de cuello alto, mangas hasta el codo y faldón hasta las rodillas; y la parte inferior consistente en un pantalón que llegaba casi a los tobillos. Por supuesto, el corsé era de uso obligado tanto dentro como fuera del agua. En la mayoría de playas los hombres tenían prohibido bañarse o pasearse por la playa vestidos en “caleçon” (calzoncillo) ya que se consideraba sumamente indecente. Por otro lado, el traje de baño iba acompañado siempre de una multitud de accesorios cuya finalidad era casi siempre la de guardar el pudor: gorros y bonetes para la cabeza; albornoz y sandalias de baño (que el bañista dejaba al borde del agua y los recogía después a la salida), e incluso tissus de baño (toallitas para secarse el indecoroso sudor corporal producido por los rayos solares).

Playa de Santander, años 20. Autora, Teresa Avellanosa

                                                 Playa de Santander, años 20. Autora: Teresa Avellanosa

Los apuros para cambiarse de ropa se solucionaban con unas casetas de madera desmontables que, a modo de vestuarios de alquiler, se colocaban en el acceso a la playa a fin de permitir un mínimo de intimidad antes de zambullirse en las olas. Otra indecencia a eliminar era la molesta situación de un traje de baño mojado y pegado al cuerpo, lo que insinuaba de manera insultante todas las formas corporales. La cosa podía disimularse, afortunadamente, mediante el uso de colores oscuros y poco favorecedores. Para los contemporáneos era frecuente por tanto disfrutar de una playa en blanco y negro, donde la alegría de los colores vivos brillaba por su ausencia y prevalecían en cambio los tonos gris oscuro, marrón o incluso chocolate de los bañadores (el color negro se reservaba invariablemente a las viudas).

Vendedor de trajes de baño, Ipanema, Río de Janeiro. Autor, Patricio Irisarri

                                  Vendedor de trajes de baño, Ipanema, Río de Janeiro. Autor: Patricio Irisarri

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Cofradías de ladrones y demás pícaros en la Sevilla del Siglo de Oro

Cofradías de ladrones y demás pícaros en la Sevilla del Siglo de Oro

Quien llegaba a Sevilla a mediados del siglo XVII, la joya anhelada del Guadalquivir, entraba en la patria común de honestos y de maleantes: “Madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y nadie la tiene” señala muy acertadamente una de las obras cumbre de la picaresca española, Guzmán de Alfarache. Era Sevilla quizás la ciudad más atractiva de España en los siglos XVI y XVII, animada y populosa como ninguna otra en media Europa, y el mayor lugar para forasteros gracias a su puerto fluvial y a su famosa Casa de Contratación de Indias, que regulaba y fomentaba el comercio con el Imperio en el Nuevo Mundo. Una salva de cañonazos saludaba a los galeones cargados de riquezas al hacer su entrada en la ciudad, mientras las calles, de aspecto impoluto y perfumadas, eran un constante ir y venir de gentes y carrozas conduciendo la flor y nata de la sociedad local. Sevilla era una ciudad afortunada y el esplendor personificado en construcciones entonces recientes como la casa de la Moneda, la alhóndiga o el magnífico paseo de Hércules, construido este último en lo que había sido antes un pantanal inmundo.

El río Guadalquivir y la ciudad de Sevilla. Manuel Barrón y Carrillo. Óleo sobre lienzo, 1854

                     El río Guadalquivir y la ciudad de Sevilla. Manuel Barrón y Carrillo. Óleo sobre lienzo, 1854

Pero el ambiente de lujo y magnificencia sevillanos también atraía, como es lógico, a lo más granado de la picaresca nacional: fugados de galeras; gitanas a la búsqueda de incautos para su buenaventura; aventureros; funcionarios corruptos; tahúres embaucadores; rameras asociadas a ladrones de medio pelo… las combinaciones eran infinitas y todo en un ambiente de disipación y vicio que convivía íntimamente con los lujos más ostentosos. La administración, por ejemplo, era un caos absoluto. Constituía el pan de cada día ver cómo el malandrín se salvaba de la horca por dinero, o de qué forma el funcionario se conchababa con el ladrón para desvalijar a los indianos ricos, recién llegados y necesitados de algún trámite. Todo se vendía, hasta los mismos Sacramentos y su administración. Y era sabido que en las cárceles de la Santa Hermandad solo se pudrían los más infelices, puesto que la vigilancia resultaba tan escasa que los presos entraban y salían de ella como si estuviesen en su casa. Algo así debió de pensar Cervantes cuando escribió en su Rinconete y Cortadillo:

“Era la ciudad merienda de negros… Ser honrado y ser necio venían a ser una misma cosa. Avergonzábame no de robar, sino de robar poco”.

Catedral de Sevilla. Autor, Hermann Luyken

                                                          Catedral de Sevilla. Autor: Hermann Luyken

En Sevilla el oficio de la picaresca estaba bien organizado. Podría hablarse sin temor a equivocación de verdaderas “cofradías de ladrones”, con su jerarquía de jefes y subalternos, y sus normas selladas bajo silencio y amenaza de pena capital. Toda esa rufianería tenía sus reuniones y encuentros en lugares fijos y de todos conocidos. Por supuesto, entre ellos estaban los bodegones y garitos de juego, pero también el Patio de los Naranjos, junto a la Giralda; el matadero; las murallas y riberas del Guadalquivir; la cárcel; los claustros de las iglesias y hasta las gradas de la catedral, esta última en gran estima por todas las clases de hampa. Los socios de las “cofradías de ladrones” se enorgullecían de pertenecer a tal hermandad, de las que existían varias dedicadas a todo tipo de encargos. Así, había asociaciones de tahúres para el juego; de “chulos” y rameras para la prostitución; de asesinos a sueldo o de simples ladrones, y cada una operando en barrios específicos donde buscaban clientela o ejercitaban el oficio sin poder salir de su zona asignada, so pena de altercados con la competencia.

Vista desde el antiguo Corral de los Naranjos, en Sevilla. Autor, Jose Luis Filpo Cabano

                       Vista desde el antiguo Corral de los Naranjos, en Sevilla. Autor: Jose Luis Filpo Cabano

Al igual que ocurría con las órdenes de caballería, no todo el mundo podía ser candidato para ingresar en una hermandad: para la “orden de germanía” era necesario tener nombre y experiencia en la cosa, algo así como haber servido por unos cuantos años en galeras o al menos poder demostrar que se había sufrido pena de azotes públicos. Una vez dentro existía toda una jerarquía que era necesario respetar. El primerizo, o “novicio”, constituía el escalafón más bajo, y allí era necesario permanecer al menos un año a falta de alcurnia en el hecho delictivo, o de recomendación. Por encima se encontraban los “cofrades mayores”, es decir, los oficiales y maestros expertos en el arte del maleante y que ocupaban distintos cargos según el oficio para el que estaban más cualificados: espadachines; ladrones o embaucadores; “avispones” o personal encargado de olfatear durante el día a quién o a qué se podía robar de noche (éstos se llevaban el 5% de las ganancias) y, por supuesto “los postas” al tanto de vigilar a la autoridad para evitar sorpresas desagradables durante el trabajo.

Picaruelos típicos en la España del siglo de Oro. Bartolomé Esteban Murillo. Óleo sobre lienzo. 1645-1655

         Picaruelos típicos en la España del siglo de Oro. Bartolomé Esteban Murillo. Óleo sobre lienzo. 1645-1655

Lugar de gran afluencia de matones y centro de trabajo para tahúres y otros golfos, los garitos de juego se constituían en verdaderos centros del hampa sevillana. Desde antiguo el ejército disfrutaba del privilegio de montar mesas de juego en los cuerpos de guardia, así que los garitos oficiales estuvieron casi siempre regentados por soldados lisiados en las batallas y a quienes se ofrecía este negocio para subsistir. Pero la madre del cordero se encontraba obviamente en los garitos clandestinos. Existía allí una verdadera “fauna” de la picaresca que empezaba por el “fullero”, el encargado de preparar la baraja marcada, más otras suplentes por si acaso se extraviaba alguna. Después venía el “rufián”, no menos importante, puesto que a su cargo estaba el hacerlas desaparecer cuando el juego había terminado. El “enganchador” gustaba de atraer a la timba a los incautos, para lo que andaba al acecho de víctimas por las zonas más concurridas de la ciudad, siendo su especialidad los indianos y forasteros ricos recién llegados. Todos ellos hacían valer sus acciones con la pistola o la espada, bien en propiedad o mediante encargos sucios a soldados y valientes de toda condición, que deseosos de ganarse unos cuartos también frecuentaban estos garitos en busca de negocio.

Reales Alcázares de Sevilla

                                           Jardines de los Reales Alcázares de Sevilla. Autor: Maxim303

Pero el lugar de encuentro para la ralea más baja de toda Sevilla se hallaba, por descontado, en las mancebías o prostíbulos de la ciudad. De su importancia da cuenta el número de mujeres públicas existente por aquella época: en una carta de finales del XVI escrita por el racionero de la catedral al cardenal Niño de Guevara, aquel cita la friolera de 3000 rameras en Sevilla, lo que para una población estimada de 100.000 almas significaba una prostituta por cada 30 personas. Ni siquiera Madrid, aún siendo más populosa, igualaba a Sevilla en estos menesteres. Existía un aguacil especial encargado de velar por el orden de las mancebías, pero el caso es que, con aguacil o sin él, nadie honesto y en su sano juicio se atrevía nunca a poner los pies en semejantes antros. Esto constituía una razón de peso para hacer de los prostíbulos (y de los bodegones y tabernas que surgían a su alrededor) lugares excelentes para cerrar negocios a cubierto de indeseables. Por encima de todas las mancebías de Sevilla estaba sin lugar a dudas la del Arenal, próxima a los muelles del puerto del Guadalquivir. Allí se codeaban mendigos, forasteros, marineros, mercaderes, soldados y por supuesto los «alma mater» del lugar: la canalla del hampa local; los rufianes o “chulos” y finalmente sus rameras, que en el léxico marinero de entonces se denominaban “damas de todo rumbo y manejo”.

Torre del Oro y río Guadalquivir al anochecer. Autor, Enhy

                                               Torre del Oro y río Guadalquivir al anochecer. Autor: Enhy

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La Serenissima del Mar del Norte, Un paseo por los canales de Ámsterdam

La Serenissima del Mar del Norte, Un paseo por los canales de Ámsterdam

Cuando un puñado de granjeros y pescadores llegaron a la zona en el siglo XIII navegando por el río Amstel hasta su desembocadura, nadie imaginó que de aquel viaje surgiría una de las ciudades más atractivas y cosmopolitas del mundo: Ámsterdam, la Venecia del Norte. Hoy la ciudad cuenta con más de 750.000 habitantes y es uno de los hitos del turismo europeo y mundial, que recala en la capital de los tulipanes para deleitarse con su despliegue de canales, sus mercados al aire libre, las casas señoriales del siglo de Oro holandés y también, por qué no decirlo, con el humo embriagador del cannabis en los célebres coffeeshops del casco antiguo, los locales autorizados para el consumo de drogas blandas.

En el siguiente post les invitamos a un paseo visual y descriptivo por el Ámsterdam más turístico, pero también por el menos conocido. Un paseo por sus puentes, por sus barrios y sus tiendas, un viaje en busca del espíritu que ha animado desde sus comienzos a esta ciudad asomada al frío Mar del Norte, y que durante más de un siglo lideró junto a países como España e Inglaterra las vías comerciales de los cinco continentes. Asomarse a Ámsterdam merece la pena, esperamos sinceramente que lo disfruten…

2. Ámsterdam, la Venecia del norte. Autor, Guillermo Ramírez

                                                Ámsterdam, la Venecia del norte. Autor: Guillermo Ramírez

3. Calles estrechas en Ámsterdam, un día de septiembre. Autor, Moyan Breen

                                   Calles estrechas de Ámsterdam en un día de septiembre. Autor: Moyan Breen

4. Barrio de Joordan. Autor, JenniKate Wallace

                            Barrio de Joordan, el antiguo distrito de la clase obrera. Autor: JenniKate Wallace

5. Edificios en El Patio de las Beguinas (Begijnhof), del siglo XIV. Autor, Dirkjankraan

                               Edificios en El Patio de las Beguinas (Begijnhof), del siglo XIV. Autor: Dirkjankraan

1. Ámsterdam (que proviene de Ámsteler-damme o “dique de Ámstel”, junto al cual se construyó el primer asentamiento) es una ciudad tremendamente viva y cosmopolita. Entre las atracciones más llamativas para el viajero que recala allí por primera vez se encuentran los museos, muchos de ellos preparados para ofrecer multitud de actividades dirigidas especialmente los más pequeños; las playas de Zandvoort, Wijk aan Zee, Bloemendaal y Noordwijk tienen un carácter muy peculiar y ofrecen diversas ofertas deportivas y de ocio, así como platos tradicionales costeros en sus restaurantes que merece la pena degustar con calma; la ciudad atesora además el zoo más antiguo de Europa, y a solo unos cuantos km hacia el exterior es posible encontrar los verdes y amplios espacios de la campiña holandesa repletos de molinos, como Zaanse Schans, un museo al aire libre donde el viajero puede sentirse como si hubiese sido transportado en el tiempo… Si lo que desea es recorrer la ciudad sin las consabidas marchas kilométricas, que a menudo terminan en el hotel con los pies doloridos y sumergidos en agua caliente, no está de más saber que Ámsterdam es la capital mundial de la cultura de la bicicleta y que no puede permitirse el lujo de encontrarse allí y rechazar un paseo en este comodísimo y útil medio de transporte. La mayoría de las calles tienen carriles-bici y puede aparcarse sin problemas en casi cualquier sitio. Claro que en ese caso es mejor no olvidar ni el aspecto de su vehículo ni el lugar elegido, puesto que los últimos censos dan para la ciudad un total de 700.000 ciclistas (el 94% de la población) y más de 7 millones de bicicletas. Además, y según un estudio reciente, cada año desaparecen unas 80.000 en pleno casco urbano, de las cuales la tercera parte acaba misteriosamente en el fondo de algún canal…

6. Rijsksmuseum de Ámsterdam. Autor, Burns!

                                                    Rijsksmuseum de Ámsterdam. Autor: Burns!

7. Biblioteca en el Rijksmuseum. Autor, Ton Nolles

                                                Biblioteca en el Rijksmuseum. Autor: Ton Nolles

8. Bicicletas en la ciudad, el mejor medio de transporte. Autor, Jorge Royan

                                    Bicicletas por la ciudad, el mejor medio de transporte. Autor: Jorge Royan

9. Molinos de viento en Zaanse Schanz, a 10 km de Ámsterdam. Autor, Tania Caruso

                                 Molinos de viento en Zaanse Schanz, a 10 km de Ámsterdam. Autor, Tania Caruso

2. Ámsterdam fue originalmente una ciudad comercial y pesquera, con el arenque como producto principal de exportación, y a principios del siglo XVI disponía ya de una red de canales y presas para controlar el nivel del río y de las mareas, de gran envergadura en las aguas del Mar del Norte. Tras las sangrientas luchas contra los ejércitos españoles, Ámsterdam inició una edad dorada con el establecimiento de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, gracias a la cual arribaban todos los años a la ciudad cientos de barcos cargados de riquezas y productos procedentes de todos los rincones del mundo: África del Sur, Ceilán, Indonesia, norte de Brasil… En el siglo XVII prosperaron los astilleros para fabricar barcos; infinidad de molinos que procesaban materias primas, y por supuesto los edificios suntuosos de la nueva clase burguesa, hoy todavía admirables en el llamado Gouden Bocht (Bucle de Oro) en torno al primer canal (las casas obreras, en cambio, ocupaban el barrio Jordaan de la periferia).

Desafortunadamente la prosperidad no duró mucho, y tras las guerras con Inglaterra por la hegemonía de los mares, y sobre todo con las disputas con Prusia y la «tutela» del país a cargo del ejército de Napoleón, el declive económico se hizo acelerado y llegó a temerse que no tuviera fin. La ocupación de Holanda por las tropas alemanas en 1940 constituyó por otro lado el fondo de una vorágine de terror, un calvario económico y humano sin precedentes que tuvo su máxima expresión en las deportaciones de decenas de miles de judíos hacia los campos de concentración y de exterminio nazis ubicados en media Europa. La historia de Ana Frank, cuya casa puede visitarse hoy como museo, es sin duda el caso más conocido…

10. Otra vista de los molinos de Zaanse Schans. Autor, Johan Wieland

                                    Otra vista de los molinos de Zaanse Schans. Autor: Johan Wieland

11. Palacio Real en Ámsterdam, en la plaza Dam. Autor, Vgm8383

                                      Palacio Real en Ámsterdam, en la plaza Dam. Autor: Vgm8383

12. La casa del señor Tripp, la más ancha de la ciudad. Autor, Jan

                                      La casa del señor Tripp, la más ancha de la ciudad. Autor: Jan

13. La casa del cochero del señor Tripp, la más estrecha de Ámsterdam. Justo en frente de la anterior. Autor, HenkLiu

    La casa del cochero del señor Tripp, la más estrecha de Ámsterdam. Justo enfrente de la anterior. Autor: HenkLiu

3. Como reminiscencia de su pasado comercial, los mercados de Ámsterdam siguen siendo uno de los lugares turísticos más atractivos de la ciudad. Entre ellos no hay que perderse el Albert Cuyp, considerado el mayor al aire libre de Europa con sus más de 300 puestos a lo largo de más de 1 km de recorrido. El Dappermarkt está reconocido por National Geographic como el 8º del ranking mundial de los mejores mercadillos del mundo, solo por detrás de algunos tan impresionantes como el “Grand Bazaar” de Estambul o el “Mercado nocturno de Patpong”, en Bangkok, Thailandia. Pero si lo que quieren es encontrar artículos únicos, existen infinidad de mercados monográficos en Ámsterdam para todos los gustos: en Looier abundan las antigüedades y los objetos de coleccionista; para los amantes de los libros se encuentra Oudemanhuisport, que atesora también grabados o partituras musicales del siglo XIX; y si su pasión son las flores, no puede olvidar acercarse al maravilloso mercado de flores flotante de Ámsterdam, el Bloemenmarkt, con decenas de barcazas-floristerías abiertas al público e instaladas permanentemente sobre las aguas de un canal…

14. Albert Cuyp markt, el mayor mercado al aire libre de Europa. Autor, Shirley de Jong

                      Albert Cuyp markt, el mayor mercado al aire libre de Europa. Autor: Shirley de Jong

15. Detalle del Mercado de flores flotante en la ciudad. Autor, Antoon's Foobar

                  Detalle del Mercado de flores flotante en la ciudad. Autor: Antoon’s Foobar

16. Canal Prinsengracht. A la izquierda, justo antes de la torre, la famosa casa de Ana Frank. Autor, Moyan Brenn

     Canal Prinsengracht. A la izquierda, justo antes de la torre, la famosa casa de Ana Frank. Autor: Moyan Brenn

17. Jardines del museo Geelvinck, ubicados en una lujosa casa del siglo XVII. Autor, David Holt

              Jardines del museo Geelvinck, ubicados en una lujosa casa del siglo XVII. Autor: David Holt

4. Para los amantes de lo prohibido, nada hay más famoso en Ámsterdam como su exclusivo Barrio Rojo (Rosse Buurt), uno de los más permisivos del mundo en cuanto a diversidad sexual, servicios de prostitución o consumo de drogas blandas. Los barrios de Singelgebied, Ruysdaelkade y De Wallen se encuentran en el centro histórico de la ciudad y exhiben locales de alterne abiertos tanto de día como de noche, donde las damas muestran sus encantos justo al otro lado del escaparate. La prostitución está totalmente regulada en Holanda y lo mismo ocurre con el consumo de cannabis y sucedáneos como el hachís, por lo que la ciudad es un verdadero imán que atrae a miles de visitantes ansiosos por curiosear en un mundo de Jauja donde todo está permitido (o al menos así lo parece). Ámsterdam no es sin embargo pionera en estos establecimientos de venta de marihuana (el Sarasani de Utrecht, de 1968, es al parecer el más antiguo local existente en Holanda y un verdadero Templo para los alegres camaradas del fumeteo). Sin embargo, la rutina suele ser similar en todos ellos.

En los coffeeshops, por ejemplo, uno puede consumir hasta 5 gramos de cannabis puro en un día: si lo compra en el propio establecimiento la broma le sale a unos 10 € el gramo, aunque son muchos los que utilizan el local como un parador de autoservicio llevándose allí su propio material, a fin de liarse el porro y fumarlo tranquilamente en un rincón apartado… aunque en ese caso tendrá que consumir alguna otra cosa dentro del garito (y hacerlo mientras todavía se encuentra en condiciones, claro está). Además de cannabis se venden también bebidas como té, café, leche o zumos naturales de frutas, de modo que el local también es utilizado por numerosos visitantes que solo desean experimentar el placer de encontrarse allí observando al respetable mientras toman un refrigerio. De hecho, el ambiente resulta en ese sentido de lo más normal: parecidos a un restaurante, los coffeeshops son lugares pequeños con mesas y sillas; ceniceros; música y diversos aparatos de entretenimiento para uso de los clientes, como mesas de ajedrez, cartas, televisión y mesas de billar… Por supuesto, en sus reglamentaciones se prohibe terminantemente circular por el establecimiento y hacer fotos a los fumadores como si fuesen reliquias de museo.

18. El famoso Red Light District de Ámsterdam, en pleno día. Autor, Nenyaki

                                     El famoso Red Light District de Ámsterdam, en pleno día. Autor: Nenyaki

19. Red Light district, durante la noche. Autor, Robert Andersson

                  Red Light District en pleno funcionamiento durante las horas nocturnas. Autor: Robert Andersson

20. Callejuela entre la plaza Dam y el museo Van Gogh. Autor, Moyan Green

                                   Callejuela entre la plaza Dam y el museo Van Gogh. Autor: Moyan Green

21. Vista invernal de los canales de Ámsterdam. Autor, Eugene Phoen

                                   Vista invernal de los canales de Ámsterdam. Autor: Eugene Phoen

5. La relación de Ámsterdam con el agua viene de antiguo. Ya en los primeros años de su fundación los autóctonos hubieron de desecar grandes extensiones de terreno pantanoso e inundado periódicamente por las mareas, y para ello construyeron una serie de presas y diques de los cuales el más antiguo es el situado debajo de la actual Plaza Dam, hoy corazón de la ciudad. Pero si hay algo por lo que se conoce a Ámsterdam hasta en el parvulario es precisamente por su red de canales, de los cuales existen unos 160 por toda la ciudad, atravesados por más de 1.200 puentes y con 2.700 barcos-casa flotantes arrimados a sus orillas. Este año la ciudad celebra el 400 aniversario de este laberinto acuático, considerado Patrimonio Cultural de la Unesco desde 2010, aunque en un principio fueron simples vías para transportar las mercancías de forma cómoda por medio de barcazas. En el siglo XVII se utilizaban asimismo como cloacas colectivas adonde se arrojaban todas las inmundicias imaginables desde balcones, puertas y ventanas. Se sabe que los marineros lanzaban vítores ante el hedor de las cloacas mucho antes de avistar Ámsterdam, al regresar de sus largas travesías por medio mundo, puesto que era éste y no la voz del vigía la primera señal de que la ciudad se encontraba próxima.

Por supuesto, no es recomendable visitar Ámsterdam sin realizar un crucero por los canales. Existen numerosas ofertas y muchísimos lugares por todo el centro de la ciudad desde donde uno puede subirse a los botes, aunque antes de hacerlo es necesario adquirir un ticket en las taquillas situadas junto a la Estación Central y las calles Damrak y Rokin. Por una media de 20€ es posible pasar el día recorriendo los canales a lo largo de las tres rutas establecidas (Green Line, Red Line y Blue Line) y con paradas libres en cualquier punto para efectuar compras o realizar las visitas que considere necesarias: el bote siempre le estará esperando a su vuelta. Todos los canales tienen un trazado concéntrico en torno al núcleo histórico y crean numerosos islotes de pintoresco aspecto y apreciables únicamente a vista de pájaro. El más antiguo de los canales es el Singel, que rodea a la ciudad, pero sin duda todo el trasiego de locales y turistas se dirige hacia aquellos que conforman el cinturón de oro de Ámsterdam, bellísimas calles acuáticas cruzadas por puentes de leyenda que como el de los Señores (Herengracht), fueron construidas como barrios residenciales para las acaudaladas familias de comerciantes en los lejanos años del siglo XVII. Los edificios, de un lujo ostentoso, se asoman plácidamente a las aguas y desfilan en un continuo perfilado además por el ramaje de miles de olmos, el árbol típico de los canales de la ciudad.

22. Edificios entre la plaza Dam y el barrio de Joordan. Autor, Moyan Brenn

                                   Edificios entre la plaza Dam y el barrio de Joordan. Autor: Moyan Brenn

23. Típico canal en Ámsterdam. Autor, Joao Maximo

                                                    Típico canal en Ámsterdam. Autor: Joao Maximo

24. Nocturno en los canales, cerca del Rijksmuseum. Autor, Martin Schmid

                              Nocturno en los canales, cerca del Rijksmuseum. Autor: Martin Schmid